Novela en español

AQUÍ TENEMOS DE TODO; MENOS VERGÜENZA, DE TODO

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"Crucita y yo", novela de la que harto he hablado en este y en todos mis blogs, tiene unas 400 páginas, ¿y a que no sabéis lo que se me ha ocurrido? Pues muy sencillo: poner la 95, que dice de la siguiente manera.

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Cualquier profesión es un oficio. Hay gente que las llama carreras, como mis antiguas colegas –ya que hablamos de ellas– o los abogados del Estado y los ingenieros de Caminos, pero esto son ganas de adornarse. Cualquier profesión es un oficio y conviene conocer la técnica, todas las técnicas. Si no, ¿qué oficio es ese?

Una de mis primas, una a quien conocí en la época de la guerra de las galaxias y había sido campeona provincial de kárate...

–¿De kárate?

–Sí, en la modalidad de kumite, que quiere decir combate.

–¿Y pegaba mucho?

–No, todo lo contrario. Decía que el arte supremo no es el de pegarse, eso es facilísimo; el arte supremo, en realidad, es el toreo.

–¿Cómo el toreo?

–Pues el toreo, mujer, el arte de Cúchares. Citas, te apartas, vuelves a citar..., y cuando tienes al morlaco medio mareado, le metes una estocada que lo dejas por el suelo. Ya sólo te queda descabellar y saludar al tendido. ¿Tú no lo ves así? Es verdad que a veces te puedes llevar una cornada, pero no todo iba a ser perfecto; perfecto no hay nada, no fuera malo.

–Oye, ¿tú te crees todo eso?

–¿Cuál?

–Pues lo que acabas de decir.

–Pues claro. ¿Cómo no lo voy a creer? Es la pura verdad.

Bueno, pues mi amiga, la partidaria de la cordura, quería editar una «Guía de las casas de trato de Tarazona y su término», a la que auguraba gran éxito.

–Tarazona es tierra fronteriza, tierra de paso. Antiguamente pasaba por sus cercanías la Vía Apia, y ahora tenemos la Nacional 121 y la Nacional 122. Se juntan en las mismas afueras del pueblo, en el cruce, que suele estar lleno de camiones.

–¿Cómo va a pasar la Vía Apia? Eso estaba en Roma.

–Bueno, sí, pero ¿tú no has oído decir que todos los caminos llevan a Roma...?, aunque quizá fuera mejor que se llamase «En las faldas del Moncayo». ¿A ti qué te parece?, ¿qué daría más resultado? –y yo le dije que lo de las faldas.

–Así matas dos pájaros de un tiro. Cuando un tipo lee la palabra «faldas» no piensa en una montaña. Lo que puedes hacer es poner los dos títulos. Encima lo de las casas de trato, y debajo, más pequeño y entre comillas, lo de las faldas –y me parece que eso fue lo que hizo.

Se largó a su pueblo, que era uno de aquella zona, y montó un garito al borde de la carretera. Yo me enteré porque una vez me llamó por teléfono para pedirme consejo sobre cuestiones técnicas, cuestiones relacionadas con la intendencia, pero al final acabamos contando chistes.

–¿A que no sabes lo que me dijo el otro día uno con cara de malo y las manos llenas de grasa? Pues, mirándome fija y cavernosamente, me dijo, ¡te la voy a meter en donde no te la ha metido nadie! ¿Y sabes lo que le he dicho yo?

–No, a ver.

–Pues que como no sea en el bolso...

La ciudad y las estrellas

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Hay quien piensa que el planeta Tierra fue creado por Dios para solaz y entretenimiento de los humanos (de hecho, lo piensa casi todo el mundo), y esta idea no puede ser más equivocada. El planeta Tierra es uno de los trillones de planetas que sin duda tienen que existir por ahí arriba, pues el principio de mediocridad (importante principio en física) dice que en este Universo que podemos observar no existen los fenómenos únicos, sino que lo que sucede en un lugar, sucede en todas partes.

Por supuesto que no serán todos iguales, sino que habrá una infinidad de formas, la mayor parte de las cuales no reconoceríamos (si pudiéramos verlas), pero eso no cambia las cosas. Esos planetas existen y la Tierra es uno de ellos, y, como cualquier otro, su existencia es efímera. En el presente disfrutamos de un amable intervalo en el que es posible la vida –inexplicable fenómeno–, pero esto acabará algún día y entonces todo será olvidado, hasta las Pirámides y las cuevas prehistóricas.

La ciudad está construida bajo las estrellas, y sus luces intentan ocultarlas (y en muchos casos lo consiguen), y aunque a nosotros, hormigas que nos arrastramos sobre la superficie de la Tierra durante un tiempo increíblemente corto, nos parece que la ciudad (y nosotros) es lo importante, en eso estamos también equivocados: son mucho más importante las estrellas.

Lo que sigue es para los interesados en el asunto:

En el enlace que os pongo a continuación se puede descargar (totalmente gratis y sin compromiso ni tener que apuntarse a nada) un planisferio para el ordenador. Un planisferio es un mapa del cielo en el que puede observarse su aspecto desde cualquier punto de la Tierra y en el momento que se desee (en este programa, entre los años 1750 y 2250). Esto da pie para preguntarse muchas cosas, una de las cuales podría ser la siguiente (por poner un ejemplo): ¿cómo se verá el cielo desde aquel lugar en que estuve de vacaciones hace cinco años...?, o ¿cómo se veía entonces? Y así sucesivamente. El enlace es:

www.hnsky.org

Hoy, chicas guapísimas

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En este blog, como probablemente sepa todo el mundo que haya leído algo, hay un montón de trozos de mis novelas, pero eso no parece que atraiga mucho personal (¡esto de las lecturas...!, hoy tan desprestigiado), de forma que voy a poner una cosa de lo más tonta pero que, por lo visto, le gusta mucho más a quienes se dedican a mirar lo que algunos escribimos.

Se trata de un montón de chavalas ; chavalas antiguas, bien es cierto, pero chavalas, y de lo más vistosas. La cosa es bien sencilla: os vais a este enlace...


ACTRICES GUAPÍSIMAS


... y miráis todo lo que os parezca. Que os guste, y de paso podéis ver la página completa, que siempre se aprende algo, sobre todo si os gusta el cine.


Cuando le cortaba las uñas de los pies...

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Este es un trozo de "Las estaciones" , una novela que escribí hace años y está contada por un chaval de trece. Él tiene una hermana, y ella una amiga que se llama Rosana. Todos ellos están de vacaciones en una finca con lago y bosque y todo eso que tanto le gusta a los críos, y un día, jugando, a él se le ocurre una cosa...


... y los dejé allí e hice como que me iba a la casa, hasta luego, hasta luego, pero cuando ya no me veían torcí y, entre los árboles, escondiéndome, bajé hacia el embarcadero del lago, y cuando pude verlo resultó que Rosana no estaba allí como yo creía y me dije, ¿dónde estará?, y entonces la vi entre los árboles, lejos, que andaba muy despacio y mirando al suelo, como si fuera pensando, y sin que me viera la estuve siguiendo muchísimo rato, de árbol en árbol y procurando no hacer ruido. Rosana llegó hasta la cabaña que había al lado de la tapia y se sentó en el suelo, se abrazó las rodillas con las manos y estuvo cantando bajo y mirando el lago, aunque desde donde estaba escondido se la oía un poco, y yo estuve sin poder dejar de mirarla hasta que las voces de los gemelos se perdieron a lo lejos, que seguramente se habrían ido a perseguirse al pinar, y tras pensarlo salí de detrás del árbol y, como hacía ella, o sea, muy despacio, fui andando hasta la cabaña, y ella no se movió sino que me miró llegar.

–Hola.

–Hola. ¿Qué haces?

–Nada.

Yo me senté a su lado.

–Hoy hace poco calor, ¿verdad?

–Sí, ¡se está más bien aquí...!

Entonces estuvimos un rato callados, yo mirándola de reojo, y Rosana, como sabía que la estaba mirando, arrancó una hierba del suelo y se la metió en la boca y empezó a chuparla.

–¡Jo, qué bueno hace...!

–Sí... –y como no dejaba de mirarla llegué hasta los pies y vi que llevaba sandalias, que las llevaba siempre.

–¿Nos bañamos en el lago?

–¿Ahora?

–Bueno, pues vamos al pueblo.

–No, que Patricia dice que no vayamos ahora, que hace mucho calor. Mejor luego.

–Ya, pero de todas formas podíamos hacer algo... –y de repente me vino una idea–. ¡Ya sé...! Oye, ¿quieres que te corte las uñas de los pies, como aquella vez?

–¡Ah!, ¿como aquella vez...?

–Sí.

Rosana lo pensó.

–Pero es que aquí no tenemos tijeras –y a mí se me ocurrió otra idea.

–Bueno, pues con los dientes... –y Rosana se asustó un poco, aunque luego dijo,

–¿Con los dientes...? ¿Tú crees que se podrá?

–No sé, podemos probar. ¿Probamos?

–Bueno, a ver –y se echó en la hierba mirándome.

–¿Así?

–No. Yo creo que mejor boca abajo –y Rosana, que llevaba unos pantalones cortos y una camiseta, se dio la vuelta.

–¿Así?

–Sí, así. Ya verás, levanta el pie –y dobló la rodilla y yo le cogí el pie con la mano, le quité la sandalia y ella dio un respingo.

–¡Huy...!

–¿Qué pasa?

