Novela en español

Monstruo depredador



TRUCOS DIVERSOS PARA EL ARTE LITERARIO, capítulo cuarto.

Ejemplo de idea para escribir un cuento.

TÍTULO:

La señora que aparca -en segunda fila y delante del chamizo de los perritos (calientes)- un coche que pesa una tonelada.

CAPÍTULO PRIMERO:

Esta señora (que tampoco es tan mayor, qué va; es bastante joven) se ha dicho:

Resuelvo la cena en un periquete y sin manchar nada (en su cocina, quiere decir; nada que a ella le afecte directamente).

Bajo en el ascensor, cojo el coche, lo saco del garaje, me voy a donde los perritos, aparco en segunda fila (que allí es fácil), compro unos cuantos y me vuelvo: esta noche se cena plástico. Pago el plástico a precio de oro, hago los 500 metros de vuelta, meto el coche en el garaje, subo en el ascensor..., et voilà!


PRIMERA CONCLUSIÓN:

Esta señora, para resolverse la cena sin manchar nada -como ella dice-, ha contaminado más que un dinosaurio en una tarde de cacería, y a la gente le parece normal; eso es lo que más gracia tiene. Podía haber ido andando, que son sólo 500 metros, y a sus años...; incluso le hubiera sentado bien el paseo. Pero no: hay que mover una tonelada de hierros, que es la costumbre, y eso sin decir nada del menú ni del ascensor...

CAPÍTULO SEGUNDO:

A la mañana siguiente se levanta, observa con disgusto los desperdigados restos de la cena, los recoge, los tira a la basura, se ducha y se va a la oficina. ¡Olé!


SEGUNDA Y ÚLTIMA CONCLUSIÓN:

La vida de esta señora, como se puede apreciar, no tiene nada que ver con la vida perfecta del sabio que propugnaba Séneca, que todavía hay clases.

(Nota final: la foto representa un más que posible escenario para lo anterior.)



Solsticio de verano



Hoy, 21 de junio de 2011, a las 5 y cuarto de la tarde (aproximadamente) transcurre la Tierra por el punto de su órbita más alejado del Sol, lo cual se determina por observaciones astronómicas. (La órbita de la Tierra alrededor del Sol no es circular, como es sabido, sino elíptica, luego en un extremo de ésta estará más lejos -del Sol- que en la otra). Tal suceso (que como es lógico, se repite todos los años) se ha tomado como referencia para establecer el comienzo de la estación a la que llamamos verano, y da pie a las personas para celebrarlo de manera especial (aunque en lugares eminentemente festivos como España no hubiera sido necesario, pues aquí, ¿cuándo no es fiesta?). La más conocida de estas celebraciones es la denominada noche de San Juan, la que va del 23 al 24 de junio, en la que es tradición deshacerse de lo antiguo quemando trastos viejos...

Sobre las llamas de la hoguera purificadora vuelan sillas desvencijadas, antiguas anotaciones, cepillos de dientes...

-¿Y amores no correspondidos?

-Por supuesto. Y malhumores, impaciencias y amarguras, pesadumbres y sinsabores, aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria.

Es esta una tradición muy arraigada en la civilización occidental, algo que gusta mucho a todo el mundo, en especial a los jóvenes, que lo celebran ruidosa y alcohólicamente,y como no podía ser menos, en varias de mis novelas se hace referencia a ello.

Por ejemplo, el Viaje al verano es la pormenorizada historia de una noche de San Juan, pues el libro completo transcurre durante ella. En Europa barroca también se menciona, y Eduguá, y luego la negra, hacen alusión a alguno de estos acontecimientos, a los que sin duda asistieron, y Crucita (de Crucita y yo ), cuenta la vez en la que, teniendo dieciocho años, se fue con Atahualpa (su novio bueno, porque también tuvo otro malo, pero aquel se llamaba Rafa) a vivir una de ellas en una playa del norte (del norte de España, se entiende). Por fin, en Las estaciones los niños hacen una fiesta (comandados por su madre), con hoguera y paella incluidas, en la que se purifican simbólicamente arrojando al fuego cuanto les sobra. Y como de todo ello debería poner algo para que la gente lea, que leer es muy sano e instructivo, yo creo que lo mejor es escuchar a Crucita (que es una joya de mujer, o sea, de chavala) y lo que dice de aquella a la que asistió. Semejante texto es como sigue:

... y en los días que siguieron, ¿quieren saber ustedes lo que sucedió? Pues que me fui con Atahualpa a ver en directo la noche de San Juan, la noche de San Juan de aquel año a una playa pequeñita y pedrera del norte de España, una desconocida playa del norte de España en una noche con luna.

En aquel lugar no había fiesta multitudinaria, no, que sólo eran quince o veinte entre chicos y chicas. Todos estaban allí, alrededor de la hoguera, pero sin hacerla mucho caso porque estaban muy ocupados ligando, y tampoco tenían música, la música fue la de las olas del mar. Yo me bañé in púribus, ¡cómo si no!, y Atahualpa también, y un perro que andaba por allí suelto y a su libre albedrío se bañó con nosotros e insistió en sacarnos del agua. ¿Pensará este perro que nos vamos a ahogar? Pues sí, así debía de ser, porque a mí me empujaba con el morro hacia la orilla y aullaba lastimeramente en la medida en que podía, aullaba un poco pero se callaba en seguida, en cuanto tragaba agua. Sin embargo, seguía imperturbable con su trajín de salvavidas, empujándonos y empujándonos mansamente..., y luego fuimos con unas toallas improvisadas a secarnos a la hoguera. La hoguera era una hoguera muy buena, con mucha brasa, para secarse perfecta, y nadie nos miró sino que nos dijeron adiós cuando nos fuimos, ¡hasta el año que viene!, ¡adiós! El perro, en un despiste de los de la hoguera, se comió unas cuantas chuletas que había preparadas en una parrilla al lado del fuego, pero no sucedió nada porque los que allí estaban no se dieron cuenta, se darían cuenta después y el perro se vino con nosotros. Se veía que nos había tomado apego y nos acompañó hasta el coche a buen paso y jadeando, y a partir de entonces Atahualpa y yo cantamos mucho juntos, a lo mejor por las reminiscencias de aquel perro tan listo. ¿Te llamabas Caruso en vez de Tutifruti? Pues otra cosa sería más difícil porque llevabas una chapa en el collar que así lo decía, aunque, ¿quién no cambia de nombre varias veces en esta vida?, pero a nosotros nos inspiraste, y en los días que siguieron cantamos muchísimo por los acantilados del norte, por las llanuras de Castilla la Vieja y los bosques y montañas de aquel mi país, cantamos de noche y cuando hubo luna llena, o casi, porque es difícil acertar.

-¿Qué es lo que es difícil acertar?

-Pues cuando es el día de la luna llena. Ayer parecía que sí, pero hoy también. ¿Cuándo es luna llena? ¡Dímelo tú!

-Pero, Crucita, si siempre es luna llena. ¿No lo notas...?

Atahualpa tenía una furgoneta, una Wolkswagen vieja como las de las fotos antiguas, y nos pasamos el verano durmiendo en ella, aunque a veces también íbamos a hoteles, claro, ¿qué se pensaban ustedes?, nos teníamos que duchar, ¿no?, y otras nos bañábamos en pozas que encontrábamos, una vez en un lago fangoso, pero como era al atardecer no lo pudimos evitar, y fue tal nuestra ansia de soledad y purificación -sería para recuperar el tiempo perdido-, que buscamos los lugares más desiertos, los más apartados páramos y las mayores y más escabrosas quebradas del oeste de la provincia de Salamanca. Nos metimos por caminos y más caminos y un día no sabíamos ni en dónde estábamos...



Como colofón a todo esto os dejo un enlace. Es una minipelícula que dura un minuto, y su título ya dice de qué va:

El verano (película de 1' 03")




Flor junto a una cascada




Me ha dado por escribir una nueva historia. Esta no es como las anteriores, que o bien eran un refrito de artículos sin destino claro, o bien la narración de la vida de alguien; biografías noveladas... No; esta está a medias entre los documentales de TV y una solemne perorata sobre la evolución de la materia.

No de toda la evolución de la materia, pues para eso habría que remontarse al Big Bang, hace quince mil millones de años, pero sí de la materia viva en la Tierra. Baste decir que el primer capítulo está relatado por una flor que, junto a una cascada y hace quinientos millones de años, piensa..., o medita sobre lo que advierte en sus más inmediatos alrededores y lo cuenta..., y el último se llama Mutantes en la exosfera y está narrado por una chica que está a punto de salir de nuestro planeta en un viaje a los espacios siderales, lo que se podría fechar alrededor de 2050 o algo más.

Es, por tanto, una historia que se extiende durante los últimos quinientos millones de años, y por ella, aparte de flores y mutantes, desfilan australopitecos junto a un lago, nómadas en la llanura amarilla, fenicios en busca de minas de estaño o niños en la Venecia dieciochesca, y todo para llegar a la conclusión de siempre, es decir, que los humanos, que tan importantes nos creemos, somos únicamente eslabones de una cadena, la cadena de la evolución de la materia.

Una página de lo que se podría llamar Neandertales en la boca de una cueva figura a continuación. Está recién escrita, o sea que imagino que estará fatal, pero da igual; lo pongo por si alguien se enrolla con ello.

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Más tarde aún oscurece como si cayera la noche, y del oscuro dominio se desprenden misteriosas y fluctuantes luces, ora verdes y relampagueantes, ora erizados y fugaces destellos rojos o amarillos que se muestran acá y allá sobre la arbolada llanura y retumban con el fragoroso estruendo propio de los fenómenos eléctricos. Pocos son los capaces de soportar semejante visión, y la mayoría se refugia en lo más profundo de la gruta, vociferando, cubriéndose los ojos con las manos y esperando resignadamente el fin del mundo, pero los que desde la peña resisten la acometida de los elementos son testigos de un acontecimiento excepcional. Una deslumbrante luz, algo que los ciega por completo y los obliga a apartarse, acompañada del más estrepitoso ruido que jamás pudieron escuchar se despliega efímera y atronadoramente en sus más cercanas proximidades iluminando cuanto les rodea. Todos caen al suelo abatidos por la descarga, y durante un momento parece no suceder nada, fuera de los ecos del horrísono estruendo que los ha derribado, pero luego, cuando el fragor ha decrecido y se atreven a levantar la vista, con sorpresa observan cómo, poco a poco, algo se incendia allá abajo, en el oscuro sotobosque, y aparecen por doquier las luces y los humos delatores de lo que pronto será impetuoso fuego.

La conmoción que el suceso les ha producido es mayúscula, y durante algunos instantes permanecen aturdidos sin comprender lo acontecido, pero luego, cuando avivado por el fuerte viento el incendio prospera y algunos arbolillos comienzan a arder lanzando su acre humo hacia el cielo, de un brinco se ponen en pie, lo contemplan estupefactos, y al fin patalean y se contorsionan como aquejados de incontenible frenesí. La agitación se lee en sus caras, y los quejidos de terror son pronto sustituidos por alaridos de alegría que recorren el aire y anuncian a los demás el acontecimiento. Quienes se ocultaban en la cueva salen de ella y contemplan deslumbrados las incipientes llamas que les proporciona el azar, y cuando una cercana arboleda comienza a humear, y luego, contagiada por el incendio y el viento, se consume en gigantescas candeladas, algunos de ellos bajan corriendo y gritando por la ladera pese al huracán que aviva furiosamente las llamas, y cuando las alcanzan cabriolean y brincan alrededor de los árboles ardientes.

Los más atrevidos toman ramas llameantes y corren con ellas en las manos, mientras otros, arrebatados de una actividad extrema, comienzan a amontonarlas en la linde del bosque, en donde acaban por levantar una cuantiosa pira ante la que danzan durante largo rato. Cuando comienza a arder se postran ante ella sin osar levantar la mirada en clara actitud de veneración, pero luego gritan, la contemplan fijamente, parecen querer taladrarla, y al fin, arrodillados en el suelo, prorrumpen en apagados apóstrofes que le dirigen, imprecaciones de las que desconocemos por completo el significado.

Durante toda la tarde el bosque se quema como una enorme tea atizada por el furor del viento huracanado...

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Y de paso, si no os gusta lo escrito, podéis desintoxicaros viendo el siguiente vídeo clip, slideshow o como diablos se llame. No llega a tres minutos y tiene una música muy bonita. El enlace es:


Mis fotos en Google Earth



Personajes de mis novelas


Estas son Nastasia y Crucita,
dos hermanas que se llevan veinte años y protagonizan
la novela denominada "Crucita y yo".


He colocado una nueva página en internet hablando de los personajes de mis novelas. Estos son muchos, ya que he escrito varias , y aunque no tienen una fisonomía definida, puesto que cada uno de los que lee se los imagina de una manera diferente, he querido dar mi particular punto de vista sobre la cuestión. Hay que tener en cuenta que son mis hijos, puesto que los he creado casi de la nada (o me los he sacado de la manga, vamos...). Al principio -como se dice allí- había una hoja de papel en blanco, y luego, con el paso de los meses...

El enlace para ver esta página, que es corta, aunque sustanciosa, es:



Fotos y fotos



Esto, aunque no lo parezca, es una foto -o una imagen derivada de una foto-, y es una de las que salen en una especie de vídeo clip que me he sacado de la manga para que la gente vea las fotos que hago durante los últimos tiempos, algunas (como la de arriba) bastante raras, aunque hay otras más normales. Además, le he puesto una música abracadabrante para que no fuera la cosa tan viuda...

El enlace en cuestión es este:

Fotos fotos (3'46'')

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Y para que se vea que la imagen en origen era una foto, que seguramente alguno no se lo creerá, ahí va la original:



El siglo XX español en fotos



Después de mucho darle vueltas (y lo que queda, pues falta mucho retoque) he colocado una página nueva en internet. Se trata de una recopilación de fotos hechas por mi abuelo, mi padre y yo. Entre los tres cubrimos el siglo entero, y me ha parecido que a alguien podría interesarle verlas. A guisa de explicación, copio alguna cosa que allí se dice:

Estas fotos no son nada del otro mundo (no aparecen en ellas personajes famosos, ni las situaciones que pintan han pasado a la historia), sino que más bien se trata de una recopilación de fotografías cotidianas (podríamos decirlo así) que describen unos tiempos en que semejante afición no era tan común como lo es hoy. Me imagino, sin embargo, que pese a su fragmentario estado y enormes lagunas, constituyen un mínimo retrato de cómo, en líneas generales, fueron las cosas durante los años que digo, algunos ya muy lejanos (etc.).

El enlace para verlo es:


Vida de un escritor



Mi más que modesta carrera literaria es como la de tantos otros. Durante largo tiempo escribí aquí y allá: en los blocs del colegio, en los márgenes de los libros, en cuartillas de tela, en las paredes… Luego las cartas a las novias… Más tarde, sesudas disquisiciones acerca del sentido de la existencia (sobre todo cuando alguna novia se iba con otro) y no menos retóricas consideraciones sobre el devenir de los asuntos en general, en especial los susceptibles de arreglar el mundo. ¿Quién no ha recorrido ese camino hacia el oficio literario? Todos somos escritores.

Tiza, pluma, bolígrafo, vulgar resto de lápiz, anciano ordenador que me miras desde la vitrina de los recuerdos (era un 286)… Tales fueron las herramientas, y la abundancia de café, alcohol y otras hierbas y esas chicas a las que llamamos «inspiraciones».

Al fin, cuando pasan los años y retorna la soledad, esa soledad que nos abandonó durante la juventud, un buen día te ves reflejado en un escaparate y piensas, podría escribir algo… ¡Sí!, podría escribir algo en serio…

Yo me puse a la tarea a mediados de los años noventa del pasado siglo, y lo primero que parí, tras doce meses de ímprobos esfuerzos, frecuentes tientos a las sustancias que cité e innumerables vueltas adelante y atrás, fue un refrito de cosas anteriores (algunas muy anteriores) al que endosé el circunstancial nombre de Viaje al verano .

