Abril, 2008

LA ESCALERA AL CIELO

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Coloco hoy este texto que está en uno de mis libros, el que se llama "Viaje al verano". Es una especie de cuento chino sobre la vida misma, como todo lo que se cuenta en ellos.

Estos se pueden conseguir en una página que se llama "lulu.com" (la dirección exacta es http://lulu.com ), en la que os gustará entrar porque ofrece la posibilidad de imprimir tu libro (el de cualquiera) a precio de coste (un libro de bolsillo normalito, o sea, de unas 250 páginas, por nueve euros; y con calidad de imprenta). También podéis echar una ojeada a mis otras páginas, algunas de cuyas direcciones están en el lateral.

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LA ESCALERA AL CIELO

Joshua I, de apellido Sagan, sobrino del legendario exobotánico que nunca supo si era hombre o mujer, estaba montado en un globo de aluminio cuando se le ocurrió la idea: mirando hacia abajo las cosas se ven mejor. "¿Y por qué no...?", se dijo. Luego miró hacia arriba, y lo que pudo contemplar hubiera bastado para desanimar a cualquiera: miles y miles de estrellas centelleaban por todas partes. Joshua I no tenía ni idea de astronomía recreativa (ni de la otra), pero como a tantos a lo largo de la historia, no le hubiera importado subir al cielo. Cosa curiosa, por otra parte, en un intermediario, como era él.

Aquella noche se lo comentó a su compañera sentimental, porque Joshua I tenía compañera sentimental. Él no sabía que eso de tener compañera sentimental es una horterada de tomo y lomo, pero hay usos y costumbres que se extienden como la mala hierba. Le dijo,

–Me parece que sé cómo se puede hacer una escalera al cielo. ¡Menuda obra...!

Su compañera sentimental ni le contestó. Lo primero, que no estaba el horno para bollos con tanto viaje en globo y tanta historia, y lo segundo, que estaba mucho más interesada en una cosa que se veía en la televisión, una cosa toda llena de floripondios y lentejuelas como las de los viejos tiempos. Dio un suspiro y se recostó en el sofá del otro lado. ¡Qué tonterías había que oír! Una escalera al cielo... Para acabar de arreglarlo, recordó que ahora andaban diciendo por ahí que las máquinas iban a sustituir a las personas, ¡por Dios!

La compañera sentimental de Joshua I lo había comentado una vez con una amiga.

–¿Tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I era medio boba.

–¿Cómo dices...?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I estaba mucho más interesada en la boda del príncipe Ruperto.

–No, que si tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad...

–¡Ay, Jesús, qué barbaridad!

Joshua I, desde que tuvo la idea, no paraba. Él tenía, por oscuras razones de las que nunca hablaba a nadie, mucha mano con el gobierno regional. Se dedicaba a las contratas, y a veces, cuando escaseaba el trabajo, hacía de intermediario. Los jueves por la noche solía acudir a unas reuniones medio secretas que se celebraban en una casa de lenocinio electrónico que había en las afueras, justo al lado del nudo que comunicaba las autopistas, y a las que también solían acudir algunos subsecretarios. Una vez le habían presentado a un ministro, pero a él le gustaban más los subsecretarios. Eran, ¿cómo diría...?, más dúctiles.

–Don Carlos..., qué..., ¡vaya moza que llevaba usted el otro día!

Don Carlos, que llegaba directamente del Congreso Regional, le dedicó una amplia sonrisa al pasar. Era simpático aquel Joshua I, se fijaba en todo, pensó, habría que darle algo este semestre... Sí, tendría que hablar con su secretario.

Joshua I, en realidad, estaba haciendo méritos, que era lo suyo. Pagaba cuentas de botellas que ascendían a cantidades astronómicas, y si la cosa se terciaba, también algún polvo electrónico extra; todo servía. Eso sí, cuando aparecía por el ministerio se prodigaban las sonrisas y apretones de mano; hasta los ujieres habían oído hablar de él. Aquella mañana se animó a entrarle al ayudante del subsecretario, un zascandil con ojos de mochuelo que le había chuleado una historia con una rubia más bien basta dos semanas antes.

