Octubre, 2007

LAS ESTACIONES, de la página 18 a la 23

Os traigo hoy un nuevo trozo de "Las estaciones", la novela con la que comencé este blog. Para no repetirme (acerca de las explicaciones sobre el libro), podéis ir a

LAS ESTACIONES, primera entrega

y leer lo que allí se dice.


PIPO

El año anterior había sido un año raro, sobre todo por Charlotte, que fue la primera institutriz que tuvimos, y porque a Azucena le suspendieron cinco –a mí sólo dos– después de largos años de ser aprobados en todo, incluso con buenas notas, y aunque en casa decían que era la edad, cosas de la edad y alguna vez tenía que ser –lo decía el tío Mary y a veces también el tío Arsenio, cuando iba por allí–, mi padre decidió que tenían que ponernos un profesor particular porque Charlotte sólo nos daba clase de francés. Al principio dijeron "un profesor particular", y me parece que buscaron alguno e incluso preguntaron al tío Arsenio, que conocía a muchos jesuitas, pero luego mi madre decidió que era mejor "profesora particular". ¿Un profesor...?, y le miraba, ¿quieres poner a Azucena un profesor?, ¿un chico joven...?, y mi padre, que estaba en un sillón, no dejaba de leer el periódico porque yo creo que aquel asunto no le interesaba nada, de forma que contestó, bueno, o mayor, como tú quieras, y es que seguramente pensaba que era ella, mi madre, la que se iba a ocupar de todo, como siempre.

La pandilla de mi padre, es decir, la pandilla del tío Mary, el hermano de mi madre, que databa de los tiempos en que todos ellos iban al colegio, se componía de cuatro personajes. Habían sido más, porque a veces hablaban de uno al que llamaban "el chino" y del que decían que hacía mucho que no sabían una palabra, y también de otros, pero en aquellos entonces quedaban cuatro que solían ir juntos a todas partes, sobre todo a cazar, y casi todos los jueves por la noche a recorrer y cerrar bares. Estos cuatro, por orden de edad, eran: mi padre; mí tío Mary, que ya sabemos quién es, el hermano juerguista de mi madre; Juanito, el tronco del tío Mary, con el que siempre estaba hablando de las novias que habían tenido a medias, y Victoriano, que era el cuarto en discordia y no se parecía en nada a ellos pues llevaba barba, era serio y cantaba y tocaba la guitarra y el piano muy bien. Victoriano era el más antiguo amigo de Juanito, y eran tan amigos que cuando Juanito se casó, de joven, se fueron los tres de viaje de novios, los recién casados y el amigo del alma, y estuvieron varias semanas en las islas Caimán; claro, que yo eso sólo lo sé de oídas, porque cuando sucedió era muy pequeño o aún no había nacido.

Mi madre también había sido de aquel grupo en su juventud porque era hermana del tío Mary y habían ido al mismo colegio, pero luego se aburrió de verlos –porque como estaba casada con mi padre le veía todos los días– y casi nunca salía con ellos sino con sus amigas, a las que nosotros llamábamos tías. Estaba la tía Teresa, que en cuanto me divisaba, sin perder de vista el juego y con las cartas en la mano, porque se pasaban la vida jugando, decía, ¡este niño...!, ¡pero qué ojos tiene este niño...!, que a mí no me gustaba nada porque me miraban todas y cada vez que se lo oía salía corriendo, y también estaba la tía Esther, mi madrina, que era prima de mi madre y se parecía muchísimo a una actriz americana muy famosa, y como era tan guapa, yo, cuando era muy pequeño, a los siete años o por ahí, me subía encima de ella en cuanto llegaba a casa y se sentaba en alguna silla. Mi madre decía, ¿quieres dejar tranquila a tu tía?, ¡baja de ahí!, pero mi tía Esther se reía y decía, no, no, déjale que haga lo que quiera, ¿verdad, Pipo?, y me apretaba bien, y entonces mi madre decía, ¿por qué le llamáis todos así?, se va a quedar con ese nombre y ya tiene uno, porque yo en realidad me llamo como mi padre, que se llama Carlos, aunque todo el mundo le llame Charli, y a mí Pipo y Charlidós.

