Novela en español

Aquí comienza el 2009

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Camargo Rain, fotógrafo, autor de numerosos cuentos chinos y otras narraciones, ala-pívot en los ratos libres, correcaminos, cocinero por obligación y músico por afición, aficionado a la cerveza y otras hierbas, defensor de la gramática y observador de los cielos estrellados... –amén de otros títulos que me callo–, aprovecha la ocasión para desear a todo el personal que lo pase lo mejor posible en este 2009 que nos ha llegado de manera tan discreta, y ya que estamos de recomendaciones, para enviaros estos enlaces (son los de mis blogs) que a lo mejor os divierten.

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Sobre cómo se escriben diez novelas en diez años

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Fiesta de cumpleaños, primera parte

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Lo que a continuación puede leerse es una de las muchísimas aventuras que se cuentan en la novela llamada " Crucita y yo ", en donde se narra la vida de una niña que nunca fue mayor.
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Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...

Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...

¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...

(Nota: la semana que viene, o la otra, pondré la segunda parte de este cuento).

Fiesta de cumpleaños

El verano en que cumplí quince años se me ocurrió que podíamos hacer una fiesta, ¿no?, es que fiestas no hacemos nunca y quince años sólo se cumplen una vez, ¿no os apetece?, y además tenemos mucha comida buenísima de la huerta y habrá que comérsela, y el Rockero no necesitó oír más.

–¿Una fiesta? ¡Qué idea más buena!, claro que sí... Pero una fiesta de verdad, ¿eh? Una fiesta en el bosque.

–¿En el bosque? ¿En qué bosque?

–Pues en el bosque que tú conoces, el que hay detrás de casa.

–¿En el pueblo...?

–Naturalmente, por supuesto que en el pueblo, que es donde hay que hacer estas cosas.

–¡Huy, sí, eso sí que estaría bien...!

–Y además de disfraces y que dure todo el día, o toda la semana. ¿Qué te parece...? –y a mí me pareció de maravilla.

–¡Eso...! Oye, ¿pero yo puedo llevar a mis amigas?

–¡Anda!, ¿pues qué clase de fiesta va a ser esa en la que no estén tus amigas? A tus amigas y a tus amigos. ¿No vas a decírselo a Atahualpa?

–Sí, claro, pero ¿pueden dormir allí? Es que eso está lejos...

–Pues claro, mujer. Llevamos a todos y por las noches montamos guerras de almohadas –y el Rockero, embalado, empezó como siempre.

–A ver, ¿tú quién quieres ser? ¿El hada Valeria o el hada Amilamia?

–¡No, Valeria no!

–Bueno, pues entonces tú eres el hada Amilamia, el hada de las fuentes, personaje de índole afable y caritativa..., ¿o sería mejor el hada Pan de Azúcar...? En todo caso te tienes que disfrazar de tal, así que vete dibujando algún traje.

–Vale. Y tú, ¿de qué te vas a disfrazar?

–¿Yo? Pues no sé... ¿De cura te parece bien?

–¿De cura? Pero de eso ya te disfrazaste una vez...

–Bueno, sí, tienes razón, ya pensaré algo. Si se te ocurre a ti antes me lo dices, ¿vale?

–Vale. Oye, Maná, ¿y tú?

–¿Yo...? Bueno, ya veremos, una ocasión es una ocasión. ¿De qué quieres que me disfrace?

–Pues tú..., ¡de madre!

–¿De madre? ¿Cómo de madre?

–Pues de madre. Tú nunca has sido madre de nadie..., bueno, sólo de mí, pero así te disfrazas y pareces una mamá... ¡Qué bien!, ¿verdad?

–Sí, mujer... Bueno, ya veremos.

... pero luego, cuando llegó el momento, no pasó nada de eso. ¿Saben de qué se disfrazó? Es que me da no sé qué decirlo... Bueno, pues se disfrazó de puta, con todas sus amigas; sólo fueron dos pero iban igual, iban todas de putas antiguas, estaban guapísimas y parecían de verdad, y yo, al final, no me disfracé de hada.

–¡Ya sé!

–¿Qué sabes?

–De qué me voy a disfrazar. ¿Sabes de qué?

–Dime.

–Pues de Bella Durmiente... ¡Si ya tengo el traje! Lo lavo y lo plancho y lo coso un poco... Y además el Príncipe tiene que venir y despertarme de un beso –y Maná se moría de risa.

–¿Y quién va a ser el Príncipe, hija mía? No me irás a decir que tiene que ser Atahualpa... –y yo me puse un poco colorada pero no me importó.

–¡Pues claro!, ¡quién va a ser! ¿Puedo hacerlo...? –y yo le dije que sí, que por supuesto.

–Es tu fiesta y tu cumpleaños. Además, eso es una cosa como de teatro, y Atahualpa y tú ya os habréis dado algún beso, ¿no?

–Bueno, sí, alguno... –y como yo estaba friendo pescado, Crucita vino y me abrazó un poco por detrás, me cogió por la cintura.

–¿Qué haces?

–No, nada, déjame –y me abrazó un poco más y apoyó la cabeza en mi cuello...

¿En qué estaría pensando...? Yo le dije,

–Oye, ¿sabes que se te han puesto las tetas muy duras?

–¿Síii...?

Su voz sonó un poco asustada.

–Sí, ¿no...? Bueno, como a tu madre...

–¿Sí...? ¿Ella las tenía así?

–Pues sí, algo así –y yo dejé la espumadera y, mientras se apretaba a mí, le dije quedamente,

–¿Sabes otra cosa?

–Qué.

–Pues que a las mujeres se nos ponen las tetas duras cuando empezamos a funcionar.

–¿A funcionar?

–Sí. Sexualmente, claro –y Crucita se soltó un poco y me miró.

–Oye, pero yo no he hecho nada, ¿eh? –y yo me reí y le di un beso.

–Ya lo sé, mujer. ¿Tú no sabes que los mayores notamos esas cosas? –y Crucita me miró con sorpresa.

–¿Sí...? ¿Tú lo notas?

–Pues claro –y allí ya me agarró del todo y se rió.

–Bueno, niña, ¡para, para...!

* * *

Los amigos de Monticola eran, Serafín, el paraguas y Juanito Barbarroja.

–Oye, ¡pero si tienes la barba roja de verdad!

–Pues claro, hija. ¿Tú qué te creías? –y Crucita le miró arrobada durante un instante.

–Oye, ¿y no vas a poner más gallinas?

–Sí, claro, pero en otoño, y esta vez las voy a cercar con trampas eléctricas. Si alguien entra a robarlas a lo mejor se electrocuta.

–¡Eso...! Pero vaya faena, ¿no?

–Pues sí, pero qué le vamos a hacer...

–¿Y no las has encontrado?

–¡Huy, encontrarlas...! Se las habrán comido; se las comieron en Navidad y todavía deben de estar haciendo la digestión. Es que eran muchas, ¿eh?

–¿Y no las vendieron?

–Pues sí. Seguramente las venderían, pero yo no me he enterado.

... y Monticola, en un aparte, me dijo,

–¿Tus amigas son ligeras de cascos?

–Oye, ¿por qué no se lo preguntas tú?

–No, ¿cómo les voy a preguntar yo semejante cosa? Yo no soy ningún grosero.

–Bueno, ¿pues entonces...?

–No, es que es para saber a qué atenernos. Es que estos dicen que qué pasa...

–¿Que qué pasa? ¡Vas a ver tú lo que pasa...! Para empezar, Marisa me ha dicho que le encanta tu amigo Barbarroja.

–¿Sí? ¡Qué bien! A ver si esto va a resultar una fiesta de verdad...

... porque estuvimos en el campo casi una semana. Mejor dicho, hubo quien estuvo casi una semana, Atahualpa, por ejemplo, y Palmira y otra niña de la que he olvidado el nombre.

–Era Rocalunar.

–Bueno, eso.

Mis amigas estuvieron menos, estuvieron sólo dos o tres días, pero lo pasamos de película. ¿Saben ustedes quiénes eran mis amigas? Pues mis amigas eran unas profesionales de verdad, ¡qué decir de Armiña, por ejemplo!, unas profesionales de tomo y lomo, de las que saben cómo se pone una mesa para ricos y cómo hay que disfrazarse para que parezca que acabas de llegar de Australia, que era justamente lo que andaban buscando los amigos de Monticola. Nos falló Edelmira, que era la que mejor estaba de las tres, aunque las otras tampoco estaban mal.

–Pero, Edelmira, ¿por qué no te cambias el nombre?

–Déjalo, si a mí me da igual.

–Hija, es que antes de verte no sabe una con qué se va a encontrar.

Pues Edelmira no vino porque no pudo, pero me llamó por teléfono a última hora.

–Compréndelo, Nastasia. Es que esto son doscientos papeles...

–Ya, hija, déjalo, que no importa. Ellos son tres, pero yo creo que con dos se apañarán. Son algo mayores.

–Oye, que bien que lo siento...

–Que no pasa nada, que da igual. Bueno, ya te contaré –y acabamos riñéndonos.

–Bueno, tía, que te den pol culo.

–Eso, y que Dios te oiga.

... porque mi amiga Edelmira es una tía genial. Lástima que no estuviera en aquel lance, que hubiera disfrutado muchísimo con la fiesta en el bosque y los niños..., ¡con lo que le gustaban!, pero ya se sabe, el curro es el curro y hay que trabajar, que las pelas..., y los niños a los que me refiero no se enteraron de nada. Bueno, sí, se enteraron de que hubo bastante trasiego, pero de lo que pasaba dentro de las habitaciones, de nada. Además, ni se lo podían imaginar. A esa edad uno no se imagina esas cosas, ni le interesan, y nosotros fuimos de lo más discretos. A mis dos amigas las coloqué en los mejores cuartos, los que tenían mirador, y les dije,

–¿Qué os parece?

–Pues que esto es Jauja. Si llego a saberlo vengo aunque no me pagues, y los chicos son muy divertidos. ¿Has visto cómo nos han mirado...? ¡Ja ja! Oye, ¿tú les has dicho algo?

