Diciembre, 2007

YO NO SOY UNA FOCA QUE ESTÁ EN UNA PLACA DE HIELO

Hoy toca una página de " Europa barroca ", en la que el cachalote telépata cuenta algo que le sucedió en el curso de uno de sus anuales viajes de veraneo a los mares del Ártico.


Yo soy una foca que está en una placa de hielo. El hielo es delgado, pero como no peso mucho, no me hundo. El hielo se desgajó de un témpano más grande, se desgajó un trozo y yo aproveché para subirme en él. Hizo un ruido como de sierra, como de juguete roto, un crrraaaac prolongado, y luego se desgajaron otros. Yo, en realidad, no soy una foca subida en una placa de hielo, encaramada en un diminuto témpano flotante, pero es como si lo fuera.

Miro a mi alrededor y veo agua azul, agua salada, agua helada aunque aún líquida. La placa de hielo no es muy grande ni muy gruesa, y voy a contar lo que sucede con ella. Mis enemigos me acechan. El gran y perezoso oso blanco, el gigantesco y peludo oso blanco, las garras y los dientes y el instinto, la poderosa mandíbula del gran y peludo oso blanco, todos ellos me acechan, todos ellos me contemplan, me observan desde lejos, desde el firme hielo de la orilla. Allí están los osos blancos, el oso blanco que me ha señalado el destino; esto está escrito desde el principio de los tiempos. Sí, allí está el oso blanco, mirando, oteando, husmeando. El oso blanco no está contento, está nervioso y pasea por la orilla...

Yo no soy una foca que está en una placa de hielo flotante, pero hago su papel. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que se dirige al océano boreal, que va de viaje hacia el refrigerante océano Ártico, mientras en la orilla el oso husmea el aire... Sí, allí está la foca subida en su placa de hielo. La placa de hielo no aguantaría mi peso, y por eso no me puedo subir encima. Si lo hiciera, la foca, que es lenta y pesada de movimientos, se zambulliría al instante por el agujero que ha excavado a su lado, ¡qué listas son las focas! La placa de hielo es ancha, y la foca, mi foca, está en medio tomando el sol. Las focas son perezosas y holgazanas, comen peces, se tiran al agua y nadan un poco, esperan, ya vendrá la comida, ya pasará por aquí, sólo hay que esperar, es todo lo que hay que hacer. De repente, ¡zas!, pasa un salmón. Los salmones son rápidos y escurridizos. Nuestro salmón, éste del que hablamos, buscaba la desembocadura del río de su nacimiento, pero ya nunca la encontrará. El salmón nadaba rápido. Él también estaba nervioso porque no encontraba la desembocadura del río de su nacimiento. Allí es; no, allí no es, es allí; no, tampoco; este banco de hielo no permite que me introduzca... El salmón da vueltas y más vueltas y en su camino se cruza un arenque, ¡ñam!, ya está; ahora la desembocadura. El salmón bordea la placa de hielo y de repente se encuentra al Destino encarnado en boca de agudos dientes. Ahora es él quien siente desgarrarse sus carnes, y yo oigo voces lejanas desde el lugar en que me encuentro. Yo, el cachalote de la mancha blanca en la frente, desde la más alta de las altamares oigo voces y entreveo luces azules ...

¡Oscuridad sólo rota aquí y allá por destellos fosforescentes...! ¿Qué es aquello...? Nada, nada importante, nada que se pueda comer. ¿Quién es...? Silencio, silencio, nadie contesta..., y sin embargo sé que estás ahí, al otro lado de la pared azul . ¿Quién eres? ¡Hola...!, ¿y esa puerta de tijera? ¿Qué es esto? Estoy viendo una puerta metálica corredera y no sé lo que es. Estoy viendo una corredera puerta metálica, pero no sé adónde lleva. La tengo ante mí, y al otro lado hay una pared blanca que se desliza desde arriba hacia abajo. En el suelo hay objetos verdes y blancos, y también veo oscuras bolas de color marrón. ¿Bombones, dices...? Sí, bombones, bombones que las humanas uniformemente ataviadas me van dando. Ahora uno de esos, ahora otro de esos...; bien, bien. Además son amargos, amargos como las algas marrones... No, amargos como la tinta de los calamares, como los intestinos de los peces, como las desparramadas entrañas del salmón...

