Novela en español

Noche de San Juan

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El Viaje al verano es una de mis novelas, y de ella he puesto algunos trozos en estas páginas, como uno que se llama «los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas». Esta noche es la noche de San Juan, y me parece ocasión oportuna para colocar aquí lo que puede leerse en la contraportada.


El VIAJE AL VERANO es la historia de una noche de San Juan. Nuestros personajes –y son unos cuantos–, iluminados por la luz de la luna mora y el errante cometa la disfrutan como si se tratara de una de esas catarsis del alma de las que tanto se habla. ¡Allá va todo lo que nos sobra! Sobre las llamas de la hoguera purificadora vuelan sillas desvencijadas, antiguas anotaciones, cepillos de dientes...

–¿Y amores no correspondidos?

–Por supuesto. Y malhumores, impaciencias y amarguras, pesadumbres y sinsabores, aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria.

–Y hasta un pulpo...

–Bueno, sí, hasta un pulpo. Un pulpo como de metro y medio de envergadura.

... consumido por el fuego y convertido en pavesas que se ciernen en brillante torbellino...

¡Buen viaje!

Influencia del alcohol sobre la escritura

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Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo primero.

Está demostrado que con la ayuda de un litro de cerveza pueden escribirse, cuando menos, doscientas palabras (1). Una novela normal tiene ochenta mil, es decir, cuatrocientas veces doscientas, de donde se deduce que con cuatro hectolitros de semejante bebida, que son una miseria, se puede escribir una novela, y esto son apreciaciones muy por encima de la media; lo más probable es que se pueda hacer con una cantidad mucho menor.

"La poesía y el alcohol caminan juntos bajo las estrellas".

(Proverbio de ignorada procedencia (2) que conocen muy bien la mayor parte de aquellos que se dedican a semejantes labores).

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1 Con un litro de sangre se puede componer una novela entera.

2 En realidad, debido a la pluma de Camargo Rain, al que de súbita forma vino a la mente mientras leía Ben Ammar de Sevilla, de Claudio Sánchez Albornoz (debe de ser que allí se dice algo muy parecido); hay que tener en cuenta que la prosa no es sino un caso particular de la poesía. A este respecto puede leerse lo que en la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos se dice sobre la curva y contorno de entonación, en la página 49 y siguientes, edición de Espasa promovida por la Real Academia Española en la colección Nebrija y Bello. Puede consultarse en internet.

Otra película

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Y bueno, ya que estamos de películas, aquí os dejo otro enlace en donde se puede apreciar (muy por encima) lo que sucedió con Juan Evangelista, personaje que vivió durante trescientos años (desde 1680 hasta nuestros días) y recorrió la faz de la Tierra animado de sus solas fuerzas.
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Vídeo clip sobre Europa barroca

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Seguro que más de uno ha leído lo que aquí se ha escrito sobre
una de mis novelas.
Bueno, pues ahora he hecho una peliculita, una cosa estilo vídeo clip, sobre esa novela, y para verla no hay más que ir al siguiente enlace:
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Yo me llamo Cacho Madera

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Traigo hoy unas páginas de "Europa barroca" , esa novela que cuenta la fantástica vida de tres personajes, Eduguá, la negra y el cachalote telépata y habitante del océano Atlántico. Eduguá tiene un hermano, Cacho Madera, un tipo que mide más de dos metros y ha hecho de su vida un sayo, y como ha pillado una de esas enfermedades "nuevas y misteriosas para las que no existe cura", acaba donde puede cualquiera se imaginar, aunque incluso a las puertas de la muerte tiene ganas de broma...

Esta no es una novela normal, de las de ahora, de esas que empiezan con el protagonsita entrando en un bar y encontrándose con alguien del sexo opuesto... (¿Por qué la mitad de las narraciones que veo por ahí empiezan de semejante manera? Misterio). No, esto es otra cosa, y para ilustrarlo (aunque esto no es el principio, sino un fragmento de su misma mitad), ahí van mil palabras.

Yo me llamo Cacho Made ra

Desde el control me dijeron que me fuera despidiendo, entró la monja y me dijo que me fuera despidiendo, debió de escapársele. Esta monja es muy grande y desconsiderada, aunque yo lo prefiero. El otro día el médico le echó una bronca de padre y muy señor mío...

Yo no sé cómo es esto de la técnica. A veces creemos que puede hacerlo todo... Sin embargo, yo aquí y las estrellas, sí, yo aquí y las estrellas, y si me descuido, sólo un descuido, vendrán hasta los de Recursos Humanos, los Asistentes Sociales o comoquiera que se los conozca ahora. Esos también hacen pajas, pero unas pajas muy raras; yo prefiero las normales.

Ahora veo la superficie del mar, la veo en ocasiones y cuando menos me lo espero. De repente allí aparece la azul superficie del mar plagada de bichos saltarines que croan como ranas y circulan ante mi punto de vista; deben de ser delfines. Una vez vi a un oso blanco paseando nerviosamente por la orilla de un mar glacial, un salmón se comía a un arenque, una foca se comía al salmón, y luego el oso se comía a la foca... Luego no sé qué sucedió, porque entró la monja y me despertó: ¡su inyección! Entonces yo puse el culo, como de costumbre... Me parece que estas medicinas modernas, esos líquidos rojos y transparentes, no sirven para nada, o por lo menos a mí no me sirven para nada. Yo sigo aquí, en la cama, a veces en el sillón, pero las fuerzas no me vuelven. En ocasiones parece que sí, y entonces me torno optimista y le digo a Sandy,

–Cuando todo esto acabe tenemos que dar la vuelta al mundo; yo no la he dado nunca. No sé a qué estaba esperando, pero ahora que estás tú aquí lo podemos hacer. A lo mejor es que me daba pereza hacerlo solo, pero eso se acabó. ¿Quieres ir a Ceilán? Sí, primera parada en Ceilán, y luego, ya que estamos allí, podemos intentar subir en el teleférico del Everest. Dicen que hay mucha cola, pero si se va con dinero por delante te la saltan y pasas el primero. También podemos ir a Pelotas. Está en el sur de Brasil y he oído decir que allí están las mejores playas del mundo. ¿Tú no sabes esa que dice, mi tío, que es brasileño, pasa en Pelotas el mes de abril...?

–No le digas eso a la niña.

–¿La niña...? ¡Pero si es muy mayor! Sandy, díselo a tu tía... Hermana mía, pareces una de los de Recursos Humanos.

Bueno, y otras veces, en vez de la azul y espejeante superficie del mar, lo que he visto ha sido la totalidad del Cosmos. Yo no sé si esto tiene que ver con lo que sucede cuando te ponen la inyección y ves las estrellas, porque con algunos de esos líquidos ves las estrellas. Como la monja debe de ser un poco sádica, tarda más de la cuenta en enchufármela y dice, aguante, aguante, sí, aguante, ¿eso no se puede hacer mejor?, y ella me dijo, no, es así como hay que hacerlo.

En cierta ocasión una voz me habló.

–Hace veinte millones de sus años que arribaron las primeras Oleadas, los primeros torbellinos de luces azules . ¿Azules...? Sí, ¿por qué no? Las primeras luces azules se produjeron hace cierto tiempo, algo después de nuestra toma de contacto con este lugar apartado.

Yo no sé si fue la abuela; la abuela hablaba con el pensamiento y la voz que oí me pareció la suya. Esto es difícil de determinar, más en mis circunstancias, pero aquella voz me pareció la suya, aunque la abuela nunca me habló de las estrellas ni de los misterios que encierra el Universo; eso lo he aprendido yo solo hace poco.

–No, hija, a las estrellas no iremos, por lo menos tú y yo. Iremos mejor a alguna playa de una isla desierta. Las estrellas son lugares demasiado complicados para nosotros, los seres humanos del siglo veintiuno. Están demasiado lejos, y una vez allí, cuando llegas, no sabes qué hacer. ¿Cómo te vas a pelear con el principio de exclusión entre neutrones? Las fuerzas son demasiado poderosas y no hay nada de comer.

Claudia me mira alucinada. Seguro que se está preguntando dónde he aprendido eso del principio de exclusión. Pues lo leí en un libro que me trajo el guarro. El libro estaba muy bien, muy claro. Era un poco antiguo, pero me ha dado igual porque tenía muchísimas fotos y dibujos; lo explica todo claramente. Ahora resulta que al guarro, que era tan tímido de pequeño, le ha dado por la física, y yo, desde que leí el libro, empecé a tener visiones cosmológicas...

Cuando me entró el bicho, el bisonte dentro del organismo, y lo digo ahora que ya sé que la luz del mundo se acaba, me dije, adiós mates, adiós pases y asistencias, ¡con lo bueno que era yo en esto de las asistencias...! Lo aprendí de pequeño, cuando jugaba de base, y engañas a todo el mundo. Miras hacia la derecha y lanzas el balón al que tienes a la izquierda. También lo puedes hacer poniéndote de espaldas y soltando el balón hacia atrás y por encima de tu cabeza, así sí que engañas a todo el mundo, nadie se espera semejante pase. Yo engañaba hasta a los de mi equipo, y el balón se iba fuera del campo y lo perdíamos. Cuando se juega hay que estar muy atento, menudas broncas tuvimos por ello... ¿Y qué me dicen del corte Ucla? Esto del corte Ucla es antiguo, muy antiguo, se descubrió el siglo pasado pero se sigue usando. Para hacerlo bien hay que tenerlo muy ensayado, pero para eso están los entrenamientos. Yo no sé cuando podré volver a entrenar. Entre unas cosas y otras lo tengo un poco abandonado, aunque en realidad es lo único que sé hacer, ¿o debería decir, que sabía hacer?

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Últimas entradas en mis blogs:

El cuento del gnomo vestido de rojo

Calatrava en el siglo XII

Alubias con langostinos y mejillones

Cuento del gabardinoso y su perseguidor

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Puesto que este es un blog literario, es decir, dedicado a contar cuentos chinos, y puesto que el cuento que quería contaros hoy es bastante largo y ya lo tengo alojado en otro lugar, en vez del cuento os pongo la dirección, a la que no tenéis más que ir para leer el famosísimo

cuento del gabardinoso y su perseguidor

¡Ay, pobre gabardinoso!, que la vida le llevó por estrafalarios caminos, y pobre también el capitán del equipo de hockey de veteranos de la Real Sociedad de Tenis en su justiciera y dificultosa aventura..., aunque ahora que lo pienso, no sé por qué digo «pobre gabardinoso», ya que al final, y contra lo que pudiera esperarse, todo se resolvió a su entera satisfacción...

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A continuación van las últimas entradas de mis blogs, por si queréis seguir curioseando:

foto de ballet

el faro del fin del mundo

la picaresca moderna

arroz con patatas y bacalao

ataque a la caravana

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El ataque de los demonios

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Traigo hoy a colación una nueva aventura procedente de otro de mis libros, el que se titula "Viaje al verano", que trata sobre los acontecimientos que tuvieron lugar durante una noche de San Juan. Aquí se cuenta lo que sucedió cuando, la noche que digo, a un rebaño de cabras con sus correspondientes cabritos, todos recogidos en el redil, les atacaron de improviso los demonios.

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El ataque de lo s demonios

Por si aquel final de primavera no estuviera siendo lo suficientemente agitado, a las pocas noches sucedió algo que marcó un hito en nuestras vidas, déjenme que les cuente.

Yo lo conocía por los olores, porque las cabras también olemos algo, pero sobre todo por la cara que ponían los policías (Redondo, el Terry y los demás) cuando soplaba viento de levante. No había más que verlos. Era soplar de aquel lado y ponerse todos histéricos; todos los perros a una aullaban desesperados. Algunos incluso se escondían en la cuadra de las terneras, y al Hijo del Altísimo le costaba Dios y ayuda sacarlos de allí. Las explicaciones al respecto, en el seno del rebaño, eran variadas. Unos que si fenómenos astrales, otros que si atmosféricos, e incluso otros que lo achacaban a causas que podrían situarse más allá de lo puramente físico, es decir, metafísicas, pero el caso era que todo el mundo tenía algo que decir. A mí, la que más me convencía era la teoría de doña Asun, la madre de Carola.

–¡Están oliendo a todos los demonios...! –decía atemorizada, bajando la voz y mirando a su alrededor.

Los demás, ante semejante vaticinio, callábamos, hurtábamos la mirada y seguíamos masticando. No sé si serían todos los demonios –o sólo algunos– los que vivían no muy lejos de nosotros, en dirección a levante, pero estaba claro que por allí cerca había unos bichos muy raros.

Pues bien, como iba diciendo, una noche que ya nos habíamos recogido en el redil, una noche tranquila y estrellada en la que aparentemente nada hacía presagiar lo que iba a suceder, comenzamos a percibir síntomas alarmantes. Por ejemplo, las ovejas, tan recatadas siempre, tenían montado un tumulto completamente impropio de su habitual forma de ser. Al otro lado de la cerca se adivinaban carreras y más carreras, los béees subían de tono y la polvareda aumentaba a ojos vistas, y eso que era de noche, hora sagrada para nuestras vecinas de corral. Por un momento pensé si no estaríamos en puertas de alguno de esos desastres naturales que he oído contar que a veces suceden, pero ni yo, ni nadie por allí cerca, notaba nada de ese tipo, y les aseguro a ustedes que los terremotos los notamos las cabras mucho antes que las ovejas. Luego fueron las terneras, que estaban en su nave, al otro lado de la casa, las que se liaron a coces y mugidos, olvidándose de Dvorak, de Janacek y de todo lo anterior... ¡El asunto estaba empezando a complicarse de verdad! Para acabar de rematar la faena, los perros, que corrían de un lado para otro en silencio y olisqueándolo todo, salieron de repente disparados sin rumbo, cada uno en una dirección y todos aullando de terror y a coro.

Ponerse a aullar los perros y a temblar los rebaños que había por las cercanías, fue todo uno. En el nuestro, que hasta aquel momento había conservado una cierta calma, se desató el pánico. Todas las cabras, los chivos, las chivas, los cabritos y los cabrones, acompañados por las vecinas ovejas, nos levantamos de golpe y empezamos a correr en todas las direcciones posibles. De repente me encontré, pero así, literalmente, en medio de un tumulto de cabras enloquecidas. Tan pronto veía pasar a mi lado a doña Asun como a Mariano el gandul, a Carola como a Orlando furioso. ¡Allí no había clases ni había nada...! El problema era que estábamos en el redil, y que éste era de dimensiones reducidas, de forma que los choques, las caídas, los gruñidos, las topadas y los balidos de dolor, eran continuos. Para que no faltara nada comenzaron a oírse por algún lugar, cercano, gritos humanos acompañados de unos extraños ruidos, ruidos muy cortos pero estridentes, unos ruidos de los que luego me enteré que eran descargas de fusilería, fenómeno que por allí no debía de producirse desde la guerra de la Independencia, y coincidiendo con ello algo voló por el aire. Una masa considerable –y además teledirigida, o teletransportada, o eso parecía–, una masa rugiente, voló por los aires, por encima de nosotros, de todos nosotros..., y luego otra, otra considerable masa de similares características y proporciones, como una sombra, voló también por el aire proviniendo de un lugar cercano, cayó al suelo, rugió..., y un instante después había llegado el demonio; o los demonios, bueno.

Yo, ¡jolín!, ver aquello (imagínense ustedes dos gatos gigantescos con unas melenas como las del mismísimo Belcebú...) y tener un acelerón automático, fue todo uno. Lo único que recuerdo, y lo único que puedo decir, es que en semejante situación la presión ejercida por los rebaños de cabras sobre las paredes de los recipientes que los contienen –en nuestro caso, el redil– es suficientemente grande. Fue entrar allí los gatos gigantes volando, y acto seguido derrumbarse la empalizada de madera por varios sitios al tiempo. Yo salí disparado, arrastrado por la marea, y acabé pisoteado por la avalancha de mis congéneres justo al lado de la cerca. Durante un momento me quedé más tirado que una colilla, sin saber qué pasaba, pero ello me permitió ver, sí, como en un sueño, lo que sucedió por las cercanías durante un segundo, o dos, o por ahí. Ante mis ojos pasó una película, y no miento, una película de una hora, o dos, en un segundo. ¡Las cabras volaban por los aires, sin alas, y los cabritos eran un clamor...! Los rugidos, los balidos horrorizados, la sangre chorreando desde todas partes..., ¡todo era lo mismo! Los gatos gigantes volaban también, y también sin alas, y tan pronto estaban allí como estaban aquí... No se pueden hacer ustedes una idea de lo rápido que puede ser uno de esos gigantescos gatos melenudos, ni de lo ruidoso, y no digo nada de dos; yo en la vida había visto una cosa igual, ni oído. Una polvareda, como causada por un tornado, había llegado al redil y en él se había instalado. ¡Todo daba vueltas y más vueltas...!