Tenía 240 páginas, que entonces me parecieron muchísimas, y contaba (y sigue contando) la historia de una noche de San Juan. ¡Qué orgulloso estaba yo de mi libro!, y durante mucho tiempo mi principal preocupación fue que no se borrara debido a algún accidente inverosímil.

Tras un intento fallido de repetir la operación (es decir, organizar un nuevo refrito con las sobras), me dije, ¿y ahora qué? Se han ido tus amigos, Mariquita, el tío Pepe, Emilio el pasta, los piratas de las gafas de sol… Todos se fueron, allá se quedaron, en las páginas de un libro que se cerró: es preciso abrir otro.

Mi segunda novela (según una idea feliz que tuve uno de aquellos días en que no sabía escribir novelas) iba a tratar de la sicodélica odisea de un astronauta que se queda colgado en una órbita solar, no más de 200 páginas, y a ello me puse con todo ahínco, tarea que me entretuvo algo más de dos años. Al final tenía 900, y el astronauta sólo aparecía hacia la mitad y como un personaje secundario. ¡Eduguá, la negra y el cachalote!, inconfundibles seres de una fábula moderna y larguísima, coparon todo el espacio dedicado a expresarme, y todos hablaron en primera persona…

Con la tercera me volvió a suceder lo mismo (¡qué tiempos aquellos!), y es que una vez que hubimos sobrepasado el siglo y el milenio, una vez que hube acabado la redacción de aquel cuento ingente al que llamé Europa barroca , de nuevo me dije, y ahora, ¿qué?

Entonces nació Crucita y yo, lo que había de ser una novela costumbrista, galdosiana (por decirlo así), una novela cruda y muy actual. Aparecía una chica que desde el mismo limbo de los años sesenta conseguía asentarse en este planeta, y en sus más altas esferas… Baldío intento, como los anteriores. El resultado fue un monumental relato de 700 páginas, que, eso sí, conservó (y sigue conservando) el mismo título, y como era muy largo lo partí en dos, y de allí nacieron La efímera vida de Nastasia, polifacética muchacha de la Ínsula Barataria que murió joven y Crucita y yo .

¡Pues no hemos dicho nada…! Estamos hablando de 1800 páginas de texto, a razón de 350 (por término medio) palabras por página. En definitiva, una locura.

Aquello lo acabé mediado el 2003 (tengo motivos para recordarlo), pero antes de llevarlo a su término ya sabía cómo iba a continuar mi existencia: con la narración de la vida de un personaje tan peculiar como Juan Evangelista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario. Desde entonces…, aquí me tienen ustedes, intentado dar fin a la vida de este personaje inacabable, personaje que vivió alguno más de trescientos años…

Pero no se den por convencidos, pues mientras Juan Evangelista campa a sus anchas por la superficie del Universo Mundo (que él dice), puesto que las novelas nunca se escriben de un tirón, aún he tenido tiempo para concluir los Animales y otros fenómenos eléctricos , aquella narración que intenté infructuosamente llevar a buen puerto tras el Viaje al verano y tuve que dejar bailando debido a mis limitaciones. ¡Cinco o seis años después!

Aunque lo que digo tampoco es todo ni lo último que sucedió. ¿Quieren creerse que durante el verano de 2005, debido a la colisión con una nube de cervezas y otras sustancias, me saqué de la manga lo que al final iba a conocerse como Las estaciones ? Pues créanselo, y si no, peor para quien esto lee.

* * *

Aquí me tienen. Nos contempla Juan Evangelista y sus trescientos años ( Edad de las tinieblas , Siglo de las luces y lo que está por llegar, que no será parvo) pidiendo paso. También Hannah la marciana y los mutantes de Cita en la llanura (un western futurista) descontentos de su suerte, y yo mismo -o mi otro yo-, que desde el lado contrario del espejo me grita, «la labor comercial, la labor comercial…».

* * *

Nunca oí tanta música…

(ni mejor música, a lo que muchos contribuyeron, aunque citaré tan sólo al gran amigo de todas las personas, Johann Sebastian Bach)

… como durante los años que ha durado esta etapa de escritor, y a ello estoy agradecido. El imbuirte de músicas reestructura la cabeza de una forma que resulta muy difícil de explicar. Deberíais hacer la prueba alguna vez, aunque, eso sí, hay que ser muy constante y porfiado. Es media vida, o una vida entera.

Saludos de Camargo Rain.



* * *



Nota final : lo anterior lo escribí para un blog, probablemente hacia el principio de 2006, es decir, hace ya cinco años. Por pura casualidad lo he encontrado en donde menos lo esperaba, y aunque durante estos cinco años han sucedido muchas cosas (literarias y de las otras), no me ha parecido mal traerlo de nuevo a colación por si alguien se siente retratado o deriva en enseñanza para quienes quieran tomar nota. De paso os dejo un par de enlaces que os llevan a explicaciones de parecido tenor:


Mis novelas en cinemascope y technicolor

Cómo escribí diez novelas en diez años


Episodio en el medievo

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Como sabe alguno de los que leen, resulta que un servidor ha escrito varias novelas (yo diría que voy por la decimocuarta, aunque esto sea difícil de explicar...), y de una de ellas, que transcurre a caballo de los siglos XII y XIII, traigo hoy un fragmento escogido: es cuando la chica liga con el protagonista, es decir, el principio de sus relaciones, que suele ser lo mejor. Bueno, pues semejante trozo dice así:


Nosotros continuamos con nuestra cómoda vida en aquel lugar apartado en el que tan pocos sucesos ocurrían, dedicados a las obras de reconstrucción de antiguas paredes y saliendo algunos días a cazar, ejercicio que nos divertía a Lope y a mí, pero yo permanecí en todo momento absorto por la cercana presencia de tantos y tan importantes recuerdos, y mientras me preguntaba cuáles iban a ser las consecuencias y de qué forma iban a desarrollarse los acontecimientos futuros, llegué a concluir que, de inexplicable manera, pocas cosas me importaban... excepto ella, a la que sólo había visto durante escasos días y con la que únicamente tuve ocasión de mantener una escueta conversación, tan extraños son los senderos que la vida nos lleva a recorrer, y aunque durante meses no supe nada de su paradero, recibí algunos mensajes, el primero de los cuales me lo trajo una mañana la señora Mayor, quien me dijo,

-Leonor dejó esto para ti antes de marcharse, y me encargó que te lo diera pasados unos días. Escóndelo donde mejor puedas, o quizá sea preferible que lo quemes.

-Sí, señora Mayor, haré como usted dice. Y le agradezco mucho que se interese por mí.

La señora Mayor, que se movía con viveza pese a su edad y aspecto, me hizo una caricia en la cara que al pronto me sobresaltó, aunque en seguida se encaminó hacia su lugar de procedencia a través de los campos, en donde la vi desaparecer.

A mí me faltó tiempo para encerrarme en el cuchitril que tenía en el mismo taller y abrir aquel mensaje que me llegaba desde un momento anterior en el tiempo, y en él, con una caligrafía que me recordó a la de Ermentrude, entre otras muchas cosas pude leer,

«¡Pobre encuentro ha sido el nuestro, que sólo duró un momento, y ni siquiera sé si fui capaz de expresar lo que acometí, así que me digo, Leonor, que crees en fantasmas del pasado..., ¡estás loca!, como siempre lo estuviste y tantas veces te dijeron cuando eras pequeña. Sin embargo, aún te diré lo que quiero contarte.

Mientras fui pequeña mi vida discurrió regalada, pero ahora, cuando en redondo me he negado a acatar las órdenes de mi padre, que por codicia pretende unirme a ese mentecato que conoces, mis familiares me envían una embajada tras otra para rogarme, incluso suplicarme, que ceda a las razones paternas, como si no supiera cuáles son los títulos que se ocultan tras el venturoso paisaje que me muestran...»

Escondí como mejor pude aquel acusador documento, que leí y releí en días posteriores, y al final, inquieto ante la idea de que pudiera llegar a manos de alguien, lo quemé con harto dolor de corazón, puesto que era lo único que de ella tenía. Sin embargo me dije, «te lo sabes de memoria, y las letras comienzan a desgastarse de tanto recorrer la vista sobre el papel. ¿No es esto una imprudencia que quizá dé al traste con sus ilusiones...?», y en lo más profundo de uno de los encinares que nos rodeaban, una tarde soleada le arrimé fuego y lo vi consumirse en mi mano. Luego lo recité una vez más, y estuve seguro de que nunca lo iba a olvidar.

-¿Qué saldrá de todo esto -me pregunté mientras regresaba-, y por qué ella se ha confiado a mí, en vez de hacerlo, por ejemplo, a su hermano...?

... pero tras considerarlo tuve que convenir en que quizá sus manejos fueran acertados, pues Lope, pese a ser mi amigo, dejaba mucho que desear en los puntos que tocaban a la discreción. Otras circunstancias adornaban a Yúsuf, y, por lo que parecía, a la señora Mayor, por lo que, al fin y al cabo, parecía que podía contar con algunos aliados en tan difícil trance.

Se sucedieron los días y las semanas sin que hubiera novedades, y al fin, un atardecer, cuando los braceros y peones de la obra se habían retirado a las alquerías, recibí la visita de la señora Mayor, quien me traía un nuevo mensaje. Aquel rezaba,

«Estoy en Toledo y voy a ir a Yebel. Haz lo que te indique quien tú sabes y encomendémonos a los Cielos.

Si los sellos de este mensaje están rotos, ello significa que mi padre está al tanto de lo sucedido, por lo que es preciso que te guardes.»

Yo interrogué con la mirada a la señora Mayor, y ella me dijo,

-No te preocupes. Nadie sabe nada y ella vendrá mañana. Yúsuf se llevará a cazar a Lope, y tú deberás estar en el gran claro del encinar por la tarde.

La señora Mayor me contempló con parsimonia.

-¿Entiendes lo que digo? ¿Conoces el lugar?

Yo me apresuré a asentir, y ella añadió,

-Vete sin que nadie te vea y llévate a Jacobo contigo. Él te avisará de los peligros.

Jacobo era uno de los alanos que teníamos con nosotros, del que Lope me había contado que había sido criado por Leonor, por lo que la indicación no carecía de sentido.

Yo me despedí de la señora Mayor, y al día siguiente por la tarde, nublada tarde, acompañado por el perro, armado hasta los dientes y procurando evitar los lugares descubiertos me acerqué caminando hasta el lugar que me había dicho.

El encinar era un extenso bosque que se levantaba dentro de la hacienda y no lejos de las casas, y el claro al que se refería, una despejada zona entre los árboles, pues de ella se extraían en otoño grandes cantidades de leña. Era asimismo un lugar agradable y a resguardo de quien por las cercanías pudiera encontrarse, pero al propio tiempo escenario perfecto para capturar a un incauto, que no otro papel me parecía a veces representar, pues aunque mis ganas de verla eran enormes, ello no conseguía apagar del todo mis recelos.

Oculto entre los árboles de la linde avizoré el lugar, que se mostraba tan desierto como lo estaban todos aquellos andurriales lejos de las tierras habitadas, que raramente veían transitar a alguien, y no percibí nada que despertara mis sospechas. El perro husmeaba las cuatro direcciones de los vientos, pero su interés no estaba en las personas sino en los animales salvajes.

Allí permanecimos, y un buen rato llevábamos cuando observé que el animal levantaba las orejas.

-¿Qué sucede, Jacobo?

El perro, lejos de adoptar una actitud agresiva, comenzó a gemir y a mover el rabo.

-¡Ah, la has olido...!

Jacobo aulló lastimero y luego corrió silencioso siguiendo el sendero que nos había traído. Se escucharon ladridos de alegría, y un momento después, Leonor, sobre un hermoso caballo, apareció en el claro mirando a su alrededor.

Yo salí de mi escondrijo y ella vino a mi encuentro, descabalgó, contempló mi pertrechado aspecto y sonrió.

-¿Creías que era una trampa? Pero sí, que más vale estar prevenido...

El perro hacía toda clase de fiestas a Leonor, y ella se volvió hacia él.

-Jacobo, corre a vigilar... ¡Corre, corre! -y el perro, que en apariencia comprendía a la perfección lo que de él se esperaba, correteó por el claro y luego se internó silencioso en la espesura.

-Estamos solos -dijo ella-, y si alguien se acerca lo sabremos en seguida. Ven, vamos a sentarnos y escúchame, que te voy a contar qué es lo que me ha traído hasta este lugar.

Nos acercamos a donde surgían los primeros árboles y ella se sentó sobre un tronco caído. Durante un instante nos contemplamos, pero luego, tras pensarlo y mirando al infinito, comenzó a hablar.

-Nuestros antepasados -dijo cautelosa- vinieron de las lejanísimas llanuras de Asia, ese enorme lugar en donde nació la vida. Eran seres primitivos que, oleada tras oleada, subidos en sus rucios cochambrosos y persiguiendo el sol que se pone, poblaron la Tierra... Sólo les guiaba un afán, y éste es el de ir siempre más allá de los lugares que habían descubierto. Generación tras generación se desplazaron persiguiendo al Astro Rey, conquistando lo que encontraban y poblando los campos baldíos..., y yo, como ellos, quiero ir al más allá... No me satisface que me impongan lo que debo hacer, y se equivocan quienes piensan que voy a transigir con lo que ordene mi padre. En el convento me enseñaron a leer y a escribir, pero también que siempre hay que correr hacia el horizonte. Mi convento está en el Poitou, tierra de trovadores, y allí es costumbre cantar las hazañas imposibles...

Leonor se irguió y durante un momento me miró inquisitiva.

-Y ahora dime, ¿no seré yo capaz de escapar a esa pasión que mis familiares pretenden que escriba con mi sangre?

Leonor, como dije, se había sentado en un tronco caído, y yo, de pie ante ella, la contemplaba atónito. Mis recelos anteriores se habían desvanecido, porque lo que escuchaba... ¿Quién era capaz de hablar de aquella precisa manera...?, pues ni aun mis hermanitas, a las que yo tenía por impares..., y en ello estaba, cuando una inoportuna gota interrumpió mis admiraciones. La tarde aparecía nubosa e insegura, y de allí a un momento comenzó a llover y luego a diluviar. Gruesos goterones caían del cielo y producían ruido en la vegetación. Leonor se levantó presto y gritó,

-¡Llueve, llueve...! ¡Corre, ven...! -y tomándome de la mano me arrastró hacia la espesura.

A cubierto de grandes y frondosas encinas y mientras escuchábamos el fragor de la lluvia derramándose sobre las copas de los árboles encontramos un lugar en el que refugiarnos, y yo, caballerosamente, me despojé del capote que me cubría y protegí a aquella muchacha que de tan desusada forma se descubría ante mí. Leonor, sin embargo, me obligó a guarecerme a su lado, y de tal forma me encontré de repente casi abrazado a ella en la penumbra del bosque...

Pero no cesaron allí los memorables prodigios que aquel día me tenía reservados, pues cuando en tal actitud estábamos, no atreviéndome ni a respirar y con el corazón latiéndome desbocado, un enorme arco iris, que se mostraba entre nubes tormentosas que iban y venían y descubrían retazos del azul del cielo, apareció en lo más alto. Aquella magnífica y luminosa curva se extendía de horizonte a horizonte, y los lugares en que tocaba a la tierra, ¿señalaban la presencia de tesoros escondidos...? Así lo había oído decir, y el repentino espectáculo no tuvo otro efecto que el de confirmar tales presunciones.

Embebidos en la contemplación de la maravilla que nos regalaban los cielos transcurrieron los momentos. Yo la sentía a mi lado y no quería que concluyese el chubasco que de tal manera nos había hermanado, pero al fin, cuando el fenómeno cesó y el jarrear del agua disminuyó hasta convertirse en simple llovizna, las palabras acudieron a mi boca.