–No, yo nada. Que sois mis amigas. Tú acabas de llegar de Australia, tú trabajas en una ONG y ahora estáis de vacaciones. Eso es todo lo que necesitan saber, ¿vale?

–Vale. ¡Qué bien!, ¿no? ¡Me encanta...!

... y no sé cómo acabaría la cosa, pero solas no durmieron.

–¿A que no, paraguas?

–Téngalo usted por seguro, señora duquesa.

–Con dos para tres ya tendréis, ¿no?

–¡Hombre, por supuesto, que ya van pasando los años...!

Bueno, y a los niños, cinco en total, dos chicos y tres chicas, porque a última hora apareció un amigo de Atahualpa que pretendía no sé si a Palmira o a Rocalunar..., eso, bueno, pues los acomodamos en el desván. Era un desván postmoderno y corrido muy grande, y en él había seis camas, tres en cada extremo. Yo me dije, ¿cómo se lo montarán estos?, ¿cómo dormirán?, y si tengo que decir la verdad, no sé qué pasó pero hicieron poquísimo ruido durante aquellos días, estuvieron de lo más discretos, se ve que eran chicos bien educados. Sí, al principio siempre había un poco de bulla, pero luego se dormían, o lo que fuera, y ya no se oía nada.

El Rockero y sus amigos subieron la primera noche con todos los almohadones que había en la casa.

–Oye, pero al que le dé una almohada se tiene que caer al suelo como si estuviera muerto y ese ya ha perdido.

–Vale, ¿pero si sólo te roza...?

–Bueno, si sólo te roza estás herido, ¿vale?

–¡Eso, venga...!

... y durante cerca de media hora se oyeron toda suerte de carreritas, correrse de camas, gritos histéricos y ahogados, sonoros almohadonazos y demás manifestaciones que suelen acompañar a uno de estos catastróficos acontecimientos. Se lo debieron de pasar muy bien, y cuando bajaron, los mayores, bastante sudorosos, por cierto, y comentando la batalla a grito pelado, le dije al Rockero,

–Oye, ¿y tus amigos?

–Qué.

–Pues que cómo se lo van a montar.

–Ah, creo que van a organizar una timba.

–¿Sí...?

–Sí, con tus amigas. ¿Quieres jugar tú también? A ti te gusta bastante eso del juego... –y yo me quedé un poco así.

–Hombre, jugar no sé..., pero verlo un rato sí, ¿no? ¿Vamos a verlo?

... y, efectivamente, en una de las habitaciones habían puesto una camilla en medio y allí estaban los cinco, todos fumando y bebiendo al lado del mirador abierto. En aquel momento estaba empezando la partida.

–¿Queréis jugar vosotros también?

–No, veníamos a ver si teníais bastante de todo.

–Sí, servidos, pero quedaros un rato, ¿no? Tomaros unas copas...

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Lo dicho: dentro de quince días pondré la segunda parte.

La negra a los once años

Pongo hoy un nuevo trozo de "Europa barroca", novela a la que harto nos hemos referido en esta página. Como se recordará, es la historia de tres personajes, un blanco, una negra y un cachalote telépata y habitante del océano Atlántico. El texto que va a continuación se compone de ciertas disquisiciones de la negra, disquisiciones de cuando era joven, muy joven, recién llegada a la para ella desconocida civilización de las máquinas...

A mí me pegó el telele a los once años, eso sí que era un acontecimiento para todas nosotras, y el telele cualquiera se imagina lo que es. A mí me pegó a los once años, pero tuve suerte porque tenía una hermana mayor que se llamaba Liria y me explicó todo. En fin, todo tampoco se puede explicar, en esto no hay reglas, a unas les toca de capitanas y a otras sólo de sargentas, pero cuando me llegó la hora yo ya sospechaba lo que iba a suceder porque llevaba unos días con el estómago revuelto y aquello no me había sucedido nunca. Además, me pesaban las piernas y tenía la cabeza a pájaros. Los pájaros eran tucanes y guacamayos de colores como los que mucho más adelante Eduguá había de contarme que tenía su abuela en casa. Los pájaros revoloteaban, subían y bajaban y todo el día los tenía ante los ojos. Cuando ves tucanes azules quiere decir que el negocio va a ir mal, que te vas a pasar quince días embobada y sin poder ni silbar, pero cuando los ves colorados, o verdes o amarillos, lo que sucede es que no va a ser tan grave; el azul es el peor color para estos casos, y si son multicolores es que ni te va a doler. Yo los vi al principio colorados, pero luego se tornaron en unos pájaros gigantescos y policromados que parecían cóndores más que tucanes... Yo sólo sé que aquello me vino de repente y una mañana tenía un montón de sangre entre las piernas, ¡Dios mío, qué es esto!, porque como yo siempre he dormido desnuda, puse todo perdido, pero Liria me dijo que no me preocupara.

–La sangre es lo de menos. Si no te duele, mejor; eso es que estás de suerte. Ahora, lo que sucede es que vas a tener que empezar a ir con cuidado. ¿Tú has hecho el amor alguna vez?

–¿El amor...?

Yo sabía de sobra lo que me estaba diciendo porque en la televisión casi no hablaban de ningún otro asunto, pero una cosa es haberlo oído y otra muy distinta haberlo experimentado, haberlo hecho. Mis amigas decían que sí, que alguna ya lo había probado.

–Yo, a los diez años, me tiré al ciego de la esquina. Mejor, como era ciego no se enteraba de lo que estaba sucediendo ni de quién era yo. Por el olfato no creo que lo notara porque yo siempre le había rehuido, nunca pasaba a su lado. Un día, cuando tenía diez años y me había enfadado con mi padre porque no me dejaba salir de casa, me escapé por la ventana, me quité las bragas, iba sólo con la falda, agarré al ciego por una mano y lo arrastré hasta el corral, allí no nos veía nadie, y él menos. Como era ciego le costó entender, pero en cuanto notó un par de tirones en la bragueta me cogió por la tripa con manos de hierro, me puso de espaldas y contra la pared, me mordió en la nuca y me la metió por donde pudo. Menos mal que acertó, que si me la llega a clavar por detrás me desgracia. La tenía como un hierro al rojo, o por lo menos a mí me picó muchísimo, y no te digo nada del semen, debía de ser como salfumán. Cuando noté todo aquello intenté salir corriendo, pero no hubo forma. Me tenía tan cogida por las tetas que no me pude escapar, y menos a los diez años. Él se puso a vociferar, pero yo no podía abrir la boca porque no quería que supiera quién era, y no aflojó lo más mínimo. Cuando se corrió casi me desmayo, me quedé totalmente bloqueada, pero no me soltó, ni me soltó ni se le bajó, sólo se le bajó un poco y yo creí que ya iba a poder irme, pero ¡que te crees tú eso! Acto seguido le volvió la locura, se le volvió a poner dura y me tuvo allí otros diez minutos p'alante y p'atrás, y aquella vez sí que vociferó y pataleó. Yo creía que los tíos sólo se podían correr una vez, pero ya ves; a lo mejor es que era un superdotado. Al ciego todo aquello le debió de parecer un milagro. Luego me dio tanto asco que me estuve lavando un mes con jabón del fregadero y agua de Getsemaní, y menos mal que no sucedió nada.

Todo esto lo decía Rosa, que era mulata y las cosas le venían muy adelantadas. Rosa no se llamaba Rosa, se llamaba Generosa, pero eso es lo de menos.

Hay gente que se trastorna y no sabe ni lo que hace con su cuerpo, pero yo no soy tan bruta. Yo, de eso, lo único que sé es que cuando un tipo te empieza a llamar hija, malo, malo malo. Eso quiere decir que te ha tomado bajo su protección y a lo mejor lo único que pretende es casarse contigo, pero a lo peor lo que quiere es ponerte a trabajar en un burdel o cualquier otro lado, una mercería, una agencia de exportación-importación o incluso una mina de sal. Cuando un tipo te protege deberás pagar el impuesto revolucionario, esto no tiene vuelta de hoja y sucede todos los días, sucede a cada momento aunque no nos demos cuenta ni pensemos en ello, y si cuando un tipo que no tiene nada que ver contigo te empieza a llamar hija, el negocio es para echarse a temblar, que he escrito, no digo nada de si lo que sucede es que te da su saco para que te lo pongas, para que lo huelas. Cuando un tipo te dice, ¿tienes frío?, toma, ponte mi saquito, a ti seguro que te queda mejor que a mí..., entonces ya puedes darte por perdida y lo mejor es que salgas corriendo y no te detengas hasta que el horizonte haya borrado su presencia. Lo siguiente suele ser la vicaría, eso los que se casan, y menos mal que yo no suelo tener frío.

Algunas de mis amigas, y no voy a decir quiénes, no voy a decir sus nombres porque a nadie le interesan, se dedicaban a meterse mano. Lo hacían a menudo y lo contaban, o bueno, lo medio contaban, y a veces, cuando no había mucha gente, iban hasta agarradas. Luego, en cuanto crecieron y empezaron a fijarse en los pavitos, dejaron de hacerlo, aunque aquello era más o menos lo que hacíamos todas; lo que ocurría es que no le dábamos publicidad, lo hacíamos más a escondidas.

Andrea se enrollaba mucho conmigo cuando teníamos diez años, y no sé por qué me eligió a mí porque ella era blanca; sería que le gustaba mi piel negra. Su especialidad era darme crema en la playa. La primera vez que lo hizo me sobresalté pero no dije nada, algún aspaviento sí se me debió de escapar, aunque procuré permanecer inmóvil, y luego, otro día, me dio un beso y se puso toda colorada, me miró a los ojos y, mientras lo hacía, se puso roja como el tomate. Luego bajó la mirada y no se atrevía ni a mirarme. A mí me dio tanto apuro que le acaricié una mano, una mano que se había quedado suelta por allí, se la acaricié un segundo, o dos, pero ella me entendió. En realidad no me disgustó porque las niñas nos besamos mucho –esto no lo sabe casi nadie, pero es así–, y luego el negocio fue ya más rodado y tuvimos una temporada de inocentes magreos a escondidas. Aquello era amor, claro, aunque no ese del que nos hablan los místicos o los poetas, no, ni mucho menos el de las instituciones eclesiásticas. Era la natural curiosidad humana, las ansias de exploración tan de moda hace muchos años, incluso siglos. Debió de ser en el Barroco, la Era del Iluminismo, aunque yo creo que esto lo he leído de mayor.