–Eso que usted me cuenta... –le había contestado mirándole fijamente–, nos interesa, sí, nos interesa. ¿Y cuánto ha dicho usted que...?

–Unos trescientos millones, don Ferrari. Los estudios preliminares, unos trescientos millones.

Aquello de don Ferrari no era ningún apodo despectivo, como pudiera parecer; Joshua I no era tan tonto como para tener una metedura de pata de semejante calibre. La especie había sido alimentada por el propio don Ferrari, quien, en el cenit de sus borracheras, solía recordar a quien quisiera oírle que él, cuando joven, había tenido un Ferrari. (Y dos Porsches, añadía, uno rojo y otro azul). Luego los más cercanos comenzaron a conocerle por aquel nombre, y el apodo tomó carta de naturaleza pública. Aunque sólo dejaba usarlo a los allegados, Joshua I lo era, ¡vaya si lo era!, y por el cariz que estaba tomando el asunto, interesaba que siguiera siéndolo.

Al ayudante del subsecretario le entró una cierta aprensión. Como no tenía ni la más remota idea de lo que era un ascensor espacial, preguntó cautelosamente,

–¿Puedo hablar de esto con el ministro?

A Joshua I se le abrieron las puertas del cielo.

–Por Dios, don Ferrari... ¡Usted mismo!

La siguiente vez que se vieron fue en el reflexólogo. El ayudante del subsecretario estaba radiante.

–¡Muy bien, don Joshua, muy bien! ¡El ministro está muy contento! Ha dicho que cree que esto puede llevarnos lejos...

A continuación los acontecimientos se precipitaron, no era para menos. Primero fue una comisión de servicios la que se encargó de todo, y luego los periódicos, sobre todo los de casa, empezaron a hablar del asunto. Por fin, el Gobierno Mundial tomó cartas en el asunto, pero para entonces el ministro, el subsecretario, el ayudante del subsecretario y Joshua I habían creado una sociedad fantasma que construía chalets de dos plantas y operaba desde las Malabares. Joshua I había soñado a veces con dirigir la faraónica obra, que para algo era aparejador, pero bueno, se conformaba. En el intermedio hubo una época difícil porque un escandalillo político creado por la oposición (¡aquellos hijos de perra!) amenazó con hacer saltar al gobierno, pero el ministro, que después de tantos años se las sabía todas, contrató los servicios de una agencia de publicidad que puso las cosas en su sitio. El colíder de la oposición salió escaldado de aquella, vaya si salió... Tardaría años en olvidarlo, y eso si su carrera política no se arruinaba definitivamente.

–Ahora... ¡a vivir! –le dijo el ayudante del subsecretario una vez que se lo encontró en "La gata muónica", la casa de lenocinio electrónico donde Joshua I volvió a pagar aquella noche, aunque entonces ya no le importaba como antes.

–Bueno –pensó–. Todo sea por San Dieciséis por ciento.

La compañera sentimental de Joshua I, al final, estaba hasta interesada.

–Y, ¿tú crees que esto nos llevará lejos?

Joshua I, ya lo dijimos, seguía sin tener ni idea de astronomía recreativa, ni de la otra; lo suyo eran las comisiones. ¡Quién se lo iba a haber dicho a él! ¡Tantos años de intermediario y sin haberse dado cuenta de lo de las comisiones...!