Desde el suelo vi al Terry que llegaba trotando desde fuera acompañado del perro policía Redondo. Se pararon y olieron... El Terry debía de estar atontado, porque así, en primera instancia, enseñó los dientes con aquella expresión tan suya, como si dijera, "aquí estoy yo, cuidado...". Luego, cuando reconoció lo que tenía enfrente, intentó salir huyendo, pero ya era tarde, aquella vez no le salvó ni la carlanca, y esto sucedió a mi lado, a mi lado y en una centésima de segundo: sonó un crac bastante elocuente, y el Terry se convirtió en un muñeco de trapo colgando de la boca de uno de aquellos bichos. El policía Redondo, por el contrario, fue mucho más listo. Dio media vuelta, saltó la tapia del corral por donde pudo y salió disparado hacia el monte, a gran velocidad y con el rabo entre las piernas. Yo me hice el muerto, y cuando por el rabillo del ojo vi que el gato gigante arrastraba por el cuello al Terry, me levanté de un salto y escapé detrás del policía Redondo como alma que lleva el diablo y sin atreverme ni a mirar a mis espaldas. Delante de mí galopaban centenares de cabras y ovejas confundidas en una estampida que se dirigía hacia el horizonte, hacia todos los horizontes. ¡El caos era total, y de la polvareda no digamos nada! Entre ella, la polvareda, y que era de noche, no había forma de aclararse ni de saber en dónde estaba nada ni nadie... ¡Las madres habían perdido a sus hijos y los hijos a sus madres! ¡Aquello parecía una de las más genuinas catástrofes bíblicas!

Yo corrí y corrí tras una serie de figuras que se me antojaron conocidas, y cuando llevaba recorrido un buen trecho, que se estaba acabando la llanura que rodeaba la casa y comenzaban las peñas y los enebros, he aquí que oigo que me llama una voz familiar. Miro y veo a Paquita la anoréxica escondida entre los árboles. A su lado dos caras jadeaban: Carola y otra de sus amigas, no recuerdo su nombre. De un brinco me puse a su lado.

–¿Qué hacemos? –acerté a decir.

La amiga debía de ser de armas tomar.

–¡Pues vaya una mierda de cabrón...! –vociferó completamente histérica–, ¡... que ni sabe lo que hay que hacer!

Carola, por fortuna, conservaba la calma.

–¡Venga, vamos más arriba! –dijo.

Los cuatro, de salto en salto, nos subimos por las peñas hacia la colina. Allá abajo seguía el tumulto, los balidos, los gritos, los rugidos, y nuevas descargas de fusilería volvían a oírse. Al llegar arriba nos frenamos y echamos un vistazo. Luces parpadeantes azules y anaranjadas se movían por la llanura acá y allá, pero ni idea de qué eran. Otras luces, estas destellantes, y a las que al cabo de un rato acompañaba aquel ruido de antes, estridente pero corto, se observaban alrededor de la casa, y la polvareda no disminuía. ¡La que se había organizado! Sin embargo, allí arriba se estaba bien, y la quietud de aquel lugar en lo alto de la colina contrastaba con lo que momentos antes había sucedido. Acostumbrados a pernoctar en la cuadra, aquello del aire libre, el olor del tomillo, del romero y la jara, amén de la bóveda celeste llena de estrellas, todo contribuía a que de repente nos sintiéramos de maravilla. En un segundo habíamos olvidado lo anterior y comenzado algo que parecía una nueva vida. Quizá por eso...

Carola, para empezar, ¿hacía como que se insinuaba?

–Ahora ya podemos...

Paquita y la amiga triscaban ramitas de la zona y miraban discretamente para otro lado.

Yo no sabía si ella se estaba refiriendo a lo que yo estaba pensando, pero sí, porque su actitud era inconfundible..., ¡y hacía unas cosas con los ojos...! Las estrellas, desde allí arriba, además, ¿nos guiñaban también los suyos...?

Total, que pasó..., pues eso, lo que tenía que pasar... Fue una cosa larga, claro, que una historia de este tipo hay que disfrutarla, sobre todo la primera vez, y variada. Incluso balábamos de vez en cuando, que es algo que se hace generalmente, y si se le da la debida entonación suena bien en las horas nocturnas, y luego, en el clásico inciso del cigarro, que como las cabras no tenemos esas costumbres mordisqueábamos un arbusto aromático a medias, aprovechamos el instante de calma para contemplar aquella nueva luz, extraña y alargada, que había aparecido meses atrás y se desplazaba respecto al fondo de estrellas noche tras noche... Yo, bajo la luz del cometa –y la de una luna creciente–, me debía de encontrar muy bien, porque cuando Carola, en uno de esos trances que tienen las cabras en determinadas ocasiones, en voz muy baja me dijo, "di algo bonito...", le contesté,

–Cuando todo esto acabe..., iremos a ver el mar.

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Acopio aquí las últimas entradas en mis blogs, por si a alguien le entra la curiosidad:

El ataque de los demonios

Viaje a Marte

Últimos paseos en transatlántico

Foto de ballet

La negra sale del fondo

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

Patatas a lo pobre

A mí no me desvirgó mi padre...

Aventura en la República española

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Traigo hoy a colación un fragmento de " Perpétuum móbile ", el cuarto y último de los libros de memorias de Juan Evangelista, que se desarrolla durante el siglo XX. El texto que va más abajo cuenta una de las muchas aventuras que sucedieron al protagonista en el transcurso de la alborotada Segunda República Española, que él vivió en Madrid como delegado de la Cruz Roja. Por aquellos entonces debía de tener el aspecto de una persona de sesenta años, sobre poco más o menos.


Como dije, yo tenía amigos en todas partes (en la Cruz Roja, en los sindicatos, en los bancos ingleses...), y durante aquellos años tuve ocasión de conocer y tratar a personajes variopintos. Por ejemplo, el negro Chevique. El negro Chevique, al que luego ahorcaron en un calabozo de la Modelo (quién, no se supo), era el que con suma añoranza decía, aquí los que tendrían que venir son Satalín y Molotouve, porque él, como sólo leía las revistas de los sindicatos, era un admirador de determinados personajes. El negro Chevique quería hacer las cosas bien, mil veces se lo oí decir acodado en la barra de un bar de la calle del Bronce, pero cómo se van a hacer las cosas bien cuando los que nos rodean tienen aficiones de salvajes y se dedican a voltear sillas por encima de su cabeza cogiéndolas con los dientes por la barra superior del respaldo..., porque aquello era lo que hacía el Matamares, que había venido de un pueblo costero de la Andalucía oriental. El matamares era el que decía,

–Dura e incierta es la vida del marinero...

... para concluir con hondo pesar,

–No hay suerte pa'l hombre honrao .

... y sus amigos sindicalistas atracaban bancos y, en los ratos libres, visitaban domicilios de personas pudientes. No pidas; tómalo, era su consigna.

–Vosotros sois muy valientes con quienes están en casa indefensos, porque la burguesía nunca se atrevió a empuñar las armas, pero ya veremos lo que ocurre el día que os saquen a tiros de algún lado, o cuando nos alcance esa batalla que está a punto de alcanzarnos a todos. No sé cómo no os da vergüenza andar de un lado a otro requisando joyas que luego os metéis en el bolsillo.

El que parecía jefe de aquellos muchachos, pues ninguno llegaba a los treinta, lucía en la gorra un emblema rojo y negro a guisa de galón.

–En realidad no lo hemos requisado, don Juan, no piense usted mal de estos pobres proletarios, que estaba abandonado delante de una casa y ya no era de nadie, ¡fíjese que automóvil tan magnífico! Su dueño ha huido al extranjero cuando se ha enterado de que íbamos a hacerle una visita. Alguien le habrá dado el soplo, porque esto está lleno de infiltrados, pero a nosotros nos ha servido para pasear como esos burgueses que usted dice. Ahora pensábamos ir a un establecimiento, y ya que le hemos encontrado..., ¿quiere acompañarnos?

El Río Club era un cabaret que estaba entre los dos Carabancheles, y aquella noche había actuación. Dejamos el coche en la puerta y ellos entraron en tromba, difícilmente refrenados por los porteros. La actuación había comenzado, y en seguida se alzaron voces reclamando silencio. Mis acompañantes, a los que salía el licor por las orejas, no sin gritos e insultos de muchos de los presentes consiguieron acercarse al escenario e instalarse en una de las primeras filas, detrás de lo que me parecieron unos matrimonios jóvenes, todos muy trajeados.

Luego se hizo la calma y la actuación prosiguió. Una muchacha cantaba una canción de moda acompañada por una orquestina, y mis conocidos, quizás impacientes ante el aire angelical de la música, comenzaron a gritar y aplaudir junto a las orejas de quienes estaban delante. Luego, no contentos con ello, se levantaron todos a una y, de la forma más discordante y puño en alto, comenzaron a entonar la Internacional. ¡Nunca lo hicieran!

Al principio hubo voces de protesta, sí, mientras ellos contemplaban insolente y chulescamente al personal que les abucheaba –pues no en vano llevaban pistolas en el cinto–, pero luego, de repente, aquellos que me habían parecido unos matrimonios se levantaron como rayos de sus asientos, cogieron las sillas y se las estrellaron a mis amigos en la cabeza, y eso que sólo eran tres. ¡Allí fue Troya!, que se suele decir, y pocas veces he visto una cosa tan rápida. Un instante después yacían los sindicalistas en el suelo, debatiéndose desesperadamente y chorreando sangre por doquier..., que ni oportunidad tuvieron de sacar las pistolas, mucho menos de hacer uso de ellas, y si a mí no me tocaron ello se debió a que, siguiendo el ejemplo del numeroso público, me aparté apresuradamente hacia la puerta una vez comenzada la refriega. La batalla concluyó en brevísimo y se oyeron unas voces, ¡la policía, la policía...!, todo el mundo salió corriendo y entraron unos cuantos guardias de asalto que, mientras intentaban levantarles del suelo, les dijeron, camaradas, ¿qué habéis hecho...?, no sabéis con quién os habéis metido, ¡el clan de la Veci!, gitanos de Andalucía, suerte habéis tenido de quedar vivos, a veces trabajan para los fascistas, ¿qué van a decir en la Dirección...?, ¿cómo se os ha ocurrido hacer una cosa así?, a ver, ¿quién es el que manda aquí?, y uno de ellos, que parecía ser el que llevaba la voz cantante, señaló en mi dirección.

–Bueno, pues venga –dijo el guardia–, todos al cuartelillo que vamos a poner esto en claro –y allá fui con los damnificados, que a duras penas podían caminar.

Llegamos y nos encerraron en un calabozo, y al cabo aparecieron unos guardias que dijeron,

–Desnudaros todos, que vienen los fumigadores... La ropa ahí, en un montón.

... y aunque la medida no me pareció inadecuada, porque aquellos mozos no probaban el agua ni en las comidas, dábase la circunstancia de que yo portaba entre las ropas un diamante enorme –una de las joyas de la marquesa–, que desde antiguo y en ocasiones solía llevar encima convenientemente escondido por si se presentara alguna contingencia inesperada.

–¿Qué hacer? –me dije, pero al instante lo supe.

Con el mayor de los disimulos la extraje de su escondite... y me la tragué. Luego pensé, aquí me las den todas, y observé que en el montón que se iba formando habían caído varias pistolas, que fueron de inmediato requisadas por los guardias.

–¡Todos contra la pared! –se oyó, y al instante fuimos rociados abudantemente con alguno de aquellos elixires que se utilizaban para matar los ácaros...

De aquel lance salimos bien –yo con el diamante dentro– porque al fin, tras muchas firmas, papeleos y gritos con el puño en alto, nos echaron de la comisaría. Sólo éramos una pandilla de borrachos que habían cogido por la noche, y eso, ¿a quién podía interesarle, dado lo que estaba sucediendo en las calles...?, y mientras montábamos de nuevo en el coche que nos había traído, lo pensé.

–¡La única vez que me han obligado a desnudarme, y ha tenido que suceder en la afamada Segunda República Española...!

... aunque el diamante lo recuperé durante el transcurso de la mañana, claro es.

Al día siguiente, en un periódico, con gruesos caracteres decía, ¡Carnaval en Río!, y continuaba, unos matrimonios han puesto fuera de combate a varios miembros de un sindicato; una de las señoras estaba embarazada, pero parece que no hay riesgo de aborto; los heridos fueron conducidos al hospital, en donde se les practicó una cura de urgencia... (etc.).


A este respecto, y en lo que se refiere a estos libros, pueden verse los siguientes enlaces:

Edad de las tinieblas

Siglo de las luces

Tetralogía de Juan Evangelista

Ánimo a los escritores noveles

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Quienes leen las cosas que se dicen en este blog se habrán dado cuenta de que aquí únicamente se trata de aventuras como las que cotidianamente nos suceden a usted y a mí... Claro, porque son trozos de la docena de novelas que durante los últimos años he escrito.

Estas novelas son de aventuras, como decía, y en ellas aparecen toda clase personajes y escenarios..., pero mejor lo digo en una página que, en uno de esos alojamientos gratuitos que existen, he colocado con mucho esfuerzo (es broma) para que todo el que quiera tenga noticia de ello.

Escribir una docena de novelas (algunas largas) no es fácil, no, pero si uno está solo (esta circunstancia es ineludible, puesto que escribir es un acto íntimo y cualquier compañía desconcentra) y persevera en el empeño, puede llevarlo a buen puerto. Lo digo porque hay muchas personas (por lo que leo en internet) que desconfían de sus fuerzas y lo de escribir cuanto se les ocurre se les antoja labor imposible. Pues añadiré que no es así, que la cosa exige curro y concentración, sí, pero es viable para cualquiera que tenga la cabeza sobre los hombros.

Para ir a la página a la que me refiero basta con apretar el siguiente enlace: mis novelas en cinemascope y technicolor .

(Y no os asustéis por las alarmas de los "elementos emergentes"; es que tiene un vídeo de youtube -muy bonito, por cierto- que asusta mucho al explorer, pero no hay virus ni publicidades ni movidas de ningún tipo).

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A la negra la sacan del fondo del mar

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"La aventura de las luces azules" es la continuación (y final) de "Europa barroca" , novelas en las que se describen aventuras sin fin en escenarios de todas las clases, desde la tierra firme y sus humeantes ciudades al más profundo de los océanos. Como dice la negra (la protagonista) al final del libro,

"... pero ahora ya acabo porque sé que lo que ustedes querían era que les narrara lo que sucedió con esta historia, cómo acabó esta historia, misión cumplida, y esto lo digo excusándome por haberme ido tantas veces por las ramas. Todo ello se lo dicté a la máquina, y espero que no haya puesto muchas faltas de ortografía, aunque si las ha puesto, ¿qué importa?, se entenderá lo mismo porque este fue un grandioso drama per música profusamente orquestado, una historia complicada y sinuosa sobre criaturas que heredaron diversas clases de sabidurías, un tipo confuso y contradictorio aunque cabal habitante de su tiempo, un cachalote del océano Atlántico, un dentista que vivía en un cometa y yo misma, una negra como cualquier otra. También aparecían las familias y los novios y novias de todos, y las pasiones incontroladas; aparecían hasta los extraterrestres, y dicho así parece de risa...".

(Espero que la parrafada anterior sea una buena descripción de lo que más arriba dije).

A esta chica, que ha pasado quince años en el fondo del mar, la sacan de su cárcel los extraterrestres, puesto que los humanos son incapaces de ello, pero –no nos confundamos– unos extraterrestres muy particulares, puesto que nunca se les ve. Hacen un par de milagros y para de contar, y quien se tiene que enterar, se entera; los demás no se dan cuenta de nada, como de costumbre. Pues el caso es que cuando tal sucede, mientras acontece este episodio del rescate, aparte de otras muchas cosas se dice lo siguiente:

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Mi pánico era tal que me caía y me levantaba sin saber por qué ni cómo. Durante un buen rato algo o alguien pareció perseguirme y asaetearme con sus flechas luminosas, pero luego los chispazos se ordenaron siguiendo patrones en movimiento continuo y se concentraron en puntos que giraban y giraban alrededor del centro del Universo; todo esto sucedía en medio de la habitación. Al final sólo era un punto, y todo giraba alrededor de él. ¡Aquel sí que era el Centro del Universo, y todas las luces confluían en el lugar que ocupaba! ¿Era uno de los legendarios agujeros de gusano de que hablaban los físicos...?

