Agosto, 2008

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

-

En esta historia se cuentan algunas de las peripecias que le suceden a unos personajes (los piratas de las gafas de sol) que se han tomado un ácido en una playa de una isla (mediterránea, por lo que parece) a la que arriban. Pertenece al "Viaje al verano", unas novela que escribí hace diez años.

-

Primero había una especie de tapias, unas ruinas y tres o cuatro gallineros, sólo que sin gallinas. Luego unas construcciones más serias, y delante de una de ellas un objeto que podría ser un farol encendido iluminando un letrero. Aunque no se lo crea, ponía, "bar", pero así, con las tres letras, y nosotros, claro, entramos, saludamos, que había dos o tres clientes, y pedimos unas cañas. "Botellas tienen que ser...", nos dijo el de detrás de la barra haciéndose el despistado, como si no supiéramos que era uno de los bandidos, pero nosotros, que tampoco íbamos a levantar la liebre, le contestamos del mejor humor, "pues venga, botellas...", que hay que ver cómo te ponen los tripis. "Qué..., acampando, ¿eh?", nos soltó el de la barra sin mirarnos ni darle importancia (debía de ir mucho turismo por allí), pero nosotros hicimos como que no nos enterábamos del rollo, como si no supiéramos que... "Y..., síii...", le dijimos al mismo tiempo que libábamos cerveza de pirata y pedíamos unos puros y unos chicles, que era lo único que estaba claramente a la venta. Encendimos los puros mientras mascábamos furiosamente los chicles ante las miradas atónitas (o sea, me figuro) de quienes estaban allí, que nunca debían de haber visto a alguien viajando, todo muy deprisa y sin dejar de movernos, que es que resultaba imposible. Dimos un par de vueltas a la habitación mirando los carteles, que eran como sobras de la civilización anterior, algo ecléctico y con todos los colores corridos, y en el entretanto otro perro entró, se acercó, nos olió y marchó a continuar la ronda, y tal y como sucede a veces salió a relucir el tema meteorológico, es decir, nos enteramos de que hacía trescientos diecinueve días que no llovía, y no menos de siete años que no repicaba la campana de la cisterna grande (se debían de referir a la mayor), que era lo que sucedía cuando se llenaba.

Casi siete años de sequía llevábamos nosotros también y así se lo hicimos saber al tabernero, quien en un fugaz y acertadísimo momento de lucidez nos cogió la onda, o sea, la segunda intención, y fue y nos puso otras cervezas, que el otro no sé pero yo estaba seco, no sé si sería aquella cosa de la actividad activa u otra. Pero el tema, el meteorológico, era acertado, porque yo creo que se trataba de romper el hielo e hilar una cierta cháchara, que debían de tener ganas de palique el tabernero y los dos de allá atrás en la sombra, monjes perfectamente caracterizados. A saber, porque el disfraz de monje ha sido harto utilizado a lo largo de la historia por toda clase de bandidos, malhechores y otras gentes de similar o parecida catadura moral para llevar a cabo sus fechorías, digamos, y digamos bien, y además, si querían hablar, que hablasen. Una voz rugió desde el fondo, "... un vino!!!", y el de las gafas de sol contestó con un eructo majestuoso y el aire se heló durante una fracción de segundo..., (debían de ser muy finos allí dentro), pero nosotros no hicimos ningún caso. Yo di medio paso de baile (que es cuando te das media vuelta y te pones a mirar hacia el otro lado), el de las gafas redobló con ambas manos sobre la barra y masculló, "hum..." –lo cuento para que se vea de qué iba la cosa–, y el tabernero fue hasta atrás y sirvió unos vinos a los monjes. O sea, nada, una escena de bar normal le hubiera parecido a cualquiera, cuando la realidad... Total, que para no quedarnos atrás o ser menos ilegales que los bandidos, va el de las gafas de sol hasta en la cama y anuncia –que me lo debió de decir a mí, pero resonó allí dentro como un trueno–, "vamos a tirar un cohete...", una idea originalísima.