La foca está satisfecha. Se lame los bigotes manchados de sangre y bucea, aquí está la placa de hielo a la deriva. La foca se sube encima, se encarama dificultosamente a la placa de hielo a la deriva mientras desde la orilla el oso blanco, el rey, husmea y husmea. Luego se arrastra hasta el centro de su mínimo témpano y con las uñas horada un agujero suficiente. Le cuesta, pero lo hace porque es su salida de socorro, la puerta de su futuro. Si el oso se encaramara a su placa de hielo a la deriva, si el oso, el rey, llegara nadando desde la orilla y se encaramara a su placa de hielo, ella no tendría salvación. Ella es lenta en su reptar y el oso puede correr, puede hasta galopar, si así lo exigen las circunstancias. Si el oso se encaramara a su refugio ella no tendría salvación y sería devorada. El oso empezaría por el cuello, en un segundo habría llegado hasta su lado y comenzaría por su cuello..., pero con el agujero de la salvación esto no va a suceder. Si el oso se encaramara a mi témpano flotante yo sólo tendría que arrojarme por el agujero y volver al agua, dejar al rey atrás compuesto y sin comida, bucear y bucear hasta encontrar otra placa de hielo, ¡hay tantas!, en la que seguir con mis eternas siestas al sol de medianoche... ¡Arenques, salmones, focas, osos!, todos somos eslabones de una misma cadena, que no se le olvide a nadie. Los gusanos son los últimos, o los primeros, eso no está claro, pero tampoco es cierto del todo; también hay gusanos de gusanos, gusanos que se comen a los gusanos, sólo que son más pequeños y no se ven.

Yo no soy una foca subida en una placa de hielo. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que navega hacia la estrella polar, hacia donde están mi amigos, los solteros que aún no hemos conseguido imponernos. Allí nos esperan los cefalópodos de las profundidades, los ingentes bancos de peces prestos a ser devorados, albacoras, bacalaos, abadejos, merlanes, merluzas, anchoas, sardinas primigenias... Sé que es una puerta, pero ¿quién me lo dice? ¿Sois vosotros, los Reyes del Cielo, quienes me habláis así? No, no lo creo. Vuestros signos, por lo que he oído, son inconfundibles, y esto resulta sumamente confuso. Esa masa de piedra negra..., y tú, hongo blanco, ¿quién eres...? Esa puerta de tijera, esos bombones amargos, ese armario que no puedes volver a armar, lo desarmaste y ahora no puedes volver a armarlo... Allí están las paredes, los montantes, los tornillos, todo está allí, caído en el suelo marrón, y tú te desesperas, lloras como un niño porque no te queda más remedio, pero ya no importa. Ahora vendrá tu padre y te despertará, tu padre, que suele venir en pijama...

Yo no soy una foca subida en una capa de hielo, pero la veo. Sus azules luces se transmiten instantáneamente a través del tejido universal y me lo cuentan. Aquí estoy, perezosamente tomando el sol y haciendo la digestión. A mi lado hay un agujero que he hecho en el hielo. Así, si viene el oso blanco, el emperador de estas latitudes, el más temido, yo me zambullo y el oso se queda con un palmo de narices, tiene que dar media vuelta y volver nadando a la orilla; otra vez será. Yo me subo a otro de esos objetos planos y fríos y hago un nuevo agujero. Con dificultad repto hasta el centro y allí hago un agujero que me permitirá zambullirme en el salvador líquido salado; mejor será que no llegue el caso, pero nunca se sabe. Luego me estiro y me duermo, me coloco panza arriba. Los rayos del sol de medianoche son muy buenos para la piel. Casi no los siento, porque mi capa de grasa me aísla del mundo exterior, pero mi piel... La placa de hielo se mece suavemente siguiendo el ritmo que le marcan las olas, arriba, abajo, arriba, abajo, y yo dormito con un ojo abierto. Estoy al lado del agujero, y si aconteciera algún peligro sólo tendría que zambullirme...