La pandilla de mi padre era muy compacta, todos eran muy amigos, pero se empezó a revolucionar cuando nos pusieron una institutriz mulata que era guapísima. Antes teníamos a Charlotte, que era una chica que ayudaba a mi madre a vestirse y a peinarse y a nosotros nos llevaba al colegio y al cine y sitios de esos. Era karateca y a mí me enseñó bastantes cosas. Por ejemplo, que nunca le des un puñetazo a nadie porque te puedes romper la mano, que es mucho mejor dar un tortazo en mitad de la nariz con la mano abierta; yo nunca he dado un puñetazo a nadie, pero no porque me lo dijera Charlotte sino porque no me ha hecho falta, y menos con Pancracio al lado, y tampoco le he dado a nadie una torta, y mucho menos en mitad de la nariz. Bueno, pero Charlotte era mayor y hablaba poco en español, casi siempre hablaba en francés, ¿n´est-ce pas, mes enfants? , y entonces había que decir, oui .

La mulata que era guapísima hablaba a veces en inglés, sobre todo con las visitas, pero casi todo el tiempo en español.

–¡Qué rara es!, ¿verdad, mamá?

–Niño, no digas eso. ¡Si parece una cariátide...!

–¿Una qué?

–Una cariátide.

–¡Pero es que es como negra...!

–No, hijo, es que es mulata.

–¿Y eso qué es?

–Pues mestiza.

Bueno, la mulata que era guapísima y hablaba en un español pulido, aunque con las visitas hablara en inglés porque mi madre no lo dominaba del todo y había cosas que no entendía, se parecía mucho a una que salía en Némesis del Espacio Profundo, que era un juego de ordenador al que yo jugaba con Pancracio y otros. Había muchas chicas y yo casi siempre elegía a una rubia que tenía muchas tetas, bueno, tenía demasiadas tetas, pero eso era porque el juego era americano y a los americanos les gustan las chicas con las tetas muy grandes, o eso decía el tío Mary, aunque en realidad se las podías cambiar, dabas a un botón y se desinflaban hasta que quedaban a tu gusto, y lo demás también se lo podías cambiar, claro, y ponerle la nariz más larga, tan larga como Pinocho, o tripa, o las piernas gordas o muy flacas, y a veces, en vez de jugar, lo que hacíamos era inventarnos chicas a nuestro gusto, y a Pancracio le salían unas horribles, todas gordas y como torcidas; desvestirlas no podías, para eso había que ganar y entonces sí te dejaba que les quitaras la ropa, pero ganar era difícil y sólo lo conseguimos una o dos veces. Bueno, pues yo al principio siempre elegía a una rubia que tenía las tetas muy grandes, pero luego descubrí que había una que era como mulata, y cuando me puse a cambiarle cosas, un día, me salió una que se parecía un poco a Patricia, y luego seguí y seguí, y cuando ya se parecía más, porque era difícil, se me borró y no pude volver a hacerlo. De todas formas dio igual porque nunca conseguía ganar a aquel juego, y lo que yo quería, que era quitarle la ropa, no lo iba a lograr nunca, pero en realidad no importaba porque a Patricia casi no hacía falta quitarle la ropa, y es que ella era de las que no caben dentro, de las que parece que es la ropa la que las lleva a ellas y no ellas a la ropa, y más en verano. Patricia, como decía mi madre, era como una cariátide congelada en el tiempo, sí, aunque yo creo que eso era quedarse un poco corto y ella era más bien como el Partenón entero. Patricia era como una cantante de ópera antiquísima, hacía gorgoritos, desde luego, aunque los entendíamos pocos, y también como uno de esos coros oceánicos, o universales, o como alguna chica de las que salen en las revistas o el mar, que se mueve tan despacio si lo ves desde muy lejos, o incluso como un portaaviones en el océano, que navegan muy armoniosamente, por lo menos en los documentales de la televisión. Patricia era parecida a la mulata del juego del ordenador que llevaba un vestido brillante, aunque en realidad era mucho más guapa, y era tan guapa que desde que llegó, sobre todo los primeros días, casi no se hablaba de otra cosa, y durante una temporada estuve oyendo historias misteriosas acerca de cariátides y atlantes que atravesaban los espacios infinitos para recalar en nuestra casa, que era lo que decía el tío Mary, el más inspirado de cuantos iban por allí. En mi casa casi siempre se hablaba en clave y a veces decían cosas que significaban otras diferentes, como los huevos con tomate, por ejemplo, de los que nunca supe si se estaban refiriendo a los huevos en sí o a algún asunto misterioso del que yo no tenía ni idea, y es que mi madre, cuando lo decía, ponía una cara en la que ya se veía que no hablaba de una cosa cualquiera, o también lo que decía mi hermana de los que montaban en yate...