Bueno, muy fácil solía ser de todas formas. Se cogía un cigarro, a ser posible rubio, y se vaciaba sobre una mano, el mostrador, una mesa o lo que fuera; dentro del bar si el dueño estaba de acuerdo y fuera si no. Luego se sacaba una especie de cosa que algunos llaman piedra, otros china y aun otros tanganazo (aunque esta última acepción se suele aplicar bastante indiscriminadamente), y se le daba candela por uno de sus extremos, bordes o zonas fronterizas con el fluido aéreo, a ver si me explico; o sea, por el lado de afuera. Total, que cuando lo tienes medio en pista y humeante, coges y, chaca chaca, deshaces una cantidad variable de material, cantidad la cuál lo mejor es que sea inversamente proporcional a la calidad del producto objeto de la presente y pormenorizada descripción. El pellizco, que tal suele ser, se mezcla más o menos cuidadosamente con el tabaco, que esto depende de las aptitudes de cada uno, y ya tenemos hecha lo que en jerga claramente grifota se conoce como "mezcla". Entonces llega la segunda parte de la operación, que consiste en buscar (y encontrar, claro es) uno de esos papeles blancos, finos y pequeños, que suelen venir en librillos de cien (¿o de cincuenta?) y a los que el pueblo llano conoce como "papel de fumar", una pasada, una vez encontrado el cuál, que se puede decir que es para el farias...

(en los bares de carretera, claro, no allí, porque los bandidos no son tontos y los monjes menos, y menos aún vista la cara que ponían aquellos)

... se procede a realizar la última parte de la operación: se acomoda la mezcla dentro del papelillo; éste se enrolla con un movimiento bastante curioso y que podría describirse como doble torsión de los dedos pulgar y anular con movimiento de tonel, y luego, ras, ras, sendas chupadas en la mismísima juntura y aparece el cohete como por arte de magia en las manos de quien todo esto hizo posible, en aquel caso el de las gafas, el cuál, para acabar la descripción sin dejar detalle, está moralmente obligado a pasárselo al de al lado, nada de prenderlo él, da mala suerte; o es que la trae, no sé, no me acuerdo. Y en ello estábamos, yo controlando a ver cómo se colocaba la gente, o sea, el de las gafas en relación con los demás y poniéndome en el sitio bueno –dado que el cohete se lanza hacia la derecha–, y todo estaba discurriendo según lo previsto, es decir, que lo acabó, le metió el filtro...

(porque en esta historia también interviene un filtro, pero eso lo dejo a la imaginación del lector, lectora, perro o árbol que me sigue)

... efectuó un par de contorsiones extras y que no hubieran hecho ninguna falta y me tendió el cohete, blanco y blanco. Por un instante algo flotó allí dentro, una onda blanca, y todas las miradas convergieron en el mismo punto, imaginarse..., y fue precisamente entonces, en el momento que describo, que con gran estruendo se abrió la puerta y un ser totalmente nuevo en esta historia (aunque no en otras), vestido de oscuro, la pistola al cinto, apareció en el umbral. "Estamos perdidos...", oí farfullar al de las gafas de sol, que se había quedado trabado en mitad de la habitación, de pie y con la mano extendida, "¡un cazador de recompensas!". Aquella vez sí que se heló el aire. Yo tosí y carraspeé escandalosamente, quizá para llamar la atención hacia mi persona, pero el autor del cigarro, que debía de ser malabarista, cerró la mano, recitó una letanía ininteligible (corta, eso sí) y volvió a abrirla: nada, había desaparecido el cuerpo del delito. Sin embargo, me parece que fue un número innecesario porque el recién llegado no nos hizo el menor caso, que entró, barbotó un saludo tenebroso, fue hasta el fondo, se sentó ante una mesa de las varias que había y, volviéndose hacia los monjes, va y les dice, "¡qué...!, ¿para cuándo esa partida...?", y se pusieron los cuatro (con el tabernero) a jugar a las cartas, lo último.

Total, que en vista del éxito alcanzado por nuestras actividades, que yo creí que iba a haber cañonazos para ver quién pegaba fuego al asunto, al principio, o que ya entreveía movida con la autoridad competente, luego, cuando se abrió la puerta como empujada por un cíclope, pasamos de todo, pedimos nueva ronda (líquidos para todo el mundo, que esto ya no lo hace casi nadie pero la gente lo agradece) y prendimos el ya famoso –¡y qué digo famoso!, sino célebre a estas alturas del relato– cigarro de mezcla soporífera, y nos lo fumamos sin más, sin decir nada a nadie y casi sin darnos cuenta, porque tú vas, te metes un tripi, como decíamos, y luego vas, pillas un cohete, lo enciendes, y como su mismo nombre indica de repente te das cuenta de que se ha ido al cielo, como los angelitos, o como los santos, de los que hay tal cantidad.