También resulta que Paula, o Paola –la llamábamos indistintamente–, tuvo un niño. Un día nos dijo que estaba embarazada y todas nos lo creímos, y a la mayoría nos ilusionó mucho. Además, nos contó cómo había sido. El padre de la criatura era un amigo de su familia, pero aquello era un secreto.

–Por lo que más queráis, no se lo digáis a nadie; si mis padres se enteraran... ¿Sabéis lo que me ha dicho? Pues que no me eche más perfume porque su mujer ya lo ha notado. Ahora, con lo del niño, me parece que se va a acabar. Bueno, la verdad es que una se siente tan rara... Yo cambio esto por lo del colegio... –y al cabo de seis meses tuvo un niño con los ojos redondos y los labios como un negrito, aunque en realidad era cobrizo.

A Paula no la volvimos a ver. Sólo venía de vez en cuando, una vez cada dos meses, más o menos, y traía al niño, que se llamaba Jesusín, y nosotras lo acunábamos. Yo lo tuve mucho tiempo en brazos y las demás igual, pues a veces incluso nos lo disputábamos, pero a Paula no la volvimos a ver, se esfumó, fue tener al niño y desaparecer del espacio-tiempo, ¡hay que ver los azares que nos depara la existencia! La maternidad está bien pero sus efectos suelen ser imprevisibles, sobre todo para las niñas de once años, aunque Paula, ahora que lo pienso, quizá fuera ya un poco mayor.

Algo después de aquello, cuando ya teníamos once o doce y habíamos cruzado la primera de las fronteras de la vida, íbamos a los bodegones, es decir, a las pizzerías, y a veces bebíamos tanto ron que acabábamos las cinco cogidas por los hombros alrededor de una mesa y cantando, al principio bajo pero luego a voz en cuello. Cantábamos muy mal y muchas veces nos echaban, y entonces nosotras salíamos corriendo, chillando histéricamente y tirándolo todo, y en aquellas ocasiones, como los camareros se quedaban pasmados y sin saber qué hacer, aprovechábamos para irnos sin pagar, pero en otros lugares les hacía más gracia y no decían nada –aunque esto solía suceder más en el extrarradio–, y en algunos hasta la marchantía cantaba con nosotras.

Una de aquellas tardes, que nos habíamos pintado aún más que de costumbre, fuimos a una discoteca. Yo iba como un semáforo, con la frente blanca, los ojos verdes y rojos y los labios azules, pero de un azul rabioso, un azul añilado, y las demás por un estilo. Andrea se había pintado los pezones con una barra de labios encima de la camiseta, se los pintaba como si fueran dos ojos y en el sitio justo porque decía que así no había pérdida, el que quiera mirar que mire, se me ponen tan duros, se me notan tanto, que es casi mejor pintarlos, para qué vamos a andar con disimulos. La discoteca a la que fuimos no era a la que íbamos siempre, en donde nos daban a oler aguarrás en la puerta. Fuimos a otra muy grande que había en un barrio distante, y fuimos a ella porque a alguna de nosotras, ya no recuerdo a quién, le habían dado invitaciones con bebidas gratis. Cogimos un ómnibus, y en él ya tuvimos la primera bronca con el conductor, que quería que pagáramos. Nosotras entramos por la puerta de atrás atropellando a los que bajaban, porque así el conductor no sabía quiénes eran las que se habían colado, y él se levantó de su asiento y vino a ver qué ocurría, pero como éramos todas muy altas, no lo debió de ver muy claro y nos dejó en paz, se volvió a su sitio y arrancó. En la discoteca estuvimos toda la tarde. Había una promoción de ron y nos bebimos casi toda la cosecha. También una piscina de superlujo en la que no se bañaba nadie, y a su alrededor mucha gente mística que nos miraba como si estuviéramos locas, pero a mí me faltó tiempo para desnudarme y tirarme al agua. Bueno, todo no me lo quité, me quité casi todo y me metí dentro, al tercer ron no me importaba nada lo que pensara la gente, y cuando salí, al cabo de un cuarto de hora de chapuzones, se me había corrido toda la pintura y ya no tenía la cara como un semáforo sino como uno de esos cuadros modernos que se ven en las consultas de los médicos o los vestíbulos de las instituciones respetables, un montón inconexo de manchas de color sin orden aparente, pero mis amigas dijeron que aquello me sentaba todavía mejor y allí se quedó. Me volví a vestir toda mojada, pero hacía mucho calor y al rato estaba otra vez chorreando de sudor, y las demás igual. Entonces fue cuando descubrimos que había una pista de baile de esas que se mueven, que se inclinan. Nos fuimos a ella, y al que ponía la música le debimos de gustar porque estuvo todo el rato poniéndonos máquina y dando grititos ridículos por el micrófono, dijo unas simplezas que prefiero no repetir, y moviéndonos la pista a lo bestia. Nosotras seguimos dándole al ron y al cabo teníamos todas un guayo guapo. Entonces a mí se me ocurrió, no sé por qué se me ocurrió pero estos pensamientos llegan siempre sin avisar, de repente surgen en tu cabeza y ya no te los puedes quitar, pues de repente me acordé de mi madre, la pobre, que se murió para que yo naciera. Esto a lo mejor es decir mucho y lo que sucedió fue inevitable, porque si no hubiera habido un terremoto no se hubieran roto las carreteras y las ambulancias habrían podido pasar, a saber, pero yo me acordé de mi madre, de cuando mi madre me tuvo a mí, la pista se movía como si hubiera un terremoto, y yo, en mi estado, me caí al suelo y no me podía levantar, así que me puse a representar el teatro de la parturienta abriendo las patas, dando gritos y demás. Fue un homenaje a mi madre. Me subí las faldas hasta la cintura e hice todas las contorsiones que se me ocurrieron mientras las demás me jaleaban hasta lo indecible. Mis amigas estaban tan descompuestas como yo y gritaron y chillaron histéricamente hasta la extenuación. Estábamos todas metidas en faena hasta el culo cuando vinieron los guardias, los de seguridad, y nos echaron a palos de la discoteca. Al final nos encontrábamos en la calle, en aquel gran paseo marítimo lleno de palmeras, todas chorreando y muertas de risa, y nos volvimos a casa andando porque era muy tarde y ya no había guaguas. Pasaban autos que nos tocaban la bocina, pero nosotras no les hacíamos ningún caso sino que les tirábamos cortes de mangas, y ellos tocaban aún más la bocina y aceleraban... A aquella discoteca nunca más volvimos. A mí no me quedó buen sabor de boca, sobre todo al día siguiente, pero de todas formas no creo que nos hubieran vuelto a dejar entrar.

Esto, y cosas peores, era lo que mis amigas y yo hacíamos, ejemplar conducta, en la América central durante aquellos años arrebatados. En aquella época todos estuvimos muy locos, y lo que habíamos de estar, y mis amigas tampoco eran tan malas, eran muy pequeñas, todas éramos muy pequeñas y nos comportábamos como tales. De mis amigas ya he dicho mucho, pero he hablado muy poco de Andrea, la catira de Maracaibo, la maracucha. Esta era la mejor. Era blanca y con el pelo rojo y siempre nos llevamos muy bien. La verdad es que luego me he acordado mucho de ella. ¿Dónde estarás ahora? Ha pasado tanto tiempo y sucedido tantas cosas... ¡A lo mejor ha oído hablar de mí...! Tanta gente ha oído hablar de mí en este planeta...

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Cuando Andresillo echó a volar

No he contado nada aún en este blog de las múltiples aventuras que sucedieron a Juan Evangelista (niño diablo, no se lo pierdan ustedes, amén de hijo del cometa y lobo solitario) durante los trescientos y pico años que duró su vida y estuvo dando vueltas sobre la abrupta superficie de este planeta que nos contiene. Sí, él constituyó algo fuera de lo común en lo que es el gris devenir de las personas corrientes y molientes, y, aleccionado por ello, durante los últimos años de su vida, que coincidieron con este cambio de milenio (tan traído y llevado), se molestó en escribir cuatro libros en los que, a modo de "saga" (esa palabra tan cursi y relamida y que bien pudiera sustituirse por "serie") se narran los múltiples avatares que trescientos años pueden contener, que no son moco de pavo.

En el segundo de los citados libros, "Siglo de las luces", ambientado en el Perú colonial de mediados del siglo XVIII, sucede lo que más abajo se cuenta, cuando el protagonista, siempre revoltoso, ejercía de capellán y preceptor del único niño que había en aquella Casa Grande...

La electricidad, energía hoy de uso común, era en aquellos entonces fuente de las más variadas controversias y esperpénticos dislates, y entre el cúmulo de papeles sin sentido que el antiguo dueño de la casa ocultaba –papeles, algunos, que hubieran servido para llevar a más de uno al patíbulo– encontré un sinfín de anotaciones, recortes, avisos y otras varias formas de comunicación, lo que unido a mis confusos conocimientos –adquiridos, como conté, en el convento ubetense– me llevaron a preparar un magno acontecimiento que había de dejar estupefacta a mi –para ciertas cuestiones– crédula patrona y a sus locuaces amigas.

Lo primero que necesité fue el concurso de algún criado, pero ello no me resultó difícil, pues tras mi primer año de estancia en aquella mansión, cuando sucedieron todas las cosas que he narrado, llegué a conocer a sus habitantes y descubrí con sorpresa que uno de ellos, quien nos había ayudado con los caballos y ocultado nuestros manejos ante la viuda, era paisano mío, un joven, poco más que un niño, oriundo de un lugar vecino al nuestro y que me sonaba vagamente, El Maíllo, patria que fue de una de nuestras criadas y del que mi padre se hacía lenguas debido a la extraordinaria calidad de la leña de sus montes.

–¿Vuestra merced procede de cierto de las apacibles dehesas salmantinas...?

