Diciembre, 2008

Fiesta de cumpleaños, primera parte

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Lo que a continuación puede leerse es una de las muchísimas aventuras que se cuentan en la novela llamada " Crucita y yo ", en donde se narra la vida de una niña que nunca fue mayor.
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Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...

Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...

¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...

(Nota: la semana que viene, o la otra, pondré la segunda parte de este cuento).

Fiesta de cumpleaños

El verano en que cumplí quince años se me ocurrió que podíamos hacer una fiesta, ¿no?, es que fiestas no hacemos nunca y quince años sólo se cumplen una vez, ¿no os apetece?, y además tenemos mucha comida buenísima de la huerta y habrá que comérsela, y el Rockero no necesitó oír más.

–¿Una fiesta? ¡Qué idea más buena!, claro que sí... Pero una fiesta de verdad, ¿eh? Una fiesta en el bosque.

–¿En el bosque? ¿En qué bosque?

–Pues en el bosque que tú conoces, el que hay detrás de casa.

–¿En el pueblo...?

–Naturalmente, por supuesto que en el pueblo, que es donde hay que hacer estas cosas.

–¡Huy, sí, eso sí que estaría bien...!

–Y además de disfraces y que dure todo el día, o toda la semana. ¿Qué te parece...? –y a mí me pareció de maravilla.

–¡Eso...! Oye, ¿pero yo puedo llevar a mis amigas?

–¡Anda!, ¿pues qué clase de fiesta va a ser esa en la que no estén tus amigas? A tus amigas y a tus amigos. ¿No vas a decírselo a Atahualpa?

–Sí, claro, pero ¿pueden dormir allí? Es que eso está lejos...

–Pues claro, mujer. Llevamos a todos y por las noches montamos guerras de almohadas –y el Rockero, embalado, empezó como siempre.

–A ver, ¿tú quién quieres ser? ¿El hada Valeria o el hada Amilamia?

–¡No, Valeria no!

–Bueno, pues entonces tú eres el hada Amilamia, el hada de las fuentes, personaje de índole afable y caritativa..., ¿o sería mejor el hada Pan de Azúcar...? En todo caso te tienes que disfrazar de tal, así que vete dibujando algún traje.

–Vale. Y tú, ¿de qué te vas a disfrazar?

–¿Yo? Pues no sé... ¿De cura te parece bien?

–¿De cura? Pero de eso ya te disfrazaste una vez...

–Bueno, sí, tienes razón, ya pensaré algo. Si se te ocurre a ti antes me lo dices, ¿vale?

–Vale. Oye, Maná, ¿y tú?

–¿Yo...? Bueno, ya veremos, una ocasión es una ocasión. ¿De qué quieres que me disfrace?

–Pues tú..., ¡de madre!

–¿De madre? ¿Cómo de madre?

–Pues de madre. Tú nunca has sido madre de nadie..., bueno, sólo de mí, pero así te disfrazas y pareces una mamá... ¡Qué bien!, ¿verdad?

–Sí, mujer... Bueno, ya veremos.

... pero luego, cuando llegó el momento, no pasó nada de eso. ¿Saben de qué se disfrazó? Es que me da no sé qué decirlo... Bueno, pues se disfrazó de puta, con todas sus amigas; sólo fueron dos pero iban igual, iban todas de putas antiguas, estaban guapísimas y parecían de verdad, y yo, al final, no me disfracé de hada.

–¡Ya sé!

–¿Qué sabes?

–De qué me voy a disfrazar. ¿Sabes de qué?

–Dime.

–Pues de Bella Durmiente... ¡Si ya tengo el traje! Lo lavo y lo plancho y lo coso un poco... Y además el Príncipe tiene que venir y despertarme de un beso –y Maná se moría de risa.

–¿Y quién va a ser el Príncipe, hija mía? No me irás a decir que tiene que ser Atahualpa... –y yo me puse un poco colorada pero no me importó.