El Gobierno Mundial era extremadamente activo. Lo primero que hizo fue preparar a lo que desde antiguo se conocía como "opinión pública". El "Hollywood del siglo XXI", ahora sito en algún lugar de Extremo Oriente, se encargó de ello. Lo que se acabó conociendo como "Saga de los planetas" fue una serie de seis películas en 3D que, durante lustros, ostentaron el record de recaudación. Además, Mariquilla S., aquella actriz mexicana, comenzó allí su meteórica carrera... Luego derogó unas leyes que le impedían tomar unas patentes como propias –sí, aquel hilo de diamante era el material adecuado...– por lo que el descubridor puso el grito en el cielo, pero un país africano, que casualmente era el mayor productor de diamantes, se encargó de hacerle entrar en razón, y por último hubo que buscar el lugar adecuado. No podía estar en el ecuador debido al efecto coriolis, ni en cualquiera de los polos por razones obvias, pero al final se encontró una solución a gusto de casi todos: lo instalarían en la línea de cambio de fecha, a unos veintisiete grados de latitud sur, cerca de las islas Samoa. Aquello quedaba en mitad del Pacífico, y así, si había un accidente... Joshua I fue una vez a ver las obras y se llevó con él a su compañera sentimental, que por aquel entonces había criado unos muslos que parecían jamones.

–Papá, papá –decía entusiasmado el hijo que habían tenido unos años antes–, ¿y tú crees que eso aguantará?

Joshua I miró a su hijo. No se podía negar que hablaba igual que su madre, pero, en cuanto a lo suyo, Joshua I no se hacía muchas ilusiones. Las mujeres, ¡eran tan falsas...!

De todas formas, el niño tenía razón. A Joshua I, que depositaba una confianza ilimitada –como buen técnico que era– en las obras de ingeniería, se le humedecieron un poco los ojos cuando lo pensó. Sí, aquella línea azul que subía hacia las estrellas y se perdía a lo lejos era realmente impresionante... ¡Y pensar que él había sido el descubridor...! Joshua I durmió aquella noche a pierna suelta en el Gran Holiday Hilton de Samoa y soñó que le ponían una condecoración con una cinta azul y muchos dorados y piedras de colorines.

El Presidente del Gobierno Mundial, un chino medio calvo que se echaba el único mechón de atrás hacia adelante, lo inauguró unos años después. Aunque escasamente llegaba a la media centena parecía un viejecillo, pero es que aquello del poder, ¡quemaba tanto...!

–... este gran paso de la Humanidad... (y bla bla bla) –dijo con su voz ligeramente cascada, y durante algunos meses la Humanidad se dedicó a celebrarlo.

¡Qué otra cosa iban a hacer, ahora que el trabajo, el inmemorial castigo bíblico, estaba casi desapareciendo...! Luego el ascensor espacial se convirtió en un objeto de uso cotidiano, y con el transcurrir del tiempo la gente llegó a olvidar que durante muchos siglos aquel había sido uno de sus sueños más perseguidos.

Esmeralda, la novia guerrillera del astronauta, finaliza su historia

Aquí sigue la historia anterior, que empezó (¡hay que ver cómo pasa el tiempo!) hace más de un mes. En fin , espero que a ustedes no les importe y lean también la segunda parte de Esmeralda, f ragmento de "La aventura de las luces azules", novela abracadabrante y de las que ya no se ven.