-¿Tu padre...? -acerté a decir.

-No te preocupes -dijo Leonor apretándose contra mí-, pues nadie sabe esto, y si acaso se enterara le diré que fui a visitar a la señora Mayor, que posee eficaces remedios que nadie conoce... Hasta aquí me han acompañado dos escuderos, pero son de mi confianza, pues con el dinero que les he dado están emborrachándose a sus anchas... mientras yo visito a la señora Mayor. ¡Por nada del mundo se atreverían a investigar lo que está sucediendo en ese chamizo...! Y mi padre está convencido de que mi salud no anda muy cabal, pues llevo casi un mes sin salir de mis aposentos y le he hablado de sangrías y otros sucesos para él catastróficos, lo que le tiene en vilo. Esta ha sido mi excusa para ir a Toledo, en donde están los mejores cirujanos del reino... ¡Qué estarán haciendo mis dueñas, que me creen en la consulta de un judío que no admite más que pacientes incurables!, pero le he comprado con buenos dineros y no abrirá la boca, pues aún me resta pagar lo convenido.

Ella se rió.

-Este viaje me ha salido caro, pero ¿qué importa? Es dinero de mi padre, y me ha servido para venir a verte...

Leonor me miró con chanza y añadió,

-Y para besarte -y uniendo la acción a la palabra se apoyó en mí y, en efecto, me besó suavemente.

Yo no pude decir una palabra, pues nada deseaba más y todo parecía suceder al compás de mis anhelos, aunque aún me pregunté si no habría un ballestero espiándonos en la sombra y con su arma a punto...

-Tenía enormes ganas de hacerlo -dijo ella tras rehacerse-. Ha sido la primera vez, y de esta forma te he dicho lo que deseaba.

Hubo un pausa obligada por el pasmo que sentía, y ella añadió,

-¿Me entiendes? Nuestros antepasados, aquellos que tras muchos esfuerzos llegaron desde las lejanas estepas de Asia, tropezaron con esa barrera infranqueable que es el océano, pero nosotros no tropezaremos con ella...

Yo, obligado por los impulsos del amor y la juventud, la apreté contra mí y la besé a mi vez. Luego Leonor dijo,

-Sí, te he dicho lo que quería decirte, y de la más expresiva manera posible. Ahora eres tú quien deberá ser cortés con las damas hablándoles de amor ...

El amor cortés, el amor de los trovadores de las cortes europeas, por lo que yo sabía de mis lecturas en la academia y las antiquísimas indicaciones que sobre el asunto me había dado Ermentrude, era un amor a distancia en el que el amante nunca traspasaba los límites que impuso Platón, reduciéndose todo a un mero intercambio de palabras nacidas del ingenio y quedando a salvo las formas, que no de otra forma podía ser, pues solía establecerse entre las más altas damas y algunos criados, cual eran los trovadores. A Leonor, con todo, no parecía importarle aquello mucho, y se me ocurrió que, escondidos como estábamos en lo más profundo de un bosque, las formas eran lo de menos, puesto que sólo la naturaleza nos contemplaba. Sin embargo, no podía echar en saco roto aquellas palabras, pues inmediatamente después de que ella habló apareció un enorme arco iris, y me pregunté si una cosa tenía relación con la otra...

Luego las nubes que habían producido la tormenta se alejaron en dirección al horizonte y nosotros abandonamos nuestro refugio y volvimos al claro, en donde el caballo de Leonor triscaba con paciencia las hierbas que encontraba. Olía a tierra mojada, a musgo y a agua salada, y en el cielo distante las aves de presa dejaban oír sus gritos de alegría. El arco iris había desaparecido, pero entre las nubes que corrían por el cielo aparecieron rayos de sol que iluminaban la escena aquí y allá.

Yo no sabía qué decir, pues continuaba absorto ante lo acontecido, pero tampoco podía apartar la vista de aquella muchacha que los Hados habían puesto en mi camino de tan azarosa manera. Leonor era guapa, y me atraía como si dentro de su cuerpo contuviera la piedra imán de los antiguos, pero mi desconcierto era aún mayor y me impedía hablar e incluso pensar.

Durante un rato nos contemplamos en silencio, y al fin ella dijo,

-Tengo que irme. Vine a decirte algo que no podía callar, y ya lo hice; misión cumplida. Lo que suceda desde ahora, ¿quién podrá asegurarlo?, aunque tú seguramente me ayudarás... ¿Verdad que me ayudarás?

Yo asentí mudamente, aunque luego dije,

-Señorita Leonor... Haré lo que usted me diga, pero no veo cómo puedo ayudarla. Una sola palabra de su padre..., y si se enterara de lo que aquí ha sucedido...

-Sí, tienes razón, pero no se enterará. Ya he decidido cómo va a ser mi vida y poco me importa lo que he dejado atrás. Me iría contigo ahora mismo a descubrir qué es lo que hay más allá del océano, pero aún no ha llegado el momento.

Leonor bajó la voz.
-Antes de irnos, dime que harás lo que te diga.
Yo así se lo aseguré, y luego ella subió al caballo.

-Adiós. Guárdate y permanece prevenido. Yúsuf está de mi parte, pues sabe lo que sucede y ha asegurado que me va a ayudar. Tendréis noticias mías -y dando media vuelta y levantando la mano espoleó su montura hacia el lejano extremo del claro.

Jacobo apareció entre la vegetación, ladró persiguiendo al caballo y ella refrenó su recién iniciada carrera y le gritó,

-¡Vuelve, vuelve con él...! -y luego miró hacia donde yo permanecía, agitó la mano y se perdió entre la arboleda.

El perro, cuando llegó a mi lado, me contempló expectante.

-Jacobo, ¡en bonito lío nos hemos metido...!
Él ladró y me interrogó con la mirada.

-Vámonos, vámonos a casa y que sea lo que Dios quiera.







Niñas en la playa



Niñas en la playa ..., ¡qué buen asunto!, ¿verdad? La verdad es que acerca de ello se podrían escribir libros enteros. Yo no he llegado a tanto, pero en mis novelas aparecen muchas niñas en las playas del mundo, que es una combinación perfecta y resulta de lo más literaria, y para que lo comprobéis, a continuación pongo algunos ejemplos. Son trozos entresacados de mis libros, y si alguien está de humor, los puede leer.

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Esto lo cuenta Juan Evangelista -aquel que vivió trescientos años- en la « Era de las máquinas » , uno de los cuatro libros que escribió en el declinar de su vida y en el que habla de los sucesos que le tocó vivir durante el siglo XIX.


[...]

-Así es -dijo su madre-, y ya va siendo hora de que os bauticéis en las aguas del mar.

-¿Que nos bauticemos...? -dijo Alessandra-. ¡Si ya nos han bautizado!

Su madre la miró con guasa.

-No. Quiero decir que os sumerjáis en su seno.

-¿Que nos metamos en el mar...? -dijo Alessandra con estupor, pero Harriet la interrumpió.

-¡Sí, sí...! -casi gritó-. ¡Venga...! Pero ¿vestidas?

-No, mujer, vestidas no. Tenéis que quitaros los vestidos, claro...

... así que ellas, tras un montón de remilgos y dentro de sus almidonadas e historiadísimas ropas interiores, acompañadas de su madre, su abuela, la institutriz y un séquito de criadas que portaban toda clase de telas, se sumergieron en la gélidas aguas del océano Atlántico..., del que inmediatamente salieron amoratadas.

-¡Ayyyy...!, ¡mamá...! -y envueltas en toallas fueron conducidas ante el fuego que nos habíamos ocupado de encender, y allí, sacando fuerzas de flaqueza y no queriendo en su orgullo dar muestras de aterimiento, mientras tosían y temblaban como azogadas el agua les manaba por todas partes, tales fueron la cantidad de lágrimas y mocos que salieron de sus cuerpos.

Al fin, un buen rato después, cuando de nuevo se recompusieron y pudieron cesar en sus manifestaciones, lánguidamente extendidas sobre una enorme tela y muertas de risa, a una exhalaron,

-¡Ay, qué bien me encuentro...

... y es que el mar, como decía su madre, es uno de los mejores depurativos, aunque esté tan frío como el que ante nosotros se extendía.

[...]

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Esto lo dice Crucita en « Crucita y yo », contándoselo a Palmira, su amiga del alma .


[...] bajo los cuales había tenido la precaución de ponerme uno de esos tangas blancos que son la perdición de los hombres.

-¿Síii...?

-Desde luego. No sé qué ven pero no lo pueden aguantar, y si te lo pones en la playa no te digo nada, entonces sí que la armas; a mí se me ocurrió hacerlo una vez y no he vuelto a probar. [...]


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Esto lo dice Nastasia, protagonista de «La efímera vida de Nastasia» , una vez que hizo un largo viaje en vespa (a los catorce años) para ver el mar .


[...]

No sé ni lo que tardé, pero tampoco debió de ser tanto porque llegué al lugar al que me dirigía cuando aún era de noche. De pronto, tras muchísimas curvas, muchísimos camiones y muchísimas rayas blancas, la mayoría muy despintadas y difíciles de seguir, lo vi. Un letrero muy grande así lo decía, «PLAYA», y hacia allá me fui, bordeando un río que no llevaba agua, sólo charcos y basura, y no había coches ni nada. Todo estaba desierto y silencioso porque eran las horas que preceden al amanecer, y a esa hora, conforme se va corriendo el arco de sombra sobre el planeta Tierra, los seres vivos están en el momento alfa, no hay más que ver a las gallinas -bueno, y a los hombres, por lo menos a algunos-, y tras unos cuantos kilómetros más llegué a mi destino, ¡al fin! La carretera se acababa en una gran explanada iluminada por algunas farolas, y sin transición comenzaba la arena. Más allá, en la oscuridad, estaría el mar...

Había una barandilla de piedra invadida a trechos por la arena amontonada, y algunos difusos edificios cercanos, pero ninguno tenía luces y pensé que quizá se debiera a la hora. Yo paré la moto y me bajé de ella. Me quité el casco, que parecía habérseme quedado pegado a la cabeza, y de inmediato sentí una enorme sed y una gran impotencia, porque por allí no había nada de donde beber..., aunque, ¿quizá sí lo había? A lo lejos, pegado a la barandilla, vi algo que me llamó la atención, y corriendo como pude fui hasta allí. Era un grifo de los que, para lavarse los pies, a cada trecho suele haber en algunos paseos marítimos; yo nunca había visto uno, pero eso daba igual, me lo imaginé al momento. Apreté el grifo pero sólo salió un poquitín, un chorrito, y cuando la probé resultó que sabía fatal. Sin embargo, tenía tanta sed que a pesar del asco que me dio bebí un poco y se me pasó, y luego ya empecé a encontrarme algo mejor..., y después, tras dos o tres tragos más, volví a donde tenía la moto y me senté a su lado.

¿Qué hacer? A lo lejos se oía un leve ruido que atribuí a las olas del mar, pero lo poco que podía ver de playa estaba muy oscuro y no me atreví a aventurarme en las tinieblas. Aún era noche cerrada, pero yo sabía que en seguida iba a comenzar a amanecer, así que se me ocurrió recostarme en la playa tal cual. Me eché con el abrigo, que era muy aislante, al lado de la moto, y estuve intentando dormir. Cerré los ojos sobre el duro suelo -porque aquella arena era muy rara, estaba como dura. ¿Serían así las arenas de todas las playas? Muy otras eran mis noticias...- pero no lo conseguí; entre la pastilla, el frío y el cansancio, no podía dormir. Oía el manso mar a lo lejos, muy tenuemente, y así estuve un rato, acordándome de mi madre, que seguramente estaría soñando en aquel paraíso del que me había hablado, y de mi cama..., aunque algo amodorrada sí debí de quedarme porque de repente me desperté sobresaltada, muy molesta y sudorosa.

Abrí los ojos, y lo que vi fue un páramo de tierra marrón y asquerosa, o sea, como sucia, que me resultó muy diferente de las que yo había visto en los libros. No tenía ninguna clase de árboles en la orilla sino muchas casas, bloques muy altos y todos vacíos. No había nadie y todas las casas tenían las persianas cerradas -se veía que no era la época de las vacaciones-, de forma que me puse en pie, y poco a poco, mirando a mis desiertos alrededores, llegué hasta la orilla. Allí estaba el mar, sí, el mar que me había llevado a hacer aquel largo viaje, pero no se parecía en nada a lo que yo pensaba, en nada. El agua no era azul, como yo había visto en las películas, no, nada de eso, ni había olas ni viento ni gritones pájaros marinos sobre ellas; no había nada de lo que yo pensaba. Todo era gris y estaba sucio y muy quieto, como muerto. Aquello no parecía el mar sino un lago muerto. ¿Sería el mar Muerto...? Bueno, a lo mejor me había equivocado de camino y aquel era el mar Muerto..., y tampoco había amanecido un día radiante, aspecto del que yo tenía nociones por la literatura, sino que empezó a haber una luz acorde con el terreno, con el escenario, con el cielo, una luz así como grisácea y que no contribuyó en absoluto a animarme, aunque a pesar de todo paseé un poco por la orilla.

-Mar, ¡qué feo eres y qué sucio estás! Estás tan sucio como tu playa o esa explanada a la que he llegado. Todo está desarreglado y descompuesto. Tus olas son ridículas y antes he visto un pez muerto en tus orillas...

Yo le miré.
-¡Mar!, ¿por qué me has hecho esto?

... pero el mar no me contestó. Yo estaba allí, como tonta, mirándole otra vez.

-¡Mar!, ¿eres tú?

... pero el mar seguía mudo y desinteresado, aunque al final se dignara hablar.

-¿Qué quieres que te diga, boba niña, que te has dejado engañar por los libros? ¿De qué protestas? Tus mayores me hicieron esto, y ahora te quejas... Vuelve a tu casa y no digas a nadie que me has visto en este estado -y como me empezara a entrar miedo de tener aquellos pensamientos, di media vuelta y salí corriendo y no paré hasta llegar a la moto.

-¡Jo, moto!, el mar no me hace caso. ¿Tú te vas a portar bien? ¿Me devolverás a casa...?

Así que después de ver aquella plomiza agua y quedarme totalmente desilusionada, dado que súbitamente me pegó el bajón y empecé a encontrarme bastante mal, triste y desamparada y con mucho sueño, [...]


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Y esto es algo de lo que se narra en el « Viaje al verano » .


[...]

El guateque siguió hasta altas horas, y la mayoría -de los mayores, claro está- agarró un pedo de campeonato. Para recuperarse un poco, allí, ya se sabe, no hay que tomar pastillas ni nada de eso; basta con bañarse un ratito en las olas tumultuosas.

-Bueno, me siento como si tuviera veinte años.

-¿Veinte años...? Yo me siento como si tuviera dos.

Sí, y es que esto de las olas delParaíso...

La pirata, Mariquita, la Pepi, Laura y Chiquita del Paraná, que se habían hecho muy amigas, por eso de despejarse se bañaron desnudas.

-Si quieres te dejo un traje de baño.

-¿A mí...? Na, a mí no me hace falta. A mí me encanta esto de...

... y luego fueron a secarse a una de las hogueras.

Antes de amanecer, como aquella noche había fuegos artificiales celestes, se subieron a una de las dunas para verlos mejor. Los fuegos artificiales del Cielo no son como los de aquí, sino más bien como una lluvia de meteoros, fenómeno conocido vulgarmente como «lluvia de estrellas». Los fuegos artificiales del Cielo no salen del suelo sino que vienen de arriba, de muy arriba, de muy lejos, y a una frecuencia de unos diez por segundo. Son unos fuegos como Dios manda, una cosa seria.

-¡Haaaala...!
-¡Miiiira...!
-¡Aaaaahhh...!