–¡Pues claro!, ¡quién va a ser! ¿Puedo hacerlo...? –y yo le dije que sí, que por supuesto.

–Es tu fiesta y tu cumpleaños. Además, eso es una cosa como de teatro, y Atahualpa y tú ya os habréis dado algún beso, ¿no?

–Bueno, sí, alguno... –y como yo estaba friendo pescado, Crucita vino y me abrazó un poco por detrás, me cogió por la cintura.

–¿Qué haces?

–No, nada, déjame –y me abrazó un poco más y apoyó la cabeza en mi cuello...

¿En qué estaría pensando...? Yo le dije,

–Oye, ¿sabes que se te han puesto las tetas muy duras?

–¿Síii...?

Su voz sonó un poco asustada.

–Sí, ¿no...? Bueno, como a tu madre...

–¿Sí...? ¿Ella las tenía así?

–Pues sí, algo así –y yo dejé la espumadera y, mientras se apretaba a mí, le dije quedamente,

–¿Sabes otra cosa?

–Qué.

–Pues que a las mujeres se nos ponen las tetas duras cuando empezamos a funcionar.

–¿A funcionar?

–Sí. Sexualmente, claro –y Crucita se soltó un poco y me miró.

–Oye, pero yo no he hecho nada, ¿eh? –y yo me reí y le di un beso.

–Ya lo sé, mujer. ¿Tú no sabes que los mayores notamos esas cosas? –y Crucita me miró con sorpresa.

–¿Sí...? ¿Tú lo notas?

–Pues claro –y allí ya me agarró del todo y se rió.

–Bueno, niña, ¡para, para...!

* * *

Los amigos de Monticola eran, Serafín, el paraguas y Juanito Barbarroja.

–Oye, ¡pero si tienes la barba roja de verdad!

–Pues claro, hija. ¿Tú qué te creías? –y Crucita le miró arrobada durante un instante.

–Oye, ¿y no vas a poner más gallinas?

–Sí, claro, pero en otoño, y esta vez las voy a cercar con trampas eléctricas. Si alguien entra a robarlas a lo mejor se electrocuta.

–¡Eso...! Pero vaya faena, ¿no?

–Pues sí, pero qué le vamos a hacer...

–¿Y no las has encontrado?

–¡Huy, encontrarlas...! Se las habrán comido; se las comieron en Navidad y todavía deben de estar haciendo la digestión. Es que eran muchas, ¿eh?

–¿Y no las vendieron?

–Pues sí. Seguramente las venderían, pero yo no me he enterado.

... y Monticola, en un aparte, me dijo,

–¿Tus amigas son ligeras de cascos?

–Oye, ¿por qué no se lo preguntas tú?

–No, ¿cómo les voy a preguntar yo semejante cosa? Yo no soy ningún grosero.

–Bueno, ¿pues entonces...?

–No, es que es para saber a qué atenernos. Es que estos dicen que qué pasa...

–¿Que qué pasa? ¡Vas a ver tú lo que pasa...! Para empezar, Marisa me ha dicho que le encanta tu amigo Barbarroja.

–¿Sí? ¡Qué bien! A ver si esto va a resultar una fiesta de verdad...

... porque estuvimos en el campo casi una semana. Mejor dicho, hubo quien estuvo casi una semana, Atahualpa, por ejemplo, y Palmira y otra niña de la que he olvidado el nombre.

–Era Rocalunar.

–Bueno, eso.

Mis amigas estuvieron menos, estuvieron sólo dos o tres días, pero lo pasamos de película. ¿Saben ustedes quiénes eran mis amigas? Pues mis amigas eran unas profesionales de verdad, ¡qué decir de Armiña, por ejemplo!, unas profesionales de tomo y lomo, de las que saben cómo se pone una mesa para ricos y cómo hay que disfrazarse para que parezca que acabas de llegar de Australia, que era justamente lo que andaban buscando los amigos de Monticola. Nos falló Edelmira, que era la que mejor estaba de las tres, aunque las otras tampoco estaban mal.

