Escena en un restaurante

Traigo hoy a esta página un trozo de una de mis novelas. Se llama “ Animales y otros fenómenos eléctricos ”, y en su sinopsis (la del libro) se dice lo siguiente:

“Este libro, que se asemeja a una gigantesca broma, se refiere a ciertos aspectos de la historia del mundo animal, desde las pobres amebas a las complicadas personas. Peces, pájaros, rumiantes, gabardinosos, ratones pérez, cazadores muertos, titis muy guapas, niños, caballos de cartón, empleados de hostelería, elefantes y otros seres de África, gente común, extraterrestres, enamorados locos… Todos ellos tienen voz, y seguramente voto, en la sinfonía universal, y para que ustedes comprueben que lo que digo es cierto, lean a continuación lo que en el índice se expone del primer capítulo:

DÍA PRIMITIVO: En el Amanecer de los Tiempos - El Café Central abre sus puertas - Mariano el cazador va a una agencia - El niño Federico vuelve del colegio - Novedades en la ratonera - En las duchas de caballeros de la Real Sociedad de Tenis - Buffalo Bill escribe la carta a los Reyes”.

El texto que va a continuación describe algo que sucede todos los días en el Café Central a la hora de comer.
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BERNI PARRILLA ES QUIEN, precisamente a estas horas, sobre las doce y media de la mañana y a paso de marcha, entra por la puerta.
Berni Parrilla es, en aquel preciso instante, en los tiempos que corren, el que tiene arrendado el restaurante. El restaurante fue, al principio, cuando se abrió, cuando se hizo una antigua reforma para poner el establecimiento acorde con los tiempos, restaurante de gran lujo. Luego, al cabo de unos meses, desde el momento en que se vio que la fórmula no era la adecuada, autoservicio, con sus balizas de señalizamiento, sus bandejas de compartimentos, sus cubiertos de plástico y sus servilletas de papel… Al cabo del tiempo, o sea, tras dos o tres años de dar comidas baratas, se convirtió –o mejor, como dicen ahora, se reconvirtió– en parrilla asador, aunque lo que más se vende es el plato del día. Berni Parrilla, viejo en el oficio, suele estar desesperado…
Berni Parrilla saluda de lejos y va al aparador que, a la entrada del comedor, hace las veces de punto de control. Se desabrocha la chaqueta, coge un papel, lo lee por encima, dice algo a Salomé –su ayudanta a las horas de comer– y entra en la cocina.
–Rosi, buenos días, por favor, hágame usted caso. ¿Qué es esto de lenguado a la provenzal?
La Rosi, que está rematando una fuente de ensaladilla que va a ir a la barra, no abre la boca. Lo que hace es levantar con desgana, la mano que le queda libre y en alto, un pez medio descongelado, de los que hay varios apilados en uno de los fregaderos.
–¿Ahora llaman lenguado a eso?
–¿Qué quiere? Por el precio que se cobra no se puede dar otra cosa…. Además, no están mal, no se crea.
–Bueno, ¿y lo de provenzal?
La Rosi abre una de las cámaras y saca una cazuela con una especie de puré, o de papilla, o de salsa, amarillenta y con pintas verdes.
–Y eso, ¿qué es?
–¿Esto…? Cebolla, ajo, aceite, harina, laurel, caldo y perejil. ¿Qué va a ser?
Berni Parrilla, de traje, como corresponde a los miembros de las más encorsetadas escuelas de maîtres, sigue a vueltas con el papel.
–¿Se lo ha inventado usted?
–No, lo he copiado de un libro.
Doña Rosario copia todo lo que puede, vamos, todo lo que le da la gana, le gusta y no le hace trabajar demasiado, que para eso es la jefa de cocina.
–¡Faltaría más!
–Eso, ¡diga usted que sí, doña Rosario!
–¿Tiene alguna otra pega?
Berni Parrilla la mira…, ¿con sorna? Sí, eso, con sorna, o con socarronería.
–De ninguna manera, Rosi. Era por informarme.
–Bueno, pues ya está usted informado.
Los primeros que llegan, como todos los días, son obreros de diversos ramos. Sus actividades son denunciadas por las vestimentas que lucen. En una mesa hay tres mocetones manchados de cosas blancas hasta el cuello y acompañados por un señor de mediana edad, con el pelo totalmente blanco –por las canas– y un buzo limpísimo. Este es el encargado, y los otros los que curran. Todos ellos, casi con seguridad, son pintores, aunque a lo mejor resulta que son escayolistas. El encargado es quien cobra y reparte, sí, el que organiza las cosas, pero también quien se entiende con los clientes y conduce la furgoneta.