Los fuegos artificiales del Cielo son tan bonitos, tan abracadabrantes, que todos acabaron aplaudiendo.

-¡Pero qué bien...!
-¡Sí...!
[...]



Un trozo de Las estaciones

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"Las estaciones", novela que escribí hace tiempo ambientada en la época actual, está narrada por un niño de trece años. Esto que va aquí debajo es uno de sus monólogos a propósito de Rosana, que es la amiga de su hermana y quien siempre va con ellos a todas partes. Al chaval, como es lógico, se le ocurren toda clase de cosas, y como para muestra basta un botón, ahí va este, que está sobre la página 200, más o menos:

Un día Patricia nos llevó a un sitio en donde inauguraban una exposición de cuadros de una chica que era amiga de mamá, y ella le había dicho que fuéramos. Estaba lleno de gente con corbata, todos muy bien vestidos, y también había pinchos y vinos y cosas de esas, y antes de empezar salió un señor y dijo un montón de cosas con toda la gente mirando, nosotros allí en medio, y en eso entró Rosana, que llegó tarde, y se puso delante de mí. Yo estaba detrás de ella pero cerca, no había nadie en medio, y estaba guapísima, con un vestido verde y el pelo recogido como en un moño, no una coleta, y entonces le veía el cuello, que lo tenía completamente moreno, y no podía apartar la vista de él, pero luego empecé a mirar hacia abajo, por las piernas y por ahí, y descubrí que como era verano llevaba sandalias, unas sandalias blancas con unas tiras, y se le veían los pies que también los tenía muy bien, o eso me pareció, unos pies buenísimos con unos dedos todos derechos, todos en fila dentro de las tiras de las sandalias y las uñas perfectamente recortadas y de lo más limpias, y aquello me gustó, ¡jo, vaya pies!, ¡si parecen pirulís!, ¿pirulís o pirulíes...?, Patricia hubiera dicho pirulíes, seguro, porque siempre decía que se decía así y hasta una vez lo miró en un libro y allí lo ponía, pirulíes, marroquíes, etc., pero yo creo que los dedos de Rosana eran pirulís, para abreviar, ¿los dedos o los pies...?, bueno, las dos cosas, como los que a veces te metes en la boca, y ya, durante mucho rato, no puede apartar la vista de ellos, ¡jo, vaya dedos!, y como no me podía mover ni decirle nada, aunque yo creo que tampoco se lo hubiera dicho si hubiera podido, lo único que hice fue mirarla durante todo el rato, y de vez en cuando ella miraba hacia atrás con sus ojos azules, miraba a la gente, como para ver quién había, y hacía que no me miraba a mí, pero yo creo que en realidad me miraba de reojo. Sin embargo, yo me hice el loco y no hice caso de eso sino que seguí mirándola todo el rato, ¡para una vez que no se daba cuenta!, sobre todo a los pies, aunque cuando miraba hacia atrás también le miraba a los ojos, sus ojos azules, por si acaso.

Luego, al salir, que hacía calor y estaba todo el mundo hablando, se quitó la chaqueta verde y resultó que debajo llevaba una blusa blanca y medio brillante, de tirantes y bien apretada, y como había bastante gente tuve que hablar con ellos, pero no podía apartar la vista de Rosana con su falda verde, su camisa blanca y sus sandalias que daba besos a todo el mundo y a mí no me miraba nunca..., y luego vino Patricia y dijo, bueno, niños, que esto se ha acabado y tenemos que irnos, y nos fuimos, aunque yo aquel día no me enteré de nada más, sólo de los pies de Rosana con sus uñas tan cuidadas y sus sandalias y el traje verde que revoloteaba por allí cerca y ocupaba todo el espacio disponible, porque a Patricia y a Azucena casi ni las vi.

Luego, un día en que estábamos en la playa, aunque Azucena y Patricia estaban en el agua venga a dar gritos, vi otra vez los pies de Rosana. Ella estaba echada en la toalla y yo a su lado, y después de pensarlo bastante rato le dije,

-Oye, ¿me dejas que te corte las uñas de los pies? -y Rosana se quedó mirándome sin saber qué decir...

(Esto continúa durante bastantes páginas, pero eso lo pondré otro día).


Foto con algo más

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Como me estaba poniendo un poco pesado (en anteriores comunicaciones, que eran larguísimas), hoy pongo nada más que una foto, pero es una foto con adivinanza, o sea, con truco. Es muy fácil, pero si alguien ve algo raro (en la foto), lo puede escribir (para enseñanza de los demás) en el sitio de los comentarios.

Huevos con patatas




A veces sucede que uno no sabe qué hacerse para cenar, y entonces tira de comodín: ¡huevos con patatas...!, que son buenísimos. Lo mismo ocurre en ocasiones con otras manifestaciones del espíritu, y el resultado es que buscas en la carpeta de los desechos de tienta hasta encontrar algo que cumpla la función.

Comodines, desechos de tienta... Bueno, pues sí, que esto que va a continuación tiene bastante de ello. Es un cuento que escribí in illo témpore sin pies ni cabeza. Como en esto de internet hay gente que le gustan las cosas raras, lo pongo aquí. Va de unos que quieren abrir un bar.

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EL BAR INFINITO

Érase una vez que treinta amigos, como los días del mes, querían abrir un bar. Lo malo de querer abrir un bar seis mil cuatro años después del principio del mundo –según las cuentas que echó aquel arzobispo de enrevesado nombre y que lo fue de Armagh, pintoresca localidad irlandesa, aunque de esto hace ya bastante tiempo– es que la burocracia existe, y si son treinta... Así, al pronto, parece que bastaría con tener ganas y dónde, pero la realidad es muy otra.

Para aclarar conceptos, los treinta amigos (digo amigos, pero las mujeres, las señoras y señoritas, que de todo había, tenían una cuota normal, una cosa como del cincuenta por ciento) convocaron una asamblea en la botica del boticario, que era un lugar como cualquier otro. Eso sí: todos aquellos armarios de nogal y castaño, y todos aquellos frascos de loza blanca con su letrerito... (¿Y qué decir del olor a alcanfor...?).

–¡Qué de gente!

–Claro, mujer...

Los que habían llegado antes ya estaban de palique.

–Lo malo de ponerse a trabajar es que te conviertes en un ser extrañísimo que está todo el día dando gritos.

El asesor fiscal, al que unas veces se llama don Bernabé y otras Orlando furioso –aunque la mayor parte de la gente le conoce como don Facundo, vaya usted a saber por qué–, y que es uno más de los miembros de la amplia y ecléctica pandilla, esperó a que la gente hubiera tomado asiento. Luego, tras pensarlo un poco, dio unos golpecitos en el atril.

–Señores...

En principio sólo había dos formas de encarar el asunto: o por lo legal, o en plan pirata. Eso ya lo sabían algunos, y los demás se supone que lo imaginaban, pero siempre está bien decir las cosas en voz alta; por si acaso.

Si lo hacían por lo legal, bueno... Como iban a trabajar todos, un día cada uno –que ya son ganas de complicar las cosas–, existía un inconveniente, un inconveniente que, a primera vista, parecía insalvable: tenían que fundar, dar de alta y poner en funcionamiento, una gestoría dedicada a surtirles a diario de papeles diversos. La baja del de ayer, el alta del de hoy, etc. Cosas del Auxilio Social, esa institución moderna que, a pesar de sus muchas y evidentes ventajas para los más desfavorecidos, tiene como última finalidad complicarlo todo; y si no la tiene, lo parece.

–¿Y no se puede recurrir a una gestoría ya existente?

–Se puede, pero entonces, ¿qué ganamos?

–Pues a ver quién toma el testigo.

–Eso. A ver.

Esta era una cuestión, pero se podría hablar de un sinfín de ellas. Lo de la basura, por poner un ejemplo.

–¿La basura? Bueno, cada día la saca uno.

Don Bernabé ya lo sabía: que la mayor parte de la gente no tiene ni idea de nada. No hablamos ya de cosmología, no: de nada de nada.

–Sí... El problema es que luego viene el camión de la basura y su mariachi y se la llevan...

Don Facundo hizo una pausa. La concurrencia le observaba expectante.

–... y a fin de mes pasa el Ayuntamiento con la rebaja.

La mayoría, como acabamos de decir, no tenía ni idea de qué iba la fiesta. Vamos, que ni les sonaba, lo que suele ser muy normal.

–Cómo... ¿Que cobran por llevarse la basura?

–Pues claro, hombre, ¿no lo sabías?

En el fondo se dejaron oír unos murmullos. Orlando furioso miró por encima de las gafas y continuó.

–Ahora vamos a hablar de la radicación.

Lo de la radicación solo lo escucharon algunos. Radicarse, menudo verbo, reflexivo... Arras, uno de esos melenudos que parece que se han escapado de alguna historieta de nuestro viejo amigo Shelton, o sea, que por el aspecto llevaba un retraso de unos treinta años, y que además era un etimologista aficionado y le encantaban las reiteraciones, empezó a darle vueltas en el coco.

–(Radicación... Radical... Raíz..., del latín radix, radicis. ¡Eureka! ¡La raíz de la raíz...! ¡La cuadratura del círculo!).

Arras no dijo nada, sólo lo pensó, pero empezó a rebullir en la silla.

–Qué..., ¿te estás quieto?

Arras, el melenudo, se estuvo quieto.

–Y ahora del iva...

La mayoría de los asistentes, oído que hubieron aquello, se hacían cruces y meneaban la cabeza... ¿Era posible que la cosa fuera tan complicada? Los pensamientos de don Facundo iban en otra dirección. Él pensaba, ¿será posible que tan pronto cunda el desánimo? Don Bernabé, alias Orlando furioso, que había bregado en muchas y muy difíciles batallas, lo tenía claro: esto pasa por trabajar con aficionados. Pues a ver qué dicen ahora.

–Además será necesario que uno se convierta en correo, en niño mensajero... Éste deberá tener moto, don de gentes y ser experto en las difíciles artes de lidiar con las cajeras de las Haciendas públicas.

El grito, llegados a este punto, era unánime.

–¡Imposible! ¡O si no, que vayan Andrea y Laura...!

Andrea y Laura, nuestros angelotes de siempre, protestaban.

–Oye, ¿por qué nosotros...?

–Hijos, vosotros no tendréis moto, pero tenéis alas.

A don Facundo no se le había acabado la cuerda, ni mucho menos.

–Pues eso no es nada. Todo el que se vaya a poner detrás de la barra deberá sacar, por ley, el denominado «carné de manipulador de alimentos»..., luego hay que añadir treinta carnés de manipuladores de alimentos.

–Pero ¿cómo es eso? ¿Te hacen un examen?

–No, te echan un vídeo y luego te preguntan. Sacárselo es una chorrada. Sólo tienes que jurar –o prometer– que te vas a lavar las manos cada vez que vayas al baño y unas cuantas cosas así...; y pagar, claro.

–¿También se paga por eso?

–También. Como ya se sabe, el Estado mete las narices donde puede, que de eso vive. Yo siempre pongo como ejemplo las tasas. ¿Que va usted a renovar el carné de conducir? Pues tasa al canto. ¿Que va a pescar truchas? Lo mismo. ¿Que va a...?, etc. El Estado funciona porque hay gente que hace cosas, que si nos estuviéramos todos en casa quietos viendo la televisión y respirando sólo lo imprescindible, otro gallo le cantara.

–¡Muera la televisión!

El grito, anónimo, partió del fondo.

–Muy bien dicho, pero aquí no hemos venido a hablar de política.

En esto, como en todo, había diversidad de criterios.

–Hombre, y ¿por qué muera? A mí me gusta...

Quien lo dijo lo dijo en voz baja, como si no estuviera muy de acuerdo. Aquello dio pie para todo un cúmulo de consideraciones.

–Bueno, ¿y los telediarios? Primero sale una gallina bastante repeinada, una gallina de colores eléctricos en un estudio de televisión, y luego otra gallina en un páramo, ésta ni peinada, mirando a la cámara, cacareando y aguantando un micrófono con la mano. ¡Y a eso le llaman información...!

Chiquita del Paraná, secundada por algunas mujeres, protestaba.

–¡Qué machista! Pero ¡qué machista...!

–Sí, desde luego, hay que ver... ¡Métete con los de arriba!

–¿Con los de arriba? Pero si todos los jefes de redacción son del bello sexo...

–¿Del bello sexo? Éste es gilipollas...

Don Bernabé, en su calidad de moderador, y no porque le importara lo más mínimo lo que allí estaba sucediendo, se afanaba en poner orden...

–Haya paz, señoras y señores.

... aunque nadie le hiciera caso.

–Oye, ¿y con éste vamos a montar un bar?

Don Facundo, viendo venir el nublado, decidió cortar por lo sano.

–Si no os calláis, no puedo acabar. Ahora mismo iba a decir lo de María.

Hubo un momento de expectación, sí, porque hasta María (lo han adivinado ustedes: precisamente María la superpija, que, viendo cómo están las cosas, no podía faltar) llevaba su parte.

–Y tú, María –lo de superpija no se lo decía–, que estás acostumbrada a hacer la tortilla de patatas –esa majestuosa tortilla de patatas con que nos deleitas– según las normas DIN..., ¿sabes lo que te espera?

María la superpija no tenía ni la menor idea, pero para algo estaba allí Orlando furioso.

–Pues yo te lo diré: el Estado, con su poder omnímodo, su largo brazo y su burocracia impía –o sea, que no tiene piedad– te obligará a hacerla según las normas ISO. Qué, ¿qué te parece?

María no se lo podía creer, aunque bueno, en realidad tanto le daba; ya hemos visto que a esta chica no le perturbaban demasiado semejantes extremos.

–Bueno, pues así es todo.

Don Bernabé, viendo las caras, tuvo un rasgo de humor.

–Ahora un descanso de diez minutos para echar un cigarro. ¡Pueden fumar, señores!

Todo el mundo se levantó, los más con cara de cansados. Alguno hasta bostezaba, y es que esto de los discursos...

–¿No te ha gustado el speech ?

–No, si lo malo no es el speech . Yo, es que antes de empezar, ya estoy cansado. Y además, es que anoche me cogí una...

Emilio el pasta, que era sobrino lejano del general Martínez Campos, se expresaba, por lo común, con obviedades.

–¿Un sobao ?

–Bueno, si no es de Martínez...

Emilio el pasta tenía un saque criminal: se tomaba el bacalao con sobaos . Además conocía otras mezclas.

–Te digo yo que al gazpacho se le puede echar coca cola: se lo he visto hacer a los japoneses en Sevilla.

Iulius, Iulius Saint-Tropez, por su parte, estaba rindiendo cuentas. Como cuando se mamaba no sabía lo que decía, pues eso, luego pasaba lo que pasaba.

–Pero, ¿no habíamos quedado el martes para lo de la merluzada?

Lo de la merluzada consistía en cocer la cabeza y las espinas, y con el caldo, salsa de tomate, arroz, una cebolla, un par de huevos duros y lo que se le pudiera sacar a los despojos, hacer una sopa. La cola se cocía ligeramente, y con una mayonesa como Dios manda, segundo plato, y los filetes se rebozaban, se freían sólo lo justo y se comían de tercero. Iulius rebuscaba en su memoria.

–Hija, me parece que el otro día quedé contigo, con Carola, con Néstor, con Nadine (la de la verdulería), y con el novio de la concejala de festejos.

–Pero ¿va a dar para todos? Las merluzas buenas sólo suelen pesar tres o cuatro kilos.

–No, con Carola fue para hacer un tayín; con Néstor un pil-pil que no tarde tres cuartos de hora en ligar; con Nadine (la de la verdulería) había hablado de castañas con chorizos, y con el novio de la concejala de festejos, naturalmente, de alubias con morcilla de Villarcayo; todo esto si no me falla la memoria.