–No sé... Que me ha dado como una cosa..., así...

–Bueno, espera, que no pasa nada, a ver si puedo –y me llevé el pie a la boca y sin poderlo evitar me metí un dedo dentro, y Rosana respingó de nuevo como nunca le había visto hacerlo.

–¡Ayyy...!

... y la cabeza se le cayó sobre la hierba, pero como no decía nada ni quitaba el pie yo seguí, se lo miré y seguí, mordí un poco la uña, por el extremo, y no era demasiado dura y parecía que se podía cortar bien, pero claro, al hacerlo le chupaba el dedo, o sea, tenía que chupárselo obligadamente, aunque fuera poco, porque si no, a ver cómo iba a hacer aquello, pero no me importaba porque estaba buenísimo, y seguí royendo hacia adentro y observé que a Rosana le daban como calambres y clavaba las manos en la hierba mientras hacía, ¡mmmhhh...!, y se movía un poco, y entonces le dije, oye, ¿te hago daño?, y ella no se dio ni la vuelta, sólo dijo otra vez, ¡mmmhhh...!, pero más fuerte, y con la cabeza parecía que decía que no, y yo entonces apreté los dientes más y le corté un trozo y ella dijo, ¡huy...!, y pegó otro respingo porque a lo mejor notó cómo se desprendía, y luego, después de observar mi obra, que sólo quedaba media, me volví a llevar el pie a la boca y seguí apretando con cuidado y pensé, es que lo tengo que hacer más despacio, y así estuve un rato, mordisqueando con mucho cuidado lo que quedaba, y ya parecía que lo había logrado cuando resultó que Rosana se había puesto muy nerviosa y se le movía el culo, no mucho, sólo un poco arriba y abajo, y como yo creía que se iba a soltar y ya no me quedaba nada, sólo una esquina, y ella seguía con las uñas clavadas en la hierba y se movía tanto, al final casi grité.

–¡No, espera, espera, que ya está! –y tras tantas contorsiones y no menos visajes, que ella se retorcía como si le estuviera dando algo, aunque se aguantó y pude cortársela del todo, fui y le solté el pie.

–Mira, ya está. ¿Está bien?

... y Rosana se dio media vuelta y no se miró la uña sino que me miró a mí despavorida, y luego se levantó a toda prisa y salió corriendo. Hizo, ¡huy..., huy...!, y se levantó muy apresurada y se fue sin despedirse ni coger su sandalia ni nada, salió corriendo y se fue hacia la casa, en donde desapareció.

Yo no entendí lo que había sucedido, claro, aunque por la noche, cuando estábamos cenando, ella no me miraba, y cuando durante un segundo lo hizo, o sea, que nos miramos, bajó la mirada a toda velocidad y se puso a mirar el plato como si le interesara mucho lo que había allí, que era gazpacho. Yo, sin embargo, conseguí mirarle los pies y descubrí que se las había cortado todas, las tenía otra vez todas perfectas y no se notaba nada lo que había sucedido aquella tarde.

Más sobre CRUCITA Y YO

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“Crucita y yo” es una novela que escribí hace años y en la que se cuenta la vida de dos hermanas, Nastasia y Crucita, que se llevan veinte años; como su madre se ha muerto, Nastasia hace de madre de Crucita. En el trozo que pongo más abajo aparecen algunos personajes, como el Rockero, el Rockero solitario, también conocido como Monticola solitarius, que es el novio de Nastasia y quien, por lo tanto, representa el papel de padre de Crucita, o Quimera, una señora cubana que hace de chacha para todo y cuidó de la niña mientras fue pequeña.

La novela tiene 650 páginas, y, por lo que yo sé, se lee de un tirón, o la gente la lee de un tirón y luego me dice, ¡pero qué burro eres, macho…!, porque a todo el mundo le gusta mucho y se lo pasan en grande con las aventuras de esta elementa, de la que, en la contraportada, se dice lo siguiente:

Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca…; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas…

Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido…

¿Aún me escuchan…? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo

Pero me dejo de rollos y pongo un trozo de este escrito, un monólogo de la niña cuando tenía cuatro años. Ahí va:

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En la época que cuento vivíamos en una casa muy grande. No tanto como la del pueblo, la de los abuelos, pero sí bastante buena. Ocupábamos casi una planta entera de un lujoso edificio, la planta alta, la de arriba del todo. El edificio era tan bueno que tenía hasta jardineras de cemento llenas de flores, y en uno de los lados vivíamos Maná, Quimera y yo, y en el otro Maná tenía instalada su oficina. A mí, al principio, no me dejaban entrar en él, pero luego empecé a ver por la terraza que algunas gentes se aposentaban en ella, al otro lado. Como había un plástico medio transparente en mitad, algo se veía, algo se intuía, y una vez vi a uno de corbata, ¡qué raro es eso!, mucha gente lleva corbata y yo no sé por qué..., pero mis investigaciones no duraron mucho porque un día llegaron unos señores con aparatos y ladrillos y cambiaron el plástico por una pared. Lo hicieron muy rápido, pero Quimera se enfadó porque manchaban. ¿Manchaban? La verdad es que no mancharon casi nada, pero Quimera, así y todo, se enfadó un poco.

–Y ahora, ¿quién limpia esto...? Quita, niña, quita, que te vas poner hecha unos zorros. ¡Ay, Dios mío!

... y otras veces, cuando está algo cansada porque revuelvo mucho, ¡claro, qué voy a hacer!, es ley de vida, lo que dice es,

–Niña, mi amor, vete a ver la televisión –pero esto sólo me lo dice Quimera, porque Maná no quiere que contemple la pantalla de los mil colores.

Cuando era pequeña lo que hizo fue abrir el aparato por detrás con un destornillador –nunca hagas eso, te puedes quedar pegada para siempre, me lo dijo una vez el Rockero, pero ella lo hizo– y quitó una de las piezas. Desde entonces allí sólo se veían rayas y los mil colores se convirtieron en unos diez o doce. A veces la encendía, pero me aburría en seguida. Yo le decía,

–Maná, lleva a arreglar la televisión.

–Pero si no tiene arreglo, mujer.

–¿Cómo no va a tener arreglo? Seguro que todas las cosas tienen arreglo.

–Pues esta no.

... y Monticola el Rockero, una tarde que estuvo en casa haciendo cigarros de los suyos, me dijo lo mismo.

–Me parece que ese asunto, en efecto, no tiene solución.

El Rockero, y esto lo sé desde pequeña, se expresa como un libro abierto.

–¿En efe qué...?

–En efecto, niña, en efecto. ¿Tú no sabes lo que es en efecto?

–No.

–Bueno, pues siéntate ahí y acábate el batido.

–¿El batido...? ¡Oye, si no es un batido, que es un plátano...!

–Bueno, pues da igual. Acábate el plátano.

A mí siempre me ha parecido que los telediarios son el mayor acto de propaganda de los ricos. Allí salen unos señores repeinados representando el guión de los ricos. Los señores que salen son los locutores y los políticos, que también son locutores, locutores del punto de vista de los ricos, no hay más que oírlo s . Yo empecé a darme cuenta de esto cuando era pequeña, muy pequeña, en cuanto oí diez o doce de aquellos telediarios.

–Maná.

–Qué.

–¿No te aburres?

–No, mujer. ¿Por qué?

–Pues por eso que dicen...

–Bueno, es que esto son cosas de mayores..., y baja los zapatos del sofá, niña.

Pero lo que digo no se para en los telediarios, el periódico parlante de los ricos, qué va. Ahora resulta que al recreo lo llaman no sé cómo, de una forma rarísima. Yo sólo tengo cuatro años, pero ya me parece que aquí alguien se ha vuelto loco, y si esto es así, cuando sea mayor, ¿qué pensaré? Yo quería tener un recreo como el de los niños de siempre, y un día se lo dije a Maná.

–Oye, Maná, que yo quiero tener un recreo como el de los niños de siempre. En ese colegio es un rollo...

–¿Por qué?

–Es que lo llaman no sé qué...

–¿Cómo lo llaman, mujer?

–Pues no sé... Mira, pero lo tengo aquí apuntado, en este papel –y le enseñé uno que nos habían dado en el colegio para que, a guisa de información, se lo diéramos a nuestros padres, y allí lo ponía.

–¿Qué pone aquí?

–¿Dónde?

–En lo grande.

–Pues pone, SEGMENTO DE OCIO.

–¿Ves? Eso decía yo... Oye, Maná...

–Qué.

–Que qué significa eso.

–¿Cuál?

–Pues lo de segmento no sé qué... –y Maná, porque yo creo que la estaba mareando, me dijo,

–Bueno, pues si quieres, no vayas más al colegio, ya buscaremos otro. Total, allí no os enseñan más que tonterías... –pero yo protesté.

–No, Maná, porque si no voy, ¿cómo aprenderé lo que significan las letras? –y ella me dijo,

–Pero tú, ¿para qué quieres saber lo que significan las letras? –y yo, la verdad, me quedé un poco atascada, pero al final dije,

–Pues... pa leer eso..., lo de eso... Es que no me acuerdo ya.

... de forma que fue Maná, bueno, y Quimera y Rosa y tantas otras personas, hasta el Rockero, quienes pasaron por allí y me explicaron lo que significan esos signos negros sobre fondo blanco. Lo que me dijo Rosa fue,

–Yo no me llamo Rosa. Me llamo Rosa Rose. ¿Lo entiendes? –y yo..., por supuesto que lo entendía.