Lo que no sé es cómo ella se enteró de lo que iba a hacer, nunca entendí cómo pudo hacer aquello –a lo mejor me estuvo fisgando los papeles de la cartera la tarde anterior sin que yo me diera cuenta o a lo mejor es que era telépata; he oído hablar sobre eso; ahora dicen que por ahí hay unos cuantos telépatas, telépatas de verdad, aunque a saber, porque lo dicen los periódicos y ya se sabe que de los periódicos no se puede uno fiar mucho– porque al mediodía, cuando iba a comer al comedor del barco, me la encontré en un pasillo, ella estaba allí, de pie, vestida como para ir de viaje, mirándome como te puede mirar una guerrillera, seria y hierática como una esfinge, y yo le dije, bueno, ya que estás aquí, te invito a un helado. Yo me quedé muy impresionado por aquella aparición, pero no dije nada, hay veces en que es mejor no decir nada, ni preguntar siquiera. Lo que sucedió fue que no comimos helado. Como sucede esas veces en que la gente se mira a los ojos, pedimos carne, a mí de repente me entraron unas terribles ganas de comerme uno de esos objetos que mi padre llama churrascos, los franceses suelen llamarles entrecôte, pero esto queda demasiado fino. En el pueblo de mi madre, en laburdi, o en el goierri, no lo sé, la verdad es que esto de los nombres propios me confunde mucho, decían que era una vergüenza que estas cosas pesaran menos de setecientos cincuenta gramos, y seguramente tenían razón. Como el barco aquel tenía unos proveedores argentinos, la carne era de la que se come pocas veces, de la que se come sólo en los restaurantes, carne roja y medio cruda, buey de la pampa, y seguramente debido a que la noche anterior no habíamos cenado más que compuestos lácteos sintéticos y saturados de grasas hidrogenadas, que ya se sabe que sólo quitan el hambre de una manera fugaz, nos lanzamos sobre ella, sobre la carne, como dos poseídos, y, esto ya lo apunté, mirándonos a los ojos. Cuando acabamos de comer le dije, yo no suelo hacerlo pero aquella vez le dije, ¿y si nos vamos a reposar un rato la comida?, que no me diga usted que no es una forma fina de decirlo; lo del alemán, aquello de tú y yo podríamos hacer maravillas, no es ni la mitad de sutil. Bueno, pues bajamos al camarote, y cuando iba a empezar la cosa, o sea, cuando íbamos a meternos en faena, yo intentando quitarle la camiseta, ella se echó atrás, me cogió de las manos, me miró a los ojos y me dijo, yo tengo un secreto, júrame que no te vas a reír, esta es una manera bastante tremebunda de empezar, no me diga usted que no, yo no sabía qué pensar, un travesti no era, eso estaba bastante claro, no había más que ver como movía el culo, Esmeralda movía el culo como una pantera, y los travestis lo mueven más bien como los elefantes, eso si son grandes, si son pequeños lo suelen mover como las escandalosas ocas del Languedoc, en cualquier caso es un movimiento que no tiene nada que ver, cualquiera lo distingue a distancia, así que le dije, tranquila, te juro que no me voy a reír, no, pero júramelo de verdad, de verdad te lo juro, sea lo que sea. Esmeralda me miró a lo más profundo de los ojos, y cuando se sintió segura se sentó encima de mí como se sientan las chavalas que te quieren y se quitó la camiseta a la velocidad justa, ni atropellada ni demasiado pausadamente, se quitó la camiseta como lo habría hecho una profesional. Luego, con ciertos movimientos que no quiero calificar, con movimientos que tuvieron bastante que ver con el reino animal, se quitó el sujetador, un sujetador de fantasía. Esmeralda, que era un monumento y se hacía fotos en ropa interior, tenía tres pezones, dos en los sitios habituales y el tercero entre las tetas, justo en medio. Esto es bastante raro, no raro del todo porque luego he leído que hay algunos casos de esta anormalidad, pero sí si se piensa en lo de las fotos, por lo visto se maquillaba y no se notaba casi nada, hay maquilladores muy buenos, y se puede uno fiar de ellos porque la mayoría son de la acera de enfrente, y hasta hubo una firma de lencería que le ofreció el doble de la tarifa habitual si se le notaba y ella no puso ningún inconveniente, antes al contrario se dejó hacer las fotos y se llevó la pasta. Todo esto sucedió porque el dueño de la fábrica, que iba a las sesiones de foto, el decía que para controlar bien todos los detalles, se la quería tirar, como de costumbre, pero no pudo hacerlo porque ella no le dejó, por lo menos eso fue lo que me dijo, aunque ya se sabe que de las mujeres no puede uno fiarse, y menos cuando hacen como que están ligando contigo.