Yo estaba en el fondo del mar, tan tranquila, y ahora, de repente y merced a fuerzas que nada tenían que ver con los terremotos, aunque puede que sí con el fin del mundo, ¿alguien me llevaba hacia uno de los más insondables misterios de la materia...? No, yo no creía tal, sino que la explicación debía de ser mucho más sencilla, pese a que el tobogán de fosforescencias se extendiera hasta el infinito..., porque eso fue todo lo que pude ver durante un instante, aunque luego también se borró y el fragor de las sierras mecánicas decreció simulando irse hacia el horizonte de sucesos y esconderse tras él. Las tinieblas, el silencio y la desaceleración más cruda y repentina parecieron adueñarse del lugar en que me encontraba, y tan sólo aquel punto brillante ...

Esto era lo que yo pensaba, allí, flotando, al fin sentada en el suelo, con las manos apoyadas atrás y mirando confiada y atentamente al centro de la habitación, un lugar en lo alto, el Centro del Universo...

–Ven ahora, Salvador de los Gentiles... ¡Cristianos, grabad este día! –me dije por último y con admiración, porque esta fue otra de las muchas ocurrencias que tuve en momentos tan críticos.

Aún hubo un rato de oscuridad total en el que el estruendo que me había acompañado desapareció por completo y mi cerebro pudo volver a estabilizar sus funciones, y luego, en medio del repentino silencio, un extraño resplandor grisáceo comenzó a extenderse por las inmediaciones y el agua negra que había más allá del cristal se tiñó de azul oscuro. Era difícil verlo porque la nueva luz era muy tenue, pero como aumentaba y aumentaba, al cabo de un momento no me quedó duda: mi camino me llevaba directamente a los dominios de Pedro Botero, la más cercana a mis latitudes orilla de la laguna Estigia. ¿Aparecería de un momento a otro Caronte con su barca y su pértiga de gondolero más allá de la ventana, o aparecería algo peor...?, pero quien apareció no fue Belcebú con su tridente, su rabo y sus patas de cabra, sus cuernos y su mirada de psicópata. Las que repentinamente aparecieron fueron las plantas, los bulbos, los racimos oscuros y marrones, el mundo vegetal, las algas rojas. Aparecían como antes los peces, pero muy despacio y reposadamente. Trozos de algas teñidas de rojo se asomaban por la pared de agua y permanecían allí colgando durante un instante. Los racimos entraban y salían y yo las miraba sin entender qué era aquello ni qué estaba sucediendo, aunque de repente me dije,

–¡Las algas...! Sólo hay algas por encima de quinientos metros y hace un momento estaba tres kilómetros por debajo de la superficie. Sí, ya sé que vamos hacia arriba, lo noto en todas las articulaciones. Vamos hacia arriba, pero ¿tan rápido? ¿Cuánto tiempo ha transcurrido...? Da igual, esto son algas y no hay algas en el fondo del mar. Las primeras deben ser rojas, oscuras, y éstas lo son... –y entonces, como si la revelación llegara descendida de lo alto, lo entendí .

El resplandor que creí anuncio del Infierno no era tal, sino la escasa luz del sol que podía penetrar hasta aquellas profundidades. Lo había olvidado, pero todo acudió impensadamente a mi cabeza.

–Si esto fuera así, negra, si esto es así –me dije–, y parece que lo es, ¿qué va a suceder ahora...? La luz será amarilla dentro de un momento... No, antes será verdosa, y mira, ya lo es, ya tiende a clarear, y dentro de muy poco tendrá un tinte anaranjado... ¡Levántate, no te quedes ahí tirada! No sabes el cómo ni el porqué, pero La Luz se está haciendo –y como la velocidad decrecía y casi me sentía flotar, me puse en pie sin dificultad y me preparé, temblorosa y expectante, para asistir al último acto del retablo de las maravillas.

Luego ya no sucedió nada más. Sólo que, de repente, tras todos aquellos cambios de color, la luz aumentó tanto que la boca se me abrió involuntaria y me tuve que tapar los ojos con las manos, y de la única manera que pude, es decir, entre mis dedos y por el cenagoso cristal, a través del turbulento observatorio, mi gran ventana al mundo exterior, observé cómo lenta y tenuemente la gran masa de agua verde y luminosa volvía a salpicar el cristal y a chapotear en las paredes, y aquella línea blanca, fina y burbujeante, la por tanto tiempo esperada línea de la superficie, el lugar en donde el agua y la atmósfera se abrazan, pausadamente comenzaba a atravesarla, y aparecía entre nieblas y manchones de turbios y adheridos materiales cenagosos el inconfundible azul, el antiguo color azul, el casi olvidado azul del cielo terrestre.

EL MÓDULO TRES SURGE DE LAS AGUAS

Los altavoces de la plataforma voceaban como nunca lo habían hecho. ¡Ahí va!, ¡ahí va nuestra prisionera marina de tantos años!, ¡elevemos los ojos a lo alto!, ¡aleluya!, ¡¡aleluya...!! El pánico colectivo en la superficie se desató de tal modo que todos aquellos seres ateológicos, los científicos, todos aquellos seres que decían creer sólo en lo que medían, rendidos ante la evidencia cayeron de rodillas en sus respectivos lugares y unos se pusieron a temblar, otros comenzaron a reír y la mayoría empezó a rezar a toda velocidad. Esto me lo contaron luego algunos, una vez que hubo transcurrido cierto tiempo.

–Yo, cuando vi todo aquello, cuando vi al módulo tres salir del agua lentamente y elevarse por los aires, abrí la boca, me caí al suelo sentado y me eché las manos a la cabeza sin poder apartar la mirada. ¡Adiós, Newton!, me dije, ¡adiós, Einstein!, ¡adiós todo! ¿Qué es esto...? Yo buscaba y rebuscaba porque por algún lado tenía que haber algo, por algún lugar tenía que haber una grúa o por algún lugar tenía que haber un avión, pero es que allí no había nada, no había nada, y si lo hubiera habido yo habría estado enterado. Yo nunca he creído en milagros, esas cosas siempre me han hecho mucha gracia, pero es que aquello..., y después empecé a reírme, al principio flojo pero a cada momento más fuerte, más alto, y me quedé allí sentado, en el suelo, con las manos pegadas a la cabeza, durante diez minutos, sin pestañear, sin poder dejar de reírme, sin poder apartar la mirada de aquel objeto que nos sobrevoló y luego se alejó hacia occidente mientras el griterío generalizado, y la mayor parte de la gente gritaba de pánico, aumentaba y aumentaba...

... sí, mientras los turistas que habían ido en el mega tour, desde sus barcos de colores, atónitos ante un espectáculo por el que no habían pagado, veían surgir de las aguas en aquella primera mañana del nuevo verano, y elevarse sobre ellas, a mi autobús, mi módulo tres, al que colgaban excrecencias marinas por todos los costados, casi oculto por los sargazos y las caracolas, escamas fósiles y restos de minerales, chorreante cieno de los fondos marinos, dientes de todos los peces que a mi lado murieron... ¡Qué espectáculo no les daríamos...! ¡Se debieron de hartar de hacernos fotos!

(continuará, pero de momento puede echar una ojeada a esto ).

Cumpleaños de Crucita, segunda parte

Esta es la continuación (y final) de la fiesta del decimoquinto cumpleaños de Crucita, heroína de una de mis novelas y arquetipo de la niña que nunca es mayor. Se desarrolla en el campo, que es en donde deben celebrarse estas cosas, y el texto dice lo siguiente:

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La única que no trabajó fue Crucita, pero porque era la homenajeada y no le dejamos ver nada. La recluimos en casa, y en los momentos más críticos en la casita del árbol, mientras los demás nos multiplicábamos para llevar a buen puerto la fiesta del bosque. Parecía difícil porque había bastante tarea, pero resultó que todo el mundo sabía lo que tenía que hacer. Serafín había ido en un coche que andaba por el monte e hizo de transportista. Mis amigas y yo, estrechamente vigiladas por Monticola y ayudadas por el paraguas, que tenía un restaurante en la capital del Principado, cocinamos lo que no está en los libros, hicimos hasta bombones aderezados con polvo de Soconusco, y dos fuentes, y los demás, todos muy divertidos –imagínense ustedes a Palmira en aquellos trajines– montaron un tenderete en un claro del monte desde el que se oía un torrente cercano.

–¿Esto para qué es?

–Es por si llueve.

–¡Ah...!

Una gran mesa en medio y unos cuantos columpios, cuyas cuerdas estaban forradas de guirnaldas de flores y colgaban de las ramas cercanas y más a propósito..., así era el escenario. También llevaron sillas, unas muy grandes y antiguas de madera, y la mesa la vistieron con unos manteles que había que verlos, manteles del Renacimiento, manteles pesados y cubiertos de plata antigua.

–Oye, esto no lo hemos hecho nosotras nunca. ¿Tú cuánto crees que pagaría uno que yo me sé por comer en semejante sitio?

–¡Es verdad! Nunca hemos organizado una comida en un bosque auténtico.

–Bueno, se lo preguntaré a mi tía, a ver qué le parece, aunque ahora le va a parecer bien; estoy segura de que ahora le parece todo bien.

–¿Sí? ¿Por qué?

–Pues porque se ha enamorado.

–¿Quién? ¿Doña Concha? ¿Tu tía?

–Sí, claro. ¿Por qué crees que no está aquí? Ella no podía faltar, pero cuando la llamé me dijo eso, que precisamente ahora...

–¿Qué?

–Pues que no podía venir, que se iba al sur con no sé quién. Creo que es un banquero.

–¿Un banquero...?

–Oye, pero cuidado, ¿eh? No le digáis nada que lo lleva bastante en secreto.

–¡Ay, hija, qué cosas pasan!, es que no acaba una nunca de llevarse sorpresas. ¡Doña Concha enamorada...!

–Bueno, vámonos, que empieza la fiesta. Serafín, ¿nos llevas en tu carroza?

–Señoras, por favor... –y Serafín, con la gorra en la mano, nos precedía.

–Oye, Serafín, ¿de qué es ese disfraz?

–Pues es un uniforme de conductor de la empresa municipal de transportes de Uvieu.

–¡No me digas!

–Sí, me lo han prestado.

–¿Y Juanito y el paraguas?

–Pues Juanito iba de surfista, con la tabla bajo el brazo y el bermudas y la barba roja, y el paraguas se puso un traje.

–¿Pero así, por la cara?

–Sí, por la cara, un traje bastante bueno. Además iba engominado y fumando puritos muy finos, le quedaba bien y era el que más raro estaba de todos.

–Claro, es que en un bosque...

–Sí, desde luego. Oye, ¿y vosotras qué?

–Pues nosotras nos hemos disfrazado de camareras, ¿qué os parece? Bueno, de camareras de bar de alterne pero de camareras, y Monticola de motero.

Hacía muchísimo que no le veía vestido así y seguía dando el tipo, pese a lo mayor que era. Parecía otra vez el de Easy Rider, tanto que las niñas se quedaron admiradas. Llegó al final, cuando ya estábamos todos, subido en una moto muy rara, una moto de las que le gustaban a él –¿muy rara?, si es una Nimbus siete y medio...; ¡ah, bueno!–, y las niñas le miraron con aprobación.

–¿No tendrás mucho calor con esa chaqueta?

–Bueno, pero me aguanto, o me la quito. Además, aquí nunca hace mucho calor.

–¿Y esa moto?

–Pues es una de las del paraguas, que la ha traído para la ocasión. ¿Qué te ha parecido la llegada?

–Bien, muy propia de ti.

–Vale. ¿Empezamos la fiesta, entonces? Venga, ¿dónde están los niños?

–Se han internado en la floresta. Dicen que van a venir en procesión.

–Bueno, Serafín, Juanito, estáis ahí mano sobre mano... ¿No habéis abierto una botella? –y en ello estaban cuando, al otro extremo del claro, se dejó ver la anunciada comitiva, ¡tachán, tachán...!

Aquellos cuatro, disfrazados de manera improvisada y heterodoxa, cargaban a duras penas con unas andas sobre las que llevaban a Crucita vestida de Bella Durmiente.

–Aquí traemos a esta chica que hemos encontrado en el bosque...

–Oye, ¿cómo que a esta chica? Es una princesa, muchacho, una princesa. ¿Tú de dónde eres?

–Yo de Zaragoza.

–¿Ah, sí...? ¿Y tú, Palmira?

–Yo de Gerona.

–¿Y Rocalunar?

–No, yo soy de Cádiz.

–Bueno, pues venga, traed aquí a la princesa y desencantadla. Crucita, mira, que está aquí el príncipe... –y Atahualpa me dio el beso, pero eso no voy a contarlo porque ya lo había dicho antes y se lo espera cualquiera, y además fue un beso cortísimo; mejor cuento otras.

Las camareras se balanceaban en los columpios... No, eso tampoco. Ahora cuento que primero hicimos unos brindis.

–Por Crucita. ¡Salud!

–¿Hoy es tu cumpleaños?

–No, qué va, fue hace una semana, pero da igual; hoy hace buenísimo.

–Ya, desde luego... Pero luego nos bañamos, ¿eh?

–Hombre, claro.

–Oye, Rocalunar, en Cádiz hay una cosa exquisita. ¿Sabes lo que es?

–No, ¿qué es?

–Piensa, mujer...

–¿La manzanilla?

–¡Qué...!, ¿tanta cara de borrachos nos ves...? No, yo me refería al pan de Cádiz. ¿Te suena? –pero resultó que Rocalunar no sabía lo que era.

–Es que me fui de allí de pequeña.

–¡Ah, ya...! Bueno, pues aquí no tenemos pan de Cádiz, que es más bien cosa de Navidad, pero tenemos pan de azúcar.

–¿Y eso qué es?

–Que te lo cuente Palmira, que se puso ciega.

–Sí, es que es buenísimo. ¿Quién lo hizo?

–Pues no sé, lo haría el Rockero.

–Pues es como mazapán; vamos, se parece bastante, aunque no es tan pastoso...

–Pero, hija, ¿tanto te gusta?

–¡Jo, sí, es que es buenísimo...!

–Bueno, pues la próxima vez te voy a hacer pan de azahar, ya verás.

–¿Y bollus preñaus no había?

–¡Vaya que si había! También los hicieron allí, hasta la masa. Los chorizos no, claro, esos los trajeron de no sé donde, y hubo un momento, hacia las siete de la tarde, que estaban Maná y sus amigas balanceándose en los columpios de guirnaldas de flores y los demás empujándolas pacíficamente... Para eso, nosotros nos bañamos en el río y gritamos muchísimo.

–¿Y no estaba el agua helada?

–Anda, claro, ¿por qué te crees que gritábamos?, estaba como siempre pero daba igual, y Tutifruti se entusiasmó. Se tiró al agua en cuanto pudo para perseguir a los fantasmas de su imaginación. Daba saltos y ladraba cada vez que creía adivinar una trucha, para que vean ustedes cómo fue la cosa, y la mesa, al final, cuando anocheció y nos volvimos a casa, todos agarrados y cantando, quedó abandonada llena de restos y los animales del bosque acudieron en tropel a comérselos.

–¿En tropel o en buena compañía?

–Bueno, en tropel no. Seguramente fue en buena compañía porque acudieron animales especializados.

–¿Cómo especializados?

–Pues eso, que cada uno ocupaba un nicho ecológico y los alimentos no se superponían. Primero llegó un ciervo y se comió todas las hojas de roble que habían quedado de la ensalada. Luego un jabalí que se dedicó a hozar en el suelo, lo llenó todo de polvo pero debió de llevarse mucha sustancia, y el buitre y la paloma se encaramaron cada uno en el respaldo de una silla y se miraron con cara de pocos amigos. Sin embargo no hubo problema, porque lo que quería el buitre eran los huesos de las chuletas que había dejado Tutifruti.

–¿También comisteis chuletas?

–Anda, pues claro, y grandísimas. Las hicimos a la brasa.

–¿A la brasa?

–Sí, hicimos una hoguera y asamos todo lo que se nos ocurrió, sobre todo patatas, pimientos y berenjenas de la huerta, y a la paloma lo que más le gustaba eran los granos de maíz, que también quedaban en las ensaladas, y no era maíz de lata o de bolsa de plástico, ¿eh?, era maíz de las gallinas del señor Ramón, que al lado de su casa tenía un maizal muy grande. Lo cocieron y estaba buenísimo.

–¿Y los bombones que estaban aromatizados con pinole de Ultramar?

–No, esos nos los comimos todos. Quedaron unos pocos pero nos los llevamos a casa, y las hormigas, al final, y las arañas, aunque estas sí se pelearon, se comieron las migas que había dejado el jabalí. Lo había dejado un poco revuelto, pero eso a las hormigas y a las arañas no les importa nada, para ellas mejor, pero como había muchísimas se pelearon y ganaron las arañas, ¡claro, como que eran mucho más grandes...!, y, ¿quieren que les hable ahora del alegre mochuelo Agustín?