Berni Parrilla hace la prueba de todos los días; lo que pasa es que nunca le sale.
–¿Tomarán el plato del día?
Berni Parrilla tiene la teoría de que el verbo “tomar”, acompañado de la expresión “plato del día”, repele el apetito, por lo que, en buena lógica, la gente debería pensar, “no, ¡qué malo!; hoy voy a pedir un solomillo”, pero eso no sucede nunca. Los clientes, estos que tiene hoy ante él, ni contestan. Se colocan la servilleta en el cuello y le miran; debe de ser que no le han entendido.
Berni Parrilla tuerce el gesto y ahueca la voz.
–Hoy tenemos cocido…, y también ensaladilla, revuelto de setas y macarrones con tomate –e, impaciente, mira a su alrededor y golpea con el bolígrafo sobre el bloc de comandas.
Los otros tardan en decidirse.
–Yo cocido.
–Yo también.
–Yo macarrones. ¿Qué hay de segundo?
Berni Parrilla vuelve a su letanía.
–Bueno, pues mira, de segundo hay lomo de cerdo con patatas, albóndigas de pescado y lenguado a la provenzal.
–¿De pescado…? ¿De qué son? ¿De sarda?
–No, de boga. Además, si queréis otra carne…
… y deja la frase allí colgando. La otra carne es solomillo o entrecôte o algo por el estilo, cosas que hace él personalmente en la parrilla, eso no se hace en la cocina. Lo que sucede es que nadie entra al trapo.
Berni Parrilla, a las trece horas y quince minutos, ya tiene apalabrados casi veinte platos distintos, y eso que acaban de empezar. En la cocina el trajín ha cambiado de velocidad, la Rosi ha metido el overdrive. La Rosi, muy en su papel, tira de carne, de garbanzos, de repollo, lo alinea todo en los platos en menos de lo que se tarda en decirlo y, sacando la cabeza por la ventanilla, vocifera,
–¡Dos cocidos!
Luego se vuelve, pega varios meneos a las cestas de las freidoras, otros dos a sendas cazuelas y se limpia el sudor de la frente con un trapo que coge de cualquier parte, porque en esta cocina, en cuanto se empieza a trabajar, hace calor, sí que hace, y mucho. Luego respira; vamos, resopla.
Salomé es la camarera del comedor, y vuela, más que corre, entre las mesas. Hoy, con lo del cocido, hay que andar todo el rato con las soperas para arriba y para abajo. Otros días, cuando hay ragú, por ejemplo, o pollo asado, las cosas vienen servidas desde la cocina y no se pega una tantas carreras. ¡Esto del cocido…!
–Sí, hija, pero es muy socorrido. Se hace volando en la olla a presión, llena mucho y le gusta a todo el mundo.
Salomé pone cara de asco.
–Pues a mí no.
–¿Que no te gusta el cocido? ¡Pero si es de lo más sano que hay…!
–¿Sano…? Si te llenas de gases.
–¡Que va a dar gases, mujer, que va a dar gases! Eso es que lo haces mal.
Berni Parrilla ayuda en lo que puede. Lleva jarras de agua, botellas de vino y gaseosa, cestitos con pan, toma notas y notas, etc. Uno con buzo, pero buzo limpio –debe de ser electricista–, le pregunta,
–¿No tenéis sardinas, como las de los asadores de verano?
–¿Y eso?
–¡Como en la puerta dice asador…!
Berni Parrilla en el fondo se horroriza, aunque disimula.
–No, aquí no tenemos de eso; da mucho olor.
–¿Mucho olor?
Berni Parrilla, viejo en el oficio –como decíamos–, hace una pausa.
–¿Quiere usted que le cuente algo que no sabe nadie?
–Bueno.
–Pues muy sencillo. Lo que le gusta a la gente de los asadores al aire libre, que siempre están llenos, no es la carne ni el pescado, las sardinas y todas esas cosas, no, ¡qué les va a gustar! Lo que le gusta a la gente que los abarrota es que el carbón que usan tiene mucha gasolina, y eso, cuando se quema, coloca. Los que están cerca del fuego se cogen unos colocones de muerte.
El otro, sin demasiado interés y metiendo la nariz en el plato mientras sorbe la sopa, dice,
–¿Usted cree?
–No, no lo creo; lo sé por experiencia. ¿Está buena?
El otro le mira durante un segundo…
–Sí…, tá buena.
… y, haciendo una pausa, se limpia los morros con la servilleta, usando la mano izquierda y sin soltar la cuchara ni levantar la cabeza. Berni Parrilla, que es muy fino, pasa; se conoce de memoria estos modales, cosa de todos los días.