También me dijo,

–La erre con la o... –y yo, contentísima, gritaba,

–¡Rrróooo! –y ellos se reían, claro, porque a todos nos gustan los niños que hacen monadas.

Luego decía,

–Y la ese con la a... –y yo me aceleraba.

–¡Sáaa...! –y todos gritaban.

–¡Eso, hija, eso! ¡Rrrró...!, ¡sáaaa...!

Menudas juergas nos trajimos con lo de las letras durante una temporada, el Rockero de los que más.

–O sea que quieres aprender a leer.

–Sí.

–Pues ya puedes empezar a comprarte libros.

–Me los compra Maná.

–¿Te los compra Maná?

–Sí, los que yo le digo.

–Ya, pero eso son libros de dibujos y tú necesitas libros de letras. ¿No te has fijado en que las letras son dibujos?

... y me hizo mirarlas con una lupa y la verdad es que sí, las letras son dibujos, son rayas y puntos. Las letras son sólo dibujos trazados por manos humanas y los perros no saben escribir... ¡Huy, qué risa!, no, ¡cómo van a saber...! Los perros no saben escribir ni creo que aprendan en la vida. ¿Y las gallinas...? Bueno, las gallinas a lo mejor sí pueden aprender.

–¿Tú podrías enseñar a leer a una gallina?

–Pues no sé, pero una vez vi en el circo a un caimán que cantaba canciones mexicanas.

–¿Síi...?

–Sí. Y a un mono que adivinaba el futuro.

–¿Síiiii...? ¿Tú vas al circo?

–Claro. ¿Tú no?

–No, yo no he ido nunca.

–¿Quieres que te lleve un día?

–Bueno, pero contigo, ¿eh? Tú también vas...

–Sí, mujer, claro. ¿Qué te creías, que me iba a quedar en la puerta? Vamos los dos como unos señores.

–Eso. Y llevamos a Maná, ¿eh?

–Hombre, por supuesto; y a Quimera, si quieres, también –y yo lo pensé un poco pero no me pareció lo más acertado.

–No, a Quimera mejor no.

–¿Por qué, mujer? Si seguro que le gustaba... –y yo lo pensé de nuevo.

–¿Está sucio el circo?

–¿El circo...? Qué va, está limpísimo.

... pero si Crucita la parlanchina, que soy yo, comenzó hace poco su andadura, resulta que su hermana Anastasia no le va a la zaga. Ella nació hace cierto tiempo y ya ha corrido mucho por la superficie terrestre, pero tampoco se para en barras. Véanlo ustedes.

* * *

Un día tía Conchita me llamó y me dijo... Bueno, no, mejor lo voy a contar de esta otra forma: resulta que en el país de los ciegos el tuerto es el rey... Bueno, no, tampoco.

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(... y de tal forma continúa la historia durante muchas, muchísimas páginas y movidas de todo tipo...). FIN por hoy.

Fotos de España

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Hoy traigo el enlace de una página que he puesto en la red para los que les gusten las fotos y les guste nuestro país. Es mi punto de vista sobre el asunto, y espero que más de uno (y de una) lo pase bien contemplando esta avalancha.

Hay muchísimas ausencias, pero tampoco se puede abarcar todo. De todas formas, imagino que iré añadiendo cosas según surjan.

Son casi 500 fotos, así que es preciso tomarlo con calma, que ver muchas seguidas suele ser muy agobiante.

Fotos de España

CURIOSIDADES DE LA VIDA

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CURIOSIDADES DE LA VIDA: una verdad contrastada con números
(Esto no es un trozo de una de mis novelas, pero da igual, sirve lo mismo).
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Si en enero de 2005 hubieses invertido 1.000 euros en acciones de Nortel Networks, una empresa de las que llaman "gigantes del sector de las telecomunicaciones", hoy tendrías 59 euros.
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Si hubieses preferido invertir esos 1.000 euros en acciones de Lucent Technologies, otro "gigante del sector de las telecomunicaciones", hoy tendrías 79 euros.
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Ahora bien: si en enero de 2005 te hubieses gastado 1.000 euros en SIDRA (en la bebida, no en acciones), te la hubieses bebido toda y hubieras revendido solamente las botellas vacías, hoy tendrías 90 euros.
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Conclusión: en eso que llaman actual escenario económico, pierdes menos dinero esperando sentado y bebiendo sidra todo el día.
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(Extraído de un correo de un amigo, y lo traigo a este lugar porque es la pura verdad. Como se puede deducir de lo anterior, lo que dicen los banqueros, los políticos, etc., o sea, los que hacen como que nos gobiernan, acerca de las virtudes del trabajo, el crecimiento, el estado del bienestar y otras zarandajas con que intentan enredarnos, es mentira. Los números demuestran que es mejor no hacer nada, o, en todo caso, nada de lo que ellos aconsejan).
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Nastasia va con su madre a la playa (1979)

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Este es un trozo de la novela denominada "La efímera vida de Nastasia" , que está algo después de la mitad del libro, sobre poco más o menos.


Aquel año aprobé todo, aprobé la reválida, hasta con buenas notas, y mi madre me dijo,

–¿Te acuerdas de lo que te prometí? ¿Quieres que nos vayamos tú y yo a ver el mar? –y el corazón me dio un vuelco.

–¿De verdad?

–Pues claro. No podremos ir mucho, pero unos días sí.

Mi madre me miró divertida y añadió,

–Pero no se lo digas a tu padre. Le decimos que nos vamos al pueblo y ya veremos lo que hacemos, ¿vale? –y así fue la cosa.

Primero estuvimos con los abuelos unos cuantos días, y luego, en autobús y en tren, nos fuimos a un pueblo que se llamaba La Antilla. No eran Las Antillas, ¡qué más hubiera querido yo!, que estaba deseosa de emigrar a cualquier sitio que me hubieran propuesto –aunque con mi madre al lado, claro está, de la que no me hubiera separado por nada del mundo–, pero aquel lugar al borde del Atlántico, con su mar azul, su enorme playa de blanca arena –aquella sí, y no la que había visto en mi viaje en vespa–, sus embarcaderos de madera, sus barquitos que iban a pescar todas las tardes y su perenne buen tiempo, me pareció el colmo de las maravillas, y los primeros días los pasé en la playa sin querer moverme de ella.

–Pero, mujer, que tenemos que comer...

... y yo, sin levantarme de la arena, decía,

–Ya, pero es que no tengo gana... ¿No quieres ir tú sola? –y ella se iba y volvía al cabo de un rato con bocadillos y cocacolas.

–¡Jo, mamá, qué buena eres! –y mi madre se reía.

–Pero, niña, ¿eres tonta...? ¡Come, venga, que estás en los huesos!

... y allí comíamos las dos tan contentas, y luego nos pasábamos toda la tarde bañándonos, dándonos crema y aprovechando los rayos de sol hasta el final, y si yo no quería salir de la playa era porque mi madre, al llegar, me compró un bikini, mi primer bikini, y estaba aprovechando para ponerme morena en condiciones, por la tripa y por todas partes, cosa que nunca había hecho.

Nosotras llegamos para pasar diez días, pero algo debió de suceder que yo no sabía, porque al cabo de una semana, un mediodía, ella me dijo,

–Ven conmigo, vamos a ver a un antiguo conocido tuyo –y fuimos a uno de aquellos bares que había en la playa en donde nos encontramos a Juanito, sí, el macizo de Europa, que me dijo,

–Pero, chavala, ¡cómo has crecido...! –porque hacía bastante que no nos veíamos y yo estaba muy grande, casi tanto como de mayor.

Él nos invitó a comer allí mismo, y durante la comida estuvieron hablando de negocios. Lo que Juanito quería era que mi madre se quedara a trabajar allí todo el verano.

–¿Todo el verano? No sé si podré... –y él pareció quedarse muy desilusionado.

–¿No? ¡Pues no sabes la faena que me haces! Bueno, si no puede ser, ya buscaré a alguien... –pero yo, que ya me veía pasando las vacaciones en aquel lugar paradisíaco, intenté animarla.

–Mamá, ¿por qué no te puedes quedar? Así nos quedamos las dos...

–Sí, pero es que no sé qué va a decir tu padre... Esto no estaba previsto... –y al final todo se arregló, o medio arregló, porque mi madre era de lo más hábil y persuasiva.

Estuvo hablando por teléfono con él varias veces y le convenció. Supongo que le diría que allí se ganaba bastante dinero, que para mi padre era un argumento definitivo, pero el caso fue que nos quedamos todo el verano, y yo, algunos días, estuve haciendo de camarera, sirviendo platos de mesa en mesa como uno más, sobre todo los fines de semana, que era cuando iba más gente. Los domingos iba tanta gente que se acababa todo lo que había en el bar, y los que trabajábamos, mi madre, la cocinera, los de la barra y los demás, acabábamos derrengados y a las nueve de la noche echábamos el cierre, poníamos un cartel en la puerta y nos íbamos.

Mi padre, no obstante, llamó varias veces para que volviéramos, y por lo visto llamaba cabreado, claro, pero mi madre le toreó durante una temporada.

–Le he dicho que hay muchísimo trabajo y que ahora no puedo ir, ¡estamos en plena temporada!, y que tú, pudiendo estar aquí, allí no pintas nada. Porque tú no querrás ir, ¿verdad? –y yo, sorprendida, exclamé,

–¿Yo...? ¡Ni hablar!