Cuando pronuncié aquellas palabras, Meneses, que tal era su nombre, me miró confuso.

–¿De forma –le dije–, mi querido amigo..., que somos coterráneos...? ¡Qué sorpresas nos reserva la vida! Pues no se apure vuestra merced, que en este mundo estamos para ayudarnos los unos a los otros. ¿Convendría Su Excelencia en llevar a cabo conmigo ciertas labores para las que necesito su concurso? –y como fuera que su ayuda había resultado inestimable en los meses anteriores, y yo me había preocupado de recompensarle como se debía, tuve desde entonces un nuevo aliado en aquella casa.

Se trataba de algo en lo que intervenían fluidos misteriosos, alambres, extrañas máquinas rodadoras, tapetes de fieltro y cordones de seda, elementos que debía procurarme. Todo ello lo había leído en antiguos libros y revistas científicas llegadas de más allá del Atlántico, de la Europa Ilustrada de la época, y decidí utilizarlo para mis fines, así que con la ayuda de uno de los herreros me di en construir uno de aquellos platos magnéticos según las instrucciones de que disponía, y luego, tras experimentos preliminares llevados a cabo en la desierta biblioteca y el más riguroso de los secretos, experimentos que al principio no comprendí pero en seguida observé que producían los resultados que se describían en los papeles, decidí preparar el acontecimiento, para lo que contaba con la colaboración de un entusiasmado Andresillo, al que al fin había conseguido inculcar la virtud de la discreción.

La habitación en donde escenificar tal milagro debía ser grande, y a ser posible de piedra, y para ello elegimos la biblioteca, que con sus pétreos arcos y tenebroso aspecto constituía el decorado perfecto, y en cuanto al momento, el más apropiado me pareció ser el de la merienda, cuando la viuda y sus amigas, que solían reunirse una vez por semana, estuvieran entretenidas con sus comentarios y, por qué no decirlo, estimulantes hojas del arbusto al que llamaban cuca, de las que en ocasiones y como indigna panacea –puesto que solían masticarlas acompañada de cal, ¡de pura y simple cal!– solían hacer consumo.

Una vez todo dispuesto nuestro amigo Meneses se dirigió hacia la habitación en donde las señoras llevaban a cabo su reunión, y nosotros, desde nuestro lugar en la biblioteca, comenzamos a oír sus voces, ¡vengan!, ¡vengan corriendo Sus Ilustrísimas, que están sucediendo hechos extraordinarios...!, y allí se nos presentaron en tromba y con gran sonar de frufrúes las damas, encontrándose cerca del techo, dentro de un arnés de cuero y suspendido por invisibles pero fuertes cordones de seda, a Andresillo simulando volar, y al que llegaban desde la vecina habitación unos alambres que le entraban por los zapatos, que tal era la tramoya, y yo, debajo de él y adoptando múltiples posturas, fingía estar atónito ante aquella maravilla, por más que la finalidad de colocarme en tal lugar obedeciera tan sólo al hecho de poder cogerle al vuelo si se desplomaba la instalación entera. No fue, sin embargo, tal el caso, y todo se desarrolló según lo previsto. Meneses desapareció en la habitación contigua, en donde empezó a sonar la máquina infernal, y yo arrojé los montones de plumas que escondía entre las mangas, que se arremolinaron en el aire alrededor de mi protegido y sus alambres...

Las mujeres, como decía, entraron en tropel en la gran sala casi completamente oscura, aunque iluminada por algunos velones que habíamos colocado en las esquinas. Andrés estaba vestido por entero de negro y casi no se le veía, tan sólo su cara y manos que habíamos pintado de blanco, y además aleteaba furiosamente cual si volara, y a su alrededor, y al de los alambres, nubes de plumas, que eran alternativamente atraídas y repelidas por el fluido, danzaban la más fantástica danza que imaginarse quepa, y no bien habían entrado corriendo la viuda y sus amigas, cuando una, la más atrevida sin duda, se le aproximó entusiasmada, y el niño, extendiendo sus brazos hacia ella..., desde las puntas de sus dedos lanzó un destello, un fogonazo de luz azul, un relámpago que atravesó el aire y llegó hasta la aparatosa peluca que ostentaba la dueña, restalló en su cabeza y le obligó a dar un angustiado grito de sorpresa y huir hasta el más lejano rincón de la estancia. Luego fue otra, y luego su madre, quienes recibieron idéntico tratamiento y emitieron parecidos gritos, mientras yo daba innumerables pases magnéticos y Andrés despedía largos y quebrados y azules rayos por los dedos y reía con enormes e histéricas carcajadas...

Todas cuantas allí estaban salieron al fin huyendo, y aunque aquella noche, durante la hora de la cena y una vez tranquilizado el niño, Andrés y yo debimos dar a su madre las explicaciones que el caso requería, me ocupé de presentarlas como "altamente científicas" y producto de los nuevos tiempos que corrían, no sin múltiples reticencias por su parte.

–Pero, entiéndame bien, presbítero... ¿Es todo esto inofensivo para el niño, o algún día deberemos lamentar una desgracia?

... y fue de la forma que cuento que la fama de mis poderes aumentó extraordinariamente y las señoras me contemplaron desde entonces como quien ve al Demonio, es decir, a prudente distancia y en el más respetuoso de los silencios.

CHAVALA GUAPA LEYENDO UN LIBRO

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Cuando yo era pequeño pensaba que las chavalas guapas, las macizas, no comían nunca alubias ni lentejas ni nada de eso. Me parecía que debían de comer ensaladas de fantasía o algo por el estilo, pero alubias y lentejas seguro que no.

Hoy en día siguen conservándose tradiciones semejantes. Lo que la gente de hoy piensa es que las chavalas que molan no leen libros, sino que están todo el tiempo enredando con el móvil, como las que salen en televisión..., pero en eso están tan equivocados como yo cuando era pequeño, pues las chavalas guapas sí que leen libros, y con enorme fruición en ocasiones, según se puede observar en el espécimen de la fotografía.

Concierto marítimo

Lo que sigue pertenece a “La aventura de las luces azules”, continuación de “Europa barroca” y novela en la que, entre otras movidas dignas de mención, se habla acerca de la amistad que hicieron Eduguá (un tipo como cualquier otro) y un cachalote telépata del océano Atlántico. Una de estas descripciones es la que va a continuación, y está hacia la mitad del libro.

Concierto marítimo

Cuando, aquella vez, llegamos Javi y yo al lugar de la cita, un lugar cercano a la costa en un mediodía radiante del mes de mayo, Eudoxio ya estaba allí; fue la primera vez en que llegó antes que nosotros. Estaba con dos congéneres, dos cachalotes tan grandes como él y de los que, por la mañana y con la voz de la abuela, me había dicho,

–No te preocupes, son amigos míos, los conozco desde hace muchos años. Uno de ellos es Crispincín. No es hijo mío, pero le eduqué yo en la manada que fundé. Ahora él tiene la suya propia, aunque al Ártico solemos subir juntos. El otro es el patriarca del grupo más grande que jamás conocí, ¡una manada de más de doscientas hembras!, aunque para manejarla tiene ayudantes, claro es. Él no emite luces azules pero está muy interesado en nuestra relación. Se lo conté, y me pidió que alguna vez le llevara a uno de nuestros encuentros. No te importará, ¿verdad?

Yo contesté,

–No, en absoluto. ¿Son también músicos tus amigos?

–Bueno, en los viajes solemos cantar juntos, pero no se puede decir que conozcan la música de los humanos. Se lo he explicado, y me ha dicho que tomará buena nota de lo que suceda.

Luego yo me acordé de algo.

–¿Has vuelto a tener noticias de los que nos miran desde la estrella?

–No, ya sabes que ellos no se molestan por nosotros. Cuando se manifiestan, lo hacen de manera inequívoca. ¿Por qué me preguntas eso?

–No, en realidad por nada. Yo aproveché aquella ocasión para pedirles un favor y no sé qué habrá sucedido. Fue mi madre quien apareció en su nombre, pero de momento no han dado señales de vida.

–Bueno, hay que tener paciencia, el olvido no entra en sus planes. Si deciden complacerte, te darás perfecta cuenta.

Cuando llegamos al lugar convenido, los tres cachalotes nos hicieron un recibimiento propio de su especie, la denominada Physeter macrocephalus, expresión latina que significa "soplador cabezón". Nos recibieron con un gran concierto de bocinazos, mugidos y resoplidos en todas las frecuencias, y luego nos rodearon y mostraron bien a las claras su alegría, y para que no quedara duda ejecutaron una serie de danzas y saltos, a los que mejor habría que calificar de panzazos, que dejaron al barco y a nosotros chorreando. Javi levantó las manos y gritó, ¡eeeeehhh, quietos, nos rendimos!, y aunque no entienden el español lo comprendieron perfectamente. Bucearon un poco y se colocaron simétricamente, mirándonos con atención y ronroneando como gigantescos gatos. Javi y yo nos bañamos en el mar, un baño siempre viene bien para relajar el cuerpo y despejar la cabeza, y luego empezamos a pensar en comer algo, porque lo que nos había llevado hasta allí, la música, no comenzaba hasta el atardecer. No sé cuál es el motivo de que a los cachalotes les gusten los cánticos vespertinos, pero es así.

Entonces Eudoxio levantó la cabeza, soltó uno de su horripilantes gritos y se sumergió, desapareció bajo las aguas y sus amigos no tardaron en seguirle, desaparecieron los tres. Javi, sorprendido, dijo,

–¿Tú crees que se han ido? –y yo contesté,

–No, en todo caso habrán bajado a comer. Cuando se van, siempre avisan antes. Podíamos aprovechar también nosotros. ¿Qué tenemos por ahí?

–Todavía queda guiso de la marmita de Petra.

–Bueno, pues vete calentándolo.

Yo estaba mirando la superficie del mar cuando uno de ellos apareció de improviso. Apareció lejos, a media distancia, y se quedó allí, observándonos. Yo le hice señas con la mano y luego apareció el otro, que se puso a su lado. Me miraban como si estuvieran muy interesados en algo, yo me preguntaba en qué, y miré a mi espalda..., y en ello estaba, cuando de repente oí un ruido conocido. ¡Eudoxio, y sus inconfundibles trompetazos, emergía junto a nosotros!