A Iulius, Iulius Saint-Tropez, en cuanto se mamaba le entraba un hambre fenomenal. Lo de la memoria, de todas formas, está claro que no le fallaba; todo lo contrario que a Sacristán, que había sido camarero en un bar que se llamaba «La tuna». Sacristán era cocinero de verdad, y además amigo de la infancia del alcalde de su pueblo. El alcalde de su pueblo, que era de los que opinaban que como lo de casa, nada, contrataba a Sacristán con cargo a los fondos municipales para que instruyera a las marujas de su pedanía en las artes culinarias. Sacristán estaba especializado en cocidos, pero con el tiempo, viendo que nadie se enteraba de nada y que las tales amas de casa aprovechaban sus charlas para darse al cotilleo, acabó por hartarse.

–No, yo ya no hablo nunca de los cocidos, ya estoy harto de hablar de cocidos. Ahora sólo doy conferencias acerca de un tema: «Sobre el bicarbonato».

–¿Sobre el bicarbonato? Pero, ¿tan duros te salen que tienes que tomar bicarbonato?

Sacristán elevaba los ojos al cielo y, pese a que se consideraba un agnóstico, pensaba,

–(Señor, perdónales, porque no saben lo que dicen).

Sacristán conocía estos asuntos del colegio; lo de la cocina lo había aprendido después.

Al cabo de los diez minutos la peña volvió a ocupar sus sitios y don Facundo a subirse al estrado, aunque esta vez para despedirse.

–Señores, ya hemos visto, con cierta extensión, el aspecto legal del asunto. En mi modesta opinión..., también se deberían estudiar las posibles alternativas, todas bordeando la ilegalidad, que se abren ante nosotros, pero esto ya no me compete, por lo que aquí arriba no pinto nada. Que hable otro.

Y se bajó. Pablito clavó un clavito (a veces don Pablo), alias el chapuzas e improvisador nato, decidió dirigir el cotarro.

–Venga, sí, que hable el chapuzas.

El arquitecto Pablito clavó un clavito, alias el chapuzas...

(Una de sus especialidades consistía en tallar a punta de navaja zanahorias en forma de caballito de mar. Además estaba empeñado, ¡como tantos!, en construir una escalera al cielo, y se hallaba allí porque su novia pertenecía a la vasta pandilla).

... subió al estrado. A Pablito clavó un clavito aquello ni le iba ni le venía, pero si lo iban a hacer en plan pirata... Ahí va.

Primero, la decoración. Como quiera que el asunto tenía el cariz de ir a durar unos dos cuartos de hora mal medidos, un requisito indispensable era hacerlo con lo puesto. Pablito clavó un clavito, dado su oficio, se sabía algunos trucos.

–Una solución puede ser forrarlo con papel de periódico.

–Con papel de periódico, con papel de periódico... ¿Dónde se ha visto un bar serio forrado con papel de periódico?

Sin embargo, a otros no les parecía tan descabellado.

–Pero ¿quién ha dicho que vayamos a montar un bar serio?

–No. Yo es que si no, me borro.

–Bueno, bueno..., si todavía no se ha apuntado nadie...

A Pablito clavó un clavito le gustaba mucho el papel, los papeles en general.

–También se puede hacer de otra manera. Traemos a todos los niños que tengamos... A ver, ¿c uántos niños tenemos?

–Eso, que se sumen.

–Yo tres.

–Yo dos...

Al final resultó que había veintitantos.

–Bueno, pues la cosa es así: traemos a todos los niños, les damos un montón de rollos de papel de water para que hagan bolas, y éstas, mojadas en agua, se tiran contra paredes y techo. El resultado se deja secar un par de días. Queda bien y es barato.

La mayor parte de aquella gente era de lo más sosa.

–¡Pero éste qué dice...!

Y además, no hay que olvidarlo, los detalles. Por ejemplo, las actividades. Unos querían poner parchís y otros ajedrez. También estaba ese juego chino..., como se llame. Y las cartas, las barajas, las fichas, ¡los amarracos...! Los tapetes verdes también salieron a relucir.

–Yo tengo un primo en Lorca (Murcia), que nos los dejaría muy baratos.

–Lo malo es que se queman. En seguida les salen esas manchas negras con un agujerito en mitad...

–Y ¿por qué no ponemos un bar en pelotas? Todo vacío, las paredes blancas... Sólo la caja registradora.

A la seño de Mariquita, que era gorda y coloretuda, llevaba pañuelos de marca de los que las funcionarias usan como toquillas y se llamaba como una canción de Peppino di Capri (Roberta), la idea le pareció de perlas.

–¡Eso! ¡Viva el bar en pelotas...! ¡Y viva el churro de oro!

Aquello del churro de oro era, sin duda, una reminiscencia infantil, de las que ya se sabe que cada cuál tiene las suyas. Sí, algunos no beben pero eso no quita, que aquí todo el mundo tiene sus locuras.

Lo de la música era aparte. Unos que si música clásica y otros que si moderna... Jazz, barrocos, rock and roll, bossa nova, todo salió allí a relucir. Mariano el gandul era más partidario de la música moderna. De la del siglo XXI, como él decía.

–Ah, pero es que a ti, ¿no te gusta la música clásica?

–¿A quién? ¿A mí...? Yo, macho, es que cuando oigo música clásica..., ¡vomito!

Mariano (el gandul) era muy exagerado, la verdad.

–¡Vomito, macho, vomito...!

Mariano (el gandul) ponía tal cara de angustia que todos le creían.

... y aun otros ninguna música: el bar, en tal caso, se podría llamar «El silencio».

–«El silencio»..., «El silencio»..., pues ¡vaya nombre! –decía una garduña metida a menestral.

–¡Vaya! ¿Es usted una garduña metida a menestral?

La garduña se quedaba un poco cortada. ¡Hay que ver lo que saben algunos!

El pirata de las gafas de sol, que por un lado era como el del martini –claro, por las gafas–, lo que era muy propio para un bar, y por otro inventor reconocido, prueba suerte ahora.

–Yo tengo un nombre mejor...: «Los guerreros de mirada oscura de la toma de Cavite».

El nombre cayó como una bomba entre los que había por allí cerca, pero el pirata de las gafas de sol no estaba dispuesto a dejarse amilanar.

–Aunque ustedes no se lo crean, era una alpargatería que uno de mis bisabuelos tenía en Mombeltrán, Ávila.

Además, la limpieza.

Agamenón, que, como su nombre indica, era gallego y nacionalista, ¡hala!, ¡tararí!

–Patrón no friega.

Aunque era gallego lo dijo en castellano, contradiciéndolo todo.

–Pero, ¡hombre!, ¿no decías...?

Agamenón, que, además de gallego y nacionalista –y estudiante– era marino, lo repitió; por si no había quedado claro.

–Patrón no friega.

Aquello ponía las cosas difíciles.

–Cada uno según sus posibilidades y a cada cual según sus necesidades.

Eso. Y bueno, por último, las bebidas. El complicado cubata de los pobres, la amarga cerveza rubia y la dulce cerveza negra, el ron ultramarino, el vermú italiano y el orujo rascador, el gin-tonic de los señoritos...

–¡Qué de cosas! Y ¿hay que aprenderse todo eso?

–Digo yo... Si vamos a ser barmans ...

–Pues habrá que montar una academia...

El tío Pepe, que estaba al fondo hablando de su tema preferido, la música, fue interrumpido. Al tío Pepe, que ya no cumplía los cuarenta, le gustaban las chavalas; normal.

–¿Has visto que tía?

Na ... Esa es muy mayor pa mí...

–¿Muy mayor pa ti...? ¿Entonces tú...?

–Mira, hermano, por si no te has enterado: las de treinta y muchos, como esa a la que aludes, hace ya tiempo que no me dicen nada. A mí me gustan las de quince.

–Hombre, ¡también tú...!

–¿Qué pasa con las de quince? A ver, ¿a ti cuáles te gustan?

–¿A mí...?

–Qué..., ¿no lo sabes? Bueno, pues yo sí. A mí me gustan las de quince.

El tío Pepe no discutía estas cosas. ¡Si lo sabría él...! Y hablaban de lo que hablaban.

–Bueno, pues lo que te decía... De entre las innumerables versiones que conozco de «Noche de paz», las mejores son: una, la de los niños cantores de Viena, en concreto una grabación de los años cincuenta que tengo en casa, y dos, la que canta una niña desconocida en «La taberna del irlandés», película, como usted sabe, de John Ford y ambientada en los mares del sur.

El tío Pepe pasaba del tú al usted con toda naturalidad. Honorio, apellidado de Ardanza, alias Cabezolín, era de lo más fantástico. Claro...

–(Ahora llaman a la puerta y...).

Efectivamente, llamaron a la puerta: toc, toc, toc. Melania, cuyo padre había sido hacía tiempo un gran forofo de aquella cantante que se llamaba Melanie y en la actualidad era la que estaba más cerca de la entrada, abrió. Un sujeto con aspecto de sargento (uniforme de campaña, gafas rayban, botas, fusil ametrallador bajo el brazo y galones, ¡ay, galones!), estaba allí, de pie. Entró sin preguntar nada.

–¡Eh!, ¿quién es ése? ¡Que no estamos en carnavaal...!

El sargento, que no tenía voz de actor de doblaje sino más bien de extraterrestre, o, ya puestos, de Pato Donald, hizo caso omiso.

–Señores, soy El Reverendo Microondas y estoy aquí buscando mis señas de identidad.

Como es lógico, aquello se lo tomaba todo el mundo a cachondeo.

–Sí, las señas de identidad... ¡Ponte las pilas, macho!

–¡Bueno, mira a éste..!

El Reverendo Microondas, que aquella tarde había decidido disfrazarse de sargento, levantó un brazo.

–Señores, hemos recibido informaciones de que aquí se está cometiendo un atropello..., una injusticia..., ¡sí..., una ilegalidad, un desafuero!, y he sido comisionado para impedirlo. Por si alguien tiene pensado hacer alguna tontería, les diré que me he traído la División Acorazada.

Lo que faltaba: ¡un sargento mandando una división...! Los que había alrededor del estrado se sublevaron.

–Pero, bueno, ¿es que ya no se puede ni discutir sobre la forma de encauzar los asuntos burocráticos?

–Sí, sí, los asuntos burocráticos... Ustedes –y no me digan que no, porque lo sabemos todo– están planeando abrir un bar sin autorización; eso lo primero... Y además y por ejemplo, ¿qué era eso de las niñas de quince años? ¿Y lo de las tasas? ¿Y lo del bicarbonato...? Señores, están ustedes faltando a todas las reglas del más elemental juego democrático. ¡Venga!, saliendo a la calle de uno en uno y con el carné en la boca.

La calle estaba llena de tanques con el motor encendido y soldados armados con la cara pintada de negro. ¡Honorio, Honorio de Ardanza –o sea, Cabezolín– no sabía en dónde meterse!

Desde el estrado se reclamaba seriedad.

–Oye, qué..., ¿seguimos con esto?

... pero a aquellas alturas ya nadie se enteraba de nada.

– Hablando de parejas, la cohabitación no conduce a ningún fin práctico. La pareja, como tú dices, puede que mole, pero si cohabita, está llamando a la puerta de su ocaso.

–Bueno, ese es una parecer.

–No sé quién –me parece que Stendhal– leía todas las noches dos páginas del Código Civil para pulir el estilo. A mí me pasa lo mismo con la mecánica cuántica. ¿Será malo?

–Oye, ¿y tú te acuerdas de Sylvie Vartan?

Fernando, el padre de Mariquita, sólo era un poco fotógrafo, pero, para que se vea cómo cambian las cosas, a estas alturas del relato tenía una novieta canaria que gastaba nombre de estrella. Tania, la piba de nombre de estrella –que por cierto, nadie sabe de dónde ha llegado– tenía la extraña manía, o afición, de agarrarle por las solapas.

–Anda, enséñame a hacer fotos.

–Bueno, mira. La luz entra por este agujerito y deja embarazada a la cámara.

–¡Tonto!

Al final, como no se ponían de acuerdo, y por las trazas no se iban a poner nunca, el boticario, que aún no había despegado la boca, se levantó.

–Señores, ¿saben lo que digo? Que como se hace de noche, me voy a tomar unas copas. El último, que apague la luz.


Nastasia en Espinama

Este es un trozo de una novela que escribí hace bastantes años y se llama « La efímera vida de Nastasia », y además se subtitula «polifacética muchacha de la Ínsula Barataria que murió joven». En ella se cuentan los primeros veinte años de la vida de la protagonista, al cabo de los cuales –al final del libro– parece que muere en circunstancias entre dramáticas y tragicómicas..., pero no, que es un trampantojo, pues ¿cómo va a morir Nastasia, que es tan lista y espabilada?

En realidad sucede una cosa mucho mejor, pero eso lo dejo para que lo descubra cada cuál (lo que es muy fácil de conseguir: se va uno al enlace que hay más arriba, compra el libro [un libro de bolsillo de 280 páginas perfectamente editado] y, si se lo lee completo, se entera de lo que sucede).

Bueno, esto es broma, ¿eh?, que ya sé que hoy nadie lee libros, y mucho menos los compra, y muchísimo menos por internet. Esto de internet no está mal, pero tiene el inconveniente de que, como dicen por ahí, «es el futuro», porque en el duro presente no sirve absolutamente para nada (si se trata de vender libros, me refiero).

El trozo que pongo es la narración de un episodio que sucedió cuando tenía diez años y la llevaron a una excursión de repente a los Picos de Europa, a ella, que nunca había salido de la gran ciudad...


Excu rsión a las montañas y otras aventuras

En el año 74, en Espinama, un pueblo del norte, salía un orujo por las cañas que no era normal. ¿Eran las cañas o eran las canillas? Allí nadie me lo aclaró pero yo lo vi, y lo probé, sólo un poco pero lo probé, y no rascaba nada, como el de ahora, y aquello sucedió a las siete de la mañana y nevando. Fue cuando mi madre me llevó a una excursión de repente.Esto de las excursiones de repente es fantástico, más para mí, que nunca había salido de la gran ciudad –aquella fue la primera vez que sucedió–, y las excursiones de repente, por si alguien no se ha dado cuenta, son las que no te esperas. Llegas del colegio y tu madre te dice,

–Venga, niña, arréglate, que nos vamos de excursión.

Como era un jueves por la tarde a mí me extrañó.

–¿De excursión? ¿Ahora? ¿Adónde? –y mi madre, que tenía la mirada desusadamente brillante, me dijo,

–A las montañas, ¡a las montañas del norte! ¿No quieres? Venga, mujer, que nos están esperando –y yo iba a apresurarme, cuando se me ocurrió algo.

–Entonces, ¿mañana no voy al colegio? –y mi madre se alarmó.

–¿Quieres ir? Si no vas un día no pasa nada. Ya iré yo a hablar con tu profesora para explicárselo –y media hora después entrábamos en el bar en el que ella trabajaba.

Mi padre no estaba. Como tenía unos días de vacaciones, se había ido con unos amigotes a una ciudad distante para ver un partido de fútbol de su equipo preferido y no volvía hasta el domingo por la noche, por eso pudimos hacerlo tan tranquilas, pero, por si acaso, mi madre dejó descolgado el teléfono antes de irse.

En donde habíamos quedado era allí, en su bar, al lado de casa, tres manzanas más allá, sólo que aquella vez no fue a trabajar porque llegamos y en la barra había un señor y una chica que nos recibieron muy sonrientes y a mí me dijeron,

–¿Quieres una cocacola?

Yo dije que sí, claro, pero me pregunté una vez más por qué las personas mayores ofrecen cocacolas a las niñas; a mí me parecía uno de tantos misterios de la naturaleza.

Luego mi madre nos presentó.

–Este es Juanito y esta Mairena, y esta mi hija Nastasia.