Luego dijo,

–Ya verás como aparece por aquí. Seguro que viene el fin de semana –y así fue.

Mi padre vino a ver qué sucedía y si era cierto lo que mi madre le había contado, porque se presentó un viernes por la tarde de sopetón y sin avisar, como si nos fuera a coger en alguna mentira. Seguro que él pensaba eso, pero mi madre, cuando llegó, estaba en el bar dando órdenes a diestro y siniestro y organizando todo para el fin de semana, y yo en la playa, aprovechando hasta el último momento, y se tuvo que callar. Vamos, callar tampoco. A mí me dijo,

–Estás demasiado morena. ¿Tú has visto esto...? Esta niña está negra como un tizón. ¿Tú no sabes que eso no es bueno?

... como si le importara algo lo que me sucediera a mí, y a mi madre la intentó convencer para que dejara todo y se volviera a casa, pero ella, muerta de risa y sin hacerle ningún caso –porque mi madre no se enfadaba nunca, ni aun con mi padre, que era muy pesado–, le dijo,

–Bueno, bueno, tranquilo. Ya ves que esto se acaba en septiembre y hasta entonces no puedo volver. ¿No dices que no trabajo nada y que todo lo que hago son tonterías? Pues mira, ahora estoy ganando tanto y cuanto –y como lo que dijo era bastante más de lo que él ganaba, se tuvo que callar.

Le sentó como un tiro y se puso a rutar, según costumbre, pero se calló, y aquella noche me mandaron a dormir a otro lado. Como en donde nos quedábamos no había sitio para los tres, le tuve que dejar la cama a mi padre e irme a casa de una señora. Era la que nos vendía las verduras para el bar, que vivía sola y me dio cobijo aquellas dos noches.

–Si no son más que dos noches, no hay inconveniente. Ya sabe usted que yo no hago estas cosas, pero una emergencia es una emergencia. Además..., ¡si el que viene es su marido...!

... y por la noche la señora me dijo,

–¿No quieres salir? Vete a dar una vuelta, mujer, que este es un sitio muy tranquilo –y yo, que no las tenía todas conmigo, salí después de cenar.

Anduve sola un rato por allí, me comí un helado y volví adonde iba a dormir, y la señora, que me estaba esperando, se interesó mucho por mi paseo nocturno. Me preguntó,

–¿Te ha gustado? Este pueblo es muy bonito, ¿verdad? Además, ahora hay mucha gente y está muy animado.

Eso fue el viernes, y el sábado repetí. Como había estado todo el día trabajando como una negra –observada por mi padre desde la barra, de la que no se separó ni un momento, porque la playa ni la pisó–, estaba muy cansada, pero por la noche volví a salir. Di otro paseo por el mismo sitio que la noche anterior y observé que la gente me miraba. Algunos hasta me dijeron cosas, pero no les hice caso porque no me gustaron, y en seguida volví a casa porque al día siguiente tenía que trabajar otra vez y aquello era bastante cansado, y al final mi padre se fue sin despedirse, clara señal de que se había ido cabreado; cogió el coche y desapareció. El domingo por la tarde, que estábamos las dos trabajando en el bar, mi madre, desde su mesa de control, me preguntó,

–¿No ha venido tu padre a despedirse? –y como yo, que pasaba por allí con una pila de platos sucios, negara con la cabeza, añadió–. Pues se ha debido de ir porque mañana por la mañana tenía que trabajar. ¡Paciencia, mujer! –y mi madre, en el fondo, lo decía un si es no es risueña; en realidad no se reía, pero sólo le faltaba hacerlo.

Así estuvimos todo lo que quedaba de verano, hasta septiembre. Cuando el bar se cerró nos fuimos unos días al pueblo, con los abuelos, y a mediados de aquel mes volvimos, las dos con gran pesar en el corazón, a nuestra casa de la gran ciudad, en donde Kraka nos esperaba como agua de mayo y con todo hecho un asco. No había barrido ni una sola vez, y por el baño y la cocina parecía que había pasado un ciclón. Ninguno de los objetos que contenían estaba en su sitio, pues la mayoría se aposentaban en las mesas, las sillas, el suelo y, sobre todo, el fregadero, que rebosaba, y no sólo de platos y toda clase de cacharros sucios, no, sino también de amplios cultivos de las más selectas variedades de hongos.

Referencia externa a Camargo Rain

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Hoy pongo la dirección de un señor que se refiere a uno de mis libros. Me hace gracia el texto que ha elegido, que está en "Las estaciones" , una de mis novelas, y aún más gracia que me haya puesto el primero de la lista, lo que quizá indique que es lo que más le ha gustado, aunque suene un tanto inmodesto. Bueno, pues desde aquí se lo agradezco.

Este señor (Ángel Romero) está en Canarias, creo que en Tenerife, en donde mantiene algo relacionado con la informática, y las direcciones que se refieren a un servidor son:

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/index.html

y

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/camargo-rain/index.html

Una película veraniega

Pues resulta que el otro día hice una película (una cosa mínima, vamos, que nadie se alarme) para que el personal pueda ver algunas de las fotos que he hecho durante el último año, y para amenizarla la monté sobre una música que, para los no iniciados (porque los enterados la reconocerán al instante) diré que es el tercer movimiento del concierto de don Antonio Vivaldi que se conoce como "El verano"; es decir, una de "Las cuatro estaciones". Este tercer movimiento se llama "La tormenta" (estival, se supone) y está escrito para orquesta de cuerda y bajo continuo. Ahora bien, yo me dije, lo voy a tocar con el teclado (un aparato eléctrico que suena como tú quieras) en plan clavecín, y dicho y hecho... Porque, aunque a alguno le extrañe, el que toca es un servidor (este renombrado Camargo Rain que sale por todas partes), y lo hice en casa, durante un rato libre, aunque la tuve que tocar varias veces, claro es, antes de hacerme a ella... (Y luego dicen que los músicos del barroco eran aburridos y no tenían marcha...; ya quisieran los de ahora).

Bueno, pues tras tan largo preámbulo, ahí va la peli, de la que tengo que decir que en you tube se ve bastante peor que en mi ordenata, pero qué le vamos a hacer, que la cosa no tiene remedio; lo que resta se puede suplir con la imaginación. El enlace es:

FOTOS DE OTROS MUNDOS

(Nota final: Castrojeriz se escribe con jota; perdón, pero ya era mucho lío cambiarlo y volver a subir la peli).

Noche de San Juan

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El Viaje al verano es una de mis novelas, y de ella he puesto algunos trozos en estas páginas, como uno que se llama «los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas». Esta noche es la noche de San Juan, y me parece ocasión oportuna para colocar aquí lo que puede leerse en la contraportada.


El VIAJE AL VERANO es la historia de una noche de San Juan. Nuestros personajes –y son unos cuantos–, iluminados por la luz de la luna mora y el errante cometa la disfrutan como si se tratara de una de esas catarsis del alma de las que tanto se habla. ¡Allá va todo lo que nos sobra! Sobre las llamas de la hoguera purificadora vuelan sillas desvencijadas, antiguas anotaciones, cepillos de dientes...

–¿Y amores no correspondidos?

–Por supuesto. Y malhumores, impaciencias y amarguras, pesadumbres y sinsabores, aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria.

–Y hasta un pulpo...

–Bueno, sí, hasta un pulpo. Un pulpo como de metro y medio de envergadura.

... consumido por el fuego y convertido en pavesas que se ciernen en brillante torbellino...

¡Buen viaje!

Influencia del alcohol sobre la escritura

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Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo primero.

Está demostrado que con la ayuda de un litro de cerveza pueden escribirse, cuando menos, doscientas palabras (1). Una novela normal tiene ochenta mil, es decir, cuatrocientas veces doscientas, de donde se deduce que con cuatro hectolitros de semejante bebida, que son una miseria, se puede escribir una novela, y esto son apreciaciones muy por encima de la media; lo más probable es que se pueda hacer con una cantidad mucho menor.

"La poesía y el alcohol caminan juntos bajo las estrellas".

(Proverbio de ignorada procedencia (2) que conocen muy bien la mayor parte de aquellos que se dedican a semejantes labores).

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1 Con un litro de sangre se puede componer una novela entera.

2 En realidad, debido a la pluma de Camargo Rain, al que de súbita forma vino a la mente mientras leía Ben Ammar de Sevilla, de Claudio Sánchez Albornoz (debe de ser que allí se dice algo muy parecido); hay que tener en cuenta que la prosa no es sino un caso particular de la poesía. A este respecto puede leerse lo que en la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos se dice sobre la curva y contorno de entonación, en la página 49 y siguientes, edición de Espasa promovida por la Real Academia Española en la colección Nebrija y Bello. Puede consultarse en internet.

Otra película

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Y bueno, ya que estamos de películas, aquí os dejo otro enlace en donde se puede apreciar (muy por encima) lo que sucedió con Juan Evangelista, personaje que vivió durante trescientos años (desde 1680 hasta nuestros días) y recorrió la faz de la Tierra animado de sus solas fuerzas.
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Vídeo clip sobre Europa barroca

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Seguro que más de uno ha leído lo que aquí se ha escrito sobre
una de mis novelas.
Bueno, pues ahora he hecho una peliculita, una cosa estilo vídeo clip, sobre esa novela, y para verla no hay más que ir al siguiente enlace:
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Yo me llamo Cacho Madera

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Traigo hoy unas páginas de "Europa barroca" , esa novela que cuenta la fantástica vida de tres personajes, Eduguá, la negra y el cachalote telépata y habitante del océano Atlántico. Eduguá tiene un hermano, Cacho Madera, un tipo que mide más de dos metros y ha hecho de su vida un sayo, y como ha pillado una de esas enfermedades "nuevas y misteriosas para las que no existe cura", acaba donde puede cualquiera se imaginar, aunque incluso a las puertas de la muerte tiene ganas de broma...