El oso nada y nada hacia la placa de hielo. Lo hace mansamente porque no tiene prisa y ya casi sabe cual es su misión. Lo único que asoma sobre la superficie del agua es la punta de su hocico y de vez en cuando una oreja, porque el oso también piensa, no va a ser sólo la foca. El oso nada lentamente y piensa, ya la huelo, ya estoy cerca, la sangre de salmón huele a mucha distancia, ya estoy llegando. El oso blanco sigue nadando y se topa con la placa de hielo, le tropieza en la nariz, ya ha llegado. No la empuja para no darse a conocer, no hace ruido para no descubrirse. El sigilo es su arma, y el silencio. El oso mete la nariz en el agua y mira por debajo de la placa de hielo a la deriva. La placa es blanca, y un poco más allá, al lado del burbujeante agujero, hay una sombra negra, la sombra de una foca que duerme ajena al peligro. Entonces, al oso blanco le llega una idea...

El oso, el terror blanco, no se encarama al borde de la placa de hielo sino que emerge por el agujero rompiéndolo todo y gruñendo de satisfacción. El oso blanco surge del hielo como una montaña y la foca se queda aterrorizada. Instintivamente retrocede, pero ya es tarde: el oso surge como un alud rugiente. El oso blanco lo ha roto todo y ya está encima de ella, ya la ha alcanzado. El oso blanco ha sacado todo su cuerpo del agua y me ha alcanzado... No, yo no soy una foca del Ártico, yo soy un cachalote con una mancha en la frente y desde el fondo del mar observo las luces azules, permito que sus rayos me atraviesen. El oso blanco ya está a dos metros ya está a un metro sus ojos ya están a medio metro sus dientes ya están a menos de medio metro su mandíbula ya casi me toca su lengua husmea golosamente sus caninos me rozan me hieren se hincan se clavan me penetran perforan mi cuello la sangre roja el sentido se va todo se va..., los aullidos azules traspasan los tejidos universales y se expanden en todas direcciones cruzando las células de mi corteza cerebral...

¡Ayyy...!, sólo eso, ¡ayyy...! A lo mejor no es ¡ayyy!, a lo mejor es ¡urghhh!, es ¡aggghhh! Ello es como un fogonazo, como la luz de los meteoros, una estrella fugaz que cayera, una lágrima del cielo, allí, se acabó, allí, a la derecha, allí fue, un instante, no duró más, un relampagueo en medio de la ancha y estrellada noche, una traza, ¡ayyy...!, eso fue todo, un fogonazo azul y luego el silencio y la compasión. ¿Quién inventó la compasión? Esas son ideas modernas. ¿Tienen porvenir o todo es una momentánea ilusión de los sentidos? Compasión, piedad, misericordia..., palabras huecas que llenan las bocas, pues no hay más amor que el propio...

El oso, seguramente, nada de vuelta a la costa, y yo sigo en mi viaje hacia las latitudes septentrionales. El oso no me cuenta nada. El oso no emite emanaciones de luces azules . El oso no tiene tales habilidades porque la naturaleza no le dotó de esas artes. El oso es blanco y nada de vuelta a la costa, satisfecho, saciado, ahíto, colmado. El oso no sabe que existo, pero ha comido .

EL ASTRONAUTA se presenta

Hoy dejaré que el astronauta os cuente el principio de "La aventura de las luces azules", una novela que no pertenece al enorme reino de la ciencia ficción, aunque pueda parecerlo, ni mucho menos versa sobre g nomos, trasgos y otros personajes legendarios. En ella se habla, sobre todo, "de la vida misma", y constituye la continuación y final de la ingente epopeya que se inició en Europa barroca .