Yo les di unos besos y me tomé la cocacola con una paja, callada y mirándolos de reojo, mientras ellos hablaban. El tal Juanito, que era un poco mayor que mi madre, llevaba un mapa en la mano y estuvieron mirándolo, y luego, en seguida, nos fuimos. Nos montamos en un coche buenísimo y nos pasamos todo lo que quedaba de tarde, y parte de la noche, de viaje por carreteras que no había visto nunca. Mi madre y yo íbamos en el asiento de atrás y a mí me gustaron mucho los paisajes. Al principio los árboles eran chopos, grupos de chopos anaranjados, pero luego cambiaron y aparecieron unos que me resultaban desconocidos.

–¿Cómo se llaman esos árboles?

Mi madre no lo sabía, pero Juanito, el que conducía, sí.

–Se llaman robles. ¿Ves aquellos de allá arriba? Pues aquellos son hayas. ¿Te gustan los colores?

–Sí.

–Pues eso es porque estamos en otoño.

Debimos de ir muy lejos porque tardamos mucho, y al final había muchas curvas. Íbamos por una carretera muy estrecha y con muchísimas curvas en una noche con luna, cuando Juanito señaló hacia la derecha y nos dijo, ¡mirad, mirad!, y sí, efectivamente, miramos por la ventana y allí al lado había unas enormes montañas iluminadas por la luna. Eran tan grandes y tan quebradas, y estaban tan cerca, que parecía que se nos iban a caer encima. Se las veía perfectamente. Encima de ellas había nubes blancas y el cielo estaba azul, oscuro pero azul, y algunas estrellas, las que dejaba ver la luz de la luna, parpadeaban como chiribitas. Desde entonces ya no pude apartar los ojos de aquella visión sobrenatural, sólo cuando los árboles que había al borde de la carretera me la tapaban, pero pasaban en seguida y yo volvía a buscar la luna y las luces del cielo azul oscuro, aquel cielo enmarcado por las enormes montañas de piedra...

Luego, desde que empezamos a ver las montañas, transcurrió muy poco tiempo hasta que llegamos a nuestro destino. A trechos había unas farolas mortecinas que señalaban los pueblos, y al final llegamos a un grupo de casas en el que paramos. Yo salí del coche y noté que hacía frío, porque era el final del otoño y por la noche, pero desde fuera se veía mucho mejor lo que nos rodeaba, pese a que fuera de noche, y estuve mirando a mi alrededor todo lo que pude, aunque en seguida entramos a una de las casas del pueblo. Era una casa antigua pero preciosa. A lo mejor había más gente, pero yo sólo vi a una señora que nos acompañó al piso alto y nos enseñó nuestras habitaciones, que también eran muy bonitas. En la nuestra sólo había una cama grande, así que yo tenía que dormir con mi madre, pero mejor, claro, porque casi nunca dormíamos juntas y era de las cosas que más me gustaban. Luego nos dieron de cenar, ya no recuerdo qué, aunque no importa. Seguro que estaba bueno, porque no recuerdo nada malo de aquellos días, todo lo contrario, y cuando acabamos me hicieron acostarme. Les di un beso a todos y mi madre me llevó al cuarto y me tapó entera.

–No te destapes que aquí hace frío. Duérmete, que yo vengo en seguida –me dijo, y se fue.

Yo me quedé con un palmo de narices porque ya no iba a poder hablar nada, con lo que a mí me gustaban las conversaciones nocturnas e irte quedando dormida poco a poco..., pero bueno, me conformé, ¡qué le iba a hacer! Me estiré allí dentro, bostecé y estuve pensando en aquel lugar tan raro en el que estaba. Seguro que fuera todo estaba lleno de árboles anaranjados y de ...

Lo que sucedió fue que pasé bastante frío porque ella no vino hasta muy tarde. Como la cama era tan grande no se calentaba nunca. Siempre que te movías tocabas en algún sitio que estaba helado, sobre todo por la parte de los pies. Al principio me dormí, pero luego, en mitad de la noche, me desperté. Estaba todo oscuro y apagado, aunque por la ventana entraba un poco de la luz de la luna, y yo seguía sola. Mi madre aún no había vuelto, y yo, entre sueños, agucé el oído y escuché como unas risas. Era allí al lado, en donde habíamos cenado. Luego se oyó a Juanito decir algo y me volví a quedar dormida, y ya no me desperté hasta por la mañana, agarrada a mi madre y ella durmiendo a pierna suelta.

–Mamá... –y mi madre se movió.

–¿Qué?

–Que ya es muy tarde. Mira, es de día.

–Bueno, no importa, sigue durmiendo, ¡ay...! –y nos volvimos a quedar dormidas otro rato y yo noté que ya no tenía nada de frío.

Aquel día, después de desayunar, nos subimos a las montañas por un camino de piedras y tierra, un camino bastante largo y empinado. Juanito y yo íbamos delante, y Mairena y mi madre detrás, hablando. Nosotros también hablábamos.

–¿A que no sabes qué es subir a la montaña?

Yo me quedé muda.

–Pues subir a la montaña es un acto social.

Yo seguí muda, pero Juanito se lo decía todo.

–Bueno, un acto social, no; es un acto individual. Subir a la montaña es recorrer la vida con tus propias fuerzas, algo que todos debemos hacer. ¿A ti te gustan las montañas?

–¿A mí...? Muchísimo. Y los bosques.

–Bueno, pues ahora vamos a pasar también por algunos bosques, ¿los ves ahí arriba? En seguida llegamos.

Anduvimos toda la mañana por aquel camino y, en efecto, atravesamos algunos bosques, pero más que bosques de verdad eran sólo grupos de árboles. Como aquello estaba muy alto, allí no prosperaban los bosques enteros, y lo poco que había se acabó en seguida dando lugar a peñascales. Todo eran piedras grandísimas, la mayoría de las cuales debían de haber bajado rodando desde arriba, y cuando ya empezaba a cansarme aparecieron ante nosotros unos grandes campos verdes en lo más alto, unas praderas en la cuenca escondida de los montes. A nuestro alrededor todo eran grandes cumbres de piedra blanca y nombres sonoros, pero no me los aprendí. Uno se llamaba Peña Vieja, y otro me parece que Peña Santa de Castilla, sí, me suena, porque Juanito nos lo estuvo explicando, sobre todo a mí. Estuvimos mucho rato sentados en el suelo, al principio en unas piedras y luego sobre la hierba verde de un lugar encumbrado, y también nos hizo fotos.

–Nunca había ido de excursión con tres mujeres. Es mucho mejor que con tres hombres. Los hombres no hablan más que de fútbol –y yo me acordé de mi padre, pero no dije nada.

Luego dimos otro paseo por el campo verde, ¿nos llegamos hasta aquellas peñas?, y al final bajamos al pueblo muy tarde, como a las cuatro o las cinco, todos con mucha hambre, y comimos alubias. Las alubias no era lo que más me gustaba del mundo, pero como Juanito dijo que allí había que comer alubias, que era lo obligado, transigí y dejé que me hicieran el menú.

–Nastasia, ¿cómo es eso de que a ti no te gustan las alubias? Siempre las comes.

–Sí, pero no es lo que más me gusta.

–Bueno, prueba estas y ya veremos.

Me llenaron el plato hasta arriba, y cuando las probé me di cuenta de por qué era lo obligado, ¡estaban buenísimas!, no se parecían en nada a las que yo conocía. Aquellas tenían el caldo espeso y como rojizo, y todo estaba lleno de trozos de chorizo que sabían a humo.

–Qué, ¿bien?

–Huy, sí, más bien...

Cuando acabamos de comer resultó que se había hecho casi de noche, porque, como ya dije, todo esto sucedió en noviembre, y en noviembre, y en diciembre más, se hace de noche en seguida, así que nos dedicamos a recorrer unos cuantos pueblos que había cerca. Uno tenía una torre antigua y otros estaban en laderas verdes y oscuras. También fuimos a una fábrica de quesos muy vieja en la que nos dieron a probar el que hacían, que estaba buenísimo. Todo estaba muy sucio, pero eso daba igual, y Juanito compró unos cuantos pero mi madre no quiso ninguno.

–No, ¿cómo vamos a llevar esto a casa? Tu padre pensaría que hemos estado de viaje –y yo, que ya me veía sin queso, insistí.

–Pero podemos decir que nos lo ha regalado alguien...

Mi madre, sin embargo, se rió.

–No, mujer, ¿para qué vamos a darle ideas? –y yo me quedé sin el queso, con lo bueno que estaba..., y como era de noche y hacía frío volvimos en seguida a nuestra casa.

Allí la señora nos dijo,

–¿No van ustedes a ver lo del orujo? Ahora es la época. En la casa de al lado lo va a hacer mi hermano. ¿Quieren ir a verlo?

Lo del orujo era que lo destilaban.

–Seguro que no sabes qué es destilar.

–No.

–Bueno, pues ahora vamos y nos lo enseñan.

Llegamos a otra casa, al bajo de otra casa. Era como el garaje pero no había coches. Lo que había eran muchos trastos, montones de leña cortada y un señor mayor que estaba zascandileando por allí.

–¡Ah!, pues llegan ustedes un poco pronto, no empezamos hasta las cinco de la mañana, ahora estaba yo preparándolo... ¿Querían comprar algo? ¿De dónde son ustedes?

Estuvimos un rato viéndolo todo, y luego nos volvimos a casa porque ya era muy tarde y había que cenar. Como allí se comía tan bien no perdonamos ni una comida, y además Juanito era un gran comilón y decía que era pecado hacerlo.

–Nastasia, ¿qué quieres cenar esta noche? Fíjate, ¡hay truchas del río! –pero a mí no me gustaba el pescado, aunque fuera del río.

–¿Yo puedo comer alubias?

–¿Alubias otra vez? ¿Por la noche?

–Sí, ¿no puedo?

–Sí, mujer, claro, cómo no vas a poder... ¿Quieres alubias otra vez?

–Sí.

–Bueno, pues alubias para la niña. ¿Quedarán?

–Sí, alguna quedará; además, ahora estarán mejor.

... y aquella noche, mi madre, que debía de estar bastante cansada de andar por los montes, y los demás igual, se vino a dormir conmigo en cuanto acabamos de cenar, y como yo también estaba con sueño no me enteré de nada, ni del frío ni de nada, y además no hablamos, no nos dio tiempo, sólo me tocó un poco la cabeza.

–Jo, hazme eso –porque mi madre tocaba la cabeza que no era normal, te quedabas sopa sin remedio, de forma que nos quedamos dormidas en cuanto nos metimos en la cama, dormimos toda la noche de un tirón, y al día siguiente nos levantamos muy temprano y fuimos a ver aquello del orujo.

Tenía que ser temprano porque era el momento en que todo ello se llevaba a cabo. Los que lo hacían, que eran tres señores del pueblo que estaban muy contentos y venga a frotarse las manos, empezaban por la noche y seguían así durante todo el día.

–¿Cómo se llama eso?

–¿Eso...? Pues eso se llama «alquitara». ¿Ves que tiene fuego debajo? Hay que alimentarlo todo el tiempo para que no decaiga.

–¿Y eso?

–¿Eso...? Oye, ¿cómo se puede llamar esto? –y lo tocaba.

Por allí hubo un momento de duda y confusión.

–Pues no sé. ¿Cómo lo llamas tú?

–Pues se llamará canilla.

–¿Canilla? No creo; eso es lo de las barricas de vino.

–Pero es lo mismo.

–¿Lo mismo...? Piensa, hombre, que la niña quiere saber cómo se llama –y yo me sentí aludida.

–No, si da igual...

–¡No, mujer, qué va a dar igual!

... pero se les olvidó, y luego nos invitaron a probarlo. Metían una copa, como las del coñac que bebía mi padre, en el chorrito que salía por... ¿la canilla? Sí, eso. Pues ponían una copa, dejaban que cayera un poco y nos lo daban. El primero que lo probó fue Juanito, y dijo,

–¡Está buenísimo!, ¡probad, probad! –y les daba a Mairena y a mi madre.

Ellas bebieron y dijeron lo mismo.

–¡Qué bueno...! –y se relamían.

Como hacía mucho frío, porque afuera estaba medio nevando, íbamos todos muy abrigados y aquello nos sentó de miedo.

–¿Puedo probar yo?

–Bueno, pero sólo probarlo, ¿eh? –y a mí me supo un poco raro.

Sólo me mojé los labios, puse unas caras rarísimas y lo dejé; los demás se rieron.

–Está fuerte, ¿verdad?, porque esto no es para niñas. No, que esto es para personas mayores, pero no te preocupes que no te va a sentar mal, todo lo contrario –y así fue.

Cuando salimos de allí, al cabo de una hora y con unas cuantas botellas que compró Juanito metidas en una bolsa, íbamos todos contentísimos y nos fuimos a desayunar otra vez. Volvimos a casa y la señora nos dijo,

–¿Que quieren desayunar otra vez...? Por supuesto, ahora mismo. ¿Quieren ustedes unos huevos? Los acabo de coger.

... y nos comimos unos huevos fritos que no se me han olvidado. Además nos puso jamón y chorizo, todo frito, y más cosas, como una especie de tortas que se llamaban...

–¿Cómo?

Frisuelus, hija, frisuelus . ¿Tú no sabes qué son los merdosos?

–No.

–Bueno, pues parecido –lo que no me sacó de dudas pero me dio igual, aunque aquel nombre...

Sin embargo, me comí todos los que pude y luego ya me encontré en paz con el Universo. La señora, además, nos dio la receta porque Juanito estaba muy interesado.

–¿Esto? ¡Pero si es muy fácil...! Fíjese usted: se hace el batu ..., se le da el puntu ..., y ya está.

... y cuando salió el sol, porque al principio nevaba pero luego se despejó y asomó entre las nubes, no mucho pero algo asomó, nos fuimos a un pueblo grande que había allí cerca y en donde aquella mañana ponían un mercado. La gente iba con paraguas y unos zapatos de madera que hacían mucho ruido, y todos compraban panes de torta. Allí vendían de todo, sobre todo chorizos y pimientos, y al final comimos en un sitio que era como antiguo y con vigas de madera. Comimos otra vez muy bien, pero ya no voy a contar más porque lo que nos sucedió desde entonces fueron cosas parecidas.

Fue un fin de semana muy raro y muy largo, y yo me digo..., vamos, entonces no me di cuenta de nada pero ahora me digo, mi madre, ¿hizo una excursión con uno de sus múltiples amigos? Pues es muy posible. Como era tan guapa, podía permitírselo. Yo, entonces, no tenía más que diez años y todo me parecía bien. Además, prefería estar con cualquier persona antes que con mi padre, y aquellos dos, Juanito y Mairena, eran muy simpáticos y se portaron de película. Ahora, al cabo del tiempo, lo pienso y mis recuerdos son muy bonitos. ¡Qué grande parece todo cuando eres pequeña...!, esa es la verdad. A las montañas las llamaban los Macizos de Europa, ¡no, tonta!, ¡los Picos de Europa!, lo que sucede es que como los picos son muchos los dividen en varias partes y a cada una la llaman «macizo», el Macizo Central, el Macizo Oriental..., ¿será así? Bueno, sí, algo así debe de ser. Macizo, ¡qué gracia!, ¡macizo...! Yo creía que eso sólo se les decía a los hombres, ja ja. Bueno, a Juanito le voy a llamar desde ahora «el macizo de Europa», no sé por qué, o bueno, sí sé por qué, es que está muy bien..., y sí, ¡qué grandes y bonitas nos parecen las cosas cuando eres pequeña...! Todo es mágico y del color del caramelo, los árboles, las montañas también, aunque aquellas fueran blancas, y la comida y la bebida..., más ahora que soy mayor; ahora sí que me acuerdo. Todavía hay tontos a los que sacan una botella a la mesa, leen la etiqueta y dicen, vaya, jolín, ¡orujo de Liébana!, cuando lo que tienen ante sí es matarratas de alguna factoría del noroeste. El orujo de Liébana es diferente. Es algo que no raspa, y si bebes bastante –lo que sólo puedes hacer de mayor, claro está; de pequeña no porque se te estropea el hígado, ¿entendido?; sí, entendido–, bueno, pues al día siguiente ni te acuerdas, es como si no hubieras bebido nada, aunque de lo del noroeste sí te sueles acordar, esa es la diferencia, y mi padre, por acabar de contarlo todo, no se enteró de lo que había sucedido. Su mujer y su hija se fueron de excursión durante casi cuatro días y él no se enteró de nada. Me imagino que pensaría que habíamos estado allí todo el fin de semana, esperando o guardándole ausencias, porque los que creen que lo saben todo no se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor. Lo podía haber descubierto, porque a una niña se le puede sacar la verdad muy fácilmente, pero le importábamos tan poco que yo creo que ni se le ocurrió. Yo dije como de pasada que habíamos estado en el cine y él me mandó a mi cuarto a estudiar.