Aquello fue como un huracán, y en un primer momento creí que nos hundía. La cabeza del cachalote apareció sobre las aguas tumultuosamente, muy cerca, y de ella salió una ola, o eso me pareció. Salió muchísima agua que me cayó encima, me empapó y llenó el barco, escurrió y volvió a caer por los imbornales a su lugar de procedencia mientras miles de objetos culebreaban en todo lo que me era dado ver, todo se había llenado de pequeños objetos blancos que se movían e intentaban huir desesperadamente. Javi subió las encharcadas escaleras corriendo, ¿qué ha pasado?, ¿qué es esto...?, y yo solté la carcajada. ¿Cómo no se me había ocurrido antes...? Eudoxio nos había llenado el barco de calamares.

Efectivamente, lo que había en la bañera eran unos cefalópodos pequeñitos, maravillosos, de los que yo no había vuelto a ver desde que era pequeño, cefalópodos de verdad, sin ningún cruce genético de tipo industrial, sin conservantes ni colorantes ni atomizantes ni nada de eso, y vivos, a juzgar por el follón que había en la bañera. La gran mayoría había caído al mar, porque el escupitajo de Eudoxio había sido monumental, pero los que habían quedado en el fondo, que Javi y yo, tan estupefactos como es de imaginar nos apresuramos a recoger, estaban vivos; debían de ser abisales y frescos, vamos, recién pescados. Eudoxio, que debía de subir directamente desde abajo, desde varios centenares de metros, a lo mejor más, había cogido un puñado, para él un bocadín, para nosotros un banco entero, y sin más nos los había escupido encima.

–Los humanos prefieren los maganos porque tienen la dentadura sensible, esto ya se apuntó, y ahora vais a saber vosotros, humanos de vuestro tercer milenio, lo que es el pescado fresco; de esto ya no se acuerda casi nadie. ¡Ahí va...!

Acto seguido nos metimos en la cocina con aquel tesoro, y con lo que teníamos almacenado hicimos un guiso de los que poca gente ha conocido. Lo he dicho mil veces, ya nadie se entera de nada, y de aquello tampoco porque Javi y yo, en cuanto la preparación estuvo a punto, media hora después, nos apresuramos a comérnosla, y eso que nos salió una enorme sartén que incluso rebañamos con pan duro. ¡Maganos con toda la tinta!, pimiento verde, aceite de alguna aldea de Zamora, ajos de la ristra, un montón de tomates que previsoramente llevábamos, una gran cebolla roja..., aquello fue todo, y para cocerlos añadimos agua del mar, así que, ¿qué más querrían oír ustedes...? Pues aún diré que guardamos con todo cuidado los sobrantes para ocasión posterior, y que mientras estuvimos merendando aquella maravilla Eudoxio y sus amigos desaparecieron, debieron de irse a merendar ellos también, se sumergieron y estuvieron un rato por allí abajo, y luego, cuando hubimos acabado, con el buen cuerpo que te dejan estos alimentos, volvieron a subir y se dedicaron a dar vueltas alrededor de nosotros muy despacio, como esperando algo, y entonces Javi cogió la gaita y yo la trompeta, y mientras se desarrollaba el crepúsculo, mientras el Sol se ponía allá lejos con sus acostumbradas luces, primero naranjas y luego más rojas, y al fin, cuando desapareció del todo, ante un público formado por dos catodontes adultos y expectantes dimos un concierto como nunca antes oyeron las olas del mar ni ninguna de las ninfas del océano, un concierto marítimo y crepuscular, un concierto en trío para trompeta, gaita y continuo. El continuo lo hacía Eudoxio, que a veces parecía un órgano de tubos y a veces un violonchelo cósmico, ¿o era una viola de gamba cósmica...?, no sé, e incluso a veces el instrumento del continuo por excelencia, el clavicémbalo. A partir de ahora te voy a llamar Juan Sebastián. Para algo tenían que servir las conversaciones de puerta chirriante, y modulas con suficiencia, parece que te ha enseñado alguien. Claro, que después de tanto tiempo ensayando juntos, algo habrás aprendido...

Esta idea se la brindo a futuros músicos, o a músicos del futuro. Yo creo que se puede desarrollar mucho.

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Una de las muchas aventuras de Pipo

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En Las Estaciones , novela ambientada en la época actual y en la que se narran los sucesos que durante un año se dieron en casa de una gente que, al parecer, tiene bastante dinero, hablan varios personajes, como la institutriz, el encargado de la seguridad y el niño, que es en realidad el protagonista de la historia y el que tiene en su haber la mayor parte de los comentarios; como este que sigue, lo van a ver (o mejor, a leer) ustedes.

A Patricia, a la mulata Patricia, le olía el culo a jaramugo, que era un rosal que había en la parte de atrás, al lado de la puerta de la cocina, y tenía flores todo el año, se lo oí decir al tío Mary una vez que se lo dijo a mamá y no me veían, no sabían que estaba allí, y entonces ella le dijo, ¡qué cosas dices!, ¿y así quieres tú ligar?, pues como te oiga, ya sabes lo que te va a contestar..., y el tío Mary se fue riendo por el pasillo y canturreando por lo bajo, que no sé qué cantaba, pero debía de ser algo muy divertido porque iba dando saltos y golpes en las paredes.

A la mulata Patricia, o sea, a mi mulata Patricia, ¿le olía el culo a jaramugo, como decía el tío Mary? Pues cualquiera sabe, pero seguro que le olía muy bien porque Patricia siempre olía muy bien. A mí, al principio, algunas veces, cuando volvía del colegio me decía, Pipo, ven aquí, y cuando estaba a su lado me cogía por el hombro y me decía, niño, tú, ¿qué champú usas?, y yo contestaba, pues el del baño, ya, ¿pero cuánto hace que no lo usas?, y yo la primera vez dije la verdad, pues no sé..., ¡tres días...!, y ella se me quedó mirando, ¿tres días...?, ¡Pipo, eres un poco cochino!, ¿no?, haz el favor de ir al baño y ducharte de arriba abajo, y yo obedecí, fui e hice como que me duchaba. Bueno, sí, me duché un poco, pero poco, ni me lavé la cabeza ni nada, sólo me la mojé, y cuando volví me dijo, ¿ves tú?, ¿no estás mejor ahora...?, oye, si no te duchas, ¿a ti no te pica la piel?, y yo la miré extrañado, ¿a mí?, no, a mí no me pica nada, ¿a ti te pica?, y Patricia puso cara de paciencia y ya no quiso seguir hablando de aquello, no, a mí tampoco, venga, vamos a ver que te han enseñado hoy, y luego, a los pocos días, volvió a pasar lo mismo. Estaba en la mesa con todos los libros y ella entró y dijo, ¡Pipo!, ¿tampoco te has duchado?, y yo la miré, es que..., ¿es que qué?, pues que se me ha olvidado..., bueno, pues venga, levanta y a la ducha, y yo fui y volví a repetir la operación, me mojé el pelo y los brazos, me puse el pijama y fui al cuarto de Azucena en donde estaban las dos hablando de cuestiones intrincadas, yo creía que era algo del colegio pero qué va, estaban hablando de los chicos de la clase de Azucena, porque ella decía, sí, pelirrojos hay alguno, pero son los que menos me gustan..., y al verme se calló. Entonces dije, ¡ya!, y Patricia me miró y dijo, muy bien, venga, vamos a ver qué tienes que hacer, y nos fuimos a mi cuarto y ella no dijo nada, y de esta forma la estuve engañando unos días, pero resulta que uno, un día, me lo volvió a decir, Pipo, ¿no te he dicho que hay que ducharse al volver del cole?, y yo fui, me mojé el pelo y los brazos y por el cuello y volví, aunque tardé un poco, claro, para que no se diera cuenta, pero volví y me dijo, ven, y fue y me olió como por el cuello y entonces dijo, mira, Pipo, los niños oléis muy bien, no te digo que no, pero tú no te has duchado, ¡ay, que sí...!, que no, Pipo, y ahora mismo te vas a duchar de verdad, y delante de mí para que no me engañes, y yo me quedé sin habla. ¿Delante de ti...? Ni hablar. ¿Cómo que ni hablar? Venga, andando delante de mí hacia el baño, y llegamos, yo bastante asustado, porque cualquiera se imagina lo que puede suceder en un caso así, y ella dio al grifo del agua caliente, lo puso todo bien y dijo, venga, adentro, y yo me eché hacia atrás. Pero ¿vestido...? No, de vestido nada; desnudo. Pues entonces tú vete. ¿Yo...? Sí, para que me engañes como todos estos días..., venga, quítate la ropa, cosa que ya me resultaba bastante comprometida, ¡sí, venga, delante tuyo...!, delante tuyo, no; delante de ti..., ¿verdad?, pero no te preocupes que no te voy a mirar nada, me tapo los ojos y arreglado, y se los tapó, y se los tapó de verdad, o por lo menos eso parecía porque además se volvió de espaldas, oye, pero tú no mires, ¿eh?, ¡Pipo...!, bueno, espera, que ya voy, y me quité la ropa a toda velocidad y me metí detrás de la mampara, ¿ya?, sí..., ¡yaaa...!, y allí estuvo todo el rato y yo dando novedades, ahora me lavo el pelo, ¡aaahhh...!, vale, y ahora por debajo de los brazos, bueno, y los pies..., muy bien, niño, muy bien, pero acaba, que para ducharse no hay que tardar una eternidad. Luego cerré el grifo y me dijo, toma esta toalla, y yo me la puse y salí, y ella, que estaba sentada en la banqueta, me dijo, ven aquí, y cuando estuve a su lado me cogió por un brazo, me olió otra vez y se rió. ¿Ves tú?, esto es lo que yo quería; hala, vístete y ponte ropa limpia, y se fue.