–Pero, Edelmira, ¿por qué no te cambias el nombre?

–Déjalo, si a mí me da igual.

–Hija, es que antes de verte no sabe una con qué se va a encontrar.

Pues Edelmira no vino porque no pudo, pero me llamó por teléfono a última hora.

–Compréndelo, Nastasia. Es que esto son doscientos papeles...

–Ya, hija, déjalo, que no importa. Ellos son tres, pero yo creo que con dos se apañarán. Son algo mayores.

–Oye, que bien que lo siento...

–Que no pasa nada, que da igual. Bueno, ya te contaré –y acabamos riñéndonos.

–Bueno, tía, que te den pol culo.

–Eso, y que Dios te oiga.

... porque mi amiga Edelmira es una tía genial. Lástima que no estuviera en aquel lance, que hubiera disfrutado muchísimo con la fiesta en el bosque y los niños..., ¡con lo que le gustaban!, pero ya se sabe, el curro es el curro y hay que trabajar, que las pelas..., y los niños a los que me refiero no se enteraron de nada. Bueno, sí, se enteraron de que hubo bastante trasiego, pero de lo que pasaba dentro de las habitaciones, de nada. Además, ni se lo podían imaginar. A esa edad uno no se imagina esas cosas, ni le interesan, y nosotros fuimos de lo más discretos. A mis dos amigas las coloqué en los mejores cuartos, los que tenían mirador, y les dije,

–¿Qué os parece?

–Pues que esto es Jauja. Si llego a saberlo vengo aunque no me pagues, y los chicos son muy divertidos. ¿Has visto cómo nos han mirado...? ¡Ja ja! Oye, ¿tú les has dicho algo?

–No, yo nada. Que sois mis amigas. Tú acabas de llegar de Australia, tú trabajas en una ONG y ahora estáis de vacaciones. Eso es todo lo que necesitan saber, ¿vale?

–Vale. ¡Qué bien!, ¿no? ¡Me encanta...!

... y no sé cómo acabaría la cosa, pero solas no durmieron.

–¿A que no, paraguas?

–Téngalo usted por seguro, señora duquesa.

–Con dos para tres ya tendréis, ¿no?

–¡Hombre, por supuesto, que ya van pasando los años...!

Bueno, y a los niños, cinco en total, dos chicos y tres chicas, porque a última hora apareció un amigo de Atahualpa que pretendía no sé si a Palmira o a Rocalunar..., eso, bueno, pues los acomodamos en el desván. Era un desván postmoderno y corrido muy grande, y en él había seis camas, tres en cada extremo. Yo me dije, ¿cómo se lo montarán estos?, ¿cómo dormirán?, y si tengo que decir la verdad, no sé qué pasó pero hicieron poquísimo ruido durante aquellos días, estuvieron de lo más discretos, se ve que eran chicos bien educados. Sí, al principio siempre había un poco de bulla, pero luego se dormían, o lo que fuera, y ya no se oía nada.

El Rockero y sus amigos subieron la primera noche con todos los almohadones que había en la casa.

–Oye, pero al que le dé una almohada se tiene que caer al suelo como si estuviera muerto y ese ya ha perdido.

–Vale, ¿pero si sólo te roza...?

–Bueno, si sólo te roza estás herido, ¿vale?

–¡Eso, venga...!

... y durante cerca de media hora se oyeron toda suerte de carreritas, correrse de camas, gritos histéricos y ahogados, sonoros almohadonazos y demás manifestaciones que suelen acompañar a uno de estos catastróficos acontecimientos. Se lo debieron de pasar muy bien, y cuando bajaron, los mayores, bastante sudorosos, por cierto, y comentando la batalla a grito pelado, le dije al Rockero,

–Oye, ¿y tus amigos?

–Qué.

–Pues que cómo se lo van a montar.

–Ah, creo que van a organizar una timba.

–¿Sí...?

–Sí, con tus amigas. ¿Quieres jugar tú también? A ti te gusta bastante eso del juego... –y yo me quedé un poco así.