–Hala, hala, muy bien; vete a tu cuarto y mira a ver si tienes algo de provecho que hacer –y se puso a liar uno de sus cigarros.

Yo ya sé que los niños somos muy pesados y que a los mayores los agobiamos, pero mi padre..., ¿qué quieren ustedes que diga? Pues que se pasaba, qué voy a decir, se pasó toda su vida, y eso cuando no llegaba, que solía ser la mitad de las veces. Bueno...

Una botella en el océano

-

Todo el mundo ha oído hablar de botellas en el océano. Unos las arrojan y otros las encuentran. Es lo mismo, o tan improbable una cosa como la otra, porque hoy en día poca gente tira botellas al mar, y no digo nada de los que casualmente se topan con ellas...

El caso es que yo he escrito acerca de ambas situaciones, las dos veces en la misma novela ( "Europa barroca" ), y para que veáis que no me tiro faroles, ahí van los trozos a los que me refiero:

Cuando alguien las arroja (página 363 de Europa barroca):

Sandy y yo tuvimos una temporada, una temporada cortita, de rollo macabeo, de rollo patatero, ¿qué íbamos a tener?, yo le llevaba casi veinte años... Sandy vivía en su casa de siempre, con Claudia y Pedro, pero tenía otra alquilada, un ático viejo en un tejado que daba a un patio, y fuimos allí a veces. Tal y como quería le hice un montón de fotos, fotos caminando por la calle, fotos en las mesas de los bares, fotos al lado del mar una vez que hicimos una excursión hasta un lugar desde el que, aunque lejos, se veía África, una excursión que duró varios días y en la que lanzamos al mar un mensaje en una botella. Esto era algo de lo que habíamos hablado cuando era pequeña pero nunca habíamos llevado a cabo.

–¿Quieres que lo hagamos ahora?

–¡Huy, sí!

–Bueno, pero ¿cuál va a ser el mensaje?, ¿qué vamos a escribir...? Escribe tú algo, que ya eres mayor.

Sandy lo estuvo pensando durante una mañana tumbada en una playa de piedras, y luego, tras buscar un papel marrón que parecía antiguo, con un pincel y su fantástica letra, toda llena de adornos y jeribeques, escribió,

¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,

reputándolo yo por desvarío,

vi mi mal entre sueños, desdichado!

Soñaba que en el tiempo del estío

llevaba, por pasar allí la siesta,

a beber en el Tajo mi ganado;

y después de llegado,

sin saber de cuál arte,

por desusada parte

y por nuevo camino el agua se iba;

ardiendo yo con la calor de estiva,

el curso, enajenado, iba siguiendo

del agua fugitiva.

Sandy me miraba ávidamente.

–¿Te gusta? ¿Tú crees que sirve...?

Yo me quedé por completo ensimismado. Cuando lo leí estaba sentado en una terraza mirando al mar solitario, y de repente me encontré totalmente distendido, como si me hubiera enchufado al bálsamo de las huríes... Siempre he tenido mucho miedo a la magia propia de las mujeres, de forma que la miré, me reí y le dije,

–Tú me quieres liar.

Sandy me miró también; mejor dicho, se me arrimó.

–¿Sabes de quién es?

Yo contesté,

–Sí... Bueno, de alguien del Siglo de Oro.

A Sandy no le costó nada decirlo, y lo dijo como hay que decir estas cosas.

–En realidad lo he escrito para ti. ¡Tú eres el del agua fugitiva! ¡Y el que ve su mal entre sueños, desdichado!

A mí me dio la risa. Sandy era una verdadera artista, todas sus manifestaciones lo eran.

–Hija mía, haz algo mal, que no quiero enamorarme de ti.

Sandy se apoyó aún más.

–¿Ah, no? ¿Y yo qué...? Cuando era pequeña estaba enamorada de ti, y no me hiciste ningún caso.

–Ja, ja... ¡Pero tú eras una niña!, y las niñas...

Sandy me agarró de un brazo.

–¿Quieres saber quién eras tú? Cuando yo era pequeña tú eras el demonio. Tú eras un tío que, cuando te cortabas el pelo, a los pocos días, ya volvías a tenerlo todo disparado; te salían rabos por todas partes, igual que a los demonios en los cuadros del Bosco... ¡Esa era una facultad tuya diabólica!

Allí, en la hamaca, al final, medio agarrados, le dije,

–Oye, vamos a portarnos bien, ¿verdad?

Conseguimos una botella vieja, una botella buenísima y de cristal gordo, encerramos dentro aquel poético pergamino que glosaba las asechanzas del maligno, la cerramos con un corcho que casi no cabía y nos costó mucho meter, y la lanzamos al mar desde la orilla de la playa.

–¿Qué pensará el que la encuentre?

–¿Tú crees que la encontrará alguien?

–A lo mejor... O a lo mejor un pez martillo rompe el cristal y el papel es recogido por una sirena...

Todo esto sucedió al atardecer, sentados en una duna, mirándonos de reojo y cogidos de la mano, mirándonos incluso demasiado...

Al fin, ¿quieren saber ustedes cómo se resolvió aquella azarosa y volandera relación? Muy sencillo: Sandy, que era muy lista, tenía una amiga en California, y resultó que se casó de repente, o sea, que desapareció de la noche a la mañana; Sandy, fue Sandy la que desapareció de mi vida, y su amiga la que se casó. Tardó cerca de un mes en volver –un mes en el que me sorprendí comiéndome ligeramente los puños y mirando por la ventana, buscándola...–, y cuando volvió, un día en que me la encontré en su casa, la de Claudia, sonriente como ella era me dijo, oye, ¿sabes que mañana me voy?, ¿adónde, mujer?, a Noruega; ¡fíjate!, ¡vamos a hacer cabañas de troncos!, y de aquel viaje tardó tres meses en volver. Bueno, yo la entendí perfectamente, y lo de los puños se me pasó en seguida. Sandy siempre fue un modelo de discreción y buen hacer, siempre fue una niña buenísima.

Cuando alguien las encuentra (pagina 591):

María, mimada por sus padres, creció como crecen todos los seres vivos, y una tarde en que habíamos ido a dar nuestro vespertino paseo, una tarde cualquiera en que, haciendo tiempo para contemplar la imaginable puesta de sol transitábamos por la interminable playa que había frente a nuestra casa, encontramos una botella tirada en la arena. La botella era verde y oscura, pequeña y gruesa, vieja y pulida, y tenía un tapón de corcho, un tapón muy bueno, porque seguramente había resistido tempestades y turbonadas. La botella había llegado conducida por las olas, y tras rodar por la playa se había quedado milagrosamente frenada en el lugar más visible por la presencia de una piedra oportuna. María, que más que pasear, correteaba, fue hasta ella y se agachó a mirarla. Yo llegué a su lado, me agaché a mi vez y allí permanecimos los dos un rato, contemplándola sin saber qué decir.

–Tiene dentro un papel... ¿Tú crees que estará escrito? ¡Mira que si es un papel en blanco!

María me miraba ansiosamente sin atreverse a tocarla, pero yo la cogí y dije,

–Ven, vamos a abrirla –y fuimos hasta la duna y nos sentamos en su falda.

Me costó sacar el corcho, para lo que tuve que utilizar una herramienta que llevaba en el bolsillo, pero al final la destripamos sin romperla.

–¿Y ahora qué?

En su interior, doblada y húmeda, había una inconfundible hoja de amarillento papel.

–Sácala –y María, con los nervios a flor de piel, la sacó y me la dio.

Con toda la prosopopeya de que fui capaz, y muchísimo cuidado de no romperla, la desplegué y la miramos. Desde el ángulo superior izquierdo, una nereida dibujada por algún artista, una nereida burbujeante y muy finamente trazada con tinta que seguramente era china, nos contó un cuento de nereidas redactado en un idioma muy sencillo, tan fácil que hasta yo pude leerlo de corrido.

«A quien pueda interesar este mensaje escrito en papel de algas por una nereida del Mar de India. Aquí estoy con mis compañeras. Nuestro atolón no viene en las cartas, pero eso no importa; es un arrecife carmesí rodeado por lobos marinos que son nuestros amigos, que nadie tema nada. El Firmamento nos observa y atentamente escucha nuestros cantos, los cantos de las nereidas del Mar de India. A vosotros que me habéis encontrado, os pregunto: ¿tenéis vosotros también un sátrapa? El sátrapa es a quien hay que temer. Es un patricio gordo, sí, un patricio entrado en años, de escaso pelo blanco y túnica palmada. Estos eran personajes muy importantes durante el Imperio Romano; quienes fabricaban las armas, todo el armamento que utilizaban las legiones romanas, que eran muchas y nutridas. El patricio está recostado en un triclinio, y a su alrededor varias diminutas cortesanas le rendimos pleitesía. El patricio, que es gigantesco comparado con su entorno, y gordo y calvo, está a punto de comerse un bocadito. El bocadito es un ser humano convenientemente churruscado del tamaño de las cortesanas, del tamaño de nosotras mismas: este es nuestro sátrapa, y sólo come bocados escogidos. A veces se siente magnánimo y se nutre a base de cabras y niños diminutos, pero cuando se le va quedando caducada la munición, se molesta y suele llevarse a la boca el cadáver, convenientemente preparado, de una de nosotras; para eso es quien fabrica las armas...»

Llegado a este punto miré al horizonte marino, en donde con gran derroche de colores se ocultaba el sol, y tras dudarlo, dije,

–Una vez hice algo de esto con Sandy. ¿Alguien lo encontraría...? Nuestro mensaje era aún más raro que este. Sucedió hace mucho tiempo y también estábamos en una playa, y se ponía el sol. Fuimos hasta la orilla con otro enigmático papel metido dentro de una botella parecida a la que hemos encontrado –lo escribió ella con su fantástica letra–, y lo lanzamos al mar abierto lo más lejos que pudimos. Luego se perdió en lontananza y nos estuvimos mirando a los ojos. ¡Hija, qué tiempos aquellos...! ¿Tú no sabes quién era Sandy? Pues Sandy no era, que es tu seudoprima y anda por ahí con sus estudios a cuestas. Sandy la etimóloga y Sandy la polígrafa...

»Sí, en esta familia, que es la tuya, a las mujeres les ha dado por estudiar y a lo mejor a ti te sucede lo mismo. Por si acaso ya sabes leer, y dentro de poco aprenderás a escribir, que no conviene dejar pasar el tiempo en balde. La negra, tu madre, me dice que no te maree, ¿no crees que es muy pequeña?, y yo le digo, no, no lo creo, para la ilustración nunca es temprano, y más valdría que, paralelamente, tú le enseñaras a leer en inglés; los niños tienen ansia de aprender, y si tienen alguien que los contemple, les haga caso y les enseñe... Eso fue lo que Claudia y el jefe hicieron conmigo, y no es difícil; basta con adornarse y disfrazarlo de cuento de hadas.

Además, yo, al propio tiempo, le he enseñado a leer música, lo que tampoco es difícil porque la música es un lenguaje más, otro lenguaje con sus reglas y signos. Con el mismo esfuerzo que se aprenden las letras, y para un niño esto no es un esfuerzo insuperable, se pueden aprender las notas musicales. A, e, i, o, u ó do, re, mi, fa, sol, ¿qué más da...? Si lo hubieran hecho conmigo no me hubiera costado tanto aprenderlo de mayor. Además, estos idiomas son intercambiables y se puede jugar a las traducciones.

–¿Be a ce hache? Pues... –y María me miraba asombrada.

–¿Qué es hache?

–La siguiente a la ge.

–¡Ah, sí! ¿Es esta? –y golpeaba con saña el si de la octava superior; lo hacía en el piano, entendámonos, y sentada encima de mí, y yo le decía,

–Sí, esa es. Toca be a ce hache –y María, con la envidiable soltura de quien ha aprendido de muy pequeña, tocaba be a ce hache, be a ce hache, be a ce hache...

–¿Te suena a algo?

María volvía a tocarlo y decía,

–No... Bueno, sí... ¿A la música de las estrellas? –porque yo le había compuesto, naturalmente fusilándolas de los maestros, una serie de piezas a su alcance.

Las escribimos en un auténtico cuaderno de papel pautado, en la tapa caligrafiamos, «Música del cielo estrellado», y ella lo iluminó, según su recto entender, con lápices de colores. Allí se hablaba de la música de Orión, de la música del Centauro, de la música de Casiopea, de la música de los Planetas y de la de los Cúmulos Estelares... ¿Quieren ustedes oír más? Pues también estaba la Música de la Galaxia del Remolino, que era mi preferida y estaba basada, lógicamente, en un coral de Bach endiabladamente difícil. Ella, mi niña, aun antes de aprender a escribir, juntaba las manos y tocaba el acompañamiento tan pronto con la izquierda como con la derecha. Yo me quedaba embobado, pero ya se sabe que las niñas...

Cuando miré, por ver el efecto que todas aquellas solemnes palabras le habían causado, me encontré con que se había quedado dormida apoyada en la pared de la duna y el dedo gordo metido en la boca, su embetunado aspecto, su incipiente coleta, sus gafas y su parche de pirata, y tal era su expresión de placidez que no me atreví a interrumpir mi arenga. Antes bien añadí,

–Además, ya lo dice la canción: una voz bella quién la tuviera para cantarte toda la vida, pero mi estrella me dio este acento y así te canto, niña querida ... – y acto seguido, procurando que no se despertara, la levanté en vilo, y con ella en brazos y nuestro fabuloso tesoro en el bolsillo, la botella verde conteniendo la fábula del sátrapa armamentista de las nereidas, tomé el camino de casa.

Sí, mucha gente lanza mensajes a la inmensidad marina, y otra mucha acaba encontrándolos en una playa desnuda y se vuelve a casa pensándolo. Yo, por si acaso, por si aquel fuera alguna suerte de mensaje cósmico, coloqué la botella, con el mensaje en su interior, en una vitrina en la que conservaba algunos fetiches: dos antiguas máquinas de fotos que me habían hecho harta compañía, una maqueta de nuestro barco, una navaja que tenía cuatrocientos años y varios objetos más de este jaez. Aquella fue una tarde enriquecedora, porque estas no son cosas que sucedan todos los días.

Crucita y yo

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Crucita es una niña superguai (tocada por el dedo de los Dioses, podría decirse) que cuenta sus andanzas desde la cuna hasta que cumple veinte años; infancia y juventud, es decir, la mejor edad, pues después ya nos ponemos todos muy pesados y no hacemos otra cosa que protestar y repetirnos. Su narración ocupa 400 páginas y es cualquier cosa menos normal, porque Crucita, a quien también se conoció como rubia, niña pequeña, bella durmiente, especie de maciza y otros varios adjetivos de parecido tenor, estaba tocada por el dedo de los Dioses, y de esos hay muy pocos, y por el cariz que están tomando los acontecimientos (pornografía, política, cotilleo, fútbol y otras lindezas con que nos obsequia el systema), cada vez va a haber menos.