A Patricia, según decía mi tío Mary, el culo le olía a jaramugo, y yo creo que era verdad, o por lo menos las manos le olían a zarzarrosa, y como el tío Mary decía que a Patricia le olía el culo a jaramugo, que no sé por qué lo diría, a lo mejor es que se lo imaginaba, un día, sin que me viera nadie, por la mañana, que era cuando no había nadie por allí, fui hasta el tendal que había detrás, en el jardín, pegado a la tapia para que no lo vieran las visitas, aunque las visitas nunca iban por allí, y estuve buscando alguna de sus bragas, pero yo creo que no encontré ninguna porque todas las que había aquel día eran como grandes, como de señora mayor, y yo me imaginaba que ella las llevaría como Azucena, que llevaba de esas que son como tiras por detrás, pero allí no había nada de eso, sólo había de las grandes y pensé, bueno, ya lo miraré otro día, porque oler aquellas no me apetecía mucho, y resulta que cuando estaba allí mirándolas, que había una fila de ellas, oí algo detrás, me di la vuelta y me encontré a Sean.

–Hola, Sean.

–¿Qué tal? ¿Vas a montar en bici?

–¿En bici...?

–Ah, no sé... ¡Como ya nunca vienes por aquí!

–No, es que estaba buscando una cosa...

–¿Qué cosa? A lo mejor yo sé dónde está.

Yo lo pensé.

–¡Qué va...! Lo que estaba buscando no lo encuentro... –y me hice el despistado y me puse a mirar a los árboles.

–Oye, ¿y por aquí no hay cigüeñas?

–¿Cigüeñas...? Sí, claro que hay, pero en este jardín no. Para eso hay que ir a un pueblo. Además, ahora estamos en invierno.

–¿A un pueblo?

–Claro. Están en las torres de las iglesias, pero sólo en verano, y a veces en primavera.

–¡Ah, es verdad...! ¡Si ya las he visto...! –y me fui, porque a lo mejor Sean se imaginaba algo–. Bueno, que me tengo que volver a casa.

–Vale.

... y entonces, como no encontré lo que buscaba, se me ocurrió que lo que tenía que hacer era ir a su cuarto cuando ella no estuviera y mirar en los cajones, porque seguro que allí habría. Lo que sucedía era que entrar en su cuarto cuando ella no estuviera era difícil, porque si no estaba con nosotros solía estar en su cuarto, aunque a veces estaba con mi madre, pero solía estar poco..., o no, mejor a la hora de la comida, porque como ella comía con nosotros, que siempre estaba de palique con papá, sólo tenía que levantarme y decir, "perdón", hacer como que iba al baño, ir hasta su cuarto y mirar en los cajones, pero tenía que hacerlo a toda velocidad porque si me cogía seguro que se iba a enfadar..., bueno, no sé, y un día lo hice. Me levanté, dije, "perdón", que me salió fatal y todos me miraron, pasé por delante del baño y entré en su cuarto, que olía a las flores que solía poner mamá, abrí el armario y había cajones como los míos, así que abrí uno y luego otro y allí estaba su ropa, toda en fila, que las había de todos los colores, azules, rojas, blancas..., bueno, y cogí unas, y cuidando de que no se desdoblaran me las llevé a las narices, pero aquello no olía a nada, a lo único que olía era a jabón, estaba todo limpísimo y ordenado, y entonces, al lado, vi una cosa como de gasa, la cogí y resultó que era un sujetador fantástico, rosa con pintitas blancas, y cuando me quise dar cuenta resultó que lo había desdoblado entero porque si no, no se ve bien, y me dije, ¡jo, lo va a notar seguro!, ¿cómo estaba doblado?, pero me resultó imposible dejarlo como estaba, aunque lo intenté, y cuando acabé me tuve que volver al comedor porque ya debía de llevar mucho rato, así que cerré todo con cuidado, volví a la mesa, me senté y seguí comiendo, y luego ya no pude dejar de mirarla en toda la comida porque la tenía enfrente, y ella se dio cuenta.

–Pipo, ¿qué te pasa?

–Nada. ¿Por qué...?

Aquí hubo una pausa.

–Estás temblando.

–¡Ah, ya...! Es que tengo frío.

–¿Frío...? ¡Si aquí hace calor!

–Sí, no sé. Es que me ha dado como un mareo...

–¿Un mareo...? ¿Estás malo?

–No, no sé...

... y al acabar mamá se empeñó en que me pusiera el termómetro, pero como no tenía fiebre me tuve que ir al colegio como todos los días, aunque aquella tarde no pude pensar en otra cosa que no fuera el sujetador rosa con pintitas blancas, incluso cuando el profesor nos preguntaba, que menos mal que a mí no me preguntó nada, porque yo no veía más que aquello de gasa rosa que ondeaba al viento como si fuera una bandera en un palo...

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

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En esta historia se cuentan algunas de las peripecias que le suceden a unos personajes (los piratas de las gafas de sol) que se han tomado un ácido en una playa de una isla (mediterránea, por lo que parece) a la que arriban. Pertenece al "Viaje al verano", unas novela que escribí hace diez años.

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Primero había una especie de tapias, unas ruinas y tres o cuatro gallineros, sólo que sin gallinas. Luego unas construcciones más serias, y delante de una de ellas un objeto que podría ser un farol encendido iluminando un letrero. Aunque no se lo crea, ponía, "bar", pero así, con las tres letras, y nosotros, claro, entramos, saludamos, que había dos o tres clientes, y pedimos unas cañas. "Botellas tienen que ser...", nos dijo el de detrás de la barra haciéndose el despistado, como si no supiéramos que era uno de los bandidos, pero nosotros, que tampoco íbamos a levantar la liebre, le contestamos del mejor humor, "pues venga, botellas...", que hay que ver cómo te ponen los tripis. "Qué..., acampando, ¿eh?", nos soltó el de la barra sin mirarnos ni darle importancia (debía de ir mucho turismo por allí), pero nosotros hicimos como que no nos enterábamos del rollo, como si no supiéramos que... "Y..., síii...", le dijimos al mismo tiempo que libábamos cerveza de pirata y pedíamos unos puros y unos chicles, que era lo único que estaba claramente a la venta. Encendimos los puros mientras mascábamos furiosamente los chicles ante las miradas atónitas (o sea, me figuro) de quienes estaban allí, que nunca debían de haber visto a alguien viajando, todo muy deprisa y sin dejar de movernos, que es que resultaba imposible. Dimos un par de vueltas a la habitación mirando los carteles, que eran como sobras de la civilización anterior, algo ecléctico y con todos los colores corridos, y en el entretanto otro perro entró, se acercó, nos olió y marchó a continuar la ronda, y tal y como sucede a veces salió a relucir el tema meteorológico, es decir, nos enteramos de que hacía trescientos diecinueve días que no llovía, y no menos de siete años que no repicaba la campana de la cisterna grande (se debían de referir a la mayor), que era lo que sucedía cuando se llenaba.

Casi siete años de sequía llevábamos nosotros también y así se lo hicimos saber al tabernero, quien en un fugaz y acertadísimo momento de lucidez nos cogió la onda, o sea, la segunda intención, y fue y nos puso otras cervezas, que el otro no sé pero yo estaba seco, no sé si sería aquella cosa de la actividad activa u otra. Pero el tema, el meteorológico, era acertado, porque yo creo que se trataba de romper el hielo e hilar una cierta cháchara, que debían de tener ganas de palique el tabernero y los dos de allá atrás en la sombra, monjes perfectamente caracterizados. A saber, porque el disfraz de monje ha sido harto utilizado a lo largo de la historia por toda clase de bandidos, malhechores y otras gentes de similar o parecida catadura moral para llevar a cabo sus fechorías, digamos, y digamos bien, y además, si querían hablar, que hablasen. Una voz rugió desde el fondo, "... un vino!!!", y el de las gafas de sol contestó con un eructo majestuoso y el aire se heló durante una fracción de segundo..., (debían de ser muy finos allí dentro), pero nosotros no hicimos ningún caso. Yo di medio paso de baile (que es cuando te das media vuelta y te pones a mirar hacia el otro lado), el de las gafas redobló con ambas manos sobre la barra y masculló, "hum..." –lo cuento para que se vea de qué iba la cosa–, y el tabernero fue hasta atrás y sirvió unos vinos a los monjes. O sea, nada, una escena de bar normal le hubiera parecido a cualquiera, cuando la realidad... Total, que para no quedarnos atrás o ser menos ilegales que los bandidos, va el de las gafas de sol hasta en la cama y anuncia –que me lo debió de decir a mí, pero resonó allí dentro como un trueno–, "vamos a tirar un cohete...", una idea originalísima.

Bueno, muy fácil solía ser de todas formas. Se cogía un cigarro, a ser posible rubio, y se vaciaba sobre una mano, el mostrador, una mesa o lo que fuera; dentro del bar si el dueño estaba de acuerdo y fuera si no. Luego se sacaba una especie de cosa que algunos llaman piedra, otros china y aun otros tanganazo (aunque esta última acepción se suele aplicar bastante indiscriminadamente), y se le daba candela por uno de sus extremos, bordes o zonas fronterizas con el fluido aéreo, a ver si me explico; o sea, por el lado de afuera. Total, que cuando lo tienes medio en pista y humeante, coges y, chaca chaca, deshaces una cantidad variable de material, cantidad la cuál lo mejor es que sea inversamente proporcional a la calidad del producto objeto de la presente y pormenorizada descripción. El pellizco, que tal suele ser, se mezcla más o menos cuidadosamente con el tabaco, que esto depende de las aptitudes de cada uno, y ya tenemos hecha lo que en jerga claramente grifota se conoce como "mezcla". Entonces llega la segunda parte de la operación, que consiste en buscar (y encontrar, claro es) uno de esos papeles blancos, finos y pequeños, que suelen venir en librillos de cien (¿o de cincuenta?) y a los que el pueblo llano conoce como "papel de fumar", una pasada, una vez encontrado el cuál, que se puede decir que es para el farias...