–Hombre, jugar no sé..., pero verlo un rato sí, ¿no? ¿Vamos a verlo?

... y, efectivamente, en una de las habitaciones habían puesto una camilla en medio y allí estaban los cinco, todos fumando y bebiendo al lado del mirador abierto. En aquel momento estaba empezando la partida.

–¿Queréis jugar vosotros también?

–No, veníamos a ver si teníais bastante de todo.

–Sí, servidos, pero quedaros un rato, ¿no? Tomaros unas copas...

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Lo dicho: dentro de quince días pondré la segunda parte.

La negra a los once años

Pongo hoy un nuevo trozo de "Europa barroca", novela a la que harto nos hemos referido en esta página. Como se recordará, es la historia de tres personajes, un blanco, una negra y un cachalote telépata y habitante del océano Atlántico. El texto que va a continuación se compone de ciertas disquisiciones de la negra, disquisiciones de cuando era joven, muy joven, recién llegada a la para ella desconocida civilización de las máquinas...

A mí me pegó el telele a los once años, eso sí que era un acontecimiento para todas nosotras, y el telele cualquiera se imagina lo que es. A mí me pegó a los once años, pero tuve suerte porque tenía una hermana mayor que se llamaba Liria y me explicó todo. En fin, todo tampoco se puede explicar, en esto no hay reglas, a unas les toca de capitanas y a otras sólo de sargentas, pero cuando me llegó la hora yo ya sospechaba lo que iba a suceder porque llevaba unos días con el estómago revuelto y aquello no me había sucedido nunca. Además, me pesaban las piernas y tenía la cabeza a pájaros. Los pájaros eran tucanes y guacamayos de colores como los que mucho más adelante Eduguá había de contarme que tenía su abuela en casa. Los pájaros revoloteaban, subían y bajaban y todo el día los tenía ante los ojos. Cuando ves tucanes azules quiere decir que el negocio va a ir mal, que te vas a pasar quince días embobada y sin poder ni silbar, pero cuando los ves colorados, o verdes o amarillos, lo que sucede es que no va a ser tan grave; el azul es el peor color para estos casos, y si son multicolores es que ni te va a doler. Yo los vi al principio colorados, pero luego se tornaron en unos pájaros gigantescos y policromados que parecían cóndores más que tucanes... Yo sólo sé que aquello me vino de repente y una mañana tenía un montón de sangre entre las piernas, ¡Dios mío, qué es esto!, porque como yo siempre he dormido desnuda, puse todo perdido, pero Liria me dijo que no me preocupara.

–La sangre es lo de menos. Si no te duele, mejor; eso es que estás de suerte. Ahora, lo que sucede es que vas a tener que empezar a ir con cuidado. ¿Tú has hecho el amor alguna vez?

–¿El amor...?

Yo sabía de sobra lo que me estaba diciendo porque en la televisión casi no hablaban de ningún otro asunto, pero una cosa es haberlo oído y otra muy distinta haberlo experimentado, haberlo hecho. Mis amigas decían que sí, que alguna ya lo había probado.