Ella nunca fue a América, nunca quiso salir de Europa, no, hombre, vete tú, para qué voy a ir yo, para qué voy a revolver en el pasado, Europa es suficientemente grande, a mí me sobra, cuando vuelvas me llamas y quedamos en donde tú quieras, en Portugal, en Turquía, en Italia, me da igual, en Italia conozco un sitio deslumbrante, se llama Amalfi y está sobre un acantilado, podríamos ir allí, eso sí, avísame con tiempo para hacer yo mis planes, para dejarlo todo resuelto, esto del trabajo ya sabes cómo es. Esmeralda, como había estado en la guerrilla, estaba curada de espantos y se precipitaba por la cuesta abajo de la vida como una de esas mariposas tropicales, sólo iba a vivir un día y lo sabía de sobra, ella ni sospechaba que existieran esas raíces que a los humanos nos atan a determinados lugares, sí, y a algunas situaciones, a mi gran piedra de nombre Ulises.

Esmeralda, la chica cuyos ojos eran del color de su nombre, era un poco viciosa, un poco andromaníaca, se conoce que aún entonces estaba intentando recuperar el tiempo perdido en lo de la guerrilla, a juzgar por lo que me hizo a mí, a los alemanes les debió de dejar abrasados, y eso que eran dos. A mí, como no me gustaba nada lo de hacer daño a la gente, no quería pegar con la regla a Esmeralda, pero ella me obligó. El primer día que tuvo el capricho me dijo, como no me pegues hasta hacerme sangre te digo yo que esta noche la vas a pasar de ayuno y abstinencia, tú verás, tú no eres un violador y yo no te voy a dejar. Ante semejante planteamiento no me quedó más remedio que plegarme a sus deseos y atizarla a modo, y como allí no teníamos regla seguimos el método clásico, me quité el cinturón y le puse el culo como ella quería entre gritos, ayes, lloros y lamentos, y cuando se hubo corrido media docena de veces, me subí encima y vacié la esclusa de los deseos en el pozo sin fondo de su más estricta intimidad, aunque esto quizá sea una forma demasiado floreada de decirlo. Yo entonces tenía treinta y pico años, y a esa edad, sobre todo si te has tomado un par de copas, puedes estar toda la noche dale que te pego sin sentir la menor molestia, aunque tengo que reconocer que, con el tiempo y la costumbre, acabé por cogerle gusto a la cosa y no hizo falta que me lo pidiera más. Cuando su mirada se enturbiaba yo ya sabía lo que tenía que hacer, así que se me ocurrió, estuve planteándomelo, lo de volver a mi antiguo oficio, el de dentista, cuando fuera mayor y no pudiera seguir siendo astronauta; total, era lo mismo, y la verdad es que pagaban bien. Bueno, yo del dinero no me quejaba, y aquello fue como una sicoterapia de esas de las que hablan tanto.

Como Esmeralda, cuando llegaba al orgasmo, que era con asiduidad, daba unas voces propias de la selva que la había visto nacer, o sea, que emitía unos estridentes sonidos en frecuencias de la parte alta del espectro, en muchos hoteles de las capitales europeas, en hoteles de los buenos, claro, nos conocían de sobra y nos daban habitaciones en los lugares más apartados, me imagino que para que no escandalizáramos a la clientela, aunque luego he pensado que quizá lo que sucedía es que tenían cámaras ocultas; ahora ya no pienso eso, porque si hubieran grabado algo lo más seguro es que lo hubiéramos visto todos repetidas veces en los informativos, ¡Alfred, nuestro robinsón estelar, follando con una puta...!, ¿se lo imaginan? Sí, seguro que si existiera tal película la hubiéramos visto harto y reiterado, y sin embargo tal suceso no se ha producido, por lo menos hasta el momento. ¡Pobre Esmeralda, mira que llamarla puta...!

Ahora suena el teléfono de la línea principal y les he dicho que esperen, he apretado la tecla, ¡esperad...! Lo que pasa es que da igual. Como las comunicaciones tienen un retraso de trece minutos, no creo que le den mucha importancia, pero yo dejo el papel y el lápiz –esto del lápiz tiene gracia– y les presto atención, ¿qué más da? Aquí tengo todo el tiempo del mundo para escribir, pensar en Marie Claire y otras mujeres y mirar a las estrellas... Hoy le voy a pedir al aparato de la materia que me haga ensalada de lombarda.

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