–¿Cómo mochuelo? Ya sería una lechuza.

–¿Cómo se va a llamar Agustín una lechuza? ¡Sería Agustina...!

–Pues sería.

–No, que era Agustín, me lo vas a decir a mí que estuve allí...

... pero en fin, ya no digo más, ni siquiera del mochuelo Agustín, porque en realidad todo esto último lo soñé aquella noche. Como habíamos comido mucho, corrido por las trochas del bosque en pos de los enanos, luego nos bañamos en el río...

–¿En el torrente?

–Bueno, sí, eso, pero es que había una poza buenísima.

–¿Síii...? ¿Además...?

–Sí, encima, y luego cenamos, no te creas, aunque en casa, de forma que a la hora de irnos a la cama estaba como en una nube. También habíamos bebido algo de sidra, claro, y por la noche el Rockero nos dio orujo.

–¿Queréis probar? El que quiera que pruebe, pero no os paséis, ¿eh?, que esto es fuerte.

–¿Sienta mal?

–No, eso sí que no, es de toda confianza y garantía. Es de la bodega de Serafín y lo hace él.

–¿Lo haces tú?

–Bueno, sí...

–¡Jo, pues yo voy a probarlo...!

–¡Yo también...!

... o sea que cuando nos fuimos a la cama, como iba diciendo, a las cuatro o cinco de la mañana, después de bailar sin freno en el salón durante mucho rato y todos cansadísimos, me metí en la cama de Atahualpa, oye, que a lo mejor sube alguien..., calla, tonto, estate quieto, y no me enteré de nada más. Me pasé la noche dando vueltas y soñando las cosas más raras que uno se pueda imaginar, entre ellas la de los animales que iban a la mesa del bosque. Yo estaba allí, con las hormigas y las arañas, me había hecho pequeñita pequeñita y todas me pasaban por encima..., pero a la mañana siguiente estaba como nueva. Me desperté, vi al lado a Atahualpa, que dormía plácidamente, y me dije, vas a ver tú ahora, Bello Durmiente, y le planté un beso que se prolongó..., bueno, yo no sé, hasta que nos tuvimos que levantar, porque empezaron a oírse ruidos en el piso de abajo, y para evitar que nos cogieran salí de la ajena cama que tanto me había favorecido, desordené la mía, bajé un piso y me metí en el cuarto de baño, en donde estaba Maná.

–¿Qué tal, hija?

–¡Huy, más bien...! ¡Ayer fue un día más divertido...! Qué pena que ya se haya pasado, ¿verdad?

–Bueno, sí, pero no importa; dile a tus amigos que se queden todo lo que quieran. Ha sobrado tanta comida que no sé qué vamos a hacer con ella.

–¿Pero tus amigas se van?

–Sí, mis amigas sí, pero bueno, vosotros quedaros lo que queráis. ¿Sabes que lo que habéis cultivado en la huerta es buenísimo? Todos lo han dicho, que ya no se comen cosas de esas. ¡Qué tomates, hija mía!, ¡como los de la huerta de tu abuelo...! –y todo esto me lo decía Maná debajo del chorro.

–¿Ya?

–Sí, ya te puedes meter; dame esa toalla –y luego vinieron Palmira y Rocalunar.

–¿Se puede...? –y Maná se fue a hacer los desayunos.

–Oye, que me ha dicho que si queréis os podéis quedar toda la semana.

–¿Sí? ¡Qué guay! Pues si me dejan en casa yo me quedo.

–Yo también. ¿Y ellos se van a quedar?

–Pues seguramente.

... y allí estuvimos, yendo a la playa cuando se podía, subiendo a los montes y haciendo toda clase de excursiones, ¡nos lo pasamos más bien...!, porque aquello sí que fue una fiesta, y no lo que se ve por ahí, y para rematar con bien la función, a los dos meses Atahualpa me vino con una especie de libro con fotos pintadas de aquellos días.

–¿Están todas pintadas?

–Bueno, todas no; la mayoría.

–¿Y quién te ha enseñado?

–Me enseñó mi madre cuando era pequeño, pero luego yo lo he perfeccionado un poco. Ella pintaba con tintas de pastelería, pero yo pinto también con lápices y con ceras. Hay unas ceras buenísimas que sirven para esto.

–¿Sí...? Es que es demasiado...

Yo lo estuve mirando atentamente y al final tuve que decir,

–¡Jolín, tío, el mejor regalo que me han hecho! –porque aquello sí que era algo fuera de serie; se lo pareció hasta al Rockero.

–¡Pues vaya con tu novio, hija mía, qué cosas sabe hacer!

–¿Sí? ¿Te gusta?

–Pues claro. ¿A ti no?

–Sí, a mí mucho, pero es que no sabía qué ibas a decir tú.

–Pues fantástico; se lo dices de mi parte –y se lo dije.

–Al Rockero y a Maná les ha gustado mucho. Dicen que lo haces muy bien. Han estado como media hora mirándolo por todas partes y riéndose. Oye, y entonces, ¿tú sabes hacer fotos en blanco y negro?

–Claro, estas las he hecho yo.

–¿Y dónde las haces?

–Pues en casa, en un cuarto de baño pequeñito que no se usa.

–¿Ah, sí? Pues yo quiero verlo.

–¿Sí? Pues cuando quieras vamos –y al decir esto último se rió un poco.

–¿Qué pasa?

–No, nada...

–No, dime qué pasa.

–No, mujer, si no pasa nada, es un sitio normal. Lo único, que en los laboratorios de fotos...

–¿Qué?

–Pues que a veces suceden cosas algo raras –y se seguía medio riendo...

En realidad me lo dijo el primer día que entramos allí.

–Resulta que este sitio, con esta luz roja y la puerta cerrada...

–¿Qué?

–Pues que es muy buen sitio para estar con tu novia.

–Yo no soy tu novia.

–¿Ah, no...?, Crucita linda, ¿no eres mi novia...? Bueno, pues da igual; de todas formas es muy buen sitio para estar con una niña tan guapa como tú.

–Yo no soy una niña.

–Bueno, pues con una chica.

–¡Ya! Con cualquiera, ¿no?

Así le dije, y de manera bastante impertinente, porque yo, miren ustedes por donde, en este asunto de los chicos, resulta que a pesar de la cara de buena que todo el mundo dice que tengo, soy bastante temperamental, más aquel día, que lo llevaba algo torcido, pero Atahualpa era como domador de leones. El Rockero era como adivino pero Atahualpa era como uno de esos domadores de fieras de los circos, porque me dijo,

–Mi niña, ¿te vas a enfadar por todo hoy?

... y a mí me dio no sé qué seguir con mi bronca. Total, todavía no habíamos empezado..., y me olvidé. Nos metimos en aquel sitio, cerramos la puerta, encendimos la luz roja y, claro, hicimos alguna foto, que era muy divertido, sobre todo ver cómo iba apareciendo la imagen en el papel en blanco..., pero la mayor parte del tiempo nos lo pasamos metiéndonos mano según lo previsto, yo sentada encima de él. ¡Jo, es que es tan divertido...!

–¿Sí? ¿Es divertido?

–Bueno, ¿a ti qué te parece? Es que como tú no te has estrenado... –porque Palmira no había hecho ni una nota.

–¡Si no pasa nada, mujer...! Ya sabes: mientras nooo...

Ella había tenido un pretendiente, uno que era de la clase de Atahualpa, pero no le había hecho caso.

–¿Eres tonta? Pero si está muy bien...

–Ya, pero es que...

... y hasta una vez que la llamamos para que viniera nos dijo que no y me tuve que pasar la tarde yo con los dos. Tampoco es que me importara, porque el que quería salir con ella –a mí eso me dijo– era muy simpático y nos reímos cantidad, pero la tonta de Palmira se quedó en casa.

–No, si a mí me apetecía mucho, pero es que mi madre...

–¿Qué?

–Bueno, nada... Es que todos los días, cuando llego a casa, me mira entera... ¡Jo, si hago algo seguro que lo nota!

–¿Tú crees? ¡Jo, tía, ni que te fuera a hacer un análisis ginecológico!

–No, si no es eso..., pero es que tú no conoces a mi madre.

–Bueno, pues no sé... –y no dijimos más. Allí se quedó la cosa, y Palmira con las ganas.

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Aquí comienza el 2009

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Camargo Rain, fotógrafo, autor de numerosos cuentos chinos y otras narraciones, ala-pívot en los ratos libres, correcaminos, cocinero por obligación y músico por afición, aficionado a la cerveza y otras hierbas, defensor de la gramática y observador de los cielos estrellados... –amén de otros títulos que me callo–, aprovecha la ocasión para desear a todo el personal que lo pase lo mejor posible en este 2009 que nos ha llegado de manera tan discreta, y ya que estamos de recomendaciones, para enviaros estos enlaces (son los de mis blogs) que a lo mejor os divierten.

Blog sobre fotos

Fotos pintadas

Música para viajar

Blog en Google

Blog en Blogia

Trozos de mis novelas, para que quien quiera, lea .

Sobre cómo se escriben diez novelas en diez años

La verdadera historia de Juan Evangelista, novela

Otras consideraciones sobre la extensa vida de Juan Evangelista

Desde la terraza de mi transatlántico

Escaparate 1 en LULU.COM

Escaparate 2 en LULU.COM

Fiesta de cumpleaños, primera parte

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Lo que a continuación puede leerse es una de las muchísimas aventuras que se cuentan en la novela llamada " Crucita y yo ", en donde se narra la vida de una niña que nunca fue mayor.
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Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...

Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...

¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...

(Nota: la semana que viene, o la otra, pondré la segunda parte de este cuento).

Fiesta de cumpleaños

El verano en que cumplí quince años se me ocurrió que podíamos hacer una fiesta, ¿no?, es que fiestas no hacemos nunca y quince años sólo se cumplen una vez, ¿no os apetece?, y además tenemos mucha comida buenísima de la huerta y habrá que comérsela, y el Rockero no necesitó oír más.

–¿Una fiesta? ¡Qué idea más buena!, claro que sí... Pero una fiesta de verdad, ¿eh? Una fiesta en el bosque.

–¿En el bosque? ¿En qué bosque?

–Pues en el bosque que tú conoces, el que hay detrás de casa.

–¿En el pueblo...?

–Naturalmente, por supuesto que en el pueblo, que es donde hay que hacer estas cosas.

–¡Huy, sí, eso sí que estaría bien...!

–Y además de disfraces y que dure todo el día, o toda la semana. ¿Qué te parece...? –y a mí me pareció de maravilla.

–¡Eso...! Oye, ¿pero yo puedo llevar a mis amigas?

–¡Anda!, ¿pues qué clase de fiesta va a ser esa en la que no estén tus amigas? A tus amigas y a tus amigos. ¿No vas a decírselo a Atahualpa?

–Sí, claro, pero ¿pueden dormir allí? Es que eso está lejos...

–Pues claro, mujer. Llevamos a todos y por las noches montamos guerras de almohadas –y el Rockero, embalado, empezó como siempre.

–A ver, ¿tú quién quieres ser? ¿El hada Valeria o el hada Amilamia?

–¡No, Valeria no!

–Bueno, pues entonces tú eres el hada Amilamia, el hada de las fuentes, personaje de índole afable y caritativa..., ¿o sería mejor el hada Pan de Azúcar...? En todo caso te tienes que disfrazar de tal, así que vete dibujando algún traje.

–Vale. Y tú, ¿de qué te vas a disfrazar?

–¿Yo? Pues no sé... ¿De cura te parece bien?

–¿De cura? Pero de eso ya te disfrazaste una vez...

–Bueno, sí, tienes razón, ya pensaré algo. Si se te ocurre a ti antes me lo dices, ¿vale?

–Vale. Oye, Maná, ¿y tú?

–¿Yo...? Bueno, ya veremos, una ocasión es una ocasión. ¿De qué quieres que me disfrace?

–Pues tú..., ¡de madre!

–¿De madre? ¿Cómo de madre?

–Pues de madre. Tú nunca has sido madre de nadie..., bueno, sólo de mí, pero así te disfrazas y pareces una mamá... ¡Qué bien!, ¿verdad?

–Sí, mujer... Bueno, ya veremos.

... pero luego, cuando llegó el momento, no pasó nada de eso. ¿Saben de qué se disfrazó? Es que me da no sé qué decirlo... Bueno, pues se disfrazó de puta, con todas sus amigas; sólo fueron dos pero iban igual, iban todas de putas antiguas, estaban guapísimas y parecían de verdad, y yo, al final, no me disfracé de hada.

–¡Ya sé!

–¿Qué sabes?

–De qué me voy a disfrazar. ¿Sabes de qué?

–Dime.

–Pues de Bella Durmiente... ¡Si ya tengo el traje! Lo lavo y lo plancho y lo coso un poco... Y además el Príncipe tiene que venir y despertarme de un beso –y Maná se moría de risa.

–¿Y quién va a ser el Príncipe, hija mía? No me irás a decir que tiene que ser Atahualpa... –y yo me puse un poco colorada pero no me importó.

–¡Pues claro!, ¡quién va a ser! ¿Puedo hacerlo...? –y yo le dije que sí, que por supuesto.

–Es tu fiesta y tu cumpleaños. Además, eso es una cosa como de teatro, y Atahualpa y tú ya os habréis dado algún beso, ¿no?

–Bueno, sí, alguno... –y como yo estaba friendo pescado, Crucita vino y me abrazó un poco por detrás, me cogió por la cintura.

–¿Qué haces?

–No, nada, déjame –y me abrazó un poco más y apoyó la cabeza en mi cuello...

¿En qué estaría pensando...? Yo le dije,

–Oye, ¿sabes que se te han puesto las tetas muy duras?

–¿Síii...?

Su voz sonó un poco asustada.

–Sí, ¿no...? Bueno, como a tu madre...

–¿Sí...? ¿Ella las tenía así?

–Pues sí, algo así –y yo dejé la espumadera y, mientras se apretaba a mí, le dije quedamente,

–¿Sabes otra cosa?

–Qué.

–Pues que a las mujeres se nos ponen las tetas duras cuando empezamos a funcionar.

–¿A funcionar?

–Sí. Sexualmente, claro –y Crucita se soltó un poco y me miró.

–Oye, pero yo no he hecho nada, ¿eh? –y yo me reí y le di un beso.

–Ya lo sé, mujer. ¿Tú no sabes que los mayores notamos esas cosas? –y Crucita me miró con sorpresa.

–¿Sí...? ¿Tú lo notas?

–Pues claro –y allí ya me agarró del todo y se rió.

–Bueno, niña, ¡para, para...!

* * *

Los amigos de Monticola eran, Serafín, el paraguas y Juanito Barbarroja.

–Oye, ¡pero si tienes la barba roja de verdad!

–Pues claro, hija. ¿Tú qué te creías? –y Crucita le miró arrobada durante un instante.

–Oye, ¿y no vas a poner más gallinas?

–Sí, claro, pero en otoño, y esta vez las voy a cercar con trampas eléctricas. Si alguien entra a robarlas a lo mejor se electrocuta.

–¡Eso...! Pero vaya faena, ¿no?

–Pues sí, pero qué le vamos a hacer...

–¿Y no las has encontrado?

–¡Huy, encontrarlas...! Se las habrán comido; se las comieron en Navidad y todavía deben de estar haciendo la digestión. Es que eran muchas, ¿eh?

–¿Y no las vendieron?

–Pues sí. Seguramente las venderían, pero yo no me he enterado.

... y Monticola, en un aparte, me dijo,

–¿Tus amigas son ligeras de cascos?

–Oye, ¿por qué no se lo preguntas tú?

–No, ¿cómo les voy a preguntar yo semejante cosa? Yo no soy ningún grosero.

–Bueno, ¿pues entonces...?

–No, es que es para saber a qué atenernos. Es que estos dicen que qué pasa...

–¿Que qué pasa? ¡Vas a ver tú lo que pasa...! Para empezar, Marisa me ha dicho que le encanta tu amigo Barbarroja.

–¿Sí? ¡Qué bien! A ver si esto va a resultar una fiesta de verdad...

... porque estuvimos en el campo casi una semana. Mejor dicho, hubo quien estuvo casi una semana, Atahualpa, por ejemplo, y Palmira y otra niña de la que he olvidado el nombre.

–Era Rocalunar.

–Bueno, eso.

Mis amigas estuvieron menos, estuvieron sólo dos o tres días, pero lo pasamos de película. ¿Saben ustedes quiénes eran mis amigas? Pues mis amigas eran unas profesionales de verdad, ¡qué decir de Armiña, por ejemplo!, unas profesionales de tomo y lomo, de las que saben cómo se pone una mesa para ricos y cómo hay que disfrazarse para que parezca que acabas de llegar de Australia, que era justamente lo que andaban buscando los amigos de Monticola. Nos falló Edelmira, que era la que mejor estaba de las tres, aunque las otras tampoco estaban mal.