Bueno, pero no es mi intención poner aquí debajo alguna parte de este libro (una novela novela, ¿eh?; a ver si alguien se va a pensar lo que no es...), sino que, mucho mejor, coloco los enlaces de varios trozos que he ido poniendo en los blogs, y así, el que quiera, puede conocerla. Imagino que pocos lamentarán poner la vista encima a tan significado personaje, y no sólo por lo guapísima que es, que eso ya se nota, sino por las cosas que dice, que pocos serán capaces de imaginar antes de leerlas.



Crucita la parlanchina comienza su andadura


Monólogo de la niña cuando le tuvo que poner nombre a su perro


Receta de fabada que el Rockero (que es asturiano) explica a Crucita


Cuando Crucita cumplió quince años


Luna de miel de Crucita



Influencia de la música sobre la escritura

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Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo segundo.

Resulta frecuente sentarse ante la mesa dispuesto a escribir algo maravilloso..., y quedarse en blanco. Pues bien, para combatir tan estéril y frustrante estado de ánimo propongo una receta que a mí me ha dado un resultado cuando menos sorprendente: se trata de escuchar música, de dejarse acompañar por la música (la más bella de las Bellas Artes, como es sabido) al modo en que lo hacía el antiguo hilo musical . No se trata de escucharla conscientemente, sino antes bien de permitir que la mente se sumerja en su acariciador arrullo (por decirlo de una manera historiada) y, bajo su influjo, las neuronas que todos tenemos en el cerebro se vayan acoplando adecuadamente, que no otro es el fenómeno físico al que llamamos inspiración . Por extraño que pueda resultar (a muchos les sonará a cuento chino ), es un truco que da resultado, y llega un momento en que las ideas afluyen a la cabeza como surgidas de un lugar que estuviera fuera por completo de los límites de nuestro limitado universo cotidiano, que no es poco. Eso sí, hay que perseverar en el empeño, y añadiré que nadie debe esperar resultados tangibles tras un par de sesiones, pero esto es lo de menos, pues para escribir cosas que valgan la pena hay que aplicarse en la labor durante un número de horas que habría que describir con guarismos más propios de la astronomía.

Y en cuanto a qué música, también desvelaré mi personal punto de vista: yo conseguí tan peculiar estado de ánimo (y advierto que no me ha abandonado y sospecho que ya nunca lo hará, pues en momentos de sequía sigo utilizando este recurso) escuchando una tras otra las famosísismas y abracadabrantes (y digo poco) cantatas de Juan Sebastián Bach, el más influyente y armónico músico que nunca vivió sobre este planeta nuestro. Tienen la ventaja añadida de que son muchísimas (unas 230), y cada una dura del orden de 25 minutos (por término medio), por lo que tras meses y meses de veladas audiciones vuelves a empezar y no te acuerdas de nada, siempre te parece música nueva, que es lo que menos distrae a nuestros propios pensamientos, pues son ellos, precisamente, los que tienen que fluir de la más espontánea de las maneras.

Nota final:

Lo que he escrito, contra el parecer de muchos (seguramente la mayoría en esta sociedad en que lo único que se vende es el fútbol, el cotilleo, la pornografía y todo aquello que nos dicta la televisión), es la pura verdad, aunque resulte raro, y desde aquí recomiendo encarecidamente el uso de esta técnica que da magníficos resultados, como he aprendido por propia experiencia, aunque tampoco desecho la posibilidad de que otras personas consigan lo mismo escuchando otras clases de músicas. Ya me contaréis, si es el caso y alguien se atreve con el experimento.

AQUÍ TENEMOS DE TODO; MENOS VERGÜENZA, DE TODO

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"Crucita y yo", novela de la que harto he hablado en este y en todos mis blogs, tiene unas 400 páginas, ¿y a que no sabéis lo que se me ha ocurrido? Pues muy sencillo: poner la 95, que dice de la siguiente manera.

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Cualquier profesión es un oficio. Hay gente que las llama carreras, como mis antiguas colegas –ya que hablamos de ellas– o los abogados del Estado y los ingenieros de Caminos, pero esto son ganas de adornarse. Cualquier profesión es un oficio y conviene conocer la técnica, todas las técnicas. Si no, ¿qué oficio es ese?

Una de mis primas, una a quien conocí en la época de la guerra de las galaxias y había sido campeona provincial de kárate...

–¿De kárate?

–Sí, en la modalidad de kumite, que quiere decir combate.

–¿Y pegaba mucho?

–No, todo lo contrario. Decía que el arte supremo no es el de pegarse, eso es facilísimo; el arte supremo, en realidad, es el toreo.

–¿Cómo el toreo?

–Pues el toreo, mujer, el arte de Cúchares. Citas, te apartas, vuelves a citar..., y cuando tienes al morlaco medio mareado, le metes una estocada que lo dejas por el suelo. Ya sólo te queda descabellar y saludar al tendido. ¿Tú no lo ves así? Es verdad que a veces te puedes llevar una cornada, pero no todo iba a ser perfecto; perfecto no hay nada, no fuera malo.

–Oye, ¿tú te crees todo eso?

–¿Cuál?

–Pues lo que acabas de decir.

–Pues claro. ¿Cómo no lo voy a creer? Es la pura verdad.

Bueno, pues mi amiga, la partidaria de la cordura, quería editar una «Guía de las casas de trato de Tarazona y su término», a la que auguraba gran éxito.

–Tarazona es tierra fronteriza, tierra de paso. Antiguamente pasaba por sus cercanías la Vía Apia, y ahora tenemos la Nacional 121 y la Nacional 122. Se juntan en las mismas afueras del pueblo, en el cruce, que suele estar lleno de camiones.

–¿Cómo va a pasar la Vía Apia? Eso estaba en Roma.

–Bueno, sí, pero ¿tú no has oído decir que todos los caminos llevan a Roma...?, aunque quizá fuera mejor que se llamase «En las faldas del Moncayo». ¿A ti qué te parece?, ¿qué daría más resultado? –y yo le dije que lo de las faldas.

–Así matas dos pájaros de un tiro. Cuando un tipo lee la palabra «faldas» no piensa en una montaña. Lo que puedes hacer es poner los dos títulos. Encima lo de las casas de trato, y debajo, más pequeño y entre comillas, lo de las faldas –y me parece que eso fue lo que hizo.

Se largó a su pueblo, que era uno de aquella zona, y montó un garito al borde de la carretera. Yo me enteré porque una vez me llamó por teléfono para pedirme consejo sobre cuestiones técnicas, cuestiones relacionadas con la intendencia, pero al final acabamos contando chistes.

–¿A que no sabes lo que me dijo el otro día uno con cara de malo y las manos llenas de grasa? Pues, mirándome fija y cavernosamente, me dijo, ¡te la voy a meter en donde no te la ha metido nadie! ¿Y sabes lo que le he dicho yo?

–No, a ver.

–Pues que como no sea en el bolso...

La ciudad y las estrellas

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Hay quien piensa que el planeta Tierra fue creado por Dios para solaz y entretenimiento de los humanos (de hecho, lo piensa casi todo el mundo), y esta idea no puede ser más equivocada. El planeta Tierra es uno de los trillones de planetas que sin duda tienen que existir por ahí arriba, pues el principio de mediocridad (importante principio en física) dice que en este Universo que podemos observar no existen los fenómenos únicos, sino que lo que sucede en un lugar, sucede en todas partes.

Por supuesto que no serán todos iguales, sino que habrá una infinidad de formas, la mayor parte de las cuales no reconoceríamos (si pudiéramos verlas), pero eso no cambia las cosas. Esos planetas existen y la Tierra es uno de ellos, y, como cualquier otro, su existencia es efímera. En el presente disfrutamos de un amable intervalo en el que es posible la vida –inexplicable fenómeno–, pero esto acabará algún día y entonces todo será olvidado, hasta las Pirámides y las cuevas prehistóricas.

La ciudad está construida bajo las estrellas, y sus luces intentan ocultarlas (y en muchos casos lo consiguen), y aunque a nosotros, hormigas que nos arrastramos sobre la superficie de la Tierra durante un tiempo increíblemente corto, nos parece que la ciudad (y nosotros) es lo importante, en eso estamos también equivocados: son mucho más importante las estrellas.

Lo que sigue es para los interesados en el asunto:

En el enlace que os pongo a continuación se puede descargar (totalmente gratis y sin compromiso ni tener que apuntarse a nada) un planisferio para el ordenador. Un planisferio es un mapa del cielo en el que puede observarse su aspecto desde cualquier punto de la Tierra y en el momento que se desee (en este programa, entre los años 1750 y 2250). Esto da pie para preguntarse muchas cosas, una de las cuales podría ser la siguiente (por poner un ejemplo): ¿cómo se verá el cielo desde aquel lugar en que estuve de vacaciones hace cinco años...?, o ¿cómo se veía entonces? Y así sucesivamente. El enlace es:

www.hnsky.org

Hoy, chicas guapísimas

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En este blog, como probablemente sepa todo el mundo que haya leído algo, hay un montón de trozos de mis novelas, pero eso no parece que atraiga mucho personal (¡esto de las lecturas...!, hoy tan desprestigiado), de forma que voy a poner una cosa de lo más tonta pero que, por lo visto, le gusta mucho más a quienes se dedican a mirar lo que algunos escribimos.

Se trata de un montón de chavalas ; chavalas antiguas, bien es cierto, pero chavalas, y de lo más vistosas. La cosa es bien sencilla: os vais a este enlace...


ACTRICES GUAPÍSIMAS


... y miráis todo lo que os parezca. Que os guste, y de paso podéis ver la página completa, que siempre se aprende algo, sobre todo si os gusta el cine.


Cuando le cortaba las uñas de los pies...

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Este es un trozo de "Las estaciones" , una novela que escribí hace años y está contada por un chaval de trece. Él tiene una hermana, y ella una amiga que se llama Rosana. Todos ellos están de vacaciones en una finca con lago y bosque y todo eso que tanto le gusta a los críos, y un día, jugando, a él se le ocurre una cosa...


... y los dejé allí e hice como que me iba a la casa, hasta luego, hasta luego, pero cuando ya no me veían torcí y, entre los árboles, escondiéndome, bajé hacia el embarcadero del lago, y cuando pude verlo resultó que Rosana no estaba allí como yo creía y me dije, ¿dónde estará?, y entonces la vi entre los árboles, lejos, que andaba muy despacio y mirando al suelo, como si fuera pensando, y sin que me viera la estuve siguiendo muchísimo rato, de árbol en árbol y procurando no hacer ruido. Rosana llegó hasta la cabaña que había al lado de la tapia y se sentó en el suelo, se abrazó las rodillas con las manos y estuvo cantando bajo y mirando el lago, aunque desde donde estaba escondido se la oía un poco, y yo estuve sin poder dejar de mirarla hasta que las voces de los gemelos se perdieron a lo lejos, que seguramente se habrían ido a perseguirse al pinar, y tras pensarlo salí de detrás del árbol y, como hacía ella, o sea, muy despacio, fui andando hasta la cabaña, y ella no se movió sino que me miró llegar.

–Hola.

–Hola. ¿Qué haces?

–Nada.

Yo me senté a su lado.

–Hoy hace poco calor, ¿verdad?

–Sí, ¡se está más bien aquí...!

Entonces estuvimos un rato callados, yo mirándola de reojo, y Rosana, como sabía que la estaba mirando, arrancó una hierba del suelo y se la metió en la boca y empezó a chuparla.

–¡Jo, qué bueno hace...!

–Sí... –y como no dejaba de mirarla llegué hasta los pies y vi que llevaba sandalias, que las llevaba siempre.

–¿Nos bañamos en el lago?

–¿Ahora?

–Bueno, pues vamos al pueblo.

–No, que Patricia dice que no vayamos ahora, que hace mucho calor. Mejor luego.

–Ya, pero de todas formas podíamos hacer algo... –y de repente me vino una idea–. ¡Ya sé...! Oye, ¿quieres que te corte las uñas de los pies, como aquella vez?

–¡Ah!, ¿como aquella vez...?

–Sí.

Rosana lo pensó.

–Pero es que aquí no tenemos tijeras –y a mí se me ocurrió otra idea.

–Bueno, pues con los dientes... –y Rosana se asustó un poco, aunque luego dijo,

–¿Con los dientes...? ¿Tú crees que se podrá?

–No sé, podemos probar. ¿Probamos?

–Bueno, a ver –y se echó en la hierba mirándome.

–¿Así?

–No. Yo creo que mejor boca abajo –y Rosana, que llevaba unos pantalones cortos y una camiseta, se dio la vuelta.

–¿Así?

–Sí, así. Ya verás, levanta el pie –y dobló la rodilla y yo le cogí el pie con la mano, le quité la sandalia y ella dio un respingo.

–¡Huy...!

–¿Qué pasa?

–No sé... Que me ha dado como una cosa..., así...

–Bueno, espera, que no pasa nada, a ver si puedo –y me llevé el pie a la boca y sin poderlo evitar me metí un dedo dentro, y Rosana respingó de nuevo como nunca le había visto hacerlo.

–¡Ayyy...!

... y la cabeza se le cayó sobre la hierba, pero como no decía nada ni quitaba el pie yo seguí, se lo miré y seguí, mordí un poco la uña, por el extremo, y no era demasiado dura y parecía que se podía cortar bien, pero claro, al hacerlo le chupaba el dedo, o sea, tenía que chupárselo obligadamente, aunque fuera poco, porque si no, a ver cómo iba a hacer aquello, pero no me importaba porque estaba buenísimo, y seguí royendo hacia adentro y observé que a Rosana le daban como calambres y clavaba las manos en la hierba mientras hacía, ¡mmmhhh...!, y se movía un poco, y entonces le dije, oye, ¿te hago daño?, y ella no se dio ni la vuelta, sólo dijo otra vez, ¡mmmhhh...!, pero más fuerte, y con la cabeza parecía que decía que no, y yo entonces apreté los dientes más y le corté un trozo y ella dijo, ¡huy...!, y pegó otro respingo porque a lo mejor notó cómo se desprendía, y luego, después de observar mi obra, que sólo quedaba media, me volví a llevar el pie a la boca y seguí apretando con cuidado y pensé, es que lo tengo que hacer más despacio, y así estuve un rato, mordisqueando con mucho cuidado lo que quedaba, y ya parecía que lo había logrado cuando resultó que Rosana se había puesto muy nerviosa y se le movía el culo, no mucho, sólo un poco arriba y abajo, y como yo creía que se iba a soltar y ya no me quedaba nada, sólo una esquina, y ella seguía con las uñas clavadas en la hierba y se movía tanto, al final casi grité.

–¡No, espera, espera, que ya está! –y tras tantas contorsiones y no menos visajes, que ella se retorcía como si le estuviera dando algo, aunque se aguantó y pude cortársela del todo, fui y le solté el pie.

–Mira, ya está. ¿Está bien?

... y Rosana se dio media vuelta y no se miró la uña sino que me miró a mí despavorida, y luego se levantó a toda prisa y salió corriendo. Hizo, ¡huy..., huy...!, y se levantó muy apresurada y se fue sin despedirse ni coger su sandalia ni nada, salió corriendo y se fue hacia la casa, en donde desapareció.

Yo no entendí lo que había sucedido, claro, aunque por la noche, cuando estábamos cenando, ella no me miraba, y cuando durante un segundo lo hizo, o sea, que nos miramos, bajó la mirada a toda velocidad y se puso a mirar el plato como si le interesara mucho lo que había allí, que era gazpacho. Yo, sin embargo, conseguí mirarle los pies y descubrí que se las había cortado todas, las tenía otra vez todas perfectas y no se notaba nada lo que había sucedido aquella tarde.

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