(en los bares de carretera, claro, no allí, porque los bandidos no son tontos y los monjes menos, y menos aún vista la cara que ponían aquellos)

... se procede a realizar la última parte de la operación: se acomoda la mezcla dentro del papelillo; éste se enrolla con un movimiento bastante curioso y que podría describirse como doble torsión de los dedos pulgar y anular con movimiento de tonel, y luego, ras, ras, sendas chupadas en la mismísima juntura y aparece el cohete como por arte de magia en las manos de quien todo esto hizo posible, en aquel caso el de las gafas, el cuál, para acabar la descripción sin dejar detalle, está moralmente obligado a pasárselo al de al lado, nada de prenderlo él, da mala suerte; o es que la trae, no sé, no me acuerdo. Y en ello estábamos, yo controlando a ver cómo se colocaba la gente, o sea, el de las gafas en relación con los demás y poniéndome en el sitio bueno –dado que el cohete se lanza hacia la derecha–, y todo estaba discurriendo según lo previsto, es decir, que lo acabó, le metió el filtro...

(porque en esta historia también interviene un filtro, pero eso lo dejo a la imaginación del lector, lectora, perro o árbol que me sigue)

... efectuó un par de contorsiones extras y que no hubieran hecho ninguna falta y me tendió el cohete, blanco y blanco. Por un instante algo flotó allí dentro, una onda blanca, y todas las miradas convergieron en el mismo punto, imaginarse..., y fue precisamente entonces, en el momento que describo, que con gran estruendo se abrió la puerta y un ser totalmente nuevo en esta historia (aunque no en otras), vestido de oscuro, la pistola al cinto, apareció en el umbral. "Estamos perdidos...", oí farfullar al de las gafas de sol, que se había quedado trabado en mitad de la habitación, de pie y con la mano extendida, "¡un cazador de recompensas!". Aquella vez sí que se heló el aire. Yo tosí y carraspeé escandalosamente, quizá para llamar la atención hacia mi persona, pero el autor del cigarro, que debía de ser malabarista, cerró la mano, recitó una letanía ininteligible (corta, eso sí) y volvió a abrirla: nada, había desaparecido el cuerpo del delito. Sin embargo, me parece que fue un número innecesario porque el recién llegado no nos hizo el menor caso, que entró, barbotó un saludo tenebroso, fue hasta el fondo, se sentó ante una mesa de las varias que había y, volviéndose hacia los monjes, va y les dice, "¡qué...!, ¿para cuándo esa partida...?", y se pusieron los cuatro (con el tabernero) a jugar a las cartas, lo último.

Total, que en vista del éxito alcanzado por nuestras actividades, que yo creí que iba a haber cañonazos para ver quién pegaba fuego al asunto, al principio, o que ya entreveía movida con la autoridad competente, luego, cuando se abrió la puerta como empujada por un cíclope, pasamos de todo, pedimos nueva ronda (líquidos para todo el mundo, que esto ya no lo hace casi nadie pero la gente lo agradece) y prendimos el ya famoso –¡y qué digo famoso!, sino célebre a estas alturas del relato– cigarro de mezcla soporífera, y nos lo fumamos sin más, sin decir nada a nadie y casi sin darnos cuenta, porque tú vas, te metes un tripi, como decíamos, y luego vas, pillas un cohete, lo enciendes, y como su mismo nombre indica de repente te das cuenta de que se ha ido al cielo, como los angelitos, o como los santos, de los que hay tal cantidad.

Bueno, pues henos aquí en pleno viaje en aquella guarida en donde se daban cita no sólo bandidos y contrabandistas sino tipos aún más siniestros, que se debían de estar jugando las mujeres, los caballos y las pistolas allá atrás, tales eran las expresiones y denuestos que se percibían, algo del tipo de "paso", "envido", "hasta allá" y similares, y afuera una sola luz iluminando un solitario letrero en lo que podría haberse denominado plaza lateral de aquel poblado como del neolítico, "bar"; siempre hay un bar tras la próxima esquina, por lo menos en algunos países.

Un entorno muy apropiado, como digo, el presente, a nuestros quehaceres: una plaza, un farol, un bar en un islote, una partida de cartas de final impredecible, un campamento de piratas en la playa vecina...

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Luna de miel

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Pongo hoy un trozo de una de mis novelas, la denominada "Crucita y yo", la historia de la niña que nunca se hizo mayor..., con lo que parece que está dicho todo. No obstante lo cual, añadiré lo que sigue:
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Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...
Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...
¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...
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Este es el texto:

... y en los días que siguieron, ¿quieren saber ustedes lo que sucedió? Pues que me fui con Atahualpa a ver en directo la noche de San Juan, la noche de San Juan de aquel año a una playa pequeñita y pedrera del norte de España, una desconocida playa del norte de España en una noche con luna.

En aquel lugar no había fiesta multitudinaria, no, que sólo eran quince o veinte entre chicos y chicas. Todos estaban allí, alrededor de la hoguera, pero sin hacerla mucho caso porque estaban muy ocupados ligando, y tampoco tenían música, la música fue la de las olas del mar. Yo me bañé in púribus , ¡cómo si no!, y Atahualpa también, y un perro que andaba por allí suelto y a su libre albedrío se bañó con nosotros e insistió en sacarnos del agua. ¿Pensará este perro que nos vamos a ahogar? Pues sí, así debía de ser, porque a mí me empujaba con el morro hacia la orilla y aullaba lastimeramente en la medida en que podía, aullaba un poco pero se callaba en seguida, en cuanto tragaba agua. Sin embargo, seguía imperturbable con su trajín de salvavidas, empujándonos y empujándonos mansamente..., y luego fuimos con unas toallas improvisadas a secarnos a la hoguera. La hoguera era una hoguera muy buena, con mucha brasa, para secarse perfecta, y nadie nos miró sino que nos dijeron adiós cuando nos fuimos, ¡hasta el año que viene!, ¡adiós! El perro, en un despiste de los de la hoguera, se comió unas cuantas chuletas que había preparadas en una parrilla al lado del fuego, pero no sucedió nada porque los que allí estaban no se dieron cuenta, se darían cuenta después y el perro se vino con nosotros. Se veía que nos había tomado apego y nos acompañó hasta el coche a buen paso y jadeando, y a partir de entonces Atahualpa y yo cantamos mucho juntos, a lo mejor por las reminiscencias de aquel perro tan listo. ¿Te llamabas Caruso en vez de Tutifruti? Pues otra cosa sería más difícil porque llevabas una chapa en el collar que así lo decía, aunque, ¿quién no cambia de nombre varias veces en esta vida?, pero a nosotros nos inspiraste, y en los días que siguieron cantamos muchísimo por los acantilados del norte, por las llanuras de Castilla la Vieja y los bosques y montañas de aquel mi país, cantamos de noche y cuando hubo luna llena, o casi, porque es difícil acertar.

–¿Qué es lo que es difícil acertar?

–Pues cuando es el día de la luna llena. Ayer parecía que sí pero hoy también. ¿Cuándo es luna llena? ¡Dímelo tú!

–Pero, Crucita, si siempre es luna llena. ¿No lo notas...?

Atahualpa tenía una furgoneta, una Wolkswagen vieja como las de las fotos antiguas, y nos pasamos el verano durmiendo en ella, aunque a veces también íbamos a hoteles, claro, ¿qué se pensaban ustedes?, nos teníamos que duchar, ¿no?, y otras nos bañábamos en pozas que encontrábamos, una vez en un lago fangoso, pero como era al atardecer no lo pudimos evitar, y fue tal nuestra ansia de soledad y purificación –sería para recuperar el tiempo perdido–, que buscamos los lugares más desiertos, los más apartados páramos y las mayores y más escabrosas quebradas del oeste de la provincia de Salamanca. Nos metimos por caminos y más caminos y un día no sabíamos ni en dónde estábamos, se lo tuvimos que preguntar a un señor.

–Sería un pastor.

–Bueno, sí, claro, era un pastor, pero eso da igual. Nos encaminó en la buena dirección y al cabo de un rato pasamos por un lugar muy despacio...

Era un lugar raro, sólo cuatro o cinco casas seguidas al borde del camino, y sin luz, no tenían farolas ni nada que se le pareciera. Nosotros íbamos por aquella carretera tan mala muy despacio y casi había anochecido, y al pasar yo vi algo en una de las casas, ¡para, para!, y Atahualpa paró, yo fui a ver y no me había confundido. Dentro de un oscurísimo portal de piedra brillaba la luz de un candil macilento, de un quinqué birria; yo al principio no me lo tomé en serio, pero me equivoqué, como tantas veces. ¡Jolín!, es que las cosas son difíciles, ¿quién es capaz de acertar a la primera? Eso no lo puede hacer nadie, ni mi hermana, que lo sabe todo... Pues la señora, la del candil, nos dio unas sopas de ajo que no se pueden describir. Estaban buenísimas, todas llenas de algo sutil que no era grasa ni huevo ni ajo ni jamón; debía de ser la legendaria esencia del famoso pan de azahar, de la que tanto se ha escrito y nadie sabe dónde está, y yo creo que ahora debería hablar de esto.

A lo mejor resulta que la materia íntima del pan de azahar es la quintaesencia encubierta de la sopa de ajo y reside en el pantano de Aldeadávila. En la cumbre de su presa se rodó el Doctor Zhivago , bueno, un trozo, cuando la hija de la chica habla con el comunista, al final, y eso es bastante poético, casi tanto como lo de los panes famosos. El pan de oro... Eso, ¡jo!, ese sí que es poético, ¡el pan de oro!, sí, pero también el pan de azúcar, el pan de pueblo y el pan comido, ¡jolín, en menudo lío me he metido...! Bueno, el pan candeal y el ázimo, el pan eucarístico, el de flor, el de molde, el de munición y el de pistola..., ¿pero adónde vas?, no, es que ya que he empezado..., aunque sólo me quedan el pedazo de pan, el de salvado, el fermentado, el francés, el integral, el que es como unas hostias y el nuestro de cada día; también contigo pan y cebolla. Fuera como fuese yo sólo puedo decir que aquellas fueron las mejores sopas de ajo que había comido nunca, y pensé, esto se lo tengo que contar al Rockero, a él seguro que le va a interesar, y por la noche, cuando estábamos allí, en mitad de aquellos inacabables yermos, dentro de la furgoneta y con todas las ventanas abiertas...