–Pero, Edelmira, ¿por qué no te cambias el nombre?

–Déjalo, si a mí me da igual.

–Hija, es que antes de verte no sabe una con qué se va a encontrar.

Pues Edelmira no vino porque no pudo, pero me llamó por teléfono a última hora.

–Compréndelo, Nastasia. Es que esto son doscientos papeles...

–Ya, hija, déjalo, que no importa. Ellos son tres, pero yo creo que con dos se apañarán. Son algo mayores.

–Oye, que bien que lo siento...

–Que no pasa nada, que da igual. Bueno, ya te contaré –y acabamos riñéndonos.

–Bueno, tía, que te den pol culo.

–Eso, y que Dios te oiga.

... porque mi amiga Edelmira es una tía genial. Lástima que no estuviera en aquel lance, que hubiera disfrutado muchísimo con la fiesta en el bosque y los niños..., ¡con lo que le gustaban!, pero ya se sabe, el curro es el curro y hay que trabajar, que las pelas..., y los niños a los que me refiero no se enteraron de nada. Bueno, sí, se enteraron de que hubo bastante trasiego, pero de lo que pasaba dentro de las habitaciones, de nada. Además, ni se lo podían imaginar. A esa edad uno no se imagina esas cosas, ni le interesan, y nosotros fuimos de lo más discretos. A mis dos amigas las coloqué en los mejores cuartos, los que tenían mirador, y les dije,

–¿Qué os parece?

–Pues que esto es Jauja. Si llego a saberlo vengo aunque no me pagues, y los chicos son muy divertidos. ¿Has visto cómo nos han mirado...? ¡Ja ja! Oye, ¿tú les has dicho algo?

–No, yo nada. Que sois mis amigas. Tú acabas de llegar de Australia, tú trabajas en una ONG y ahora estáis de vacaciones. Eso es todo lo que necesitan saber, ¿vale?

–Vale. ¡Qué bien!, ¿no? ¡Me encanta...!

... y no sé cómo acabaría la cosa, pero solas no durmieron.

–¿A que no, paraguas?

–Téngalo usted por seguro, señora duquesa.

–Con dos para tres ya tendréis, ¿no?

–¡Hombre, por supuesto, que ya van pasando los años...!

Bueno, y a los niños, cinco en total, dos chicos y tres chicas, porque a última hora apareció un amigo de Atahualpa que pretendía no sé si a Palmira o a Rocalunar..., eso, bueno, pues los acomodamos en el desván. Era un desván postmoderno y corrido muy grande, y en él había seis camas, tres en cada extremo. Yo me dije, ¿cómo se lo montarán estos?, ¿cómo dormirán?, y si tengo que decir la verdad, no sé qué pasó pero hicieron poquísimo ruido durante aquellos días, estuvieron de lo más discretos, se ve que eran chicos bien educados. Sí, al principio siempre había un poco de bulla, pero luego se dormían, o lo que fuera, y ya no se oía nada.

El Rockero y sus amigos subieron la primera noche con todos los almohadones que había en la casa.

–Oye, pero al que le dé una almohada se tiene que caer al suelo como si estuviera muerto y ese ya ha perdido.

–Vale, ¿pero si sólo te roza...?

–Bueno, si sólo te roza estás herido, ¿vale?

–¡Eso, venga...!

... y durante cerca de media hora se oyeron toda suerte de carreritas, correrse de camas, gritos histéricos y ahogados, sonoros almohadonazos y demás manifestaciones que suelen acompañar a uno de estos catastróficos acontecimientos. Se lo debieron de pasar muy bien, y cuando bajaron, los mayores, bastante sudorosos, por cierto, y comentando la batalla a grito pelado, le dije al Rockero,

–Oye, ¿y tus amigos?

–Qué.

–Pues que cómo se lo van a montar.

–Ah, creo que van a organizar una timba.

–¿Sí...?

–Sí, con tus amigas. ¿Quieres jugar tú también? A ti te gusta bastante eso del juego... –y yo me quedé un poco así.

–Hombre, jugar no sé..., pero verlo un rato sí, ¿no? ¿Vamos a verlo?

... y, efectivamente, en una de las habitaciones habían puesto una camilla en medio y allí estaban los cinco, todos fumando y bebiendo al lado del mirador abierto. En aquel momento estaba empezando la partida.

–¿Queréis jugar vosotros también?

–No, veníamos a ver si teníais bastante de todo.

–Sí, servidos, pero quedaros un rato, ¿no? Tomaros unas copas...

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Lo dicho: dentro de quince días pondré la segunda parte.

La negra a los once años

Pongo hoy un nuevo trozo de "Europa barroca", novela a la que harto nos hemos referido en esta página. Como se recordará, es la historia de tres personajes, un blanco, una negra y un cachalote telépata y habitante del océano Atlántico. El texto que va a continuación se compone de ciertas disquisiciones de la negra, disquisiciones de cuando era joven, muy joven, recién llegada a la para ella desconocida civilización de las máquinas...

A mí me pegó el telele a los once años, eso sí que era un acontecimiento para todas nosotras, y el telele cualquiera se imagina lo que es. A mí me pegó a los once años, pero tuve suerte porque tenía una hermana mayor que se llamaba Liria y me explicó todo. En fin, todo tampoco se puede explicar, en esto no hay reglas, a unas les toca de capitanas y a otras sólo de sargentas, pero cuando me llegó la hora yo ya sospechaba lo que iba a suceder porque llevaba unos días con el estómago revuelto y aquello no me había sucedido nunca. Además, me pesaban las piernas y tenía la cabeza a pájaros. Los pájaros eran tucanes y guacamayos de colores como los que mucho más adelante Eduguá había de contarme que tenía su abuela en casa. Los pájaros revoloteaban, subían y bajaban y todo el día los tenía ante los ojos. Cuando ves tucanes azules quiere decir que el negocio va a ir mal, que te vas a pasar quince días embobada y sin poder ni silbar, pero cuando los ves colorados, o verdes o amarillos, lo que sucede es que no va a ser tan grave; el azul es el peor color para estos casos, y si son multicolores es que ni te va a doler. Yo los vi al principio colorados, pero luego se tornaron en unos pájaros gigantescos y policromados que parecían cóndores más que tucanes... Yo sólo sé que aquello me vino de repente y una mañana tenía un montón de sangre entre las piernas, ¡Dios mío, qué es esto!, porque como yo siempre he dormido desnuda, puse todo perdido, pero Liria me dijo que no me preocupara.

–La sangre es lo de menos. Si no te duele, mejor; eso es que estás de suerte. Ahora, lo que sucede es que vas a tener que empezar a ir con cuidado. ¿Tú has hecho el amor alguna vez?

–¿El amor...?

Yo sabía de sobra lo que me estaba diciendo porque en la televisión casi no hablaban de ningún otro asunto, pero una cosa es haberlo oído y otra muy distinta haberlo experimentado, haberlo hecho. Mis amigas decían que sí, que alguna ya lo había probado.

–Yo, a los diez años, me tiré al ciego de la esquina. Mejor, como era ciego no se enteraba de lo que estaba sucediendo ni de quién era yo. Por el olfato no creo que lo notara porque yo siempre le había rehuido, nunca pasaba a su lado. Un día, cuando tenía diez años y me había enfadado con mi padre porque no me dejaba salir de casa, me escapé por la ventana, me quité las bragas, iba sólo con la falda, agarré al ciego por una mano y lo arrastré hasta el corral, allí no nos veía nadie, y él menos. Como era ciego le costó entender, pero en cuanto notó un par de tirones en la bragueta me cogió por la tripa con manos de hierro, me puso de espaldas y contra la pared, me mordió en la nuca y me la metió por donde pudo. Menos mal que acertó, que si me la llega a clavar por detrás me desgracia. La tenía como un hierro al rojo, o por lo menos a mí me picó muchísimo, y no te digo nada del semen, debía de ser como salfumán. Cuando noté todo aquello intenté salir corriendo, pero no hubo forma. Me tenía tan cogida por las tetas que no me pude escapar, y menos a los diez años. Él se puso a vociferar, pero yo no podía abrir la boca porque no quería que supiera quién era, y no aflojó lo más mínimo. Cuando se corrió casi me desmayo, me quedé totalmente bloqueada, pero no me soltó, ni me soltó ni se le bajó, sólo se le bajó un poco y yo creí que ya iba a poder irme, pero ¡que te crees tú eso! Acto seguido le volvió la locura, se le volvió a poner dura y me tuvo allí otros diez minutos p'alante y p'atrás, y aquella vez sí que vociferó y pataleó. Yo creía que los tíos sólo se podían correr una vez, pero ya ves; a lo mejor es que era un superdotado. Al ciego todo aquello le debió de parecer un milagro. Luego me dio tanto asco que me estuve lavando un mes con jabón del fregadero y agua de Getsemaní, y menos mal que no sucedió nada.

Todo esto lo decía Rosa, que era mulata y las cosas le venían muy adelantadas. Rosa no se llamaba Rosa, se llamaba Generosa, pero eso es lo de menos.

Hay gente que se trastorna y no sabe ni lo que hace con su cuerpo, pero yo no soy tan bruta. Yo, de eso, lo único que sé es que cuando un tipo te empieza a llamar hija, malo, malo malo. Eso quiere decir que te ha tomado bajo su protección y a lo mejor lo único que pretende es casarse contigo, pero a lo peor lo que quiere es ponerte a trabajar en un burdel o cualquier otro lado, una mercería, una agencia de exportación-importación o incluso una mina de sal. Cuando un tipo te protege deberás pagar el impuesto revolucionario, esto no tiene vuelta de hoja y sucede todos los días, sucede a cada momento aunque no nos demos cuenta ni pensemos en ello, y si cuando un tipo que no tiene nada que ver contigo te empieza a llamar hija, el negocio es para echarse a temblar, que he escrito, no digo nada de si lo que sucede es que te da su saco para que te lo pongas, para que lo huelas. Cuando un tipo te dice, ¿tienes frío?, toma, ponte mi saquito, a ti seguro que te queda mejor que a mí..., entonces ya puedes darte por perdida y lo mejor es que salgas corriendo y no te detengas hasta que el horizonte haya borrado su presencia. Lo siguiente suele ser la vicaría, eso los que se casan, y menos mal que yo no suelo tener frío.

Algunas de mis amigas, y no voy a decir quiénes, no voy a decir sus nombres porque a nadie le interesan, se dedicaban a meterse mano. Lo hacían a menudo y lo contaban, o bueno, lo medio contaban, y a veces, cuando no había mucha gente, iban hasta agarradas. Luego, en cuanto crecieron y empezaron a fijarse en los pavitos, dejaron de hacerlo, aunque aquello era más o menos lo que hacíamos todas; lo que ocurría es que no le dábamos publicidad, lo hacíamos más a escondidas.

Andrea se enrollaba mucho conmigo cuando teníamos diez años, y no sé por qué me eligió a mí porque ella era blanca; sería que le gustaba mi piel negra. Su especialidad era darme crema en la playa. La primera vez que lo hizo me sobresalté pero no dije nada, algún aspaviento sí se me debió de escapar, aunque procuré permanecer inmóvil, y luego, otro día, me dio un beso y se puso toda colorada, me miró a los ojos y, mientras lo hacía, se puso roja como el tomate. Luego bajó la mirada y no se atrevía ni a mirarme. A mí me dio tanto apuro que le acaricié una mano, una mano que se había quedado suelta por allí, se la acaricié un segundo, o dos, pero ella me entendió. En realidad no me disgustó porque las niñas nos besamos mucho –esto no lo sabe casi nadie, pero es así–, y luego el negocio fue ya más rodado y tuvimos una temporada de inocentes magreos a escondidas. Aquello era amor, claro, aunque no ese del que nos hablan los místicos o los poetas, no, ni mucho menos el de las instituciones eclesiásticas. Era la natural curiosidad humana, las ansias de exploración tan de moda hace muchos años, incluso siglos. Debió de ser en el Barroco, la Era del Iluminismo, aunque yo creo que esto lo he leído de mayor.

También resulta que Paula, o Paola –la llamábamos indistintamente–, tuvo un niño. Un día nos dijo que estaba embarazada y todas nos lo creímos, y a la mayoría nos ilusionó mucho. Además, nos contó cómo había sido. El padre de la criatura era un amigo de su familia, pero aquello era un secreto.

–Por lo que más queráis, no se lo digáis a nadie; si mis padres se enteraran... ¿Sabéis lo que me ha dicho? Pues que no me eche más perfume porque su mujer ya lo ha notado. Ahora, con lo del niño, me parece que se va a acabar. Bueno, la verdad es que una se siente tan rara... Yo cambio esto por lo del colegio... –y al cabo de seis meses tuvo un niño con los ojos redondos y los labios como un negrito, aunque en realidad era cobrizo.

A Paula no la volvimos a ver. Sólo venía de vez en cuando, una vez cada dos meses, más o menos, y traía al niño, que se llamaba Jesusín, y nosotras lo acunábamos. Yo lo tuve mucho tiempo en brazos y las demás igual, pues a veces incluso nos lo disputábamos, pero a Paula no la volvimos a ver, se esfumó, fue tener al niño y desaparecer del espacio-tiempo, ¡hay que ver los azares que nos depara la existencia! La maternidad está bien pero sus efectos suelen ser imprevisibles, sobre todo para las niñas de once años, aunque Paula, ahora que lo pienso, quizá fuera ya un poco mayor.

Algo después de aquello, cuando ya teníamos once o doce y habíamos cruzado la primera de las fronteras de la vida, íbamos a los bodegones, es decir, a las pizzerías, y a veces bebíamos tanto ron que acabábamos las cinco cogidas por los hombros alrededor de una mesa y cantando, al principio bajo pero luego a voz en cuello. Cantábamos muy mal y muchas veces nos echaban, y entonces nosotras salíamos corriendo, chillando histéricamente y tirándolo todo, y en aquellas ocasiones, como los camareros se quedaban pasmados y sin saber qué hacer, aprovechábamos para irnos sin pagar, pero en otros lugares les hacía más gracia y no decían nada –aunque esto solía suceder más en el extrarradio–, y en algunos hasta la marchantía cantaba con nosotras.

Una de aquellas tardes, que nos habíamos pintado aún más que de costumbre, fuimos a una discoteca. Yo iba como un semáforo, con la frente blanca, los ojos verdes y rojos y los labios azules, pero de un azul rabioso, un azul añilado, y las demás por un estilo. Andrea se había pintado los pezones con una barra de labios encima de la camiseta, se los pintaba como si fueran dos ojos y en el sitio justo porque decía que así no había pérdida, el que quiera mirar que mire, se me ponen tan duros, se me notan tanto, que es casi mejor pintarlos, para qué vamos a andar con disimulos. La discoteca a la que fuimos no era a la que íbamos siempre, en donde nos daban a oler aguarrás en la puerta. Fuimos a otra muy grande que había en un barrio distante, y fuimos a ella porque a alguna de nosotras, ya no recuerdo a quién, le habían dado invitaciones con bebidas gratis. Cogimos un ómnibus, y en él ya tuvimos la primera bronca con el conductor, que quería que pagáramos. Nosotras entramos por la puerta de atrás atropellando a los que bajaban, porque así el conductor no sabía quiénes eran las que se habían colado, y él se levantó de su asiento y vino a ver qué ocurría, pero como éramos todas muy altas, no lo debió de ver muy claro y nos dejó en paz, se volvió a su sitio y arrancó. En la discoteca estuvimos toda la tarde. Había una promoción de ron y nos bebimos casi toda la cosecha. También una piscina de superlujo en la que no se bañaba nadie, y a su alrededor mucha gente mística que nos miraba como si estuviéramos locas, pero a mí me faltó tiempo para desnudarme y tirarme al agua. Bueno, todo no me lo quité, me quité casi todo y me metí dentro, al tercer ron no me importaba nada lo que pensara la gente, y cuando salí, al cabo de un cuarto de hora de chapuzones, se me había corrido toda la pintura y ya no tenía la cara como un semáforo sino como uno de esos cuadros modernos que se ven en las consultas de los médicos o los vestíbulos de las instituciones respetables, un montón inconexo de manchas de color sin orden aparente, pero mis amigas dijeron que aquello me sentaba todavía mejor y allí se quedó. Me volví a vestir toda mojada, pero hacía mucho calor y al rato estaba otra vez chorreando de sudor, y las demás igual. Entonces fue cuando descubrimos que había una pista de baile de esas que se mueven, que se inclinan. Nos fuimos a ella, y al que ponía la música le debimos de gustar porque estuvo todo el rato poniéndonos máquina y dando grititos ridículos por el micrófono, dijo unas simplezas que prefiero no repetir, y moviéndonos la pista a lo bestia. Nosotras seguimos dándole al ron y al cabo teníamos todas un guayo guapo. Entonces a mí se me ocurrió, no sé por qué se me ocurrió pero estos pensamientos llegan siempre sin avisar, de repente surgen en tu cabeza y ya no te los puedes quitar, pues de repente me acordé de mi madre, la pobre, que se murió para que yo naciera. Esto a lo mejor es decir mucho y lo que sucedió fue inevitable, porque si no hubiera habido un terremoto no se hubieran roto las carreteras y las ambulancias habrían podido pasar, a saber, pero yo me acordé de mi madre, de cuando mi madre me tuvo a mí, la pista se movía como si hubiera un terremoto, y yo, en mi estado, me caí al suelo y no me podía levantar, así que me puse a representar el teatro de la parturienta abriendo las patas, dando gritos y demás. Fue un homenaje a mi madre. Me subí las faldas hasta la cintura e hice todas las contorsiones que se me ocurrieron mientras las demás me jaleaban hasta lo indecible. Mis amigas estaban tan descompuestas como yo y gritaron y chillaron histéricamente hasta la extenuación. Estábamos todas metidas en faena hasta el culo cuando vinieron los guardias, los de seguridad, y nos echaron a palos de la discoteca. Al final nos encontrábamos en la calle, en aquel gran paseo marítimo lleno de palmeras, todas chorreando y muertas de risa, y nos volvimos a casa andando porque era muy tarde y ya no había guaguas. Pasaban autos que nos tocaban la bocina, pero nosotras no les hacíamos ningún caso sino que les tirábamos cortes de mangas, y ellos tocaban aún más la bocina y aceleraban... A aquella discoteca nunca más volvimos. A mí no me quedó buen sabor de boca, sobre todo al día siguiente, pero de todas formas no creo que nos hubieran vuelto a dejar entrar.