–¿Y qué decía tu hermana de los que montaban en yate?

–Pues eso, que todas las noches cenaban huevos con tomate –y como yo lo conocía desde pequeño, también me divertía intentando liar a los demás, sobre todo en el colegio, en donde nadie entendía nada.

–No, ahora tengo un juego mejor. Ese de Némesis está un poco pasado y ahora juego al de "Atlantes y Cariátides que se persiguen por el pasillo", pero yo creo que van a ganar las cariátides, sobre todo las que van montadas en portaaviones; se ve venir.

–¿Y eso qué es?

–Pues es como lo de la merluza con mayonesa, ¿no sabes lo que es la merluza con mayonesa?, que cuando la cocinera no sabe qué hacer pone merluza con mayonesa, eso dice mi padre..., o croquetas, bueno, que no tiene más que freírlas, o huevos con tomate, que dice mi madre, ¡mira que están buenos los huevos con tomate!, ¿a ti no te gustan...?, a mí me gustan muchísimo y casi todas las noches los ceno, como los que van en el yate, que dice mi hermana.

–¿Tu hermana es esa del pelo rizado de la otra clase?

–Sí. Está un poco loca, pero bueno. En realidad no es mi hermana, sino la amiga de siempre de Rosana.

–¿Rosana es la de los ojos azules?

–Sí, y además la amiga del alma de mi hermana.

... y como Pancracio me contemplaba dubitativo y no decía nada, yo le animaba.

–Sí, no, tienes que venir a verlo a casa, ya verás que número.

–¿Pero tienes las instrucciones?

–No, bueno, yo que sé..., pero tú seguro que puedes averiguar dónde están, a ti te gustará, aunque a lo mejor le gusta más a Jaimito, porque sale una cosa parecida al Partenón y el Partenón siempre está desnudo, ¿no...?

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CRUCITA Y YO

Hablaremos hoy de otra de mis novelas. Se trata en esta ocasión de " Crucita y yo ", la historia de dos hermanas (Nastasia y Crucita) que se llevan veinte años y, por las circunstancias de la vida, ejercen como madre e hija más que como hermanas. En " La efímera vida de Nastasia " se cuentan los primeros veinte años de esta historia, y en " Crucita y yo " los veinte siguientes. El trozo que he colocado es el principio del segundo libro, en el que Nastasia, antes de que Crucita haga su aparición, recopila para el lector lo que se dijo en el primero.


EL LUGAR Y EL TIEMPO
Entre amalgamas nací, sí, y sobre las minerales venas del inquieto azogue me crié; yo, entre hornos y hacenderos, cochuras y árboles de Diana vine al mundo, allá, un poco por debajo de la imaginaria línea que en dos y de este a oeste corta a mi país, España, y ello, insignificante suceso, sobrevino durante la década del pasado siglo que con el correr de los tiempos acabaron llamando prodigiosa y de la que ustedes saben tantas cosas; pormenores, los sobredichos, que dan cumplida cuenta de las temporales y espaciales circunstancias de mi nacimiento.

Mi primera casa, la de mis abuelos y mi madre, estaba situada en donde con los tiempos se consideró que tuvo su asiento la sin par Ínsula Barataria, país legendario, si cabe, pero adornado con el añadido, en mi caso, de que yo lo contemplé con ojos de niña. La casa de mis abuelos, emplazada en tal lugar, era una señora casa. Medía unos 2.450 metros cuadrados y constaba de nueve habitaciones, dos cocinas –una de ellas la de matanza–, patio con pozo y trepadoras y gran terraza con naranjos, aparte las cuadras, las cámaras y la huerta. Los muros eran de piedra pura, de sillares arrancados a la montaña, y los tabiques de grosera mampostería de idéntico material, lo que ocasionaba que en sus paredes no hubiera un solo cuadro o ilustración y que la temperatura interior fuera constante durante todo el año. Añadan ustedes a ello que la cubierta medía casi un cuarto de hectárea, con las goteras y filtraciones que conlleva, y se harán idea cabal de la traza y talante de mi primera morada.