EL ASTRONAUTA SE PRESENTA

Me llamo Al Ceccato, Al es de Alfred, y estoy aquí arriba, entre las estrellas, y no las de Hollywood, no fuera malo. Hace muchos años, cuando era pequeño, vivía en una casa que tenía enfrente de la puerta dos magnolios monumentales, de esos que aparecen en las guías de botánica, y ahora estoy aquí arriba, entre las estrellas, y no las de Hollywood, precisamente...

Ahora voy a presentarme.

Yo, en realidad, aunque estoy aquí arriba representando a mi país, los Estados Unidos de América, no soy yanqui, ni un poco ni nada, y tampoco soy sureño; yo soy de origen semichino y semifrancés. Mi padre es chino. Nació en la China comunista del siglo pasado y vivió allí hasta bastante mayor, los cuarenta; no llegó a conocer la Gran Marcha, pero casi. El que sí la conoció fue mi abuelo, su padre. La conoció tanto que acabó sus días en un campo de concentración, acabó tísico pasado y nadie le curó, antes al contrario dejaron que se muriera, por rebelde. Esto de ser rebelde está bien, sobre todo de joven, pero hay que saber serlo. Si te va la vida en ello es mejor dejarse de fantasías y tragar con lo que haya, aunque sobre esto ya sé que hay opiniones encontradas porque en este planeta ha habido muchísimos mártires. Unos lo fueron por razones de principio, otros por cabezonería y otros por motivos sexuales; lo de mi abuelo creo que fue por cabezonería. Mi padre, como era un químico muy bueno, logró que le fichara la Standard Oil y se vino a vivir a California, se fue de China por diez años y no ha vuelto; además, dice que no piensa volver. Ahora allí la situación se ha normalizado, ya no hay Grandes Marchas ni cosas por el estilo. Lo que hay es un montón de hamburgueserías, drugstores y gasolineras, y los desiertos de Mongolia parecen el Valle de la Muerte; hasta hay una carretera que se llama Route 69, aunque yo creo que ese nombre se lo pusieron de cachondeo; desde luego hay muchas casas de citas, pues para ello es el lugar ideal. Como es un sitio apartado nadie va allí a fisgar lo que está ocurriendo, o sea que los clientes se sienten seguros, algo fundamental en este negocio, en el que la discreción es todo. Mi padre, además, cuando recaló en América se occidentalizó el apellido. Él se llamaba algo así como Chi-Ka-Tou. No se escribe así, claro, sino con caracteres chinos, pero esto no lo puedo poner aquí, entre otros motivos porque yo no tengo ni idea de chino. No le quedó mal, la verdad, pero todo el mundo piensa que es italiano, o de ascendencia italiana. Bueno, lo piensan antes de verle, porque en cuanto le ven ya notan que es chino o japonés o algo de eso; se nota que es oriental. Mi padre, como no le gustaba la comida de su país de adopción y en cuanto comía algo fuera de casa se le descomponía el sistema digestivo, hizo una recopilación de comidas regionales, eligió lo mejor de cada una y aprendió a hacerlas todas, a cocinarlas, y lo tenía todo apuntado. Sabía hacer cientos de platos distintos de todos los países, armenios, peruanos, lituanos, españoles; chinos también, por supuesto, y tanzanos –su estofado de buey al curry era famoso en la vecindad entera, aunque yo creo que se parecía mucho al guiso de carne nigeriano que lleva caracoles y ñame–, lapones, brasileños como el rodicio, etc.; aquí no los voy a poner todos porque no acabaría nunca, y, además, el que quiera enterarse que se compre su libro, que en las librerías de la Tierra debe de haber muchos. Como sabía tantas cosas le editaron un libro de cocina que se llamaba "A la salud por el cosmopolitismo" . El título era un poco largo pero se vendió bien; no había libros como ese en el mercado, así que tuvo bastante éxito.