Esto, y cosas peores, era lo que mis amigas y yo hacíamos, ejemplar conducta, en la América central durante aquellos años arrebatados. En aquella época todos estuvimos muy locos, y lo que habíamos de estar, y mis amigas tampoco eran tan malas, eran muy pequeñas, todas éramos muy pequeñas y nos comportábamos como tales. De mis amigas ya he dicho mucho, pero he hablado muy poco de Andrea, la catira de Maracaibo, la maracucha. Esta era la mejor. Era blanca y con el pelo rojo y siempre nos llevamos muy bien. La verdad es que luego me he acordado mucho de ella. ¿Dónde estarás ahora? Ha pasado tanto tiempo y sucedido tantas cosas... ¡A lo mejor ha oído hablar de mí...! Tanta gente ha oído hablar de mí en este planeta...

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Cuando Andresillo echó a volar

No he contado nada aún en este blog de las múltiples aventuras que sucedieron a Juan Evangelista (niño diablo, no se lo pierdan ustedes, amén de hijo del cometa y lobo solitario) durante los trescientos y pico años que duró su vida y estuvo dando vueltas sobre la abrupta superficie de este planeta que nos contiene. Sí, él constituyó algo fuera de lo común en lo que es el gris devenir de las personas corrientes y molientes, y, aleccionado por ello, durante los últimos años de su vida, que coincidieron con este cambio de milenio (tan traído y llevado), se molestó en escribir cuatro libros en los que, a modo de "saga" (esa palabra tan cursi y relamida y que bien pudiera sustituirse por "serie") se narran los múltiples avatares que trescientos años pueden contener, que no son moco de pavo.

En el segundo de los citados libros, "Siglo de las luces", ambientado en el Perú colonial de mediados del siglo XVIII, sucede lo que más abajo se cuenta, cuando el protagonista, siempre revoltoso, ejercía de capellán y preceptor del único niño que había en aquella Casa Grande...

La electricidad, energía hoy de uso común, era en aquellos entonces fuente de las más variadas controversias y esperpénticos dislates, y entre el cúmulo de papeles sin sentido que el antiguo dueño de la casa ocultaba –papeles, algunos, que hubieran servido para llevar a más de uno al patíbulo– encontré un sinfín de anotaciones, recortes, avisos y otras varias formas de comunicación, lo que unido a mis confusos conocimientos –adquiridos, como conté, en el convento ubetense– me llevaron a preparar un magno acontecimiento que había de dejar estupefacta a mi –para ciertas cuestiones– crédula patrona y a sus locuaces amigas.

Lo primero que necesité fue el concurso de algún criado, pero ello no me resultó difícil, pues tras mi primer año de estancia en aquella mansión, cuando sucedieron todas las cosas que he narrado, llegué a conocer a sus habitantes y descubrí con sorpresa que uno de ellos, quien nos había ayudado con los caballos y ocultado nuestros manejos ante la viuda, era paisano mío, un joven, poco más que un niño, oriundo de un lugar vecino al nuestro y que me sonaba vagamente, El Maíllo, patria que fue de una de nuestras criadas y del que mi padre se hacía lenguas debido a la extraordinaria calidad de la leña de sus montes.

–¿Vuestra merced procede de cierto de las apacibles dehesas salmantinas...?

Cuando pronuncié aquellas palabras, Meneses, que tal era su nombre, me miró confuso.

–¿De forma –le dije–, mi querido amigo..., que somos coterráneos...? ¡Qué sorpresas nos reserva la vida! Pues no se apure vuestra merced, que en este mundo estamos para ayudarnos los unos a los otros. ¿Convendría Su Excelencia en llevar a cabo conmigo ciertas labores para las que necesito su concurso? –y como fuera que su ayuda había resultado inestimable en los meses anteriores, y yo me había preocupado de recompensarle como se debía, tuve desde entonces un nuevo aliado en aquella casa.

Se trataba de algo en lo que intervenían fluidos misteriosos, alambres, extrañas máquinas rodadoras, tapetes de fieltro y cordones de seda, elementos que debía procurarme. Todo ello lo había leído en antiguos libros y revistas científicas llegadas de más allá del Atlántico, de la Europa Ilustrada de la época, y decidí utilizarlo para mis fines, así que con la ayuda de uno de los herreros me di en construir uno de aquellos platos magnéticos según las instrucciones de que disponía, y luego, tras experimentos preliminares llevados a cabo en la desierta biblioteca y el más riguroso de los secretos, experimentos que al principio no comprendí pero en seguida observé que producían los resultados que se describían en los papeles, decidí preparar el acontecimiento, para lo que contaba con la colaboración de un entusiasmado Andresillo, al que al fin había conseguido inculcar la virtud de la discreción.

La habitación en donde escenificar tal milagro debía ser grande, y a ser posible de piedra, y para ello elegimos la biblioteca, que con sus pétreos arcos y tenebroso aspecto constituía el decorado perfecto, y en cuanto al momento, el más apropiado me pareció ser el de la merienda, cuando la viuda y sus amigas, que solían reunirse una vez por semana, estuvieran entretenidas con sus comentarios y, por qué no decirlo, estimulantes hojas del arbusto al que llamaban cuca, de las que en ocasiones y como indigna panacea –puesto que solían masticarlas acompañada de cal, ¡de pura y simple cal!– solían hacer consumo.

Una vez todo dispuesto nuestro amigo Meneses se dirigió hacia la habitación en donde las señoras llevaban a cabo su reunión, y nosotros, desde nuestro lugar en la biblioteca, comenzamos a oír sus voces, ¡vengan!, ¡vengan corriendo Sus Ilustrísimas, que están sucediendo hechos extraordinarios...!, y allí se nos presentaron en tromba y con gran sonar de frufrúes las damas, encontrándose cerca del techo, dentro de un arnés de cuero y suspendido por invisibles pero fuertes cordones de seda, a Andresillo simulando volar, y al que llegaban desde la vecina habitación unos alambres que le entraban por los zapatos, que tal era la tramoya, y yo, debajo de él y adoptando múltiples posturas, fingía estar atónito ante aquella maravilla, por más que la finalidad de colocarme en tal lugar obedeciera tan sólo al hecho de poder cogerle al vuelo si se desplomaba la instalación entera. No fue, sin embargo, tal el caso, y todo se desarrolló según lo previsto. Meneses desapareció en la habitación contigua, en donde empezó a sonar la máquina infernal, y yo arrojé los montones de plumas que escondía entre las mangas, que se arremolinaron en el aire alrededor de mi protegido y sus alambres...

Las mujeres, como decía, entraron en tropel en la gran sala casi completamente oscura, aunque iluminada por algunos velones que habíamos colocado en las esquinas. Andrés estaba vestido por entero de negro y casi no se le veía, tan sólo su cara y manos que habíamos pintado de blanco, y además aleteaba furiosamente cual si volara, y a su alrededor, y al de los alambres, nubes de plumas, que eran alternativamente atraídas y repelidas por el fluido, danzaban la más fantástica danza que imaginarse quepa, y no bien habían entrado corriendo la viuda y sus amigas, cuando una, la más atrevida sin duda, se le aproximó entusiasmada, y el niño, extendiendo sus brazos hacia ella..., desde las puntas de sus dedos lanzó un destello, un fogonazo de luz azul, un relámpago que atravesó el aire y llegó hasta la aparatosa peluca que ostentaba la dueña, restalló en su cabeza y le obligó a dar un angustiado grito de sorpresa y huir hasta el más lejano rincón de la estancia. Luego fue otra, y luego su madre, quienes recibieron idéntico tratamiento y emitieron parecidos gritos, mientras yo daba innumerables pases magnéticos y Andrés despedía largos y quebrados y azules rayos por los dedos y reía con enormes e histéricas carcajadas...

Todas cuantas allí estaban salieron al fin huyendo, y aunque aquella noche, durante la hora de la cena y una vez tranquilizado el niño, Andrés y yo debimos dar a su madre las explicaciones que el caso requería, me ocupé de presentarlas como "altamente científicas" y producto de los nuevos tiempos que corrían, no sin múltiples reticencias por su parte.

–Pero, entiéndame bien, presbítero... ¿Es todo esto inofensivo para el niño, o algún día deberemos lamentar una desgracia?

... y fue de la forma que cuento que la fama de mis poderes aumentó extraordinariamente y las señoras me contemplaron desde entonces como quien ve al Demonio, es decir, a prudente distancia y en el más respetuoso de los silencios.

CHAVALA GUAPA LEYENDO UN LIBRO

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Cuando yo era pequeño pensaba que las chavalas guapas, las macizas, no comían nunca alubias ni lentejas ni nada de eso. Me parecía que debían de comer ensaladas de fantasía o algo por el estilo, pero alubias y lentejas seguro que no.

Hoy en día siguen conservándose tradiciones semejantes. Lo que la gente de hoy piensa es que las chavalas que molan no leen libros, sino que están todo el tiempo enredando con el móvil, como las que salen en televisión..., pero en eso están tan equivocados como yo cuando era pequeño, pues las chavalas guapas sí que leen libros, y con enorme fruición en ocasiones, según se puede observar en el espécimen de la fotografía.

Concierto marítimo

Lo que sigue pertenece a “La aventura de las luces azules”, continuación de “Europa barroca” y novela en la que, entre otras movidas dignas de mención, se habla acerca de la amistad que hicieron Eduguá (un tipo como cualquier otro) y un cachalote telépata del océano Atlántico. Una de estas descripciones es la que va a continuación, y está hacia la mitad del libro.

Concierto marítimo

Cuando, aquella vez, llegamos Javi y yo al lugar de la cita, un lugar cercano a la costa en un mediodía radiante del mes de mayo, Eudoxio ya estaba allí; fue la primera vez en que llegó antes que nosotros. Estaba con dos congéneres, dos cachalotes tan grandes como él y de los que, por la mañana y con la voz de la abuela, me había dicho,

–No te preocupes, son amigos míos, los conozco desde hace muchos años. Uno de ellos es Crispincín. No es hijo mío, pero le eduqué yo en la manada que fundé. Ahora él tiene la suya propia, aunque al Ártico solemos subir juntos. El otro es el patriarca del grupo más grande que jamás conocí, ¡una manada de más de doscientas hembras!, aunque para manejarla tiene ayudantes, claro es. Él no emite luces azules pero está muy interesado en nuestra relación. Se lo conté, y me pidió que alguna vez le llevara a uno de nuestros encuentros. No te importará, ¿verdad?

Yo contesté,

–No, en absoluto. ¿Son también músicos tus amigos?

–Bueno, en los viajes solemos cantar juntos, pero no se puede decir que conozcan la música de los humanos. Se lo he explicado, y me ha dicho que tomará buena nota de lo que suceda.

Luego yo me acordé de algo.

–¿Has vuelto a tener noticias de los que nos miran desde la estrella?

–No, ya sabes que ellos no se molestan por nosotros. Cuando se manifiestan, lo hacen de manera inequívoca. ¿Por qué me preguntas eso?

–No, en realidad por nada. Yo aproveché aquella ocasión para pedirles un favor y no sé qué habrá sucedido. Fue mi madre quien apareció en su nombre, pero de momento no han dado señales de vida.

–Bueno, hay que tener paciencia, el olvido no entra en sus planes. Si deciden complacerte, te darás perfecta cuenta.

Cuando llegamos al lugar convenido, los tres cachalotes nos hicieron un recibimiento propio de su especie, la denominada Physeter macrocephalus, expresión latina que significa "soplador cabezón". Nos recibieron con un gran concierto de bocinazos, mugidos y resoplidos en todas las frecuencias, y luego nos rodearon y mostraron bien a las claras su alegría, y para que no quedara duda ejecutaron una serie de danzas y saltos, a los que mejor habría que calificar de panzazos, que dejaron al barco y a nosotros chorreando. Javi levantó las manos y gritó, ¡eeeeehhh, quietos, nos rendimos!, y aunque no entienden el español lo comprendieron perfectamente. Bucearon un poco y se colocaron simétricamente, mirándonos con atención y ronroneando como gigantescos gatos. Javi y yo nos bañamos en el mar, un baño siempre viene bien para relajar el cuerpo y despejar la cabeza, y luego empezamos a pensar en comer algo, porque lo que nos había llevado hasta allí, la música, no comenzaba hasta el atardecer. No sé cuál es el motivo de que a los cachalotes les gusten los cánticos vespertinos, pero es así.

Entonces Eudoxio levantó la cabeza, soltó uno de su horripilantes gritos y se sumergió, desapareció bajo las aguas y sus amigos no tardaron en seguirle, desaparecieron los tres. Javi, sorprendido, dijo,

–¿Tú crees que se han ido? –y yo contesté,

–No, en todo caso habrán bajado a comer. Cuando se van, siempre avisan antes. Podíamos aprovechar también nosotros. ¿Qué tenemos por ahí?

–Todavía queda guiso de la marmita de Petra.

–Bueno, pues vete calentándolo.

Yo estaba mirando la superficie del mar cuando uno de ellos apareció de improviso. Apareció lejos, a media distancia, y se quedó allí, observándonos. Yo le hice señas con la mano y luego apareció el otro, que se puso a su lado. Me miraban como si estuvieran muy interesados en algo, yo me preguntaba en qué, y miré a mi espalda..., y en ello estaba, cuando de repente oí un ruido conocido. ¡Eudoxio, y sus inconfundibles trompetazos, emergía junto a nosotros!

Aquello fue como un huracán, y en un primer momento creí que nos hundía. La cabeza del cachalote apareció sobre las aguas tumultuosamente, muy cerca, y de ella salió una ola, o eso me pareció. Salió muchísima agua que me cayó encima, me empapó y llenó el barco, escurrió y volvió a caer por los imbornales a su lugar de procedencia mientras miles de objetos culebreaban en todo lo que me era dado ver, todo se había llenado de pequeños objetos blancos que se movían e intentaban huir desesperadamente. Javi subió las encharcadas escaleras corriendo, ¿qué ha pasado?, ¿qué es esto...?, y yo solté la carcajada. ¿Cómo no se me había ocurrido antes...? Eudoxio nos había llenado el barco de calamares.

Efectivamente, lo que había en la bañera eran unos cefalópodos pequeñitos, maravillosos, de los que yo no había vuelto a ver desde que era pequeño, cefalópodos de verdad, sin ningún cruce genético de tipo industrial, sin conservantes ni colorantes ni atomizantes ni nada de eso, y vivos, a juzgar por el follón que había en la bañera. La gran mayoría había caído al mar, porque el escupitajo de Eudoxio había sido monumental, pero los que habían quedado en el fondo, que Javi y yo, tan estupefactos como es de imaginar nos apresuramos a recoger, estaban vivos; debían de ser abisales y frescos, vamos, recién pescados. Eudoxio, que debía de subir directamente desde abajo, desde varios centenares de metros, a lo mejor más, había cogido un puñado, para él un bocadín, para nosotros un banco entero, y sin más nos los había escupido encima.