La parcela de mis abuelos también era grande, y estaba delimitada por cercas de nopales que, en su época, surtían a quien se acercara, por lo general los niños del pueblo, de deliciosos higos chumbos –de los que yo comí muchísimos, cuidadosamente preparados por mi abuela–, y en su interior cobijaba bastantes animales: las gallinas y su gallo Paladín; patos; chones –lógicamente, que estaban confinados en una de las esquinas–; nuestro perro Canelo, perro cazador, y una tribu de gatos cuyo número aumentaba y disminuía de acuerdo con la estación del año, y todo ello sin contar los puramente silvestres, salamanquesas, lagartos y lagartijas, murciélagos y culebras, mariquitas, saltamontes, grillos, escarabajos y demás insectos y artrópodos...


LOS PERSONAJES DE MI HISTORIA
Los personajes fundamentales de mi vida, por orden de aparición, fueron: mi madre, mis abuelos y mi tía Conchita, a quienes conozco desde el principio, desde que nací; mi padre, que hizo acto de presencia cuando yo ya tenía suficiente conocimiento como para recordarlo en lo sucesivo, y más recientemente un pintoresco individuo que se hacía llamar Monticola Solitarius, pero de este último, Monticola, el Llanero Solitario a veces pero otras el Rockero Solitario o el Rockero a secas, don Felipe Colombres –donde las mujeres se tiran a los hombres–, ya hablaremos luego, y profusamente, de forma que vayamos antes con los citados en primer lugar.

Mi madre, guía de mi vida entera y faro de mis soledades e infortunios, era la persona más fantástica del mundo. Era la chica más guapa del pueblo, por supuesto, pero, además, la más guapa de la comarca y acaso de la provincia entera. Mi madre era morena, como mis abuelos, de moros ojos negros y rasgados y altura por encima de la media, y su estampa llamaba la atención de forma tan poderosa que casi todos los hombres se daban la vuelta para mirarla, algo que yo descubrí de pequeña y siempre despertó mi curiosidad. Él se daba la vuelta; yo, que ya me lo esperaba, me daba a mi vez la vuelta..., y allí estábamos los dos mirándonos como tontos, y mi madre se reía, hacía como que no le importaba y tiraba de mí, vamos, niña, déjale...

Nosotros, es decir, mi madre y mis abuelos y esta que les habla, éramos de la cabecera de una comarca minera que, como ya he dicho, algunos autores señalan como el más que probable emplazamiento de la legendaria Ínsula Barataria de Sancho Panza, cuando los Duques, sus Señores y Santidades, gentilmente se la cedieron, cesión que, como algunos de ustedes recordarán, duró escasos pero provechosos días. Mi padre, por el contrario, era del pueblo de al lado, pero de él no vamos a ocuparnos ahora; lo haremos en seguida.

Mis abuelos, los padres de mi madre y los primeros que tuve –porque mi madre en aquellos tiempos fue poco más que mi hermana– tenían alrededor de la cuarentena y una sola hija, mi madre. Mi abuelo había sido minero en la mina de mercurio más importante de este planeta, que era la ocupación por excelencia en aquel lugar, mi pueblo rodeado de escoriales, y ello desde tiempos antiquísimos, yo creo que desde los romanos aunque seguramente fue desde antes, pero como una vez se le vino la mina encima, y tardaron una semana en sacarle, le jubilaron prematuramente y se salvó de morir por hidrargirismo, que era lo que sucedía a casi todos los que llegaban a viejos en el desempeño de tales funciones, aunque sólo trabajaran dos días a la semana.

–¿Tú crees? Las minas de mercurio no se caen.

–Ya, pero a mi abuelo le sucedió. Le explotó una bolsa de gas al meter la barrena y se descolgó la mitad del cuartel.