–Yo, a los diez años, me tiré al ciego de la esquina. Mejor, como era ciego no se enteraba de lo que estaba sucediendo ni de quién era yo. Por el olfato no creo que lo notara porque yo siempre le había rehuido, nunca pasaba a su lado. Un día, cuando tenía diez años y me había enfadado con mi padre porque no me dejaba salir de casa, me escapé por la ventana, me quité las bragas, iba sólo con la falda, agarré al ciego por una mano y lo arrastré hasta el corral, allí no nos veía nadie, y él menos. Como era ciego le costó entender, pero en cuanto notó un par de tirones en la bragueta me cogió por la tripa con manos de hierro, me puso de espaldas y contra la pared, me mordió en la nuca y me la metió por donde pudo. Menos mal que acertó, que si me la llega a clavar por detrás me desgracia. La tenía como un hierro al rojo, o por lo menos a mí me picó muchísimo, y no te digo nada del semen, debía de ser como salfumán. Cuando noté todo aquello intenté salir corriendo, pero no hubo forma. Me tenía tan cogida por las tetas que no me pude escapar, y menos a los diez años. Él se puso a vociferar, pero yo no podía abrir la boca porque no quería que supiera quién era, y no aflojó lo más mínimo. Cuando se corrió casi me desmayo, me quedé totalmente bloqueada, pero no me soltó, ni me soltó ni se le bajó, sólo se le bajó un poco y yo creí que ya iba a poder irme, pero ¡que te crees tú eso! Acto seguido le volvió la locura, se le volvió a poner dura y me tuvo allí otros diez minutos p'alante y p'atrás, y aquella vez sí que vociferó y pataleó. Yo creía que los tíos sólo se podían correr una vez, pero ya ves; a lo mejor es que era un superdotado. Al ciego todo aquello le debió de parecer un milagro. Luego me dio tanto asco que me estuve lavando un mes con jabón del fregadero y agua de Getsemaní, y menos mal que no sucedió nada.

Todo esto lo decía Rosa, que era mulata y las cosas le venían muy adelantadas. Rosa no se llamaba Rosa, se llamaba Generosa, pero eso es lo de menos.

Hay gente que se trastorna y no sabe ni lo que hace con su cuerpo, pero yo no soy tan bruta. Yo, de eso, lo único que sé es que cuando un tipo te empieza a llamar hija, malo, malo malo. Eso quiere decir que te ha tomado bajo su protección y a lo mejor lo único que pretende es casarse contigo, pero a lo peor lo que quiere es ponerte a trabajar en un burdel o cualquier otro lado, una mercería, una agencia de exportación-importación o incluso una mina de sal. Cuando un tipo te protege deberás pagar el impuesto revolucionario, esto no tiene vuelta de hoja y sucede todos los días, sucede a cada momento aunque no nos demos cuenta ni pensemos en ello, y si cuando un tipo que no tiene nada que ver contigo te empieza a llamar hija, el negocio es para echarse a temblar, que he escrito, no digo nada de si lo que sucede es que te da su saco para que te lo pongas, para que lo huelas. Cuando un tipo te dice, ¿tienes frío?, toma, ponte mi saquito, a ti seguro que te queda mejor que a mí..., entonces ya puedes darte por perdida y lo mejor es que salgas corriendo y no te detengas hasta que el horizonte haya borrado su presencia. Lo siguiente suele ser la vicaría, eso los que se casan, y menos mal que yo no suelo tener frío.

Algunas de mis amigas, y no voy a decir quiénes, no voy a decir sus nombres porque a nadie le interesan, se dedicaban a meterse mano. Lo hacían a menudo y lo contaban, o bueno, lo medio contaban, y a veces, cuando no había mucha gente, iban hasta agarradas. Luego, en cuanto crecieron y empezaron a fijarse en los pavitos, dejaron de hacerlo, aunque aquello era más o menos lo que hacíamos todas; lo que ocurría es que no le dábamos publicidad, lo hacíamos más a escondidas.

Andrea se enrollaba mucho conmigo cuando teníamos diez años, y no sé por qué me eligió a mí porque ella era blanca; sería que le gustaba mi piel negra. Su especialidad era darme crema en la playa. La primera vez que lo hizo me sobresalté pero no dije nada, algún aspaviento sí se me debió de escapar, aunque procuré permanecer inmóvil, y luego, otro día, me dio un beso y se puso toda colorada, me miró a los ojos y, mientras lo hacía, se puso roja como el tomate. Luego bajó la mirada y no se atrevía ni a mirarme. A mí me dio tanto apuro que le acaricié una mano, una mano que se había quedado suelta por allí, se la acaricié un segundo, o dos, pero ella me entendió. En realidad no me disgustó porque las niñas nos besamos mucho –esto no lo sabe casi nadie, pero es así–, y luego el negocio fue ya más rodado y tuvimos una temporada de inocentes magreos a escondidas. Aquello era amor, claro, aunque no ese del que nos hablan los místicos o los poetas, no, ni mucho menos el de las instituciones eclesiásticas. Era la natural curiosidad humana, las ansias de exploración tan de moda hace muchos años, incluso siglos. Debió de ser en el Barroco, la Era del Iluminismo, aunque yo creo que esto lo he leído de mayor.