Esta no es una novela normal, de las de ahora, de esas que empiezan con el protagonsita entrando en un bar y encontrándose con alguien del sexo opuesto... (¿Por qué la mitad de las narraciones que veo por ahí empiezan de semejante manera? Misterio). No, esto es otra cosa, y para ilustrarlo (aunque esto no es el principio, sino un fragmento de su misma mitad), ahí van mil palabras.

Yo me llamo Cacho Made ra

Desde el control me dijeron que me fuera despidiendo, entró la monja y me dijo que me fuera despidiendo, debió de escapársele. Esta monja es muy grande y desconsiderada, aunque yo lo prefiero. El otro día el médico le echó una bronca de padre y muy señor mío...

Yo no sé cómo es esto de la técnica. A veces creemos que puede hacerlo todo... Sin embargo, yo aquí y las estrellas, sí, yo aquí y las estrellas, y si me descuido, sólo un descuido, vendrán hasta los de Recursos Humanos, los Asistentes Sociales o comoquiera que se los conozca ahora. Esos también hacen pajas, pero unas pajas muy raras; yo prefiero las normales.

Ahora veo la superficie del mar, la veo en ocasiones y cuando menos me lo espero. De repente allí aparece la azul superficie del mar plagada de bichos saltarines que croan como ranas y circulan ante mi punto de vista; deben de ser delfines. Una vez vi a un oso blanco paseando nerviosamente por la orilla de un mar glacial, un salmón se comía a un arenque, una foca se comía al salmón, y luego el oso se comía a la foca... Luego no sé qué sucedió, porque entró la monja y me despertó: ¡su inyección! Entonces yo puse el culo, como de costumbre... Me parece que estas medicinas modernas, esos líquidos rojos y transparentes, no sirven para nada, o por lo menos a mí no me sirven para nada. Yo sigo aquí, en la cama, a veces en el sillón, pero las fuerzas no me vuelven. En ocasiones parece que sí, y entonces me torno optimista y le digo a Sandy,

–Cuando todo esto acabe tenemos que dar la vuelta al mundo; yo no la he dado nunca. No sé a qué estaba esperando, pero ahora que estás tú aquí lo podemos hacer. A lo mejor es que me daba pereza hacerlo solo, pero eso se acabó. ¿Quieres ir a Ceilán? Sí, primera parada en Ceilán, y luego, ya que estamos allí, podemos intentar subir en el teleférico del Everest. Dicen que hay mucha cola, pero si se va con dinero por delante te la saltan y pasas el primero. También podemos ir a Pelotas. Está en el sur de Brasil y he oído decir que allí están las mejores playas del mundo. ¿Tú no sabes esa que dice, mi tío, que es brasileño, pasa en Pelotas el mes de abril...?

–No le digas eso a la niña.

–¿La niña...? ¡Pero si es muy mayor! Sandy, díselo a tu tía... Hermana mía, pareces una de los de Recursos Humanos.

Bueno, y otras veces, en vez de la azul y espejeante superficie del mar, lo que he visto ha sido la totalidad del Cosmos. Yo no sé si esto tiene que ver con lo que sucede cuando te ponen la inyección y ves las estrellas, porque con algunos de esos líquidos ves las estrellas. Como la monja debe de ser un poco sádica, tarda más de la cuenta en enchufármela y dice, aguante, aguante, sí, aguante, ¿eso no se puede hacer mejor?, y ella me dijo, no, es así como hay que hacerlo.

En cierta ocasión una voz me habló.

–Hace veinte millones de sus años que arribaron las primeras Oleadas, los primeros torbellinos de luces azules . ¿Azules...? Sí, ¿por qué no? Las primeras luces azules se produjeron hace cierto tiempo, algo después de nuestra toma de contacto con este lugar apartado.

Yo no sé si fue la abuela; la abuela hablaba con el pensamiento y la voz que oí me pareció la suya. Esto es difícil de determinar, más en mis circunstancias, pero aquella voz me pareció la suya, aunque la abuela nunca me habló de las estrellas ni de los misterios que encierra el Universo; eso lo he aprendido yo solo hace poco.

–No, hija, a las estrellas no iremos, por lo menos tú y yo. Iremos mejor a alguna playa de una isla desierta. Las estrellas son lugares demasiado complicados para nosotros, los seres humanos del siglo veintiuno. Están demasiado lejos, y una vez allí, cuando llegas, no sabes qué hacer. ¿Cómo te vas a pelear con el principio de exclusión entre neutrones? Las fuerzas son demasiado poderosas y no hay nada de comer.

Claudia me mira alucinada. Seguro que se está preguntando dónde he aprendido eso del principio de exclusión. Pues lo leí en un libro que me trajo el guarro. El libro estaba muy bien, muy claro. Era un poco antiguo, pero me ha dado igual porque tenía muchísimas fotos y dibujos; lo explica todo claramente. Ahora resulta que al guarro, que era tan tímido de pequeño, le ha dado por la física, y yo, desde que leí el libro, empecé a tener visiones cosmológicas...

Cuando me entró el bicho, el bisonte dentro del organismo, y lo digo ahora que ya sé que la luz del mundo se acaba, me dije, adiós mates, adiós pases y asistencias, ¡con lo bueno que era yo en esto de las asistencias...! Lo aprendí de pequeño, cuando jugaba de base, y engañas a todo el mundo. Miras hacia la derecha y lanzas el balón al que tienes a la izquierda. También lo puedes hacer poniéndote de espaldas y soltando el balón hacia atrás y por encima de tu cabeza, así sí que engañas a todo el mundo, nadie se espera semejante pase. Yo engañaba hasta a los de mi equipo, y el balón se iba fuera del campo y lo perdíamos. Cuando se juega hay que estar muy atento, menudas broncas tuvimos por ello... ¿Y qué me dicen del corte Ucla? Esto del corte Ucla es antiguo, muy antiguo, se descubrió el siglo pasado pero se sigue usando. Para hacerlo bien hay que tenerlo muy ensayado, pero para eso están los entrenamientos. Yo no sé cuando podré volver a entrenar. Entre unas cosas y otras lo tengo un poco abandonado, aunque en realidad es lo único que sé hacer, ¿o debería decir, que sabía hacer?

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Últimas entradas en mis blogs:

El cuento del gnomo vestido de rojo

Calatrava en el siglo XII

Alubias con langostinos y mejillones

Cuento del gabardinoso y su perseguidor

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Puesto que este es un blog literario, es decir, dedicado a contar cuentos chinos, y puesto que el cuento que quería contaros hoy es bastante largo y ya lo tengo alojado en otro lugar, en vez del cuento os pongo la dirección, a la que no tenéis más que ir para leer el famosísimo

cuento del gabardinoso y su perseguidor

¡Ay, pobre gabardinoso!, que la vida le llevó por estrafalarios caminos, y pobre también el capitán del equipo de hockey de veteranos de la Real Sociedad de Tenis en su justiciera y dificultosa aventura..., aunque ahora que lo pienso, no sé por qué digo «pobre gabardinoso», ya que al final, y contra lo que pudiera esperarse, todo se resolvió a su entera satisfacción...

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A continuación van las últimas entradas de mis blogs, por si queréis seguir curioseando:

foto de ballet

el faro del fin del mundo

la picaresca moderna

arroz con patatas y bacalao

ataque a la caravana

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El ataque de los demonios

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Traigo hoy a colación una nueva aventura procedente de otro de mis libros, el que se titula "Viaje al verano", que trata sobre los acontecimientos que tuvieron lugar durante una noche de San Juan. Aquí se cuenta lo que sucedió cuando, la noche que digo, a un rebaño de cabras con sus correspondientes cabritos, todos recogidos en el redil, les atacaron de improviso los demonios.

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El ataque de lo s demonios

Por si aquel final de primavera no estuviera siendo lo suficientemente agitado, a las pocas noches sucedió algo que marcó un hito en nuestras vidas, déjenme que les cuente.

Yo lo conocía por los olores, porque las cabras también olemos algo, pero sobre todo por la cara que ponían los policías (Redondo, el Terry y los demás) cuando soplaba viento de levante. No había más que verlos. Era soplar de aquel lado y ponerse todos histéricos; todos los perros a una aullaban desesperados. Algunos incluso se escondían en la cuadra de las terneras, y al Hijo del Altísimo le costaba Dios y ayuda sacarlos de allí. Las explicaciones al respecto, en el seno del rebaño, eran variadas. Unos que si fenómenos astrales, otros que si atmosféricos, e incluso otros que lo achacaban a causas que podrían situarse más allá de lo puramente físico, es decir, metafísicas, pero el caso era que todo el mundo tenía algo que decir. A mí, la que más me convencía era la teoría de doña Asun, la madre de Carola.

–¡Están oliendo a todos los demonios...! –decía atemorizada, bajando la voz y mirando a su alrededor.

Los demás, ante semejante vaticinio, callábamos, hurtábamos la mirada y seguíamos masticando. No sé si serían todos los demonios –o sólo algunos– los que vivían no muy lejos de nosotros, en dirección a levante, pero estaba claro que por allí cerca había unos bichos muy raros.