–Mejor, ¿no?

–¿Mejor qué?

–Pues que es mejor estar con las ventanillas abiertas. ¡Hace tan bueno...!

–Sí, eso sí; y se ven las estrellas...

–Sí, y los planetas.

–Es verdad; y los planetas...

–¿Tú sabes cuáles, de todos estos cuerpos luminosos, son planetas...? ¡Mira, ése es un planeta!

–¿Ese que brilla más?

–Sí, es Júpiter; Júpiter y su blanca luz... ¡Pero agárrame...! –porque nosotros habíamos salido afuera, mirábamos al sur, estábamos sentados en el suelo con la espalda apoyada en el parachoques y a mí se me ocurrió una nueva idea.

–Oye, ¿sabes lo que te digo? –y como lo debí de pronunciar con extraña voz, Atahualpa me miró temeroso.

–¡Ostras, a ver...!

–Pues que con mi anterior novio, el famoso Rafa, yo no sentía nada, me doy cuenta ahora... Era un asqueroso y todo lo hacía fatal; menos mal que lo metí en cintura, que si no, seguiría haciendo de las suyas... ¡Pero contigo me lo paso más bien...! Eso es lo que te quería decir, que contigo me lo paso más bien... –y Atahualpa me agarró por el hombro aún más fuerte y yo procuré arrebujarme y seguí.

–¿Y sabes otra cosa? Pues que yo lo atribuyo a fenómenos que suceden dentro de la cabeza. Prácticamente no hay que hacer esfuerzo alguno para conseguirlo. Todo es cuestión de dejarse llevar por esa gran fuerza, sí, como tú lo oyes, esa enorme fuerza a la que no sabemos qué nombre dar, o al menos nadie se lo ha puesto hasta ahora, que yo sepa, y que tiene algo que ver con la transmisión del pensamiento, ¿no? Tú me acaricias y yo noto algo mucho más grande que las simples caricias. Sucede un efecto multiplicativo que ya nos sucedía en casa del Rockero, en las Asturias, cuando éramos pequeños, ¿te acuerdas?, y lo que es un simple contacto se convierte en algo parecido a una erupción volcánica. ¡Oye, y no exagero lo más mínimo!, ¿eh?, todo lo contrario. En realidad me quedo muy corta porque una tampoco es capaz de explicarlo todo..., pero aquí me siento bien. Me encuentro como en mi época de niña feliz y despreocupada, que ya se me iba olvidando. Como la niña que creía que los protagonistas de los cuentos tenían la cara hecha de sopa de letras y hablaba con su perro, sí, y su padre la llevaba a los mercadillos de los pueblos veraniegos a comprarle zapatos fuertes para que no pudiera picarla la víbora de las arboledas, ¡qué difícil es eso...! En el campo nadie te ve, sólo los árboles y los pájaros. En la ciudad, sin embargo, mil y un ojos te observan. Tú crees que vas sola por aquella enorme calle, y desde un cuarto piso una mente tras unos prismáticos se hace su composición de lugar... Por eso insistí en venir a este sitio. Por un momento quise estar en comunión con los elementos de la Naturaleza que se me están escapando, el Sol, la Luna y las estrellas...

–¡Y los planetas!

–Eso, y los planetas... Y las nubes y las olas y las playas, y los árboles y las flores y los gnomos, y las hadas de las fuentes y los animales salvajes, los grandes y los pequeños, los ciervos, los jabalíes, las arañas y las pobres hormiguitas, que serán las únicas que queden después de una catástrofe con armas termonucleares..., porque, ¡qué maravilloso viaje fue aquel, mi luna de miel!

Durante más de mes y medio todo fue bien, pero luego, a mediados de agosto, en la fiesta del Tránsito, cuando inevitablemente el verano comienza a declinar, tuve una especie de repentino bajón, empecé a desvariar y luego a encontrarme mal y Atahualpa se asustó.

–¿Tú no sabes que yo tuve una amiga a la que le salió un alhelí en un ojo? ¡Y al tresabuelo de Monticola lo que le salió fue una fabe en un pie...!

–¿Qué tresabuelo fue ese? ¿El que mataba osos a pedradas?

–Pues puede. El Rockero no me lo ha dicho pero es casi seguro.

–¿Era el bisabuelo o el tresabuelo?

–No me acuerdo, pero la verdad es que da igual. Oye, y que las gallinas de Palmira eran tan calientes que ponían los huevos fritos, ¿eso tampoco lo sabes? Es que tú no sabes nada. Además, las bragas de las japonesas... –y me puse blanca por entero, los ojos me giraron y durante un segundo me quedé sin habla, una nube pasó por dentro de mi cabeza y Atahualpa me miró y se alarmó del todo.

–Oye, ¿qué te pasa?

–No sé. ¿Por qué?

–Te has puesto muy pálida...

–Ya..., sí..., no sé... –y me caí redonda sobre el asiento del coche, y cuando desperté, un rato después, él estaba muy asustado.

–Crucita, nos vamos.

–¿Adónde?

–Pues a casa, ¿adónde va a ser? Tú necesitas... –pero lo que yo necesitaba no lo sabía nadie, ni Atahualpa.

Don José, el cuclillo

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Este cuento, que es bastante corto, está también en "Animales y otros fenómenos eléctricos".


Don Jo sé Cuclillo era un pájaro al que molestaban los ruidos. Le molestaba, claro es, el fragor de los automóviles que de vez en cuando transitaban por la cercana carretera comarcal, y le molestaba el remoto ruido del tren de mercancías que resoplaba allá a lo lejos, sólo un poco más acá del horizonte, así como el de su primo hermano, el retumbo del trueno apartado, anunciador de próximos aguaceros en los bochornosos atardeceres del verano, pero le molestaban también, ¡y de qué manera!, las distantes voces de los labradores, e incluso en determinadas ocasiones, cuando la primavera avanza y parece que va a llegar el estío, las cantarinas risas de las labradoras. Puestos a exagerar, porque don José, para esto de los ruidos, la verdad es que era un poco exagerado, bien podríamos decir que le molestaban los zumbidos de abejas y moscardones en su incesante ajetreo, y hasta el susurrar de las hojas en otoño, que ya es decir..., pero lo que más le molestaba, ¡ay!, lo que más le molestaba de todo, quizá porque era lo que más cerca tenía en aquella campestre paz a que desde pequeño estaba acostumbrado, eran los cánticos de los individuos de su clase, sus parientes cercanos y lejanos, las avecillas.

A don Pepe, el cuco, le molestaba muchísimo el chirriante graznar de la urraca, el "guec guequec" del pardillo común, el cuchichí de la perdiz, el crotorar de mamá cigüeña y el mismísimo cucú de sus hermanos. A don José, a don Pepe, por expresarlo con claridad, le molestaba prácticamente todo.

¡Ah!, no diría eso si hubiera encontrado a un pinzón real, un escribano palustre o un mirlo blanco, esos pájaros cuyos solemnes trinos, tan acordes con la espesura en que se producen, no tienen nada que envidiar al virtuosismo desplegado por algún avezado (¿y enamorado?) flautista. Don José, para mayor inri, ¡qué le vamos a hacer!, tampoco había conocido nunca a un pájaro órgano...

Lo que más le fastidiaba eran las horas previas al amanecer, esos momentos en que el reino alado, cuando aún es de noche, saluda al nuevo día.

–Pero..., ¿será posible? ¡Y todas las mañanas lo mismo!

Don José, puesto que con el jolgorio que se armaba resultaba imposible pegar un ojo, se internaba en la fronda renegando y maldiciendo con las mil y una maldiciones del libro en el que están escritas las más exageradas ofensas.

–¡Tañedores de ruido rosa!, ¡amantes del quodlibet ...!, y digo poco: ¡biznietos de Satanás! Así os veáis atravesados por las más negras flechas de Orión, el cazador por antonomasia, y bla bla bla...

... y todo ello acentuado por la temprana hora, porque don José, como no es difícil imaginar, por las mañanas sufría de acidez y otros males estomacales.

Y ya que hablamos de amaneceres, ¿qué decir de los ocasos, la hora preferida por las bandadas de estorninos para expresar sus sentimientos, cuando en su emigrar se posan en las copas de los pinos piñoneros? ¡Bueno!, aquello sí que era superior a su fuerzas...

–No, no puedo, ¡no puedo! –decía don José horrorizado, y tapándose los oídos con las alas corría a esconderse en lo más recóndito de la selva.

–Y además, por si fuera poco..., ¡extranjeros!

Don José Cucl illo, que era un cuco serio , un cuco muy puesto en su acallador papel, pasaba el día reprendiendo a sus semejantes para que no alborotasen.

–Señora tórtola, ¿no se da usted cuenta de que...?

–Pero, don José, comprenda usted que tengo que emitir el grito nupcial. Si no, ¿cómo me iba a encontrar mi tortolito?

Don José, para algunas ocasiones, guardaba un mínimo de tolerancia.

–Vale, vale, pero, por favor, modere usted esa dinámica.

Don José, el cuclillo, por aquello de sus aficiones, conocía las voces musicales. Decía dinámica en vez de volumen, y decía también sordina, en vez de silencio. Un piquituerto común, su más próximo vecino, un pájaro que era un poco sordo –o que se hacía el loco, eso no lo sabemos–, con ayuda de un amiguete, un verderón serrano, un verderón bastante descarado –todo hay que decirlo–, intentó un día introducirle en los arcanos de la polifonía.

–Ustedes, jovencitos, ¿nunca oyeron hablar del debido respeto a los mayores?

–Pero, ¡hombre!, don José, no ponga usted esa cara. ¡Si sólo estábamos intercambiando impresiones!

–Sí, sí, impresiones... ¿No conocen, por ventura, las más altas virtudes de la sordina?

Allí se montaba la gran polémica, pues de sobra es conocida la condición polemista de los verderones.

–¿Así que no cree usted en los dominios de la afinación y las proporciones?

Don Pepe, el cuco, los miraba con bastante mala uva.

–¿Querrán estos arrapiezos cachondearse de mí? –pensaba para su adentros.