Bueno, pues henos aquí en pleno viaje en aquella guarida en donde se daban cita no sólo bandidos y contrabandistas sino tipos aún más siniestros, que se debían de estar jugando las mujeres, los caballos y las pistolas allá atrás, tales eran las expresiones y denuestos que se percibían, algo del tipo de "paso", "envido", "hasta allá" y similares, y afuera una sola luz iluminando un solitario letrero en lo que podría haberse denominado plaza lateral de aquel poblado como del neolítico, "bar"; siempre hay un bar tras la próxima esquina, por lo menos en algunos países.

Un entorno muy apropiado, como digo, el presente, a nuestros quehaceres: una plaza, un farol, un bar en un islote, una partida de cartas de final impredecible, un campamento de piratas en la playa vecina...

-

Luna de miel

.
Pongo hoy un trozo de una de mis novelas, la denominada "Crucita y yo", la historia de la niña que nunca se hizo mayor..., con lo que parece que está dicho todo. No obstante lo cual, añadiré lo que sigue:
.
Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...
Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...
¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...
.

Este es el texto:

... y en los días que siguieron, ¿quieren saber ustedes lo que sucedió? Pues que me fui con Atahualpa a ver en directo la noche de San Juan, la noche de San Juan de aquel año a una playa pequeñita y pedrera del norte de España, una desconocida playa del norte de España en una noche con luna.

En aquel lugar no había fiesta multitudinaria, no, que sólo eran quince o veinte entre chicos y chicas. Todos estaban allí, alrededor de la hoguera, pero sin hacerla mucho caso porque estaban muy ocupados ligando, y tampoco tenían música, la música fue la de las olas del mar. Yo me bañé in púribus , ¡cómo si no!, y Atahualpa también, y un perro que andaba por allí suelto y a su libre albedrío se bañó con nosotros e insistió en sacarnos del agua. ¿Pensará este perro que nos vamos a ahogar? Pues sí, así debía de ser, porque a mí me empujaba con el morro hacia la orilla y aullaba lastimeramente en la medida en que podía, aullaba un poco pero se callaba en seguida, en cuanto tragaba agua. Sin embargo, seguía imperturbable con su trajín de salvavidas, empujándonos y empujándonos mansamente..., y luego fuimos con unas toallas improvisadas a secarnos a la hoguera. La hoguera era una hoguera muy buena, con mucha brasa, para secarse perfecta, y nadie nos miró sino que nos dijeron adiós cuando nos fuimos, ¡hasta el año que viene!, ¡adiós! El perro, en un despiste de los de la hoguera, se comió unas cuantas chuletas que había preparadas en una parrilla al lado del fuego, pero no sucedió nada porque los que allí estaban no se dieron cuenta, se darían cuenta después y el perro se vino con nosotros. Se veía que nos había tomado apego y nos acompañó hasta el coche a buen paso y jadeando, y a partir de entonces Atahualpa y yo cantamos mucho juntos, a lo mejor por las reminiscencias de aquel perro tan listo. ¿Te llamabas Caruso en vez de Tutifruti? Pues otra cosa sería más difícil porque llevabas una chapa en el collar que así lo decía, aunque, ¿quién no cambia de nombre varias veces en esta vida?, pero a nosotros nos inspiraste, y en los días que siguieron cantamos muchísimo por los acantilados del norte, por las llanuras de Castilla la Vieja y los bosques y montañas de aquel mi país, cantamos de noche y cuando hubo luna llena, o casi, porque es difícil acertar.

–¿Qué es lo que es difícil acertar?

–Pues cuando es el día de la luna llena. Ayer parecía que sí pero hoy también. ¿Cuándo es luna llena? ¡Dímelo tú!

–Pero, Crucita, si siempre es luna llena. ¿No lo notas...?