Mi abuelo, además, conchabado con los guardianes del vecino acantonamiento, era furtivo, es decir, que acompañado de guardias civiles vestidos de paisano, aunque a lo mejor se disfrazaban de guerrilleros, se dedicaba a cazar por los llanos y los montes. A veces sólo regresaban con liebres y perdices –aunque no sé por qué digo sólo, puesto que las liebres y las perdices, y más las de mi pueblo, y aún más las de aquellos tiempos, son animales exquisitos y a los que más de uno querría hincarles el diente, sobre todo hoy, en la era de los piensos compuestos–, pero otras, en otras ocasiones, cobraban piezas monumentales, ciervos, jabalíes, que luego, convenientemente adobados, primero, y a continuación guisados por mi abuela, maestra suprema en aquella clase de gollerías, constituyeron la base de mi dieta infantil. ¡Jo!, nos pasábamos meses comiendo ciervo de verdad, y jabalí, estofados de perdiz, civet de liebre y tantas otras exquisiteces, lagartos, verduras de la huerta, mermelada de las naranjas de la terraza y almodrote, churretosa salsa con las que se condimentaban las sin fin hornadas vegetales que salían de la monumental jabeca de la cocina de matanza. Mi abuela, por ende, aparte de experta cocinera en lo que hoy se conoce como comidas regionales, entonces de subsistencia, era bordadora, habilidad que había heredado de su madre y que la llevó a dedicar su vida entera al sublime arte de decorar hasta la extenuación macizas y lujosas colchas que luego eran vendidas –carísimas, claro está, aunque a ella no le debían de dar mucho– en las mejores tiendas de la capital del reino y otros lugares igualmente refinados.

El restante personaje de importancia dentro de mi escasa familia fue mi tía Conchita, la única prima que tuvo mi madre, mi madrina –pero, además, mentora y consejera de mi existencia al completo–, que se parecía muchísimo a Cruela de Vil, al menos de joven, aunque no le gustaban los perros y nunca tuvo ninguno. Sin embargo, fumaba en boquilla, vestía de oscuro –a veces de lila– y se pintaba como un comanche. Mi tía Conchita llegó a la capital del reino con una mano delante y otra detrás, al igual que mi madre –primero– y luego mi padre, pero como era muy dispuesta y la energía parecía estar concentrada en su persona, no le costó nada salir adelante, para lo que ejerció, tras una primera etapa de sirvienta, los más peregrinos oficios que imaginarse quepa. Mi tía Conchita fue, sucesivamente, criada doméstica, churrera, traficante de alfombras, guía de paseantes, intermediaria de medicamentos, corredora de bienes inmuebles, madame y, por último, empresaria, que fue lo que la hizo rica, porque ella, desde luego, era rica, por lo menos comparada con nosotros, no digamos ya conmigo, pero como era mi madrina, y yo su única ahijada, nunca tuve queja porque su prodigalidad fue siempre proverbial.


... Y MI PADRE
Pereza me da hablar de él, pero no me va a quedar más remedio que hacerlo, porque si no, no se entendería lo que voy a contar a continuación.

Mi padre, como mencioné líneas arriba, no era de nuestro pueblo, la ilustre y acreditada Ínsula Barataria, qué va. Mi padre era del pueblo vecino, y aunque a ustedes les parezca chistoso, resulta que el tal pueblo se llamaba, y se sigue llamando, Chillón. (El nombre, como se verá, resultaba muy adecuado).