Pues bien, como iba diciendo, una noche que ya nos habíamos recogido en el redil, una noche tranquila y estrellada en la que aparentemente nada hacía presagiar lo que iba a suceder, comenzamos a percibir síntomas alarmantes. Por ejemplo, las ovejas, tan recatadas siempre, tenían montado un tumulto completamente impropio de su habitual forma de ser. Al otro lado de la cerca se adivinaban carreras y más carreras, los béees subían de tono y la polvareda aumentaba a ojos vistas, y eso que era de noche, hora sagrada para nuestras vecinas de corral. Por un momento pensé si no estaríamos en puertas de alguno de esos desastres naturales que he oído contar que a veces suceden, pero ni yo, ni nadie por allí cerca, notaba nada de ese tipo, y les aseguro a ustedes que los terremotos los notamos las cabras mucho antes que las ovejas. Luego fueron las terneras, que estaban en su nave, al otro lado de la casa, las que se liaron a coces y mugidos, olvidándose de Dvorak, de Janacek y de todo lo anterior... ¡El asunto estaba empezando a complicarse de verdad! Para acabar de rematar la faena, los perros, que corrían de un lado para otro en silencio y olisqueándolo todo, salieron de repente disparados sin rumbo, cada uno en una dirección y todos aullando de terror y a coro.

Ponerse a aullar los perros y a temblar los rebaños que había por las cercanías, fue todo uno. En el nuestro, que hasta aquel momento había conservado una cierta calma, se desató el pánico. Todas las cabras, los chivos, las chivas, los cabritos y los cabrones, acompañados por las vecinas ovejas, nos levantamos de golpe y empezamos a correr en todas las direcciones posibles. De repente me encontré, pero así, literalmente, en medio de un tumulto de cabras enloquecidas. Tan pronto veía pasar a mi lado a doña Asun como a Mariano el gandul, a Carola como a Orlando furioso. ¡Allí no había clases ni había nada...! El problema era que estábamos en el redil, y que éste era de dimensiones reducidas, de forma que los choques, las caídas, los gruñidos, las topadas y los balidos de dolor, eran continuos. Para que no faltara nada comenzaron a oírse por algún lugar, cercano, gritos humanos acompañados de unos extraños ruidos, ruidos muy cortos pero estridentes, unos ruidos de los que luego me enteré que eran descargas de fusilería, fenómeno que por allí no debía de producirse desde la guerra de la Independencia, y coincidiendo con ello algo voló por el aire. Una masa considerable –y además teledirigida, o teletransportada, o eso parecía–, una masa rugiente, voló por los aires, por encima de nosotros, de todos nosotros..., y luego otra, otra considerable masa de similares características y proporciones, como una sombra, voló también por el aire proviniendo de un lugar cercano, cayó al suelo, rugió..., y un instante después había llegado el demonio; o los demonios, bueno.

Yo, ¡jolín!, ver aquello (imagínense ustedes dos gatos gigantescos con unas melenas como las del mismísimo Belcebú...) y tener un acelerón automático, fue todo uno. Lo único que recuerdo, y lo único que puedo decir, es que en semejante situación la presión ejercida por los rebaños de cabras sobre las paredes de los recipientes que los contienen –en nuestro caso, el redil– es suficientemente grande. Fue entrar allí los gatos gigantes volando, y acto seguido derrumbarse la empalizada de madera por varios sitios al tiempo. Yo salí disparado, arrastrado por la marea, y acabé pisoteado por la avalancha de mis congéneres justo al lado de la cerca. Durante un momento me quedé más tirado que una colilla, sin saber qué pasaba, pero ello me permitió ver, sí, como en un sueño, lo que sucedió por las cercanías durante un segundo, o dos, o por ahí. Ante mis ojos pasó una película, y no miento, una película de una hora, o dos, en un segundo. ¡Las cabras volaban por los aires, sin alas, y los cabritos eran un clamor...! Los rugidos, los balidos horrorizados, la sangre chorreando desde todas partes..., ¡todo era lo mismo! Los gatos gigantes volaban también, y también sin alas, y tan pronto estaban allí como estaban aquí... No se pueden hacer ustedes una idea de lo rápido que puede ser uno de esos gigantescos gatos melenudos, ni de lo ruidoso, y no digo nada de dos; yo en la vida había visto una cosa igual, ni oído. Una polvareda, como causada por un tornado, había llegado al redil y en él se había instalado. ¡Todo daba vueltas y más vueltas...!

Desde el suelo vi al Terry que llegaba trotando desde fuera acompañado del perro policía Redondo. Se pararon y olieron... El Terry debía de estar atontado, porque así, en primera instancia, enseñó los dientes con aquella expresión tan suya, como si dijera, "aquí estoy yo, cuidado...". Luego, cuando reconoció lo que tenía enfrente, intentó salir huyendo, pero ya era tarde, aquella vez no le salvó ni la carlanca, y esto sucedió a mi lado, a mi lado y en una centésima de segundo: sonó un crac bastante elocuente, y el Terry se convirtió en un muñeco de trapo colgando de la boca de uno de aquellos bichos. El policía Redondo, por el contrario, fue mucho más listo. Dio media vuelta, saltó la tapia del corral por donde pudo y salió disparado hacia el monte, a gran velocidad y con el rabo entre las piernas. Yo me hice el muerto, y cuando por el rabillo del ojo vi que el gato gigante arrastraba por el cuello al Terry, me levanté de un salto y escapé detrás del policía Redondo como alma que lleva el diablo y sin atreverme ni a mirar a mis espaldas. Delante de mí galopaban centenares de cabras y ovejas confundidas en una estampida que se dirigía hacia el horizonte, hacia todos los horizontes. ¡El caos era total, y de la polvareda no digamos nada! Entre ella, la polvareda, y que era de noche, no había forma de aclararse ni de saber en dónde estaba nada ni nadie... ¡Las madres habían perdido a sus hijos y los hijos a sus madres! ¡Aquello parecía una de las más genuinas catástrofes bíblicas!

Yo corrí y corrí tras una serie de figuras que se me antojaron conocidas, y cuando llevaba recorrido un buen trecho, que se estaba acabando la llanura que rodeaba la casa y comenzaban las peñas y los enebros, he aquí que oigo que me llama una voz familiar. Miro y veo a Paquita la anoréxica escondida entre los árboles. A su lado dos caras jadeaban: Carola y otra de sus amigas, no recuerdo su nombre. De un brinco me puse a su lado.

–¿Qué hacemos? –acerté a decir.

La amiga debía de ser de armas tomar.

–¡Pues vaya una mierda de cabrón...! –vociferó completamente histérica–, ¡... que ni sabe lo que hay que hacer!

Carola, por fortuna, conservaba la calma.

–¡Venga, vamos más arriba! –dijo.

Los cuatro, de salto en salto, nos subimos por las peñas hacia la colina. Allá abajo seguía el tumulto, los balidos, los gritos, los rugidos, y nuevas descargas de fusilería volvían a oírse. Al llegar arriba nos frenamos y echamos un vistazo. Luces parpadeantes azules y anaranjadas se movían por la llanura acá y allá, pero ni idea de qué eran. Otras luces, estas destellantes, y a las que al cabo de un rato acompañaba aquel ruido de antes, estridente pero corto, se observaban alrededor de la casa, y la polvareda no disminuía. ¡La que se había organizado! Sin embargo, allí arriba se estaba bien, y la quietud de aquel lugar en lo alto de la colina contrastaba con lo que momentos antes había sucedido. Acostumbrados a pernoctar en la cuadra, aquello del aire libre, el olor del tomillo, del romero y la jara, amén de la bóveda celeste llena de estrellas, todo contribuía a que de repente nos sintiéramos de maravilla. En un segundo habíamos olvidado lo anterior y comenzado algo que parecía una nueva vida. Quizá por eso...

Carola, para empezar, ¿hacía como que se insinuaba?

–Ahora ya podemos...

Paquita y la amiga triscaban ramitas de la zona y miraban discretamente para otro lado.

Yo no sabía si ella se estaba refiriendo a lo que yo estaba pensando, pero sí, porque su actitud era inconfundible..., ¡y hacía unas cosas con los ojos...! Las estrellas, desde allí arriba, además, ¿nos guiñaban también los suyos...?

Total, que pasó..., pues eso, lo que tenía que pasar... Fue una cosa larga, claro, que una historia de este tipo hay que disfrutarla, sobre todo la primera vez, y variada. Incluso balábamos de vez en cuando, que es algo que se hace generalmente, y si se le da la debida entonación suena bien en las horas nocturnas, y luego, en el clásico inciso del cigarro, que como las cabras no tenemos esas costumbres mordisqueábamos un arbusto aromático a medias, aprovechamos el instante de calma para contemplar aquella nueva luz, extraña y alargada, que había aparecido meses atrás y se desplazaba respecto al fondo de estrellas noche tras noche... Yo, bajo la luz del cometa –y la de una luna creciente–, me debía de encontrar muy bien, porque cuando Carola, en uno de esos trances que tienen las cabras en determinadas ocasiones, en voz muy baja me dijo, "di algo bonito...", le contesté,

–Cuando todo esto acabe..., iremos a ver el mar.