Atahualpa tenía una furgoneta, una Wolkswagen vieja como las de las fotos antiguas, y nos pasamos el verano durmiendo en ella, aunque a veces también íbamos a hoteles, claro, ¿qué se pensaban ustedes?, nos teníamos que duchar, ¿no?, y otras nos bañábamos en pozas que encontrábamos, una vez en un lago fangoso, pero como era al atardecer no lo pudimos evitar, y fue tal nuestra ansia de soledad y purificación –sería para recuperar el tiempo perdido–, que buscamos los lugares más desiertos, los más apartados páramos y las mayores y más escabrosas quebradas del oeste de la provincia de Salamanca. Nos metimos por caminos y más caminos y un día no sabíamos ni en dónde estábamos, se lo tuvimos que preguntar a un señor.

–Sería un pastor.

–Bueno, sí, claro, era un pastor, pero eso da igual. Nos encaminó en la buena dirección y al cabo de un rato pasamos por un lugar muy despacio...

Era un lugar raro, sólo cuatro o cinco casas seguidas al borde del camino, y sin luz, no tenían farolas ni nada que se le pareciera. Nosotros íbamos por aquella carretera tan mala muy despacio y casi había anochecido, y al pasar yo vi algo en una de las casas, ¡para, para!, y Atahualpa paró, yo fui a ver y no me había confundido. Dentro de un oscurísimo portal de piedra brillaba la luz de un candil macilento, de un quinqué birria; yo al principio no me lo tomé en serio, pero me equivoqué, como tantas veces. ¡Jolín!, es que las cosas son difíciles, ¿quién es capaz de acertar a la primera? Eso no lo puede hacer nadie, ni mi hermana, que lo sabe todo... Pues la señora, la del candil, nos dio unas sopas de ajo que no se pueden describir. Estaban buenísimas, todas llenas de algo sutil que no era grasa ni huevo ni ajo ni jamón; debía de ser la legendaria esencia del famoso pan de azahar, de la que tanto se ha escrito y nadie sabe dónde está, y yo creo que ahora debería hablar de esto.

A lo mejor resulta que la materia íntima del pan de azahar es la quintaesencia encubierta de la sopa de ajo y reside en el pantano de Aldeadávila. En la cumbre de su presa se rodó el Doctor Zhivago , bueno, un trozo, cuando la hija de la chica habla con el comunista, al final, y eso es bastante poético, casi tanto como lo de los panes famosos. El pan de oro... Eso, ¡jo!, ese sí que es poético, ¡el pan de oro!, sí, pero también el pan de azúcar, el pan de pueblo y el pan comido, ¡jolín, en menudo lío me he metido...! Bueno, el pan candeal y el ázimo, el pan eucarístico, el de flor, el de molde, el de munición y el de pistola..., ¿pero adónde vas?, no, es que ya que he empezado..., aunque sólo me quedan el pedazo de pan, el de salvado, el fermentado, el francés, el integral, el que es como unas hostias y el nuestro de cada día; también contigo pan y cebolla. Fuera como fuese yo sólo puedo decir que aquellas fueron las mejores sopas de ajo que había comido nunca, y pensé, esto se lo tengo que contar al Rockero, a él seguro que le va a interesar, y por la noche, cuando estábamos allí, en mitad de aquellos inacabables yermos, dentro de la furgoneta y con todas las ventanas abiertas...

–Mejor, ¿no?

–¿Mejor qué?

–Pues que es mejor estar con las ventanillas abiertas. ¡Hace tan bueno...!

–Sí, eso sí; y se ven las estrellas...

–Sí, y los planetas.

–Es verdad; y los planetas...

–¿Tú sabes cuáles, de todos estos cuerpos luminosos, son planetas...? ¡Mira, ése es un planeta!

–¿Ese que brilla más?

–Sí, es Júpiter; Júpiter y su blanca luz... ¡Pero agárrame...! –porque nosotros habíamos salido afuera, mirábamos al sur, estábamos sentados en el suelo con la espalda apoyada en el parachoques y a mí se me ocurrió una nueva idea.

–Oye, ¿sabes lo que te digo? –y como lo debí de pronunciar con extraña voz, Atahualpa me miró temeroso.

–¡Ostras, a ver...!

–Pues que con mi anterior novio, el famoso Rafa, yo no sentía nada, me doy cuenta ahora... Era un asqueroso y todo lo hacía fatal; menos mal que lo metí en cintura, que si no, seguiría haciendo de las suyas... ¡Pero contigo me lo paso más bien...! Eso es lo que te quería decir, que contigo me lo paso más bien... –y Atahualpa me agarró por el hombro aún más fuerte y yo procuré arrebujarme y seguí.