Mi padre no era peón de albañil, no, ni minero; era una cosa bastante parecida, pero él pensaba que lo suyo tenía muchísimo más mérito. Mi padre era auxiliar de clínica, de esos que van de verde y ves en los hospitales –a veces son simpáticos y a veces te maltratan, hay de todo, aunque mi padre debía de pertenecer a la segunda de estas categorías, pienso yo–, y además era sindicalista. No un liberado de la vieja guardia, los que se jugaron la cárcel y hasta la vida en los años de la dictadura, no, nada de eso; él fue de la nueva hornada, de los que se apuntaron al pesebre de los Presupuestos Generales del Estado en cuanto tuvieron conocimiento de ello, para lo que hubo tiros, pero como era bastante bruto y malencarado, yo creo que no debió de tener demasiados problemas para hacerse con el puesto. A mi padre, ¿se lo quieren creer ustedes?, cuando era joven no le admitieron en la Guardia Civil; se presentó a unas oposiciones, y no sé qué le verían que le suspendieron, de resultas de lo cual sucedieron dos cosas. Una, que estuvo una temporada de camionero conduciendo rusos, unos camiones que quedaron aquí tras la guerra civil, y dos, que desde aquel momento cobró un inexplicable odio hacia el poder establecido en general, los cuerpos de seguridad en particular –lo que tampoco era raro sino la tónica dominante en la época– y la Humanidad al completo, aunque esto último ya le debía venir de antiguo, de familia, porque mi abuela –mi abuela paterna, se entiende– era por un estilo.

Desde el punto de vista de mi padre, la Humanidad entera se reducía a una inacabable lista de hijos de puta, y la relación completa de sus cotidianos altercados, al menos los que yo tuve ocasión de presenciar en directo –la mayoría en bares, y algunos causados porque alguien había mirado a mi madre, aunque en otras ocasiones no había motivo aparente y todo obedecía a la simple acumulación de los temibles vapores del alcohol etílico–, por lo larga nos apartaría con mucho de la intención de este catálogo de despropósitos, por lo que sólo voy a hacer esta mención a sus continuas trifulcas metropolitanas.

Sí, mi padre, en su faceta pública, era lo que se conoce como un bronquista, semejante aspecto no me ofrece duda, pero como en casa tampoco reprimía sus incontenibles ansias de hacer ruido por el menor motivo y todo eran gritos y portazos, le adjudiqué mentalmente –aunque luego mi madre también lo llamaba así– el cariñoso apelativo de Kraka.

–¿Kraka? ¿Y eso qué es?

–Pues son las primeras sílabas de Krakatoa, que fue un volcán que explotó a finales del siglo XIX y produjo el mayor ruido que jamás se oyó en este planeta.

–¿Y...?

–¿Cómo que y...? A mí me parece que está muy claro.

... pero en la privada, en su faceta privada, esto es, en lo que se refería a sus facultades didácticas y lógico cumplimiento de los deberes paternos, debo decir que, por lo que a mí respecta, estaba completamente confundido. Creyendo que yo era del sexo masculino –porque a las mujeres no nos podía ni ver–, intentó encauzarme por la senda de los oficios mecánicos, la moto, la bici, el balón en el pasillo de casa –partidos de los que salí escaldada–, y para que no me distrajera de tan provechosas enseñanzas, más de una vez arrambló con mi modesta colección de tebeos y libros infantiles e intentó pegarles fuego, lo que no consiguió, más por su falta de tesón que de ganas y porque los libros no arden tan fácilmente.

¡Sus amistades...! Bueno, acerca de esta enojosa cuestión sí que podría extenderme, pero como semejante materia me resulta mortificante en extremo, me limito a decirles: ¿quieren, como cristalina ilustración, leer algo que escribí en la época de mis catorce o quince años y se refiere al asunto que tratamos? Yo, desde siempre, fui muy aficionada a los diarios y a poner todo por escrito, y aunque la mayoría de aquellos papeles desaparecieron tragados por la vorágine del tiempo y los acontecimientos –y nunca he vuelto a ver ninguno–, retazos de todo ello –comprometedoras acusaciones en directo– sobrevivieron en una carpeta olvidada que un día encontré en el fondo de una mohosa caja de cartón. Una de estas perlas, convenientemente aderezada en los tiempos verbales, decía así:

Sin embargo, mi vida no se reducía, como podría parecer, a mis estudios y trabajos domésticos, pues también me sucedieron otros hechos dignos de mención. En casa todo seguía como de costumbre, cruzándome en el pasillo con mi padre y su eterno malhumor, y mi madre sin parar de hacer cosas, fregar, lavar, cocinar, trabajar –aunque yo la ayudaba–, y un día que había un partido en la tele y empezaban a llegar los tres o cuatro conocidos de mi padre que iban siempre, llegó uno nuevo...

(El libro continúa de este tenor durante otras trescientas y pico páginas...).

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