El chino, mi padre, fue el que inventó un aparato mecánico para cortar las tortillas redondas –como las españolas, por ejemplo– en la cantidad de trozos que uno desee. Es un aparato muy sencillo. Lleva un transportador circular y de su centro parte una cuchilla con una bisagra, una cuchilla que puede girar alrededor de ese centro. Una vez hecha la tortilla, y colocada en semejante artefacto, sólo hay que efectuar unos simples cálculos, o sea, dividir los trescientos sesenta grados sexagesimales que tiene una circunferencia entre los trozos que uno quiera conseguir, así sale el ángulo, aunque lo malo es que a veces hay que usar la calculadora porque no todo el mundo puede hacer estos cálculos de memoria. Por ejemplo, si hay que partirla en cinco trozos, el ángulo debe ser de setenta y dos grados, y si son tres o cuatro, o seis, los trozos, entonces es fácil, eso lo puede hacer cualquiera de memoria e incluso sin aparato. Lo malo es si son trece o diecisiete o veintitrés o cualquier otro número primo o complicado, entonces ya puede usted tirar de calculadora. Casi nunca se parte una de estas tortillas en diecisiete o veintitrés partes iguales, pero esto es lo de menos, así y todo quedaban muy bien cortadas, y el chino, mi padre, estaba muy contento. Luego lo patentó, mandó fabricar mil, para empezar, y se dedicó a venderlos en las tiendas de los pueblos de Wisconsin. Se vendían bien, y eso que en los EEUU no hacen muchas tortillas redondas –yo creo que los usan para las tartas–, pero bueno. Por qué le dio por Wisconsin, no lo sé; lo mismo podía haber sido en Massachusetts.

Yo ahora no tengo huevos, aunque con el aparato de la materia se puede conseguir huevo; en realidad se puede conseguir cualquier cosa, por más que el huevo salga con un extraño aspecto. No sale un huevo normal sino una especie de polvillo amarillo y blanco. Es huevo, y para algunas cosas sirve, pero uno no puede hacerse huevos a la plancha, con lo buenos que son. Eso sí, uno puede decirle a la máquina de qué quiere el huevo, de gallina, de perdiz, de codorniz, de paloma, de avestruz y hasta de cocodrilo, siempre sale un polvillo y lo único que cambian son los porcentajes de los diversos componentes, más grasa, más albúmina, etc., cosas de esas. Cuando uno tiene el polvillo fabricado, le echa agua y consigue huevo batido. A partir de ahí se puede usar para lo que se desee, como un revuelto, por ejemplo.

Mi madre era canadiense, no es que fuera francesa de pura cepa, mucho menos del París de la Francia. Mis bisabuelos eran de una región remota y medio salvaje que se llama Laburdi. Allí todos tienen el rh no sé cómo, de una forma rara, me parece que es como los beréberes, y se distinguen por su afición a la buena mesa. Ocas cebadas a la fuerza con un embudo, esas setas que nacen bajo tierra y se buscan con un cerdo amarrado a una cuerda, langostas a la basquaisse, etc.; todo ello hacía las delicias de mi padre, hizo un verdadero descubrimiento, y algunas de estas recetas las puso en el libro, en particular el bacalao a la bozatesa. Con semejantes antecedentes a mí tenía que haberme gustado mucho la cocina elaborada, pero la verdad es que no me atrajo nunca. De pequeño sólo comía pollo criado con harina de pescado. La cebolla, ni verla. Del ajo o los pimientos para qué voy a hablar. Las legumbres eran mi principal horror, ni siquiera las tragaba como puré, y al arroz chino y a la fruta los odiaba a muerte. Por eso, cuando hice el examen físico, los ingenieros me dijeron que padecía unas carencias alimentarias propias de los individuos aborígenes de la Tasmania Occidental –ya no quedan, porque los europeos, en la época de los descubrimientos, en el siglo XVIII, se las apañaron para matarlos a todos–, aunque a esto le puse remedio rápidamente. Me dediqué seis meses a nutrirme a base de la mejor dieta que hay, la dieta mediterránea. En seis meses me comí medio buey, decenas de kilos de lenguados y muchísimas judías. Al principio me las comía con azúcar –esto es lo que hacen los ingleses, según creo–, pero luego, a fuerza de experimentar y siguiendo los consejos de mi padre, descubrí que como están buenas es con longanizas. El resultado fue que engordé unos quince kilos, y claro, me volvieron a suspender las oposiciones en la prueba física: no pude correr los cien metros en menos de dieciséis segundos, y eso que lo intenté tres veces. Esto sucedió la segunda vez que me presenté, pero la tercera ya aprobé.