También resulta que Paula, o Paola –la llamábamos indistintamente–, tuvo un niño. Un día nos dijo que estaba embarazada y todas nos lo creímos, y a la mayoría nos ilusionó mucho. Además, nos contó cómo había sido. El padre de la criatura era un amigo de su familia, pero aquello era un secreto.

–Por lo que más queráis, no se lo digáis a nadie; si mis padres se enteraran... ¿Sabéis lo que me ha dicho? Pues que no me eche más perfume porque su mujer ya lo ha notado. Ahora, con lo del niño, me parece que se va a acabar. Bueno, la verdad es que una se siente tan rara... Yo cambio esto por lo del colegio... –y al cabo de seis meses tuvo un niño con los ojos redondos y los labios como un negrito, aunque en realidad era cobrizo.

A Paula no la volvimos a ver. Sólo venía de vez en cuando, una vez cada dos meses, más o menos, y traía al niño, que se llamaba Jesusín, y nosotras lo acunábamos. Yo lo tuve mucho tiempo en brazos y las demás igual, pues a veces incluso nos lo disputábamos, pero a Paula no la volvimos a ver, se esfumó, fue tener al niño y desaparecer del espacio-tiempo, ¡hay que ver los azares que nos depara la existencia! La maternidad está bien pero sus efectos suelen ser imprevisibles, sobre todo para las niñas de once años, aunque Paula, ahora que lo pienso, quizá fuera ya un poco mayor.

Algo después de aquello, cuando ya teníamos once o doce y habíamos cruzado la primera de las fronteras de la vida, íbamos a los bodegones, es decir, a las pizzerías, y a veces bebíamos tanto ron que acabábamos las cinco cogidas por los hombros alrededor de una mesa y cantando, al principio bajo pero luego a voz en cuello. Cantábamos muy mal y muchas veces nos echaban, y entonces nosotras salíamos corriendo, chillando histéricamente y tirándolo todo, y en aquellas ocasiones, como los camareros se quedaban pasmados y sin saber qué hacer, aprovechábamos para irnos sin pagar, pero en otros lugares les hacía más gracia y no decían nada –aunque esto solía suceder más en el extrarradio–, y en algunos hasta la marchantía cantaba con nosotras.