–Los humanos prefieren los maganos porque tienen la dentadura sensible, esto ya se apuntó, y ahora vais a saber vosotros, humanos de vuestro tercer milenio, lo que es el pescado fresco; de esto ya no se acuerda casi nadie. ¡Ahí va...!

Acto seguido nos metimos en la cocina con aquel tesoro, y con lo que teníamos almacenado hicimos un guiso de los que poca gente ha conocido. Lo he dicho mil veces, ya nadie se entera de nada, y de aquello tampoco porque Javi y yo, en cuanto la preparación estuvo a punto, media hora después, nos apresuramos a comérnosla, y eso que nos salió una enorme sartén que incluso rebañamos con pan duro. ¡Maganos con toda la tinta!, pimiento verde, aceite de alguna aldea de Zamora, ajos de la ristra, un montón de tomates que previsoramente llevábamos, una gran cebolla roja..., aquello fue todo, y para cocerlos añadimos agua del mar, así que, ¿qué más querrían oír ustedes...? Pues aún diré que guardamos con todo cuidado los sobrantes para ocasión posterior, y que mientras estuvimos merendando aquella maravilla Eudoxio y sus amigos desaparecieron, debieron de irse a merendar ellos también, se sumergieron y estuvieron un rato por allí abajo, y luego, cuando hubimos acabado, con el buen cuerpo que te dejan estos alimentos, volvieron a subir y se dedicaron a dar vueltas alrededor de nosotros muy despacio, como esperando algo, y entonces Javi cogió la gaita y yo la trompeta, y mientras se desarrollaba el crepúsculo, mientras el Sol se ponía allá lejos con sus acostumbradas luces, primero naranjas y luego más rojas, y al fin, cuando desapareció del todo, ante un público formado por dos catodontes adultos y expectantes dimos un concierto como nunca antes oyeron las olas del mar ni ninguna de las ninfas del océano, un concierto marítimo y crepuscular, un concierto en trío para trompeta, gaita y continuo. El continuo lo hacía Eudoxio, que a veces parecía un órgano de tubos y a veces un violonchelo cósmico, ¿o era una viola de gamba cósmica...?, no sé, e incluso a veces el instrumento del continuo por excelencia, el clavicémbalo. A partir de ahora te voy a llamar Juan Sebastián. Para algo tenían que servir las conversaciones de puerta chirriante, y modulas con suficiencia, parece que te ha enseñado alguien. Claro, que después de tanto tiempo ensayando juntos, algo habrás aprendido...

Esta idea se la brindo a futuros músicos, o a músicos del futuro. Yo creo que se puede desarrollar mucho.

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Una de las muchas aventuras de Pipo

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En Las Estaciones , novela ambientada en la época actual y en la que se narran los sucesos que durante un año se dieron en casa de una gente que, al parecer, tiene bastante dinero, hablan varios personajes, como la institutriz, el encargado de la seguridad y el niño, que es en realidad el protagonista de la historia y el que tiene en su haber la mayor parte de los comentarios; como este que sigue, lo van a ver (o mejor, a leer) ustedes.

A Patricia, a la mulata Patricia, le olía el culo a jaramugo, que era un rosal que había en la parte de atrás, al lado de la puerta de la cocina, y tenía flores todo el año, se lo oí decir al tío Mary una vez que se lo dijo a mamá y no me veían, no sabían que estaba allí, y entonces ella le dijo, ¡qué cosas dices!, ¿y así quieres tú ligar?, pues como te oiga, ya sabes lo que te va a contestar..., y el tío Mary se fue riendo por el pasillo y canturreando por lo bajo, que no sé qué cantaba, pero debía de ser algo muy divertido porque iba dando saltos y golpes en las paredes.

A la mulata Patricia, o sea, a mi mulata Patricia, ¿le olía el culo a jaramugo, como decía el tío Mary? Pues cualquiera sabe, pero seguro que le olía muy bien porque Patricia siempre olía muy bien. A mí, al principio, algunas veces, cuando volvía del colegio me decía, Pipo, ven aquí, y cuando estaba a su lado me cogía por el hombro y me decía, niño, tú, ¿qué champú usas?, y yo contestaba, pues el del baño, ya, ¿pero cuánto hace que no lo usas?, y yo la primera vez dije la verdad, pues no sé..., ¡tres días...!, y ella se me quedó mirando, ¿tres días...?, ¡Pipo, eres un poco cochino!, ¿no?, haz el favor de ir al baño y ducharte de arriba abajo, y yo obedecí, fui e hice como que me duchaba. Bueno, sí, me duché un poco, pero poco, ni me lavé la cabeza ni nada, sólo me la mojé, y cuando volví me dijo, ¿ves tú?, ¿no estás mejor ahora...?, oye, si no te duchas, ¿a ti no te pica la piel?, y yo la miré extrañado, ¿a mí?, no, a mí no me pica nada, ¿a ti te pica?, y Patricia puso cara de paciencia y ya no quiso seguir hablando de aquello, no, a mí tampoco, venga, vamos a ver que te han enseñado hoy, y luego, a los pocos días, volvió a pasar lo mismo. Estaba en la mesa con todos los libros y ella entró y dijo, ¡Pipo!, ¿tampoco te has duchado?, y yo la miré, es que..., ¿es que qué?, pues que se me ha olvidado..., bueno, pues venga, levanta y a la ducha, y yo fui y volví a repetir la operación, me mojé el pelo y los brazos, me puse el pijama y fui al cuarto de Azucena en donde estaban las dos hablando de cuestiones intrincadas, yo creía que era algo del colegio pero qué va, estaban hablando de los chicos de la clase de Azucena, porque ella decía, sí, pelirrojos hay alguno, pero son los que menos me gustan..., y al verme se calló. Entonces dije, ¡ya!, y Patricia me miró y dijo, muy bien, venga, vamos a ver qué tienes que hacer, y nos fuimos a mi cuarto y ella no dijo nada, y de esta forma la estuve engañando unos días, pero resulta que uno, un día, me lo volvió a decir, Pipo, ¿no te he dicho que hay que ducharse al volver del cole?, y yo fui, me mojé el pelo y los brazos y por el cuello y volví, aunque tardé un poco, claro, para que no se diera cuenta, pero volví y me dijo, ven, y fue y me olió como por el cuello y entonces dijo, mira, Pipo, los niños oléis muy bien, no te digo que no, pero tú no te has duchado, ¡ay, que sí...!, que no, Pipo, y ahora mismo te vas a duchar de verdad, y delante de mí para que no me engañes, y yo me quedé sin habla. ¿Delante de ti...? Ni hablar. ¿Cómo que ni hablar? Venga, andando delante de mí hacia el baño, y llegamos, yo bastante asustado, porque cualquiera se imagina lo que puede suceder en un caso así, y ella dio al grifo del agua caliente, lo puso todo bien y dijo, venga, adentro, y yo me eché hacia atrás. Pero ¿vestido...? No, de vestido nada; desnudo. Pues entonces tú vete. ¿Yo...? Sí, para que me engañes como todos estos días..., venga, quítate la ropa, cosa que ya me resultaba bastante comprometida, ¡sí, venga, delante tuyo...!, delante tuyo, no; delante de ti..., ¿verdad?, pero no te preocupes que no te voy a mirar nada, me tapo los ojos y arreglado, y se los tapó, y se los tapó de verdad, o por lo menos eso parecía porque además se volvió de espaldas, oye, pero tú no mires, ¿eh?, ¡Pipo...!, bueno, espera, que ya voy, y me quité la ropa a toda velocidad y me metí detrás de la mampara, ¿ya?, sí..., ¡yaaa...!, y allí estuvo todo el rato y yo dando novedades, ahora me lavo el pelo, ¡aaahhh...!, vale, y ahora por debajo de los brazos, bueno, y los pies..., muy bien, niño, muy bien, pero acaba, que para ducharse no hay que tardar una eternidad. Luego cerré el grifo y me dijo, toma esta toalla, y yo me la puse y salí, y ella, que estaba sentada en la banqueta, me dijo, ven aquí, y cuando estuve a su lado me cogió por un brazo, me olió otra vez y se rió. ¿Ves tú?, esto es lo que yo quería; hala, vístete y ponte ropa limpia, y se fue.

A Patricia, según decía mi tío Mary, el culo le olía a jaramugo, y yo creo que era verdad, o por lo menos las manos le olían a zarzarrosa, y como el tío Mary decía que a Patricia le olía el culo a jaramugo, que no sé por qué lo diría, a lo mejor es que se lo imaginaba, un día, sin que me viera nadie, por la mañana, que era cuando no había nadie por allí, fui hasta el tendal que había detrás, en el jardín, pegado a la tapia para que no lo vieran las visitas, aunque las visitas nunca iban por allí, y estuve buscando alguna de sus bragas, pero yo creo que no encontré ninguna porque todas las que había aquel día eran como grandes, como de señora mayor, y yo me imaginaba que ella las llevaría como Azucena, que llevaba de esas que son como tiras por detrás, pero allí no había nada de eso, sólo había de las grandes y pensé, bueno, ya lo miraré otro día, porque oler aquellas no me apetecía mucho, y resulta que cuando estaba allí mirándolas, que había una fila de ellas, oí algo detrás, me di la vuelta y me encontré a Sean.

–Hola, Sean.

–¿Qué tal? ¿Vas a montar en bici?

–¿En bici...?

–Ah, no sé... ¡Como ya nunca vienes por aquí!

–No, es que estaba buscando una cosa...

–¿Qué cosa? A lo mejor yo sé dónde está.

Yo lo pensé.

–¡Qué va...! Lo que estaba buscando no lo encuentro... –y me hice el despistado y me puse a mirar a los árboles.

–Oye, ¿y por aquí no hay cigüeñas?

–¿Cigüeñas...? Sí, claro que hay, pero en este jardín no. Para eso hay que ir a un pueblo. Además, ahora estamos en invierno.

–¿A un pueblo?

–Claro. Están en las torres de las iglesias, pero sólo en verano, y a veces en primavera.

–¡Ah, es verdad...! ¡Si ya las he visto...! –y me fui, porque a lo mejor Sean se imaginaba algo–. Bueno, que me tengo que volver a casa.

–Vale.

... y entonces, como no encontré lo que buscaba, se me ocurrió que lo que tenía que hacer era ir a su cuarto cuando ella no estuviera y mirar en los cajones, porque seguro que allí habría. Lo que sucedía era que entrar en su cuarto cuando ella no estuviera era difícil, porque si no estaba con nosotros solía estar en su cuarto, aunque a veces estaba con mi madre, pero solía estar poco..., o no, mejor a la hora de la comida, porque como ella comía con nosotros, que siempre estaba de palique con papá, sólo tenía que levantarme y decir, "perdón", hacer como que iba al baño, ir hasta su cuarto y mirar en los cajones, pero tenía que hacerlo a toda velocidad porque si me cogía seguro que se iba a enfadar..., bueno, no sé, y un día lo hice. Me levanté, dije, "perdón", que me salió fatal y todos me miraron, pasé por delante del baño y entré en su cuarto, que olía a las flores que solía poner mamá, abrí el armario y había cajones como los míos, así que abrí uno y luego otro y allí estaba su ropa, toda en fila, que las había de todos los colores, azules, rojas, blancas..., bueno, y cogí unas, y cuidando de que no se desdoblaran me las llevé a las narices, pero aquello no olía a nada, a lo único que olía era a jabón, estaba todo limpísimo y ordenado, y entonces, al lado, vi una cosa como de gasa, la cogí y resultó que era un sujetador fantástico, rosa con pintitas blancas, y cuando me quise dar cuenta resultó que lo había desdoblado entero porque si no, no se ve bien, y me dije, ¡jo, lo va a notar seguro!, ¿cómo estaba doblado?, pero me resultó imposible dejarlo como estaba, aunque lo intenté, y cuando acabé me tuve que volver al comedor porque ya debía de llevar mucho rato, así que cerré todo con cuidado, volví a la mesa, me senté y seguí comiendo, y luego ya no pude dejar de mirarla en toda la comida porque la tenía enfrente, y ella se dio cuenta.

–Pipo, ¿qué te pasa?

–Nada. ¿Por qué...?

Aquí hubo una pausa.

–Estás temblando.

–¡Ah, ya...! Es que tengo frío.

–¿Frío...? ¡Si aquí hace calor!

–Sí, no sé. Es que me ha dado como un mareo...

–¿Un mareo...? ¿Estás malo?

–No, no sé...

... y al acabar mamá se empeñó en que me pusiera el termómetro, pero como no tenía fiebre me tuve que ir al colegio como todos los días, aunque aquella tarde no pude pensar en otra cosa que no fuera el sujetador rosa con pintitas blancas, incluso cuando el profesor nos preguntaba, que menos mal que a mí no me preguntó nada, porque yo no veía más que aquello de gasa rosa que ondeaba al viento como si fuera una bandera en un palo...

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

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En esta historia se cuentan algunas de las peripecias que le suceden a unos personajes (los piratas de las gafas de sol) que se han tomado un ácido en una playa de una isla (mediterránea, por lo que parece) a la que arriban. Pertenece al "Viaje al verano", unas novela que escribí hace diez años.

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Primero había una especie de tapias, unas ruinas y tres o cuatro gallineros, sólo que sin gallinas. Luego unas construcciones más serias, y delante de una de ellas un objeto que podría ser un farol encendido iluminando un letrero. Aunque no se lo crea, ponía, "bar", pero así, con las tres letras, y nosotros, claro, entramos, saludamos, que había dos o tres clientes, y pedimos unas cañas. "Botellas tienen que ser...", nos dijo el de detrás de la barra haciéndose el despistado, como si no supiéramos que era uno de los bandidos, pero nosotros, que tampoco íbamos a levantar la liebre, le contestamos del mejor humor, "pues venga, botellas...", que hay que ver cómo te ponen los tripis. "Qué..., acampando, ¿eh?", nos soltó el de la barra sin mirarnos ni darle importancia (debía de ir mucho turismo por allí), pero nosotros hicimos como que no nos enterábamos del rollo, como si no supiéramos que... "Y..., síii...", le dijimos al mismo tiempo que libábamos cerveza de pirata y pedíamos unos puros y unos chicles, que era lo único que estaba claramente a la venta. Encendimos los puros mientras mascábamos furiosamente los chicles ante las miradas atónitas (o sea, me figuro) de quienes estaban allí, que nunca debían de haber visto a alguien viajando, todo muy deprisa y sin dejar de movernos, que es que resultaba imposible. Dimos un par de vueltas a la habitación mirando los carteles, que eran como sobras de la civilización anterior, algo ecléctico y con todos los colores corridos, y en el entretanto otro perro entró, se acercó, nos olió y marchó a continuar la ronda, y tal y como sucede a veces salió a relucir el tema meteorológico, es decir, nos enteramos de que hacía trescientos diecinueve días que no llovía, y no menos de siete años que no repicaba la campana de la cisterna grande (se debían de referir a la mayor), que era lo que sucedía cuando se llenaba.

Casi siete años de sequía llevábamos nosotros también y así se lo hicimos saber al tabernero, quien en un fugaz y acertadísimo momento de lucidez nos cogió la onda, o sea, la segunda intención, y fue y nos puso otras cervezas, que el otro no sé pero yo estaba seco, no sé si sería aquella cosa de la actividad activa u otra. Pero el tema, el meteorológico, era acertado, porque yo creo que se trataba de romper el hielo e hilar una cierta cháchara, que debían de tener ganas de palique el tabernero y los dos de allá atrás en la sombra, monjes perfectamente caracterizados. A saber, porque el disfraz de monje ha sido harto utilizado a lo largo de la historia por toda clase de bandidos, malhechores y otras gentes de similar o parecida catadura moral para llevar a cabo sus fechorías, digamos, y digamos bien, y además, si querían hablar, que hablasen. Una voz rugió desde el fondo, "... un vino!!!", y el de las gafas de sol contestó con un eructo majestuoso y el aire se heló durante una fracción de segundo..., (debían de ser muy finos allí dentro), pero nosotros no hicimos ningún caso. Yo di medio paso de baile (que es cuando te das media vuelta y te pones a mirar hacia el otro lado), el de las gafas redobló con ambas manos sobre la barra y masculló, "hum..." –lo cuento para que se vea de qué iba la cosa–, y el tabernero fue hasta atrás y sirvió unos vinos a los monjes. O sea, nada, una escena de bar normal le hubiera parecido a cualquiera, cuando la realidad... Total, que para no quedarnos atrás o ser menos ilegales que los bandidos, va el de las gafas de sol hasta en la cama y anuncia –que me lo debió de decir a mí, pero resonó allí dentro como un trueno–, "vamos a tirar un cohete...", una idea originalísima.