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Acopio aquí las últimas entradas en mis blogs, por si a alguien le entra la curiosidad:

El ataque de los demonios

Viaje a Marte

Últimos paseos en transatlántico

Foto de ballet

La negra sale del fondo

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

Patatas a lo pobre

A mí no me desvirgó mi padre...

Aventura en la República española

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Traigo hoy a colación un fragmento de " Perpétuum móbile ", el cuarto y último de los libros de memorias de Juan Evangelista, que se desarrolla durante el siglo XX. El texto que va más abajo cuenta una de las muchas aventuras que sucedieron al protagonista en el transcurso de la alborotada Segunda República Española, que él vivió en Madrid como delegado de la Cruz Roja. Por aquellos entonces debía de tener el aspecto de una persona de sesenta años, sobre poco más o menos.


Como dije, yo tenía amigos en todas partes (en la Cruz Roja, en los sindicatos, en los bancos ingleses...), y durante aquellos años tuve ocasión de conocer y tratar a personajes variopintos. Por ejemplo, el negro Chevique. El negro Chevique, al que luego ahorcaron en un calabozo de la Modelo (quién, no se supo), era el que con suma añoranza decía, aquí los que tendrían que venir son Satalín y Molotouve, porque él, como sólo leía las revistas de los sindicatos, era un admirador de determinados personajes. El negro Chevique quería hacer las cosas bien, mil veces se lo oí decir acodado en la barra de un bar de la calle del Bronce, pero cómo se van a hacer las cosas bien cuando los que nos rodean tienen aficiones de salvajes y se dedican a voltear sillas por encima de su cabeza cogiéndolas con los dientes por la barra superior del respaldo..., porque aquello era lo que hacía el Matamares, que había venido de un pueblo costero de la Andalucía oriental. El matamares era el que decía,

–Dura e incierta es la vida del marinero...

... para concluir con hondo pesar,

–No hay suerte pa'l hombre honrao .

... y sus amigos sindicalistas atracaban bancos y, en los ratos libres, visitaban domicilios de personas pudientes. No pidas; tómalo, era su consigna.

–Vosotros sois muy valientes con quienes están en casa indefensos, porque la burguesía nunca se atrevió a empuñar las armas, pero ya veremos lo que ocurre el día que os saquen a tiros de algún lado, o cuando nos alcance esa batalla que está a punto de alcanzarnos a todos. No sé cómo no os da vergüenza andar de un lado a otro requisando joyas que luego os metéis en el bolsillo.

El que parecía jefe de aquellos muchachos, pues ninguno llegaba a los treinta, lucía en la gorra un emblema rojo y negro a guisa de galón.

–En realidad no lo hemos requisado, don Juan, no piense usted mal de estos pobres proletarios, que estaba abandonado delante de una casa y ya no era de nadie, ¡fíjese que automóvil tan magnífico! Su dueño ha huido al extranjero cuando se ha enterado de que íbamos a hacerle una visita. Alguien le habrá dado el soplo, porque esto está lleno de infiltrados, pero a nosotros nos ha servido para pasear como esos burgueses que usted dice. Ahora pensábamos ir a un establecimiento, y ya que le hemos encontrado..., ¿quiere acompañarnos?

El Río Club era un cabaret que estaba entre los dos Carabancheles, y aquella noche había actuación. Dejamos el coche en la puerta y ellos entraron en tromba, difícilmente refrenados por los porteros. La actuación había comenzado, y en seguida se alzaron voces reclamando silencio. Mis acompañantes, a los que salía el licor por las orejas, no sin gritos e insultos de muchos de los presentes consiguieron acercarse al escenario e instalarse en una de las primeras filas, detrás de lo que me parecieron unos matrimonios jóvenes, todos muy trajeados.

Luego se hizo la calma y la actuación prosiguió. Una muchacha cantaba una canción de moda acompañada por una orquestina, y mis conocidos, quizás impacientes ante el aire angelical de la música, comenzaron a gritar y aplaudir junto a las orejas de quienes estaban delante. Luego, no contentos con ello, se levantaron todos a una y, de la forma más discordante y puño en alto, comenzaron a entonar la Internacional. ¡Nunca lo hicieran!

Al principio hubo voces de protesta, sí, mientras ellos contemplaban insolente y chulescamente al personal que les abucheaba –pues no en vano llevaban pistolas en el cinto–, pero luego, de repente, aquellos que me habían parecido unos matrimonios se levantaron como rayos de sus asientos, cogieron las sillas y se las estrellaron a mis amigos en la cabeza, y eso que sólo eran tres. ¡Allí fue Troya!, que se suele decir, y pocas veces he visto una cosa tan rápida. Un instante después yacían los sindicalistas en el suelo, debatiéndose desesperadamente y chorreando sangre por doquier..., que ni oportunidad tuvieron de sacar las pistolas, mucho menos de hacer uso de ellas, y si a mí no me tocaron ello se debió a que, siguiendo el ejemplo del numeroso público, me aparté apresuradamente hacia la puerta una vez comenzada la refriega. La batalla concluyó en brevísimo y se oyeron unas voces, ¡la policía, la policía...!, todo el mundo salió corriendo y entraron unos cuantos guardias de asalto que, mientras intentaban levantarles del suelo, les dijeron, camaradas, ¿qué habéis hecho...?, no sabéis con quién os habéis metido, ¡el clan de la Veci!, gitanos de Andalucía, suerte habéis tenido de quedar vivos, a veces trabajan para los fascistas, ¿qué van a decir en la Dirección...?, ¿cómo se os ha ocurrido hacer una cosa así?, a ver, ¿quién es el que manda aquí?, y uno de ellos, que parecía ser el que llevaba la voz cantante, señaló en mi dirección.

–Bueno, pues venga –dijo el guardia–, todos al cuartelillo que vamos a poner esto en claro –y allá fui con los damnificados, que a duras penas podían caminar.

Llegamos y nos encerraron en un calabozo, y al cabo aparecieron unos guardias que dijeron,

–Desnudaros todos, que vienen los fumigadores... La ropa ahí, en un montón.

... y aunque la medida no me pareció inadecuada, porque aquellos mozos no probaban el agua ni en las comidas, dábase la circunstancia de que yo portaba entre las ropas un diamante enorme –una de las joyas de la marquesa–, que desde antiguo y en ocasiones solía llevar encima convenientemente escondido por si se presentara alguna contingencia inesperada.

–¿Qué hacer? –me dije, pero al instante lo supe.

Con el mayor de los disimulos la extraje de su escondite... y me la tragué. Luego pensé, aquí me las den todas, y observé que en el montón que se iba formando habían caído varias pistolas, que fueron de inmediato requisadas por los guardias.

–¡Todos contra la pared! –se oyó, y al instante fuimos rociados abudantemente con alguno de aquellos elixires que se utilizaban para matar los ácaros...

De aquel lance salimos bien –yo con el diamante dentro– porque al fin, tras muchas firmas, papeleos y gritos con el puño en alto, nos echaron de la comisaría. Sólo éramos una pandilla de borrachos que habían cogido por la noche, y eso, ¿a quién podía interesarle, dado lo que estaba sucediendo en las calles...?, y mientras montábamos de nuevo en el coche que nos había traído, lo pensé.

–¡La única vez que me han obligado a desnudarme, y ha tenido que suceder en la afamada Segunda República Española...!

... aunque el diamante lo recuperé durante el transcurso de la mañana, claro es.

Al día siguiente, en un periódico, con gruesos caracteres decía, ¡Carnaval en Río!, y continuaba, unos matrimonios han puesto fuera de combate a varios miembros de un sindicato; una de las señoras estaba embarazada, pero parece que no hay riesgo de aborto; los heridos fueron conducidos al hospital, en donde se les practicó una cura de urgencia... (etc.).


A este respecto, y en lo que se refiere a estos libros, pueden verse los siguientes enlaces:

Edad de las tinieblas

Siglo de las luces

Tetralogía de Juan Evangelista

Ánimo a los escritores noveles

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Quienes leen las cosas que se dicen en este blog se habrán dado cuenta de que aquí únicamente se trata de aventuras como las que cotidianamente nos suceden a usted y a mí... Claro, porque son trozos de la docena de novelas que durante los últimos años he escrito.

Estas novelas son de aventuras, como decía, y en ellas aparecen toda clase personajes y escenarios..., pero mejor lo digo en una página que, en uno de esos alojamientos gratuitos que existen, he colocado con mucho esfuerzo (es broma) para que todo el que quiera tenga noticia de ello.

Escribir una docena de novelas (algunas largas) no es fácil, no, pero si uno está solo (esta circunstancia es ineludible, puesto que escribir es un acto íntimo y cualquier compañía desconcentra) y persevera en el empeño, puede llevarlo a buen puerto. Lo digo porque hay muchas personas (por lo que leo en internet) que desconfían de sus fuerzas y lo de escribir cuanto se les ocurre se les antoja labor imposible. Pues añadiré que no es así, que la cosa exige curro y concentración, sí, pero es viable para cualquiera que tenga la cabeza sobre los hombros.

Para ir a la página a la que me refiero basta con apretar el siguiente enlace: mis novelas en cinemascope y technicolor .

(Y no os asustéis por las alarmas de los "elementos emergentes"; es que tiene un vídeo de youtube -muy bonito, por cierto- que asusta mucho al explorer, pero no hay virus ni publicidades ni movidas de ningún tipo).