–¿Y sabes otra cosa? Pues que yo lo atribuyo a fenómenos que suceden dentro de la cabeza. Prácticamente no hay que hacer esfuerzo alguno para conseguirlo. Todo es cuestión de dejarse llevar por esa gran fuerza, sí, como tú lo oyes, esa enorme fuerza a la que no sabemos qué nombre dar, o al menos nadie se lo ha puesto hasta ahora, que yo sepa, y que tiene algo que ver con la transmisión del pensamiento, ¿no? Tú me acaricias y yo noto algo mucho más grande que las simples caricias. Sucede un efecto multiplicativo que ya nos sucedía en casa del Rockero, en las Asturias, cuando éramos pequeños, ¿te acuerdas?, y lo que es un simple contacto se convierte en algo parecido a una erupción volcánica. ¡Oye, y no exagero lo más mínimo!, ¿eh?, todo lo contrario. En realidad me quedo muy corta porque una tampoco es capaz de explicarlo todo..., pero aquí me siento bien. Me encuentro como en mi época de niña feliz y despreocupada, que ya se me iba olvidando. Como la niña que creía que los protagonistas de los cuentos tenían la cara hecha de sopa de letras y hablaba con su perro, sí, y su padre la llevaba a los mercadillos de los pueblos veraniegos a comprarle zapatos fuertes para que no pudiera picarla la víbora de las arboledas, ¡qué difícil es eso...! En el campo nadie te ve, sólo los árboles y los pájaros. En la ciudad, sin embargo, mil y un ojos te observan. Tú crees que vas sola por aquella enorme calle, y desde un cuarto piso una mente tras unos prismáticos se hace su composición de lugar... Por eso insistí en venir a este sitio. Por un momento quise estar en comunión con los elementos de la Naturaleza que se me están escapando, el Sol, la Luna y las estrellas...

–¡Y los planetas!

–Eso, y los planetas... Y las nubes y las olas y las playas, y los árboles y las flores y los gnomos, y las hadas de las fuentes y los animales salvajes, los grandes y los pequeños, los ciervos, los jabalíes, las arañas y las pobres hormiguitas, que serán las únicas que queden después de una catástrofe con armas termonucleares..., porque, ¡qué maravilloso viaje fue aquel, mi luna de miel!

Durante más de mes y medio todo fue bien, pero luego, a mediados de agosto, en la fiesta del Tránsito, cuando inevitablemente el verano comienza a declinar, tuve una especie de repentino bajón, empecé a desvariar y luego a encontrarme mal y Atahualpa se asustó.

–¿Tú no sabes que yo tuve una amiga a la que le salió un alhelí en un ojo? ¡Y al tresabuelo de Monticola lo que le salió fue una fabe en un pie...!

–¿Qué tresabuelo fue ese? ¿El que mataba osos a pedradas?

–Pues puede. El Rockero no me lo ha dicho pero es casi seguro.

–¿Era el bisabuelo o el tresabuelo?

–No me acuerdo, pero la verdad es que da igual. Oye, y que las gallinas de Palmira eran tan calientes que ponían los huevos fritos, ¿eso tampoco lo sabes? Es que tú no sabes nada. Además, las bragas de las japonesas... –y me puse blanca por entero, los ojos me giraron y durante un segundo me quedé sin habla, una nube pasó por dentro de mi cabeza y Atahualpa me miró y se alarmó del todo.

–Oye, ¿qué te pasa?

–No sé. ¿Por qué?

–Te has puesto muy pálida...

–Ya..., sí..., no sé... –y me caí redonda sobre el asiento del coche, y cuando desperté, un rato después, él estaba muy asustado.

–Crucita, nos vamos.

–¿Adónde?

–Pues a casa, ¿adónde va a ser? Tú necesitas... –pero lo que yo necesitaba no lo sabía nadie, ni Atahualpa.

Página 1 de 1. Total : 2 Artículos.

Categorías

Otros artículos en este blog

Enlaces a otros libros que he escrito

Blogs de fotos pintadas

Archivo

«Agosto 2008»
DomLunMarMieJueVieSab
     12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31      

Buscar



Blog Gratis para humanos.