Una de aquellas tardes, que nos habíamos pintado aún más que de costumbre, fuimos a una discoteca. Yo iba como un semáforo, con la frente blanca, los ojos verdes y rojos y los labios azules, pero de un azul rabioso, un azul añilado, y las demás por un estilo. Andrea se había pintado los pezones con una barra de labios encima de la camiseta, se los pintaba como si fueran dos ojos y en el sitio justo porque decía que así no había pérdida, el que quiera mirar que mire, se me ponen tan duros, se me notan tanto, que es casi mejor pintarlos, para qué vamos a andar con disimulos. La discoteca a la que fuimos no era a la que íbamos siempre, en donde nos daban a oler aguarrás en la puerta. Fuimos a otra muy grande que había en un barrio distante, y fuimos a ella porque a alguna de nosotras, ya no recuerdo a quién, le habían dado invitaciones con bebidas gratis. Cogimos un ómnibus, y en él ya tuvimos la primera bronca con el conductor, que quería que pagáramos. Nosotras entramos por la puerta de atrás atropellando a los que bajaban, porque así el conductor no sabía quiénes eran las que se habían colado, y él se levantó de su asiento y vino a ver qué ocurría, pero como éramos todas muy altas, no lo debió de ver muy claro y nos dejó en paz, se volvió a su sitio y arrancó. En la discoteca estuvimos toda la tarde. Había una promoción de ron y nos bebimos casi toda la cosecha. También una piscina de superlujo en la que no se bañaba nadie, y a su alrededor mucha gente mística que nos miraba como si estuviéramos locas, pero a mí me faltó tiempo para desnudarme y tirarme al agua. Bueno, todo no me lo quité, me quité casi todo y me metí dentro, al tercer ron no me importaba nada lo que pensara la gente, y cuando salí, al cabo de un cuarto de hora de chapuzones, se me había corrido toda la pintura y ya no tenía la cara como un semáforo sino como uno de esos cuadros modernos que se ven en las consultas de los médicos o los vestíbulos de las instituciones respetables, un montón inconexo de manchas de color sin orden aparente, pero mis amigas dijeron que aquello me sentaba todavía mejor y allí se quedó. Me volví a vestir toda mojada, pero hacía mucho calor y al rato estaba otra vez chorreando de sudor, y las demás igual. Entonces fue cuando descubrimos que había una pista de baile de esas que se mueven, que se inclinan. Nos fuimos a ella, y al que ponía la música le debimos de gustar porque estuvo todo el rato poniéndonos máquina y dando grititos ridículos por el micrófono, dijo unas simplezas que prefiero no repetir, y moviéndonos la pista a lo bestia. Nosotras seguimos dándole al ron y al cabo teníamos todas un guayo guapo. Entonces a mí se me ocurrió, no sé por qué se me ocurrió pero estos pensamientos llegan siempre sin avisar, de repente surgen en tu cabeza y ya no te los puedes quitar, pues de repente me acordé de mi madre, la pobre, que se murió para que yo naciera. Esto a lo mejor es decir mucho y lo que sucedió fue inevitable, porque si no hubiera habido un terremoto no se hubieran roto las carreteras y las ambulancias habrían podido pasar, a saber, pero yo me acordé de mi madre, de cuando mi madre me tuvo a mí, la pista se movía como si hubiera un terremoto, y yo, en mi estado, me caí al suelo y no me podía levantar, así que me puse a representar el teatro de la parturienta abriendo las patas, dando gritos y demás. Fue un homenaje a mi madre. Me subí las faldas hasta la cintura e hice todas las contorsiones que se me ocurrieron mientras las demás me jaleaban hasta lo indecible. Mis amigas estaban tan descompuestas como yo y gritaron y chillaron histéricamente hasta la extenuación. Estábamos todas metidas en faena hasta el culo cuando vinieron los guardias, los de seguridad, y nos echaron a palos de la discoteca. Al final nos encontrábamos en la calle, en aquel gran paseo marítimo lleno de palmeras, todas chorreando y muertas de risa, y nos volvimos a casa andando porque era muy tarde y ya no había guaguas. Pasaban autos que nos tocaban la bocina, pero nosotras no les hacíamos ningún caso sino que les tirábamos cortes de mangas, y ellos tocaban aún más la bocina y aceleraban... A aquella discoteca nunca más volvimos. A mí no me quedó buen sabor de boca, sobre todo al día siguiente, pero de todas formas no creo que nos hubieran vuelto a dejar entrar.

Esto, y cosas peores, era lo que mis amigas y yo hacíamos, ejemplar conducta, en la América central durante aquellos años arrebatados. En aquella época todos estuvimos muy locos, y lo que habíamos de estar, y mis amigas tampoco eran tan malas, eran muy pequeñas, todas éramos muy pequeñas y nos comportábamos como tales. De mis amigas ya he dicho mucho, pero he hablado muy poco de Andrea, la catira de Maracaibo, la maracucha. Esta era la mejor. Era blanca y con el pelo rojo y siempre nos llevamos muy bien. La verdad es que luego me he acordado mucho de ella. ¿Dónde estarás ahora? Ha pasado tanto tiempo y sucedido tantas cosas... ¡A lo mejor ha oído hablar de mí...! Tanta gente ha oído hablar de mí en este planeta...

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