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A la negra la sacan del fondo del mar

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"La aventura de las luces azules" es la continuación (y final) de "Europa barroca" , novelas en las que se describen aventuras sin fin en escenarios de todas las clases, desde la tierra firme y sus humeantes ciudades al más profundo de los océanos. Como dice la negra (la protagonista) al final del libro,

"... pero ahora ya acabo porque sé que lo que ustedes querían era que les narrara lo que sucedió con esta historia, cómo acabó esta historia, misión cumplida, y esto lo digo excusándome por haberme ido tantas veces por las ramas. Todo ello se lo dicté a la máquina, y espero que no haya puesto muchas faltas de ortografía, aunque si las ha puesto, ¿qué importa?, se entenderá lo mismo porque este fue un grandioso drama per música profusamente orquestado, una historia complicada y sinuosa sobre criaturas que heredaron diversas clases de sabidurías, un tipo confuso y contradictorio aunque cabal habitante de su tiempo, un cachalote del océano Atlántico, un dentista que vivía en un cometa y yo misma, una negra como cualquier otra. También aparecían las familias y los novios y novias de todos, y las pasiones incontroladas; aparecían hasta los extraterrestres, y dicho así parece de risa...".

(Espero que la parrafada anterior sea una buena descripción de lo que más arriba dije).

A esta chica, que ha pasado quince años en el fondo del mar, la sacan de su cárcel los extraterrestres, puesto que los humanos son incapaces de ello, pero –no nos confundamos– unos extraterrestres muy particulares, puesto que nunca se les ve. Hacen un par de milagros y para de contar, y quien se tiene que enterar, se entera; los demás no se dan cuenta de nada, como de costumbre. Pues el caso es que cuando tal sucede, mientras acontece este episodio del rescate, aparte de otras muchas cosas se dice lo siguiente:

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Mi pánico era tal que me caía y me levantaba sin saber por qué ni cómo. Durante un buen rato algo o alguien pareció perseguirme y asaetearme con sus flechas luminosas, pero luego los chispazos se ordenaron siguiendo patrones en movimiento continuo y se concentraron en puntos que giraban y giraban alrededor del centro del Universo; todo esto sucedía en medio de la habitación. Al final sólo era un punto, y todo giraba alrededor de él. ¡Aquel sí que era el Centro del Universo, y todas las luces confluían en el lugar que ocupaba! ¿Era uno de los legendarios agujeros de gusano de que hablaban los físicos...?

Yo estaba en el fondo del mar, tan tranquila, y ahora, de repente y merced a fuerzas que nada tenían que ver con los terremotos, aunque puede que sí con el fin del mundo, ¿alguien me llevaba hacia uno de los más insondables misterios de la materia...? No, yo no creía tal, sino que la explicación debía de ser mucho más sencilla, pese a que el tobogán de fosforescencias se extendiera hasta el infinito..., porque eso fue todo lo que pude ver durante un instante, aunque luego también se borró y el fragor de las sierras mecánicas decreció simulando irse hacia el horizonte de sucesos y esconderse tras él. Las tinieblas, el silencio y la desaceleración más cruda y repentina parecieron adueñarse del lugar en que me encontraba, y tan sólo aquel punto brillante ...

Esto era lo que yo pensaba, allí, flotando, al fin sentada en el suelo, con las manos apoyadas atrás y mirando confiada y atentamente al centro de la habitación, un lugar en lo alto, el Centro del Universo...

–Ven ahora, Salvador de los Gentiles... ¡Cristianos, grabad este día! –me dije por último y con admiración, porque esta fue otra de las muchas ocurrencias que tuve en momentos tan críticos.

Aún hubo un rato de oscuridad total en el que el estruendo que me había acompañado desapareció por completo y mi cerebro pudo volver a estabilizar sus funciones, y luego, en medio del repentino silencio, un extraño resplandor grisáceo comenzó a extenderse por las inmediaciones y el agua negra que había más allá del cristal se tiñó de azul oscuro. Era difícil verlo porque la nueva luz era muy tenue, pero como aumentaba y aumentaba, al cabo de un momento no me quedó duda: mi camino me llevaba directamente a los dominios de Pedro Botero, la más cercana a mis latitudes orilla de la laguna Estigia. ¿Aparecería de un momento a otro Caronte con su barca y su pértiga de gondolero más allá de la ventana, o aparecería algo peor...?, pero quien apareció no fue Belcebú con su tridente, su rabo y sus patas de cabra, sus cuernos y su mirada de psicópata. Las que repentinamente aparecieron fueron las plantas, los bulbos, los racimos oscuros y marrones, el mundo vegetal, las algas rojas. Aparecían como antes los peces, pero muy despacio y reposadamente. Trozos de algas teñidas de rojo se asomaban por la pared de agua y permanecían allí colgando durante un instante. Los racimos entraban y salían y yo las miraba sin entender qué era aquello ni qué estaba sucediendo, aunque de repente me dije,

–¡Las algas...! Sólo hay algas por encima de quinientos metros y hace un momento estaba tres kilómetros por debajo de la superficie. Sí, ya sé que vamos hacia arriba, lo noto en todas las articulaciones. Vamos hacia arriba, pero ¿tan rápido? ¿Cuánto tiempo ha transcurrido...? Da igual, esto son algas y no hay algas en el fondo del mar. Las primeras deben ser rojas, oscuras, y éstas lo son... –y entonces, como si la revelación llegara descendida de lo alto, lo entendí .

El resplandor que creí anuncio del Infierno no era tal, sino la escasa luz del sol que podía penetrar hasta aquellas profundidades. Lo había olvidado, pero todo acudió impensadamente a mi cabeza.

–Si esto fuera así, negra, si esto es así –me dije–, y parece que lo es, ¿qué va a suceder ahora...? La luz será amarilla dentro de un momento... No, antes será verdosa, y mira, ya lo es, ya tiende a clarear, y dentro de muy poco tendrá un tinte anaranjado... ¡Levántate, no te quedes ahí tirada! No sabes el cómo ni el porqué, pero La Luz se está haciendo –y como la velocidad decrecía y casi me sentía flotar, me puse en pie sin dificultad y me preparé, temblorosa y expectante, para asistir al último acto del retablo de las maravillas.

Luego ya no sucedió nada más. Sólo que, de repente, tras todos aquellos cambios de color, la luz aumentó tanto que la boca se me abrió involuntaria y me tuve que tapar los ojos con las manos, y de la única manera que pude, es decir, entre mis dedos y por el cenagoso cristal, a través del turbulento observatorio, mi gran ventana al mundo exterior, observé cómo lenta y tenuemente la gran masa de agua verde y luminosa volvía a salpicar el cristal y a chapotear en las paredes, y aquella línea blanca, fina y burbujeante, la por tanto tiempo esperada línea de la superficie, el lugar en donde el agua y la atmósfera se abrazan, pausadamente comenzaba a atravesarla, y aparecía entre nieblas y manchones de turbios y adheridos materiales cenagosos el inconfundible azul, el antiguo color azul, el casi olvidado azul del cielo terrestre.

EL MÓDULO TRES SURGE DE LAS AGUAS

Los altavoces de la plataforma voceaban como nunca lo habían hecho. ¡Ahí va!, ¡ahí va nuestra prisionera marina de tantos años!, ¡elevemos los ojos a lo alto!, ¡aleluya!, ¡¡aleluya...!! El pánico colectivo en la superficie se desató de tal modo que todos aquellos seres ateológicos, los científicos, todos aquellos seres que decían creer sólo en lo que medían, rendidos ante la evidencia cayeron de rodillas en sus respectivos lugares y unos se pusieron a temblar, otros comenzaron a reír y la mayoría empezó a rezar a toda velocidad. Esto me lo contaron luego algunos, una vez que hubo transcurrido cierto tiempo.

–Yo, cuando vi todo aquello, cuando vi al módulo tres salir del agua lentamente y elevarse por los aires, abrí la boca, me caí al suelo sentado y me eché las manos a la cabeza sin poder apartar la mirada. ¡Adiós, Newton!, me dije, ¡adiós, Einstein!, ¡adiós todo! ¿Qué es esto...? Yo buscaba y rebuscaba porque por algún lado tenía que haber algo, por algún lugar tenía que haber una grúa o por algún lugar tenía que haber un avión, pero es que allí no había nada, no había nada, y si lo hubiera habido yo habría estado enterado. Yo nunca he creído en milagros, esas cosas siempre me han hecho mucha gracia, pero es que aquello..., y después empecé a reírme, al principio flojo pero a cada momento más fuerte, más alto, y me quedé allí sentado, en el suelo, con las manos pegadas a la cabeza, durante diez minutos, sin pestañear, sin poder dejar de reírme, sin poder apartar la mirada de aquel objeto que nos sobrevoló y luego se alejó hacia occidente mientras el griterío generalizado, y la mayor parte de la gente gritaba de pánico, aumentaba y aumentaba...

... sí, mientras los turistas que habían ido en el mega tour, desde sus barcos de colores, atónitos ante un espectáculo por el que no habían pagado, veían surgir de las aguas en aquella primera mañana del nuevo verano, y elevarse sobre ellas, a mi autobús, mi módulo tres, al que colgaban excrecencias marinas por todos los costados, casi oculto por los sargazos y las caracolas, escamas fósiles y restos de minerales, chorreante cieno de los fondos marinos, dientes de todos los peces que a mi lado murieron... ¡Qué espectáculo no les daríamos...! ¡Se debieron de hartar de hacernos fotos!

(continuará, pero de momento puede echar una ojeada a esto ).

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