Mi madre, aparte de ser de origen medio francés, después de tenerme a mí empezó a sufrir de desarreglos del sistema nervioso central que se le tradujeron en graves deficiencias inmunitarias: se volvió terriblemente enfermiza. Cogía cualquier enfermedad, cualquiera que se le pusiera a tiro, y todo ello causado por los nervios, ese mal para el que no existe cura. Por ejemplo, ahora que estoy aquí, entre las estrellas, y mi situación se ha trocado en difícil y forzada estadía en los espacios exteriores, ha cogido la pelagra. Ya sé que agarrar la pelagra es difícil, muy difícil. De hecho, si te alimentas bien resulta imposible, pero para que vean que lo que estoy diciendo es la pura verdad, que mi madre puede pillar cualquier cosa a causa de los nervios, lo anoto: mi madre ha cogido la pelagra, y los médicos le dijeron, vamos, se lo dijeron a mi padre, que ello se debía a esta nueva situación familiar, mi comprometido hospedaje entre las estrellas.

Mi padre, el chino, escribió una vez un libro, un libro de cocina, pero aquello fue más bien una recopilación de fusilamientos y tampoco lo escribió él, ni siquiera literalmente, pues lo pasó a máquina una secretaria que tuvo en casa durante una temporada. En la época que cuento mi madre resultó afectada de malaria, y como se suponía que aquella enfermedad estaba erradicada del planeta, se la llevaron al hospital para analizar las causas. La malaria es muy peligrosa, muy contagiosa. Puede causar una de las diez plagas bíblicas en menos que canta un gallo, y con estas cosas no se puede jugar porque los políticos arriesgan su carrera; el motivo tampoco es otro, no se me entienda mal. Cuando a mi madre la llevaron al hospital, mi padre –en la vecindad le decían el chino– se trajo a la secretaria a vivir a casa para que no tuviera que venir todos los días porque debía de vivir algo lejos; además cocinaba muy bien, y eso siempre es interesante, sobre todo si te está mecanografiando un libro de cocina. Yo entonces tenía once años e hice mis primeras armas con ella, con la secretaria de mi padre. A mí no me daba ningún cargo de conciencia. Lo que hay que procurar es que de estos asuntos no se entere nadie, pero allí no fue el caso porque la verdad es que no hicimos nada, nada gordo, se entiende, sólo alguna broma. Como estaba escribiendo en un teclado que estaba encima de una mesa, me sentaba en sus piernas –esto lo hacía cuando no estaba mi padre, cuando estaba en la fábrica, que era por las mañanas–, bueno, pues alguna vez me sentó entre sus piernas y me decía, ¿quieres que te enseñe a escribir? Mira, esta es la e, tú le das a esa tecla y aparece una e en la pantalla; esta otra es la s, y mira, sucede lo mismo, ya tienes ahí la s; esta de encima es la t y esta la u, esta la p, etc. Así estuvimos un rato y al final teníamos la palabra estuprar . A mí no me pareció una palabra que tuviera que ver con los libros de comida, pero no dije nada. Entonces ella empezó a reírse estruendosamente y a abrir y cerrar las piernas a toda velocidad, pero como llevaba pantalones no sucedió nada digno de mención, y luego se quedó quieta y me dijo, ¿tú no sabes lo que es estuprar? Yo no tenía ni idea, así que dije, no, ni idea, y me quedé mirándola. Lo dije así para que me lo explicara, a lo mejor me lo explicaba, pero no se me arregló, por lo menos aquella vez, la primera, porque no debía de ser la mejor ocasión. Era tarde, como la una, y mi padre podía aparecer en cualquier momento.

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