Bueno, muy fácil solía ser de todas formas. Se cogía un cigarro, a ser posible rubio, y se vaciaba sobre una mano, el mostrador, una mesa o lo que fuera; dentro del bar si el dueño estaba de acuerdo y fuera si no. Luego se sacaba una especie de cosa que algunos llaman piedra, otros china y aun otros tanganazo (aunque esta última acepción se suele aplicar bastante indiscriminadamente), y se le daba candela por uno de sus extremos, bordes o zonas fronterizas con el fluido aéreo, a ver si me explico; o sea, por el lado de afuera. Total, que cuando lo tienes medio en pista y humeante, coges y, chaca chaca, deshaces una cantidad variable de material, cantidad la cuál lo mejor es que sea inversamente proporcional a la calidad del producto objeto de la presente y pormenorizada descripción. El pellizco, que tal suele ser, se mezcla más o menos cuidadosamente con el tabaco, que esto depende de las aptitudes de cada uno, y ya tenemos hecha lo que en jerga claramente grifota se conoce como "mezcla". Entonces llega la segunda parte de la operación, que consiste en buscar (y encontrar, claro es) uno de esos papeles blancos, finos y pequeños, que suelen venir en librillos de cien (¿o de cincuenta?) y a los que el pueblo llano conoce como "papel de fumar", una pasada, una vez encontrado el cuál, que se puede decir que es para el farias...

(en los bares de carretera, claro, no allí, porque los bandidos no son tontos y los monjes menos, y menos aún vista la cara que ponían aquellos)

... se procede a realizar la última parte de la operación: se acomoda la mezcla dentro del papelillo; éste se enrolla con un movimiento bastante curioso y que podría describirse como doble torsión de los dedos pulgar y anular con movimiento de tonel, y luego, ras, ras, sendas chupadas en la mismísima juntura y aparece el cohete como por arte de magia en las manos de quien todo esto hizo posible, en aquel caso el de las gafas, el cuál, para acabar la descripción sin dejar detalle, está moralmente obligado a pasárselo al de al lado, nada de prenderlo él, da mala suerte; o es que la trae, no sé, no me acuerdo. Y en ello estábamos, yo controlando a ver cómo se colocaba la gente, o sea, el de las gafas en relación con los demás y poniéndome en el sitio bueno –dado que el cohete se lanza hacia la derecha–, y todo estaba discurriendo según lo previsto, es decir, que lo acabó, le metió el filtro...

(porque en esta historia también interviene un filtro, pero eso lo dejo a la imaginación del lector, lectora, perro o árbol que me sigue)

... efectuó un par de contorsiones extras y que no hubieran hecho ninguna falta y me tendió el cohete, blanco y blanco. Por un instante algo flotó allí dentro, una onda blanca, y todas las miradas convergieron en el mismo punto, imaginarse..., y fue precisamente entonces, en el momento que describo, que con gran estruendo se abrió la puerta y un ser totalmente nuevo en esta historia (aunque no en otras), vestido de oscuro, la pistola al cinto, apareció en el umbral. "Estamos perdidos...", oí farfullar al de las gafas de sol, que se había quedado trabado en mitad de la habitación, de pie y con la mano extendida, "¡un cazador de recompensas!". Aquella vez sí que se heló el aire. Yo tosí y carraspeé escandalosamente, quizá para llamar la atención hacia mi persona, pero el autor del cigarro, que debía de ser malabarista, cerró la mano, recitó una letanía ininteligible (corta, eso sí) y volvió a abrirla: nada, había desaparecido el cuerpo del delito. Sin embargo, me parece que fue un número innecesario porque el recién llegado no nos hizo el menor caso, que entró, barbotó un saludo tenebroso, fue hasta el fondo, se sentó ante una mesa de las varias que había y, volviéndose hacia los monjes, va y les dice, "¡qué...!, ¿para cuándo esa partida...?", y se pusieron los cuatro (con el tabernero) a jugar a las cartas, lo último.

Total, que en vista del éxito alcanzado por nuestras actividades, que yo creí que iba a haber cañonazos para ver quién pegaba fuego al asunto, al principio, o que ya entreveía movida con la autoridad competente, luego, cuando se abrió la puerta como empujada por un cíclope, pasamos de todo, pedimos nueva ronda (líquidos para todo el mundo, que esto ya no lo hace casi nadie pero la gente lo agradece) y prendimos el ya famoso –¡y qué digo famoso!, sino célebre a estas alturas del relato– cigarro de mezcla soporífera, y nos lo fumamos sin más, sin decir nada a nadie y casi sin darnos cuenta, porque tú vas, te metes un tripi, como decíamos, y luego vas, pillas un cohete, lo enciendes, y como su mismo nombre indica de repente te das cuenta de que se ha ido al cielo, como los angelitos, o como los santos, de los que hay tal cantidad.

Bueno, pues henos aquí en pleno viaje en aquella guarida en donde se daban cita no sólo bandidos y contrabandistas sino tipos aún más siniestros, que se debían de estar jugando las mujeres, los caballos y las pistolas allá atrás, tales eran las expresiones y denuestos que se percibían, algo del tipo de "paso", "envido", "hasta allá" y similares, y afuera una sola luz iluminando un solitario letrero en lo que podría haberse denominado plaza lateral de aquel poblado como del neolítico, "bar"; siempre hay un bar tras la próxima esquina, por lo menos en algunos países.

Un entorno muy apropiado, como digo, el presente, a nuestros quehaceres: una plaza, un farol, un bar en un islote, una partida de cartas de final impredecible, un campamento de piratas en la playa vecina...

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Luna de miel

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Pongo hoy un trozo de una de mis novelas, la denominada "Crucita y yo", la historia de la niña que nunca se hizo mayor..., con lo que parece que está dicho todo. No obstante lo cual, añadiré lo que sigue:
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Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...
Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...
¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...
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Este es el texto:

... y en los días que siguieron, ¿quieren saber ustedes lo que sucedió? Pues que me fui con Atahualpa a ver en directo la noche de San Juan, la noche de San Juan de aquel año a una playa pequeñita y pedrera del norte de España, una desconocida playa del norte de España en una noche con luna.

En aquel lugar no había fiesta multitudinaria, no, que sólo eran quince o veinte entre chicos y chicas. Todos estaban allí, alrededor de la hoguera, pero sin hacerla mucho caso porque estaban muy ocupados ligando, y tampoco tenían música, la música fue la de las olas del mar. Yo me bañé in púribus , ¡cómo si no!, y Atahualpa también, y un perro que andaba por allí suelto y a su libre albedrío se bañó con nosotros e insistió en sacarnos del agua. ¿Pensará este perro que nos vamos a ahogar? Pues sí, así debía de ser, porque a mí me empujaba con el morro hacia la orilla y aullaba lastimeramente en la medida en que podía, aullaba un poco pero se callaba en seguida, en cuanto tragaba agua. Sin embargo, seguía imperturbable con su trajín de salvavidas, empujándonos y empujándonos mansamente..., y luego fuimos con unas toallas improvisadas a secarnos a la hoguera. La hoguera era una hoguera muy buena, con mucha brasa, para secarse perfecta, y nadie nos miró sino que nos dijeron adiós cuando nos fuimos, ¡hasta el año que viene!, ¡adiós! El perro, en un despiste de los de la hoguera, se comió unas cuantas chuletas que había preparadas en una parrilla al lado del fuego, pero no sucedió nada porque los que allí estaban no se dieron cuenta, se darían cuenta después y el perro se vino con nosotros. Se veía que nos había tomado apego y nos acompañó hasta el coche a buen paso y jadeando, y a partir de entonces Atahualpa y yo cantamos mucho juntos, a lo mejor por las reminiscencias de aquel perro tan listo. ¿Te llamabas Caruso en vez de Tutifruti? Pues otra cosa sería más difícil porque llevabas una chapa en el collar que así lo decía, aunque, ¿quién no cambia de nombre varias veces en esta vida?, pero a nosotros nos inspiraste, y en los días que siguieron cantamos muchísimo por los acantilados del norte, por las llanuras de Castilla la Vieja y los bosques y montañas de aquel mi país, cantamos de noche y cuando hubo luna llena, o casi, porque es difícil acertar.

–¿Qué es lo que es difícil acertar?

–Pues cuando es el día de la luna llena. Ayer parecía que sí pero hoy también. ¿Cuándo es luna llena? ¡Dímelo tú!

–Pero, Crucita, si siempre es luna llena. ¿No lo notas...?

Atahualpa tenía una furgoneta, una Wolkswagen vieja como las de las fotos antiguas, y nos pasamos el verano durmiendo en ella, aunque a veces también íbamos a hoteles, claro, ¿qué se pensaban ustedes?, nos teníamos que duchar, ¿no?, y otras nos bañábamos en pozas que encontrábamos, una vez en un lago fangoso, pero como era al atardecer no lo pudimos evitar, y fue tal nuestra ansia de soledad y purificación –sería para recuperar el tiempo perdido–, que buscamos los lugares más desiertos, los más apartados páramos y las mayores y más escabrosas quebradas del oeste de la provincia de Salamanca. Nos metimos por caminos y más caminos y un día no sabíamos ni en dónde estábamos, se lo tuvimos que preguntar a un señor.

–Sería un pastor.

–Bueno, sí, claro, era un pastor, pero eso da igual. Nos encaminó en la buena dirección y al cabo de un rato pasamos por un lugar muy despacio...

Era un lugar raro, sólo cuatro o cinco casas seguidas al borde del camino, y sin luz, no tenían farolas ni nada que se le pareciera. Nosotros íbamos por aquella carretera tan mala muy despacio y casi había anochecido, y al pasar yo vi algo en una de las casas, ¡para, para!, y Atahualpa paró, yo fui a ver y no me había confundido. Dentro de un oscurísimo portal de piedra brillaba la luz de un candil macilento, de un quinqué birria; yo al principio no me lo tomé en serio, pero me equivoqué, como tantas veces. ¡Jolín!, es que las cosas son difíciles, ¿quién es capaz de acertar a la primera? Eso no lo puede hacer nadie, ni mi hermana, que lo sabe todo... Pues la señora, la del candil, nos dio unas sopas de ajo que no se pueden describir. Estaban buenísimas, todas llenas de algo sutil que no era grasa ni huevo ni ajo ni jamón; debía de ser la legendaria esencia del famoso pan de azahar, de la que tanto se ha escrito y nadie sabe dónde está, y yo creo que ahora debería hablar de esto.

A lo mejor resulta que la materia íntima del pan de azahar es la quintaesencia encubierta de la sopa de ajo y reside en el pantano de Aldeadávila. En la cumbre de su presa se rodó el Doctor Zhivago , bueno, un trozo, cuando la hija de la chica habla con el comunista, al final, y eso es bastante poético, casi tanto como lo de los panes famosos. El pan de oro... Eso, ¡jo!, ese sí que es poético, ¡el pan de oro!, sí, pero también el pan de azúcar, el pan de pueblo y el pan comido, ¡jolín, en menudo lío me he metido...! Bueno, el pan candeal y el ázimo, el pan eucarístico, el de flor, el de molde, el de munición y el de pistola..., ¿pero adónde vas?, no, es que ya que he empezado..., aunque sólo me quedan el pedazo de pan, el de salvado, el fermentado, el francés, el integral, el que es como unas hostias y el nuestro de cada día; también contigo pan y cebolla. Fuera como fuese yo sólo puedo decir que aquellas fueron las mejores sopas de ajo que había comido nunca, y pensé, esto se lo tengo que contar al Rockero, a él seguro que le va a interesar, y por la noche, cuando estábamos allí, en mitad de aquellos inacabables yermos, dentro de la furgoneta y con todas las ventanas abiertas...

–Mejor, ¿no?

–¿Mejor qué?

–Pues que es mejor estar con las ventanillas abiertas. ¡Hace tan bueno...!

–Sí, eso sí; y se ven las estrellas...

–Sí, y los planetas.

–Es verdad; y los planetas...

–¿Tú sabes cuáles, de todos estos cuerpos luminosos, son planetas...? ¡Mira, ése es un planeta!

–¿Ese que brilla más?

–Sí, es Júpiter; Júpiter y su blanca luz... ¡Pero agárrame...! –porque nosotros habíamos salido afuera, mirábamos al sur, estábamos sentados en el suelo con la espalda apoyada en el parachoques y a mí se me ocurrió una nueva idea.

–Oye, ¿sabes lo que te digo? –y como lo debí de pronunciar con extraña voz, Atahualpa me miró temeroso.

–¡Ostras, a ver...!

–Pues que con mi anterior novio, el famoso Rafa, yo no sentía nada, me doy cuenta ahora... Era un asqueroso y todo lo hacía fatal; menos mal que lo metí en cintura, que si no, seguiría haciendo de las suyas... ¡Pero contigo me lo paso más bien...! Eso es lo que te quería decir, que contigo me lo paso más bien... –y Atahualpa me agarró por el hombro aún más fuerte y yo procuré arrebujarme y seguí.

–¿Y sabes otra cosa? Pues que yo lo atribuyo a fenómenos que suceden dentro de la cabeza. Prácticamente no hay que hacer esfuerzo alguno para conseguirlo. Todo es cuestión de dejarse llevar por esa gran fuerza, sí, como tú lo oyes, esa enorme fuerza a la que no sabemos qué nombre dar, o al menos nadie se lo ha puesto hasta ahora, que yo sepa, y que tiene algo que ver con la transmisión del pensamiento, ¿no? Tú me acaricias y yo noto algo mucho más grande que las simples caricias. Sucede un efecto multiplicativo que ya nos sucedía en casa del Rockero, en las Asturias, cuando éramos pequeños, ¿te acuerdas?, y lo que es un simple contacto se convierte en algo parecido a una erupción volcánica. ¡Oye, y no exagero lo más mínimo!, ¿eh?, todo lo contrario. En realidad me quedo muy corta porque una tampoco es capaz de explicarlo todo..., pero aquí me siento bien. Me encuentro como en mi época de niña feliz y despreocupada, que ya se me iba olvidando. Como la niña que creía que los protagonistas de los cuentos tenían la cara hecha de sopa de letras y hablaba con su perro, sí, y su padre la llevaba a los mercadillos de los pueblos veraniegos a comprarle zapatos fuertes para que no pudiera picarla la víbora de las arboledas, ¡qué difícil es eso...! En el campo nadie te ve, sólo los árboles y los pájaros. En la ciudad, sin embargo, mil y un ojos te observan. Tú crees que vas sola por aquella enorme calle, y desde un cuarto piso una mente tras unos prismáticos se hace su composición de lugar... Por eso insistí en venir a este sitio. Por un momento quise estar en comunión con los elementos de la Naturaleza que se me están escapando, el Sol, la Luna y las estrellas...

–¡Y los planetas!

–Eso, y los planetas... Y las nubes y las olas y las playas, y los árboles y las flores y los gnomos, y las hadas de las fuentes y los animales salvajes, los grandes y los pequeños, los ciervos, los jabalíes, las arañas y las pobres hormiguitas, que serán las únicas que queden después de una catástrofe con armas termonucleares..., porque, ¡qué maravilloso viaje fue aquel, mi luna de miel!

Durante más de mes y medio todo fue bien, pero luego, a mediados de agosto, en la fiesta del Tránsito, cuando inevitablemente el verano comienza a declinar, tuve una especie de repentino bajón, empecé a desvariar y luego a encontrarme mal y Atahualpa se asustó.

–¿Tú no sabes que yo tuve una amiga a la que le salió un alhelí en un ojo? ¡Y al tresabuelo de Monticola lo que le salió fue una fabe en un pie...!

–¿Qué tresabuelo fue ese? ¿El que mataba osos a pedradas?

–Pues puede. El Rockero no me lo ha dicho pero es casi seguro.

–¿Era el bisabuelo o el tresabuelo?

–No me acuerdo, pero la verdad es que da igual. Oye, y que las gallinas de Palmira eran tan calientes que ponían los huevos fritos, ¿eso tampoco lo sabes? Es que tú no sabes nada. Además, las bragas de las japonesas... –y me puse blanca por entero, los ojos me giraron y durante un segundo me quedé sin habla, una nube pasó por dentro de mi cabeza y Atahualpa me miró y se alarmó del todo.

–Oye, ¿qué te pasa?

–No sé. ¿Por qué?

–Te has puesto muy pálida...

–Ya..., sí..., no sé... –y me caí redonda sobre el asiento del coche, y cuando desperté, un rato después, él estaba muy asustado.

–Crucita, nos vamos.

–¿Adónde?

–Pues a casa, ¿adónde va a ser? Tú necesitas... –pero lo que yo necesitaba no lo sabía nadie, ni Atahualpa.

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